17 septiembre 2007

ECONOMÍA SUMERGIDA

El Lunes empezó bastante bien. Tenía del día libre. No tenía que madrugar. Podía dormir sin problemas hasta que el sol me diera en la cara y abriera los ojos naturalmente...

...o hasta que el cartero aporreara el timbre a horas tempranas y tuviera que saltar de la cama, descalza porque no encontraba las zapatillas, en pijama, legañosa y despeinada. Al menos traía un paquete que llevaba esperando y por eso no le lancé mi mirada asesina. Por eso y porque el ojo izquierdo lo tenía todavía un poco pegado.

Ya puestos, me levanto y aprovecho la mañana de banco en banco y tiro porque me toca. Pagando impuestos y arreglando cosas. Mirando con tristeza infinita el extracto de la cuenta y pensando en todo lo que tendré que pagar en los próximos meses, así que para recortar gastos y quitarme la pena, me paso por el supermercado a comprar algún postre megacalórico pero hipertranquilizante, así que mientras lo saboreo pienso que estar rozando los números rojos a mitad de mes no es tan malo siempre y cuando a partir de ese momento ponga en marcha un plan de contingencia para lo que queda de mes...

...que se rompe en mil pedazos escasas horas más tarde, cuando vamos a una gran superficie a hacer la compra quincenal. Como nos suele pasar, cuando decidimos sacar la lista de lo que REALMENTE necesitamos, ya llevamos medio carrito lleno. La hora de la verdad llega cuando la cajera nos saca de la maquinita el kilométrico ticket de compra y nos dice una escalofriante cifra de cinco dígitos (tres números, coma, dos números) y se queda tan pancha mientras mi tarjeta de crédito salta del bolso e intenta huir despavorida. Lo único que me queda es resignarme mientras empujo con dificultad un carrito repleto hasta los topes, que es dirigido más por la ley de la gravedad (y el suelo que no está muy allá) que por mí. La ley de la gravedad, que es una cachonda, me lleva a una administración de lotería. Lógicamente, no hay que hacer oídos sordos a una señal del Universo, así que tentamos a la suerte con cuatro combinaciones de seis números. En estos momentos, con la tarjeta de crédito temblando, no se me ocurre mejor razón para que el Universo tenga a bien darnos un poco de suerte y que al menos recuperemos lo que acabamos de gastarnos (y así de paso mi conciencia me dejará dormir).

Aunque, ahora que lo pienso, ¿no habremos desatado una nueva adicción? Esto va en contra de mi fantástico plan de contingencia... Que se supone que debe recortar gastos en lugar de generarlos... Sí, es una inversión, pero en realidad primero es un gasto y no sé yo si veremos algo positivo de todo esto...

Ahora mi conciencia no me deja dormir, por este otro motivo añadido.

Jo.

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