Ayer, después de una larga espera, muchos nervios, incertidumbre, paseos arriba y abajo... Nació por fin la pequeña Andrea.
El día de ayer empezó indecentemente tarde para mí. Me desperté dos veces porque mi cuerpo, con la inercia una vez más, me recordó que debería ir a trabajar. Cuando fui consciente de que era fiesta y que por primera vez en meses podía quedarme durmiendo hasta hartarme, me sumí en un sueño tranquilo que duró lo que quiso. Me levanté cuando ya estuve saturada de descanso.
El día de ayer empezó indecentemente tarde para mí. Me desperté dos veces porque mi cuerpo, con la inercia una vez más, me recordó que debería ir a trabajar. Cuando fui consciente de que era fiesta y que por primera vez en meses podía quedarme durmiendo hasta hartarme, me sumí en un sueño tranquilo que duró lo que quiso. Me levanté cuando ya estuve saturada de descanso.
No me enteré del mensaje, lo ví al levantarme. Leí con emoción y nervios que mi amiga había roto aguas por la mañana temprano, así que llamé a ver si ya había nacido la pequeña. Pero no. Había decidido hacerse esperar. La dilatación era lenta y la cosa iba para largo. Pensé en ir al hospital por la tarde, porque tampoco se preveía que fuera a pasar algo hoy: al ritmo que llevaba, seguro que la niña nacería de madrugada.
Cuando llegamos, la familia estaba ahí, al pie del cañón. Las caras reflejaban alegría por un lado y cansancio por otra. Eran muchas horas ahí metidos en estado de alerta y sin ninguna novedad. Hicimos un relevo para que se tomaran un respiro. Yo estaba fresca como una rosa porque había descansado todo lo que había querido y más, pero allí descubrí que poco tiempo te agota más que una maratón. Te sientas en la sala de espera y no sabes cómo ponerte. Te levantas, estiras las piernas, sacas una botella de agua de la máquina. Vuelves, hablas un poco, te asomas por si hay algo nuevo. Miras el reloj, le das un golpecito porque parece evidente que se te ha parado, y piensas por enésima vez que odias los hospitales. Pero luego te consuelas pensando que esta es de las únicas veces que estás en uno por algo bueno.
Después de varias horas, decidimos irnos a casa. La situación era la misma que cuando llegamos, así que nosotros nos retirábamos porque además era un poco tarde. Empezamos a organizarnos para ver quién se venía con nosotros, y finalmente bajamos a la calle. A metros escasos del coche, una llamada de teléfono nos retuvo: iban a hacerle una cesárea.
El hecho de pensar que en diez minutos iba a venir al mundo una pequeña me emocionó, y los nervios se triplicaron. No podía dejar de mirar las puertas del paritorio para ver si salía el médico. Estábamos pendientes del reloj y los minutos pasaban muy-muy-muy lentos. Después de lo que pareció una eternidad, el médico salió y lo vimos hablando con el padre de la niña. Se giró hacia nosotros y nos hizo un gesto muy elocuente: todo había salido bien.
Se desató la alegría en aquel pasillo. Todo eran besos y abrazos y sonrisas y felicitaciones mutuas. ¡Ah! Y llamadas de teléfono... Mientras, nosotros nos retiramos a un segundo plano, sobre todo porque a mí ya se me agolpaban las lágrimas. A los pocos minutos sacaron a la niña para que la viéramos, en una cunita...
Estaba envuelta en una mantita de hospital, tan pequeñita y frágil que se te encogía el corazón. Me quedé hipnotizada con esas manitas tan pequeñitas, esa naricilla respingona. Su piel parecía muy suave, aunque aún había restos del parto en su cara. Impresiona mucho ver a un bebé que sólo tiene minutos de vida. Tan indefenso y frágil.
Esa visión me produjo un terremoto de sentimientos.
Nunca he sentido la necesidad de ser madre, de hecho creo que no tengo ningún instinto maternal. Los niños no me gustan demasiado, me parecen muy lindos pero solo para un rato. Además, tengo la teoría de que "huelen mi miedo" y por eso les caigo mal por norma general. Encima, no me sale "ser madre" con ellos: me encuentro rara y descolocada cuando un niño quiere jugar conmigo o me pide que lo suba en brazos (raras veces). Miro a mi futuro y nunca me he visto con un hijo, y si me fuerzo a imaginármelo, acabo convencida de que no sería una buena madre porque no lo he sentido nunca. Sé de chicas, mujeres, que se les ve que son unas madrazas desde siempre: les encantan los niños, tienen mano con ellos, conectan enseguida con los pequeños. Yo no. A veces pienso que soy una mujer desnaturalizada o algo así. Se supone que ya debería oír la llamada de la maternidad, pero debe ser que soy sorda porque no me entero.
Pero ayer, viendo a Andrea desde el cristal de la sala de maternidad, sentía un irrefrenable impulso de acunarla y protegerla y mimarla y cuidarla. Se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción sin poder evitarlo. Cuando la veía abrir la boca en un bostezo o cerrar las manitas agarrando el aire me recorría un escalofrío; notaba una calidez que me nacía de algún punto del corazón y se me subía a las mejillas y se me desbordaron las lágrimas.
Me aparté pretextando que hacía un calor de mil demonios en ese pasillo, lo que explicaba mi rubor y que saliera huyendo de allí. Bebí agua en un deseperado intento de que los sentimientos se me diluyeran un poco en el líquido elemento. Parece que funcionó porque me calmé bastante, pude controlarme y mi aplomo volvió a su sitio.
No disimulé que estaba emocionada, y sonreí a diestro y siniestro porque realmente estaba feliz de que Andrea hubiera nacido por fin. Nos despedimos y volvimos a casa tarde, pero con la tranquilidad de que todo ya estaba calmado y tranquilo. Además, había cumplido una promesa: que estaría allí cuando la niña naciera.
Creo que no es lo único que ha nacido.
Bienvenida al mundo, Andrea.
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