15 octubre 2007

ATASCOS Y ANACARDOS

Faltaban 120 kilómetros para Madrid. Eso quería decir que nos quedaba más rato de camino del que en un principio habíamos calculado (cuando digo habíamos, quiero decir que ÉL había, ÉL es el Señor de las Predicciones Exactas: mi chico te dice a qué hora llegaremos en cualquier viaje, sea largo o pequeño, con un margen de error de dos minutos, lo que es acojonante).

Habíamos pasado ya el tercer atasco. El primero fue porque había obras en la carretera, el segundo atasco fue porque un camión se había quedado tirado en el lado izquierdo de la autovía y claro, inhabilitó un carril, y el tercero fue porque sí. Mi chico se lo tomaba con paciencia, igual que yo. Me entretuve en mirar coches, aquello era mejor que ir a un concesionario, porque tenías todas las marcas y modelos a disposición, y me puse a componer mi coche ideal (que contiene las luces traseras en diagonal de un Peugeot 307) mientras mi chico, muerto del aburrimiento, analizaba el asfalto del carril de al lado. Conversación absurda, lo sé, que él mismo reconoció, y que luego dijo que seguramente lo escribiría en mi blog -cómo me conoce-.

En ese momento me apeteció ponerme a actualizar para matar el aburrimiento, lo que en un principio me pareció una locura. Luego pensé que igual no era para tanto (era mejor que entretenerme viendo los juegos de luces de freno de los setecientos coches que tenía delante). Total, qué más daba, llevaba el portátil en algún lugar del coche, del atascado coche lleno de mierdas cosas, así que me puse a palpar a ver dónde estaba el maletín del portátil. Localizado: debajo del asiento trasero que echamos hacia adelante para meter de costado una percha de pie (es una larga historia que será contada en otra ocasión). Era físicamente imposible sacarlo de ahí, sobre todo con mi brazo retorcido hacia atrás en una flexión imposible, porque estaba encajada al milímetro la puñetera maletita. Estábamos parados, y no me parecía tan absurdo salir un momento del coche para sacarlo, pero realmente lo era, así que me puse a pensar en otra manera de pasar mi tiempo...

...y buscándolo estaba, cuando de repente me nació una imperiosa necesidad, absurda de por sí, pero que me nubló todos los sentidos. Quería un anacardo. Sí, un anacardo. No sé por qué, de todas las apetencias del mundo, me apeteció un anacardo. No un pistacho, ni una almendra, ni siquiera una pasa. Un anacardo. Esa apetencia me inundó los sentidos, y me distrajo bastante mientras contemplaba el paisaje intentando olvidar. Pero no pude. Sólo pensaba en una bolsita de anacardos. Estaba empezando a salivar. Miraba desesperada algún área de servicio donde conseguir mi droga (a esas alturas sólo era posible calificar así mi repentina obsesión por los anacardos). Pero como pasa en estos casos, no había ninguna vía de servicio cerca. Vaya. ¿Será posible? Ni una maldita gasolinera en kilómetros. O puede que en metros, dada la lentitud a la que circulábamos por las carreteras de España...

En la distancia se divisaba un camión que se esforzaba por no ralentizar la circulación. El delirio anacardil me hizo ver una gominola gigantesca pintada en la parte trasera del camión. Parpadeé, pero la gigantesca gominola seguía ahí. Nos acercamos peligrosamente y la gominola se hizo más grande y real. No había duda: ERA una gominola pintada en la parte trasera de un camión. Sin embargo, seguía deseando anacardos con todas mis fuerzas. Adelantamos al camión, que en el lateral tenía pintadas más gominolas y... UN ANACARDO GIGANTESCO, rodeado de pistachitos y avellanitas. La babilla se me caía a chorros.

Para evitar que inundara el coche y echar a perder todo el equipaje, paramos en la primera área de servicio que encontramos por fin, y nos lanzamos a la tienda en busca de una bolsita de anacardos, que encontramos finalmente. Me supieron los anacardos a gloria bendita.

Mientras los devoraba saboreaba, abrí la puerta trasera del coche para sacar el portátil. Mi chico no se creía que fuera capaz, pero sí, señores: saqué el portátil para ir actualizando a lo largo de los kilómetros lo que nos iba pasando en la carretera. Lo sé: soy una friki y no tengo remedio, pero al menos iba entretenida. Era eso o ir contando las rayitas discontinuas de la carretera. Así que llevando yo mi portátil en las rodillas, ríase la gente.

(El fastidio es que en las carreteras de España no hay red WiFi.)

Me preguntaba qué iban a pensar los coches a los que adelantábamos, porque debe ser raro ver a alguien con el portátil haciendo lo que sea (espero que al menos todos pensaran que era una yuppy adicta al trabajo o algo), cuando frenamos en el séptimo atasco. Paramos detrás de un Chrysler donde vimos una pantallita, y me sentí aliviada: no estaba sola en este mundo. Al frenar detrás de ellos, ya vimos lo que era la pantalla: no era un GPS, sino la de un DVD para niños, con dibujos animados. Mi chico se quedó embobado mirando la pantallita mientras yo escribía esto, entusiasmado. Pensé en regalarle una serie para tenerlo entretenido para cuando me convenga...

Quedaban todavía 70 kilómetros para Madrid. Había tráfico, y al menos mi chico iba entretenido esquivando coches, adelantando, tarareando música, estirando el cuello por si veía el DVD del coche que teníamos delante (exacto: no lo adelantamos en un buen tramo de carretera, y sospecho que mi chico llevaba la trama de la serie de dibujos) y oyéndome teclear mientras. Pensé que lo que nos faltaba era que sonara el Messenger conectándose, sería un puntazo. Claro que no pasó -por si alguien se lo pregunta-.

Anochecía. Eran las ocho de la tarde, nos quedaba todavía un buen trecho de viaje. Casi me planteé buscar mis apuntes, escondidos en alguna recóndita parte del disco duro, y ponerme a estudiar allí mísmo, pero no estoy tan desesperada. Lo que sí me hubiera apetecido es una conexión a Internet, porque TENEMOS DERECHO A INTERNET, lo decía alguien en un enorme cartel en no sé qué ciudad...

Al cabo de los kilómetros, la batería del portátil dió su último suspiro y se apagó mi entretenimiento. No me quedó más remedio que aburrirme como el resto de la gente en los atascos: mirando otros coches, escuchando música, y cosas así. Iba anocheciendo y la circulación por fin se normalizaba, así que caí dormida en un cambio de rasante.

Pero con la conciencia tranquila porque iba a actualizar. ¡Ja!

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