El minipuente de tres días me vino de maravilla. Esta vez sí que supe desconectar, mejor que en otras ocasiones (mejor dicho: a diferencia de otras ocasiones), y vine nueva. Un poco cansada del viaje, pero con fuerzas.
Fuerzas que machaqué el mismo Lunes por la tarde.
No se me ocurrió otra cosa que desempolvar la bolsa de deportes e ir al gimnasio. No sé cómo me nació la idea, pero el caso es que me vi a mí misma ponerme un chándal (pasaba de cambiarme en el gimnasio), coger la bolsa y salir por la puerta de casa con la muy sana intención de hacer un poco de ejercicio (como si hubiera sido poco el que hice el fin de semana, ¡menudas caminatas!).
En algún lugar recóndito de mi bolsa de deporte había un papelito con los horarios de las clases que se dan en el gimnasio. Por la hora tocaba en unos diez minutos una clase de Cardio-Box, que en principio sonaba bien. Las alternativas eran o bien piscina (que, cosa rara, no me apetecía nada), o bien aparatos en sala (que me parecen bastante aburridos). Así que imaginé que una clase no estaría mal.
Entré al gimnasio. En recepción me enteré que hacían falta unos guantes para la clase, así que me ví comprando allí mismo unos mini guantes de boxeo y ya empecé a flipar un poco. Me los fuí poniendo bajando las escaleras, y mientras luchaba por meter mis deditos en aquella cosa, me adelantó una chica delgadita y muy menuda que me sonrió. "¿Qué, vienes a la clase, no?" Claro que sí, no es que tuviera frío en las manos... "Vale, pues nos vemos, ¡seguro que te gusta!", y salió corriendo.
Cuando entré en la sala, esa misma chica estaba poniendo música y preparando la clase. Ajá, era la monitora. Dejé la mochila en el suelo y sacamos unos sacos verticales para la clase. Mmmmmm... Parecía que iba a ser divertido. La monitora esperó a que todos estuviéramos listos para empezar la clase dándole al PLAY para la música.
Ahí empezó mi pesadilla.
Con las primeras notas de la música trepidante propia de los gimnasios, a la monitora pareció que le atravesaba una descarga eléctrica. Empezó a dar saltitos y se tiró así toda la clase. No paraba. El calentamiento fue muy intenso, despidadado. Me costaba seguir su ritmo, no entendía las órdenes que gritaba esforzándose por hacerse oir por encima de la música. Los sacos impedían que la viera y ella no hacía más que moverse. No me quedó más remedio que fijarme en las chicas de alrededor para seguir los ejercicios, que al menos eran los que más o menos se hacen en todas las clases de gimnasia.
Luego empezaron los ejercicios propios del Cardio-Box. Ahora entendí el nombre: BOX porque básicamente era boxear, y CARDIO porque a los quince minutos se me salía el corazón por la boca.
Demasiada intensidad para mi primer día de vuelta al gimnasio. Empezamos a golpear el saco con toda nuestra alma. La chica nos iba indicando los golpes a grito pelado.
¡Gancho derecha!
¡Directo izquierda!
¡Patada lateral!
¡Giro de cintura!
¡Directo derecha!
¡Gancho izquierdo!
¡Patada!
¡Venga!
¡Sin parar!
¡Más ritmo!
¡No os oigo!
¡NO OS OIGOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! (Llorar, imagino.)
Y así sucesivamente.
Se me hizo un mundo. En realidad, si lo piensas, no estaba nada mal: es un ejercicio muy dinámico que desestresa mucho, pero fue demasiado para mí en mi primer día de vuelta al mundo sano. Golpeaba el saco con toda mi alma en un vano intento porque se acabara la pesadilla. Miraba el reloj a ver cuánto quedaba, pero las agujas no se movían (al contrario que todo el mundo allí). La monitora amenazaba con alargar la clase si no nos oía gritar mientras apalizábamos al pobre saco. Increíble la energía de aquella chica tan menuda, ¡no paraba! Los rizos se me pegaban a la frente y me hacían cosquillas en la nariz, pero no podía dejar de dar saltitos, moverme, dar patadas y puñetazos, so pena de ser la causante de que en lugar de 45 larguísimos y eternos minutos de clase fueran más. Si eso hubiera pasado, estoy segura de que los demás hubieran cambiado el saco por mí en un momento, porque la mía no era la única cara de sufrimiento.
Por fin, la chica decició que no iba a sacar mucho más de nosotros y la clase no se alargó. En los minutos de estiramientos ya empecé a notar que me dolía todo el cuerpo, especialmente los nudillos, de tanto gancho y golpe directo. Mis manitas no están acostumbradas a semejante tarea.
Así que una hora y un litro de agua ingerida después, demasiado cansada para quedarme ni un minuto más allí (la ducha me la daría en mi casa tranquilamente), salí del gimnasio rumbo a un sofá. Me dí cuenta de que no estaba tan cansada después del palizón, pero tenía resentidos todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo, amén de los nudillos doloridos...
