01 septiembre 2010

Trenefobia...

Lo mío con los trenes no tiene nombre.

O quizá sí lo tiene: MANÍA.

Reconozco que es un buen sistema para viajar: vas relativamente cómoda, te puedes levantar para estirar las piernas, los aseos son más o menos decentes, a veces tienes cafetería o en su defecto máquina expendedora de bebidas y picoteo, en ocasiones (depende del viaje) te ponen películas, te puedes adaptar el asiento a tu gusto sin molestar a nadie, vas fresquita, y lo mejor de todo... ¡Tienen enchufes públicos!

Claro que eso es cuando estás viajando.

Pero mi calvario empieza mucho antes...

Cuando voy a viajar en tren, el mero hecho de que sea en tren me pone histérica y frenética. Tengo que estar con mucho tiempo de antelación para mirar a ver qué andén es en el que tengo que estar. Me aseguro más de cincuenta veces de que el número de tren es el correcto, de que va a donde yo quiero ir, de que la fecha es la del día y no otra. Repaso compulsivamente el número de coche y el asiento que tengo en el billete. Pregunto a los empleados por mi tren aunque sea EVIDENTE la respuesta, cotejo esa información con los demás pasajeros que esperan lo que yo. Vuelvo a mirar el panel de información. Pego un brinco cada vez que anuncian un tren por megafonía... Un sinvivir.

Y si viene alguien conmigo, soy una pesadilla para esa persona. Soy capaz de repetir hasta veinte veces seguidas la pregunta ¿estás seguro/a de que es este tren? Hasta que alguien me pega un bufido o un tortazo, según proceda.

Es curioso que me pase también en viajes trillados que hago un montón de veces. Da igual, no discrimino: me pongo de los nervios.

Y es que yo de siempre he sido una chica de autobús. Me tranquiliza el hecho de que un andén y otro estén separados por unos cuantos pasos (cosa que no pasa en una estación de tren: como no estés en el andén correcto ya puedes correr, subir escaleras y abrirte paso a codazos). Me da confianza que el conductor esté en la puerta del autobús comprobando los billetes antes de empezar el viaje, por lo que si te equivocas, te lo dice en el origen y no tres estaciones más para allá (cosa que es muy habitual en los trenes). Te puedes quedar dormida tranquilamente sin miedo a que en una parada corten el autobús en dos y la parte donde estés tú la fleten a otro sitio distinto (cosa que sucede en algunos viajes de tren: desenganchan vagones y a saber dónde van a parar).

En definitiva, aunque asumo que el tren es un medio de transporte muy cómodo, no es hasta bien entrado el viaje cuando me tranquilizo un poco y lo disfruto.

A lo mejor, si RENFE contratara a un notario que diera fe de que voy a llegar donde quiero una vez pongo el culo en el asiento, la cosa cambiaba. Pero creo que eso no va a pasar, ¿verdad?

26 agosto 2010

Los de Correos...

Hace ya algún tiempo que me apunté a PostCrossing, y la verdad es que me va fenomenal. Me encanta abrir del buzón y que de vez en cuando haya una postal...

Como no tengo mucho tiempo, lo que hago es hacer acopio de postales y de sellos, y cuando me toca mandar postal la preparo en casa, lista para echar al buzón.

Al menos, ésa es la teoría.

La práctica es que, aunque es sencillo (tener postales y sellos), el tema del franqueo no lo llevo nada bien. Ante la pregunta de: ¿por qué, si sólo hacen falta sellos de 64 o 78 céntimos, dependiendo del destino de la postal?, la respuesta es: no encuentro.

Porque en los estancos -abiertos a casi cualquier hora-, en general tienen sellos sólo de 32 céntimos, lo que te puede solucionar la papeleta para las postales europeas: con dos sellos te apañas. ¿Pero y cuando tienes que enviar una postal a Australia, China, Estados Unidos...? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh? La solución rápida es poner tres de 32, con lo cual ya estás pagando de más. Otra opción es pedir más sellos hasta completar el franqueo, pero en los estancos o no tienen, o tienen de dos o cinco céntimos... que al final te terminan ocupando toda la postal y casi tienes que escribir la dirección encima de los sellos.

Total: que acabé comprando los sellos en la oficina de correos, a las 08:30 (porque más tarde estoy trabajando, y por la tarde, por supuesto, no abren). PERO... Ellos tampoco tienen sellos de 78 céntimos.

Y yo me pregunto: ¿si ésa es tarifa oficial, aprobada y publicada, no deberían tener en las oficinas de Correos sellos a disposión del público? No sé, yo lo veo lógico. Si ponen una tarifa fija, qué menos que tener en las oficinas de Correos sellos suficientes para cubrir dicha tarifa, ¿no?

Digo yo...

Pues no los tienen.

