El día de hoy en el trabajo ha sido un poco soba.
Por un fallo informático, casi todo el centro se ha quedado sin poder hacer su trabajo. El CASI quiere decir que dicho fallo no me afectaba a mí directamente (todo lo que necesito para trabajar funcionaba perfectamente), que mira que tengo mala suerte. El caso es que un par de centenares de personas estaban fuera, sentados en sus puestos y charlando con los compañeros, haciendo corrillos, tomando café, saliendo fuera a descansar, riéndose unos y otros... y yo en mi despacho, oyendo el murmullo jovial de las conversaciones, y tecleando un informe. La vida no es justa.
Los minutos avanzaban muy lentamente, muy lentamente... hasta que se acabó el trabajo. Normalmente hay muchas más cosas que hacer, pero tener a la gente ociosa hace que a mí me entre menos trabajo (que en cierto modo, me lo generan ellos). Así que aquí estoy, aquí solita, mirándome la barriguita. No sé qué me disgusta más. Estar hasta arriba de trabajo o tan ociosa que me aburro. Tengo el chip de aprovechar el tiempo tan incrustado en mi cerebro que el no hacer nada:
a) Me extraña.
b) Me siento culpable.
Incluso no me sirve de mucho tener acceso a Internet -no en mi ordenador, por supuesto-, porque llega un momento (muy pronto, por cierto), en el que ya me he informado, me he puesto al día con mis RSS y he mirado todo lo que me hacía falta. Luego está el aquel de jugar al BuscaMinas o algo así. También me canso de él al hacer tres récords seguidos en el modo experto. Luego intento chatear con otra gente por correo electrónico, y es inútil porque no están en el puesto, claro. Así que me pongo a escribir esto.
La verdad es que me he sentido un poco desplazada. Soy consciente de lo absurdo de este sentimiento, pero es inevitable. Cuando me he asomado un momento a ver si el tema se había solucionado, he visto que la gente estaba aún sin trabajar, haciendo corrillos y hablando. Me podía acercar a algún grupillo, formado por mis antiguos compañeros, pero después de vacilar un segundo, me he vuelto a mi puesto, un despacho aislado de todos los demás que comparto con otra chica. Me he sentado delante de mi ordenador y he pensado que echo de menos el estar ahí fuera, con la gente, hablando y compartiendo batallitas. Ahora estoy yo sola peleando a otro nivel, apenas puedo compartir experiencias con otras cinco personas que están conmigo aquí. Ya no tengo apenas temas de conversación laborales en común con mis ex-compañeros, porque por un lado ya no somos de la misma área, y por otro el tener un cargo superior limita bastante las conversaciones, puesto que sé que se cortan de contarme cosas (aunque saben de sobra que lo que escucho fuera de mi despacho no lo tomo en cuenta, pero aún así). También lo he notado a las horas del desayuno y la comida. Antes todos más o menos nos repartíamos el trabajo para ir juntos, no había inconveniente. Pero ahora, mis ex-compañeros no cuentan conmigo. No lo hacen porque al principio, cuando me avisaban, estaba tan liada que no podía ir con ellos, si lo hacía al final llegaba tarde, y poco a poco dejaron de avisarme. Es normal. Ahora me tengo que turnar con mis actuales compañeros (para no dejar el puesto solo) para irme a descansar y no coincido con casi nadie. Claro que si me encuentro con alguien me siento con ellos y todo parece como antes, aunque realmente no es así. Lo echo de menos. Dicen que es el “precio del poder”, y sí, es precio, pero yo no veo el poder por ningún lado.
Al menos, ahora mi chico está aquí. Realmente ha supuesto un alivio que él entrara a trabajar en la empresa. Al principio tenía un montón de dudas, yo creía que todo iba a salir fatal. Hasta ahora no ha ido mal del todo. Egoístamente, a mí me viene muy bien, porque por un lado está conmigo y ya no me encuentro tan sola, además de que con la actual situación puedo ayudarlo y el tema está un poco controlado (como por ejemplo a la hora de las vacaciones). Por ese lado no me puedo quejar. Tengo la percepción de que él está bastante a gusto también, aunque sepamos que no es el trabajo de su vida -ni el mío-. Disfruta del horario que quería y está habituado al puesto de trabajo, así que por ese lado mejor no había podido salir la cosa.
Hay que saber mirar lo positivo de cada situación, supongo.
Como por ejemplo, que me ha dado tiempo de actualizar desde el trabajo.
A saber cuándo se dará otra vez esta circunstancia de estar razonablemente ociosa...