Si es que tenía que haber ido a la piscina, como siempre.
Fuerzas que machaqué el mismo Lunes por la tarde.
No se me ocurrió otra cosa que desempolvar la bolsa de deportes e ir al gimnasio. No sé cómo me nació la idea, pero el caso es que me vi a mí misma ponerme un chándal (pasaba de cambiarme en el gimnasio), coger la bolsa y salir por la puerta de casa con la muy sana intención de hacer un poco de ejercicio (como si hubiera sido poco el que hice el fin de semana, ¡menudas caminatas!).
En algún lugar recóndito de mi bolsa de deporte había un papelito con los horarios de las clases que se dan en el gimnasio. Por la hora tocaba en unos diez minutos una clase de Cardio-Box, que en principio sonaba bien. Las alternativas eran o bien piscina (que, cosa rara, no me apetecía nada), o bien aparatos en sala (que me parecen bastante aburridos). Así que imaginé que una clase no estaría mal.
Entré al gimnasio. En recepción me enteré que hacían falta unos guantes para la clase, así que me ví comprando allí mismo unos mini guantes de boxeo y ya empecé a flipar un poco. Me los fuí poniendo bajando las escaleras, y mientras luchaba por meter mis deditos en aquella cosa, me adelantó una chica delgadita y muy menuda que me sonrió. "¿Qué, vienes a la clase, no?" Claro que sí, no es que tuviera frío en las manos... "Vale, pues nos vemos, ¡seguro que te gusta!", y salió corriendo.
Cuando entré en la sala, esa misma chica estaba poniendo música y preparando la clase. Ajá, era la monitora. Dejé la mochila en el suelo y sacamos unos sacos verticales para la clase. Mmmmmm... Parecía que iba a ser divertido. La monitora esperó a que todos estuviéramos listos para empezar la clase dándole al PLAY para la música.
Ahí empezó mi pesadilla.
Con las primeras notas de la música trepidante propia de los gimnasios, a la monitora pareció que le atravesaba una descarga eléctrica. Empezó a dar saltitos y se tiró así toda la clase. No paraba. El calentamiento fue muy intenso, despidadado. Me costaba seguir su ritmo, no entendía las órdenes que gritaba esforzándose por hacerse oir por encima de la música. Los sacos impedían que la viera y ella no hacía más que moverse. No me quedó más remedio que fijarme en las chicas de alrededor para seguir los ejercicios, que al menos eran los que más o menos se hacen en todas las clases de gimnasia.
Luego empezaron los ejercicios propios del Cardio-Box. Ahora entendí el nombre: BOX porque básicamente era boxear, y CARDIO porque a los quince minutos se me salía el corazón por la boca.
Demasiada intensidad para mi primer día de vuelta al gimnasio. Empezamos a golpear el saco con toda nuestra alma. La chica nos iba indicando los golpes a grito pelado.
¡Gancho derecha!
¡Directo izquierda!
¡Patada lateral!
¡Giro de cintura!
¡Directo derecha!
¡Gancho izquierdo!
¡Patada!
¡Venga!
¡Sin parar!
¡Más ritmo!
¡No os oigo!
¡NO OS OIGOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO! (Llorar, imagino.)
Y así sucesivamente.
Se me hizo un mundo. En realidad, si lo piensas, no estaba nada mal: es un ejercicio muy dinámico que desestresa mucho, pero fue demasiado para mí en mi primer día de vuelta al mundo sano. Golpeaba el saco con toda mi alma en un vano intento porque se acabara la pesadilla. Miraba el reloj a ver cuánto quedaba, pero las agujas no se movían (al contrario que todo el mundo allí). La monitora amenazaba con alargar la clase si no nos oía gritar mientras apalizábamos al pobre saco. Increíble la energía de aquella chica tan menuda, ¡no paraba! Los rizos se me pegaban a la frente y me hacían cosquillas en la nariz, pero no podía dejar de dar saltitos, moverme, dar patadas y puñetazos, so pena de ser la causante de que en lugar de 45 larguísimos y eternos minutos de clase fueran más. Si eso hubiera pasado, estoy segura de que los demás hubieran cambiado el saco por mí en un momento, porque la mía no era la única cara de sufrimiento.
Por fin, la chica decició que no iba a sacar mucho más de nosotros y la clase no se alargó. En los minutos de estiramientos ya empecé a notar que me dolía todo el cuerpo, especialmente los nudillos, de tanto gancho y golpe directo. Mis manitas no están acostumbradas a semejante tarea.
Así que una hora y un litro de agua ingerida después, demasiado cansada para quedarme ni un minuto más allí (la ducha me la daría en mi casa tranquilamente), salí del gimnasio rumbo a un sofá. Me dí cuenta de que no estaba tan cansada después del palizón, pero tenía resentidos todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo, amén de los nudillos doloridos...
Si es que tenía que haber ido a la piscina, como siempre.
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