Claro que en la oficina te lo franquean directamente (esa es la excusa que ponen), pero yo quiero sellos para llevarme a mi casa. Así que te tienes que esperar a que los pidan, y luego a que les lleguen, y luego a que cuando vayas esté el que los ha pedido porque los demás no saben dónde están...

Sí, eso pasa en una Oficina de Correos...

Parece que últimamente me ha dado por los funcionarios, pero no es eso. No soy racista. Lo único que pasa es que... me ponen de los nervios. Brrrrrrr...

23 agosto 2010

A bride in a WAR! -> Los Papeles (II)

No, si yo ya lo sabía.

Después del incidente, dije a todo el que me quisiera escuchar (en realidad, a todos los que estaban a dos kilómetros a la redonda, tal eran los gritos que dí), que la tiparraca esa me la iba a jugar.

Pero mi madre, que es una bendita y no como su hija, comentó con voz calmada y total convencimiento que noooooooooooo, que la mujer sería una profesional y que no tendríamos ningún problema. Porque mi madre es la más bondadosa y bienpensá de todas las madres.

Seguramente no tendrá nada que ver, pero, ¿qué hija no tiene TODAVÍA los papeles, casi cuatro meses después?

Y no será por el marcaje que hacemos, no. He perdido la cuenta de las veces que hemos ido al puñetero registro civil. Mi chico por las mañanas, y yo por las tardes. Hemos cubierto todas las horas, nos hemos encontrado allí a medio Ministerio de Justicia (entre turnos, vacaciones y vagancias varias), y todos tienen la misma respuesta: si es que ya está mandado. Acto seguido, se encogen de hombros y siguen a lo suyo.

Y yo, que cada vez que cruzo esa puerta noto como mi sangre se convierte en ácido sulfúrico, esta tarde me he presentado allí otra vez. Cabreada no, lo siguiente. Y con mi tono más acerado y mis ojos entrecerrados (de hecho, casi no veía a mi interlocutor, pero creo que no era esa hija de fruta mujer, aunque no podría asegurarlo), le he pedido las explicaciones que obviamente no me ha dado -para variar-. Pero esta vez me he traído el teléfono de la Fiscalía, y una copia del Libro de Registros de Expedientes, donde estamos nosotros, y se ve claramente como los apuntados antes y después ya tienen sus papeles y encima, en un plazo razonable.

Luego en casa he hecho una investigación y he anotado un par de teléfonos, porque si mañana no me atienden, pienso ir a la Gerencia Territorial para pedir que me arreglen mis papeles como a todo el mundo. Y si tengo que ir más arriba, voy. Este sonriente señor tiene cara de entenderme...

En fin, a lo mejor mi madre tiene razón, la mujer no ha tenido nada que ver y todo esto es una desgraciada y fastidiosa coincidencia... Peeeeeeeeeeeeero, lo dudo. Mucho.

Mi madre es la más bondadosa y bienpensá de todas las madres. Lástima que ese gen se perdiera por el camino, oye...

20 agosto 2010

El teléfono del fontanero...

- Cariño, hay que llamar a los fontaneros para que vengan a arreglar lo del baño.

- Mmmmm... Sí, es verdad. ¿Tienes tú alguna tarjeta suya?

- Pues no, la verdad. ¿No hablaste tú con ellos?

- Sí, pero no apunté el teléfono ni nada. Y no vienen en las Páginas Amarillas, me parece.

- Jo, pues no sé. Lo que es seguro es que en la fachada tienen un rótulo con los teléfonos...

Claro que ir allí (a cinco minutos andando de casa, ¡tremendo!) a ver cuáles son los teléfonos es algo anticuado, desfasado, y sobre todo, poco cool. No lo puedo negar. Eso sin entrar a valorar la perezaca que da salir de casa para ir a buscar a unos fontaneros, o peor: ¡un número de teléfono!

Pero... algo hay que hacer para conseguir el número de marras sin moverse de casa.

¿Qué opciones hay? 1, 2, 3, ¡responda otra vez!

Pues fácil: entrar en Google, buscar la dirección de los fontaneros, ir al Street View y enfocar la fachada. Et voilà!

En serio, damos miedo.

19 agosto 2010

La Tirita Cabrita

Andar mucho sin estar acostumbrada, te pasa factura.

Concretamente te deja una ampolla del tamaño de la provincia de Teruel en la planta del pie derecho (bueno, en mi caso; en otras personas será otro tamaño u otro sitio).

Claro que no iba a permitir que una ampolla en el pie me frenara en mis muy ansiadas vacaciones, así que en la primera farmacia que encontré solté 7 euros y me dieron un paquete de Compeed. Los apósitos prometían que te los ponías y acto seguido podías bailar toda la noche sobre unos tacones de 12 centímetros. Yo solo necesitaba poder andar con mis sandalias planas sin parecer un pato y sin dolor, si fuera posible...