Por un fallo informático, casi todo el centro se ha quedado sin poder hacer su trabajo. El CASI quiere decir que dicho fallo no me afectaba a mí directamente (todo lo que necesito para trabajar funcionaba perfectamente), que mira que tengo mala suerte. El caso es que un par de centenares de personas estaban fuera, sentados en sus puestos y charlando con los compañeros, haciendo corrillos, tomando café, saliendo fuera a descansar, riéndose unos y otros... y yo en mi despacho, oyendo el murmullo jovial de las conversaciones, y tecleando un informe. La vida no es justa.
Los minutos avanzaban muy lentamente, muy lentamente... hasta que se acabó el trabajo. Normalmente hay muchas más cosas que hacer, pero tener a la gente ociosa hace que a mí me entre menos trabajo (que en cierto modo, me lo generan ellos). Así que aquí estoy, aquí solita, mirándome la barriguita. No sé qué me disgusta más. Estar hasta arriba de trabajo o tan ociosa que me aburro. Tengo el chip de aprovechar el tiempo tan incrustado en mi cerebro que el no hacer nada:
a) Me extraña.
b) Me siento culpable.
Incluso no me sirve de mucho tener acceso a Internet -no en mi ordenador, por supuesto-, porque llega un momento (muy pronto, por cierto), en el que ya me he informado, me he puesto al día con mis RSS y he mirado todo lo que me hacía falta. Luego está el aquel de jugar al BuscaMinas o algo así. También me canso de él al hacer tres récords seguidos en el modo experto. Luego intento chatear con otra gente por correo electrónico, y es inútil porque no están en el puesto, claro. Así que me pongo a escribir esto.
La verdad es que me he sentido un poco desplazada. Soy consciente de lo absurdo de este sentimiento, pero es inevitable. Cuando me he asomado un momento a ver si el tema se había solucionado, he visto que la gente estaba aún sin trabajar, haciendo corrillos y hablando. Me podía acercar a algún grupillo, formado por mis antiguos compañeros, pero después de vacilar un segundo, me he vuelto a mi puesto, un despacho aislado de todos los demás que comparto con otra chica. Me he sentado delante de mi ordenador y he pensado que echo de menos el estar ahí fuera, con la gente, hablando y compartiendo batallitas. Ahora estoy yo sola peleando a otro nivel, apenas puedo compartir experiencias con otras cinco personas que están conmigo aquí. Ya no tengo apenas temas de conversación laborales en común con mis ex-compañeros, porque por un lado ya no somos de la misma área, y por otro el tener un cargo superior limita bastante las conversaciones, puesto que sé que se cortan de contarme cosas (aunque saben de sobra que lo que escucho fuera de mi despacho no lo tomo en cuenta, pero aún así). También lo he notado a las horas del desayuno y la comida. Antes todos más o menos nos repartíamos el trabajo para ir juntos, no había inconveniente. Pero ahora, mis ex-compañeros no cuentan conmigo. No lo hacen porque al principio, cuando me avisaban, estaba tan liada que no podía ir con ellos, si lo hacía al final llegaba tarde, y poco a poco dejaron de avisarme. Es normal. Ahora me tengo que turnar con mis actuales compañeros (para no dejar el puesto solo) para irme a descansar y no coincido con casi nadie. Claro que si me encuentro con alguien me siento con ellos y todo parece como antes, aunque realmente no es así. Lo echo de menos. Dicen que es el “precio del poder”, y sí, es precio, pero yo no veo el poder por ningún lado.
Al menos, ahora mi chico está aquí. Realmente ha supuesto un alivio que él entrara a trabajar en la empresa. Al principio tenía un montón de dudas, yo creía que todo iba a salir fatal. Hasta ahora no ha ido mal del todo. Egoístamente, a mí me viene muy bien, porque por un lado está conmigo y ya no me encuentro tan sola, además de que con la actual situación puedo ayudarlo y el tema está un poco controlado (como por ejemplo a la hora de las vacaciones). Por ese lado no me puedo quejar. Tengo la percepción de que él está bastante a gusto también, aunque sepamos que no es el trabajo de su vida -ni el mío-. Disfruta del horario que quería y está habituado al puesto de trabajo, así que por ese lado mejor no había podido salir la cosa.
Hay que saber mirar lo positivo de cada situación, supongo.
Como por ejemplo, que me ha dado tiempo de actualizar desde el trabajo.
A saber cuándo se dará otra vez esta circunstancia de estar razonablemente ociosa...
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