27 noviembre 2007

DISCONNECTING...

A mí los fines de semana se me pasan excesivamente rápido.

El Viernes llegué a casa cansada y aburrida. Cansada porque por norma general llego arrastrando al Viernes, y aburrida porque estuve sola en el trabajo y apenas había nada que hacer (de hecho, me puse a mirar el correo personal desde un ordenador que está conectado a Internet). La tarde la pasé vegetando en el sofá y sin hacer nada productivo salvo estar medio endormiscada, porque realmente no tenía ganas de moverme. Además, era fiesta local, así que me valió como excusa.

El Sábado tocaba viaje. Una parada estratégica en Granada para comer con mi familia que se había reunido de improviso se conviertió en una comida multitudinaria y muy divertida. Me lo pasé genial. Lo echaba de menos. Ahora, con el trabajo, cada uno estamos desperdigados en una parte de España, y no es habitual que coincidamos todos en alguna fecha que no sea en Navidad. Me lo pasé genial. Pero comprobé de golpe y porrazo que la escena había cambiado por completo. A mí me parece que no hace mucho que éramos nosotros los niños que corrían o gateaban por ahí mientras nuestros padres se tomaban un aperitivo, y ahora nosotros somos los padres. Obviamente, yo no soy madre (y menos padre, claro), pero me refiero que los niños con los que he jugado, que tienen un par de años más que yo, sí lo son. Se me hace raro. Es bonito, pero extraño. Supongo que no me he dado cuenta hasta que hemos estado todos reunidos, y estábamos más pendientes de los niños que de hablar. De hablar de cosas "de adultos", como las hipotecas, los sueldos, los proyectos laborales... Con mis primos, directos o no, con los que antes hablaba de cromos y tebeos.

A pesar de sentirme bastante más vieja, me lo pasé muy bien.

Después de comer fuimos a casa de mi abuela, justo a tiempo de ir a la misa de mi padre. La iglesia, fría como el hielo, tiene la capacidad de ponerme muy triste. El panorama, además, era bastante deprimente: no había ni veinte personas en la iglesia, y la más joven tendría 50 años (sin contar conmigo, claro). Ni siquiera escuché al cura; durante la media hora que duró la ceremonia, sólo pensaba en mi padre y se me escaparon algunas lagrimillas que milagrosamente no se congelaron en mi cara. Mi madre me apretó la mano y me sentí mucho mejor. Al salir a la calle, con el fío que hacía, conseguí despejarme un poco y cambiar algo el humor. Para el poco tiempo que iba a estar con mi madre y mis abuelos, no merecía la pena estar con la carilla triste.

El resto del fin de semana pasó tranquilo, sin salir y disfrutando de una partida de parchís en casa, de una conversación, o simplemente de un libro. También tuve tiempo de preparar algo de trabajo el Domingo para que no me pillara el toro. De vuelta a casa, la amenaza de otra semana que comienza se mitigó por el simple hecho de estar en casa. Creo que hasta me quedé dormida en el sofá...

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