Así que me puse una de esas tiritas tecnológicas en mi ampolla. En teoría, la cosa esa se tiene que pegar a la ampolla hasta hacer que cicatrice... Y en la práctica, sí que se pegó estupendamente a mi castigada planta del pie, así que me calcé enseguida y seguí mi ritmo.

Cuatro pasos por un camino de cabras me dieron la pista: algo no iba bien. No solo me dolía más mi ampolla (cosa que no me preocupó porque menos mal que no soy tan crédula de pensar que una tirita sofisticada me iba a quitar el dolor), sino que ahora me dolía la piel de alrededor. A cada paso que daba, sentía un tironcillo doloroso. Había que investigar a qué se debía.

Me fui a quitar el zapato y me encontré con el problema: la milagrosa tirita se había confundido de piel, y se había pegado a la piel del zapato y no a mi piel humana (si lo piensas, es hasta tranquilizador). Así que medio apósito estaba pegado a muerte a mi ampolla y el otro medio a mi zapato...

DOLOR.

Hice un apaño de emergencia: la parte que no se había pegado a donde debía la fijé a mi planta con otras dos tiritas normales y corrientes que llevaba en el bolso. Y seguí andando.

Pero el invento no funcionó como debía, porque esas tiritas TAMPOCO se pegaron a mi piel, sino que se sumaron al otro apósito y se pegaron también al zapato. Muy bien. A cada paso me tiraba más y más. Lo malo es que como estaba en medio de la nada y no podía arreglar el asunto, me aguanté durante todo el día.

Y cuando llegué al hotel...

...me intenté quitar el zapato pero estaba pegado a mi ampolla como si hubiera echado Loctite. Con muuuuuuuucho cuidado logré separar mi pie del zapato, y observé mi planta del pie. Allí había una masa informe, como de chicle, formada por el apósito de marras, dos tiritas hechas sendas pelotas, y no sé qué más, todo pegado a la delicada piel de mi ampolla y a nada más.

Ya tuve que llamar a la Caballería, claro.

Y la Caballería me aconsejó, muy sabiamente, que me diera una ducha para tranquilizarme, dejarle un rato en paz, y sobre todo, ablandar ese Flubby descolorido para separarlo de mi ampolla.

Y lo hice.

Y salí de la ducha.

Y la maldita tirita cabrita se pegó en la alfombrilla de la ducha.

Así que allí estaba yo, envuelta en una toalla, con un pie el el suelo mojado y frío, y el otro levantado con una alfombrilla de ducha pegada a él, dando patadas al aire para librarme de la maldita alfombrilla que encima pesaba y tiraba de la piel de mi ampolla, intentando no caerme y no aullar de dolor.

Nunca pensé que un simple apósito sería capaz de robarme la dignidad...

18 agosto 2010

Física Básica

El fin de semana, mi chico sucumbió a mis amenazas presiones amables peticiones.

- Cariño, ya te he arreglado el embellecedor de la puerta trasera del coche. Y también he intentado apañar la guantera, parece que ya se cierra bien.

- Ohhhhhhhhh... ¡Muchas gracias!

- Ah, y... el coche hace un ruido raro. ¿Te habías fijado?

ALERTA.

- Errr... Pues no. ¿Qué clase de ruido?

- Pues un click. Suena a algo eléctrico. Y lo mismo te está consumiendo batería.

- ¿Un click? ¿Y cuándo hace ese ruido?

- Cuando el coche está parado. ¿En serio no lo habías oído?

Pues no, claro que no. Porque cuando el coche está parado, yo ya estoy muy lejos de él. Cuando lo paro (o sea: lo aparco o lo dejo ya en el garaje) es porque yo me voy a otro sitio. No me quedo a su lado a ver si expectora o algo.

La cosa se quedó así, porque tampoco podíamos hacer mucho, claro.

Bueno, en realidad la cosa no quedó así. Que se quedara así implicaría que yo seguiría como hasta entonces, pero no. Ahora tenía la semilla de la paranoia en mi cabecita, que para las paranoias es como un campo fértil donde germinan y crecen alegremente.

Resultado: al día siguiente me quedé quince minutos al lado de mi coche.

Parada y silenciosa.

En realidad, daba miedo verme allí sola, en el garaje, como una tonta.

Escuchando el click.

Intentando determinar de dónde venía.

Cada cuántos segundos se producía.

Si había alguna causa para ello.

En definitiva, volviéndome majara.

- ¡¡El coche está roto!! Buaaaaaaaaaaaa... ¡Por tu culpa!

- ¿¿¿Por mi culpa???

- ¡Sí!

- ¿Y se puede saber por qué es culpa mía?

- ¡Porque oíste el maldito click!

- ¡Pues no entiendo por qué es culpa mía que el coche esté roto!

- Hombre, es física elemental: si lo oyes haces que exista. Antes no sabíamos que el coche hace un click misterioso, pero vas tú y lo oyes. ¡Un click no existe hasta que alguien lo oye!

Por favor... ¿Es que soy la única que entiende las elementales leyes de la Física?

17 agosto 2010

La Alegría de la Huerta

El día de mi vuelta al trabajo ha amanecido gris y triste (a juego conmigo, cosa que tiene mérito teniendo en cuenta que estamos en Agosto y lo habitual es tener un cielo insultantemente azul y brillante, sin una nube).

Con un día así, no es de extrañar que todo lo demás ha salido torcido...

Hemos ido al banco en cuanto han abierto para hacer una sencilla gestión que ha durado tres cuartos de hora. Estaba sentada en mi silla, ansiosa porque no quería llegar tarde al trabajo (teniendo en cuenta que ya había retrasado mi hora de entrada), y la chica se ha tomado todo con mucha calma y tranquilidad. Me ha puesto de los nervios. Finalmente me he tenido que ir prácticamente a medias, cuando mi firma ya no ha hecho falta para nada, y aún así he llegado con retraso al trabajo...

Mi humor no ha mejorado NADA al llegar allí. Apenas he gruñido un "buenos días" al entrar y un escueto "bien" cuando me han preguntado qué tal mis vacaciones. He encendido el ordenador con desgana y he esperado a que se descargaran más de mil correos (qué barbaridad) que he acumulado en mi breve ausencia (y eso que el Viernes por la tarde dejé de recibir porque se había sobrepasado el límite de mi buzón). Cada correo descargado era un bufido hastiado...

Vamos, que he sido la Alegría del la Huerta. Llamadme así a partir de ahora.

Los que comparten conmigo despacho, después de unos cuantos años ya saben cuándo estoy así es mejor no hablarme, y agradezco infinitamente que me conozcan y me respeten mis malas pulgas.

No sé por qué estaba de tan mal humor. Claro que no es difícil hacer un diagnóstico a lo House. Supongo que por la vuelta al trabajo, la depresión postvacacional. Y también por el tema de la nevera, y porque ahora toca deshacer maletas, poner lavadoras, volver a la rutina... Se hace muy pesado.

También he de reconocer que no se puede decir que haya desconectado en las vacaciones. Si he de ser sincera, apenas lo he hecho. En parte es culpa mía porque me cuesta mucho desconectar, y por otra parte, las circunstancias no me han ayudado.

Por ejemplo: mi jefe puso en marcha antes de mis vacaciones (especifiquemos más: el Viernes a media tarde, ¡por favor!, si debería haber estado haciendo la maleta) una implantación de la que soy directamente responsable. No había tenido días el chiquillo, no. Ni mañana de Viernes, con toooooooodas sus horas...

Otro ejemplo: estuve pendiente de la persona que me sustituyó (su primera vez en un puesto como el mío). No podía, sencillamente, dejarla sola y sin soporte, a la good of the God -a la buena de Dior, vamos-. Iba en contra de toda yo, porque dejar alguien nuevo y desamparado es algo que YO he criticado MUCHO porque me ha pasado a MÍ, y no es nada divertido.

Y el remate del tomate fue una llamada, creo que en mi vacacionoso Lunes, de desesperación. Pero lo malo no fue la llamada en sí, no. Fue la frase de despedida: lástima te tengo para cuando te incopores (refieriéndose a la implantación). Esa condenación ha estado resonando en mi cerebro toda la semana.

Por todas esas circunstancias adversas, hoy he empezado el día con un humor horrible.

Menos mal que el irme a casa prontito me ha arreglado un poco...

16 agosto 2010

Let there be light...

Está empezando a ser molestamente habitual eso de llegar a casa después de unas vacaciones y encontrarse con que el piso no tiene luz. Vale que se arregla en un plis: abriendo el cuadro eléctrico y subiendo la única pestaña que está gacha.

Et voilà!

Let there be light...

Pero luego hay que enfrentarse a lo que el apagón ha supuesto: toda lo que hay en la nevera está para tirar.

Si ya de por sí llegas con angustia porque se te acaba lo bueno, sin querer pensar en el pastizal que te has gastado en un una semana de vacaciones... Que al día siguiente tengas que dedicarte -después de un más que probable horroroso día de trabajo- a llenar otra vez la nevera (literalmente), pues no hace ni puta pizca de gracia, la verdad.

Esto ya nos pasó cuando volvimos de París, y ahora once again. No me explico que en todo el año no salten los plomos ni una sola vez, pero cuando nos vamos de vacaciones, TIENE QUE PASAR.

Es más que evidente que el Universo no quiere que nos vayamos de vacaciones...

(O que comamos toooooooodo lo que nos quede en casa antes de irnos, peor aún.)