Soy un saco de virus.
Qué se podía esperar. Este fin de semana he salido de muy mala gana a la calle, a un entorno abiertamente hostil de frío y viento. Tuve que enfrentarme a él sin la bufanda de lana que me suele proteger, pero no me la había llevado porque no tenía ninguna intención de salir a la calle (y tampoco tenía idea de que hiciera tan mal tiempo, así, de repente). Total, que mis intentos de protegerme la garganta estirando hasta lo imposible el cuello del jersey no sirvieron de nada: los virus ya se habían colado dentro de mí.
Empezó con una leve picazón en la garganta. Luego, unos escalofríos a cuento de nada. Después, la nariz me goteaba como un grifo mal cerrado. A continuación fueron los ojos que me lloraban sin motivo alguno. Finalmente, una ristra de estornudos lo hicieron oficial. Me había puesto enferma.
Aún así, esta mañana, después de una noche horrenda en la que apenas he dormido, he temblado mucho y he moqueado y tosido más aún, me he levantado dispuesta a ir a trabajar. Me ha costado un mundo, eso sí, porque al ponerme en posición vertical me he dado cuenta de que me dolía todo el cuerpo. Por si fuera poco, un dolor de muelas se ha apuntado a la fiesta. Me he vestido de muy mala gana, con los ojos hinchados y llorosos, y me he presentado en el trabajo con la vaga esperanza de encontrarme un poco mejor. Al menos, se está calentito en mi despacho...
Pero ha sido imposible aguantar mucho tiempo allí. Lo he intentado pero no he podido. No he sido capaz de hacer nada en el ordenador porque me lloraban los ojos y estaba medio ausente. Sintiéndolo en el alma, me he ido a mi casa a enterrarme bajo mantas y a alimentarme de agua, zumitos y caldo caliente.
Ahora me toca esperar que los virus decidan dejarme en paz y se vayan. Por favor, por favor, que sea pronto...
Qué se podía esperar. Este fin de semana he salido de muy mala gana a la calle, a un entorno abiertamente hostil de frío y viento. Tuve que enfrentarme a él sin la bufanda de lana que me suele proteger, pero no me la había llevado porque no tenía ninguna intención de salir a la calle (y tampoco tenía idea de que hiciera tan mal tiempo, así, de repente). Total, que mis intentos de protegerme la garganta estirando hasta lo imposible el cuello del jersey no sirvieron de nada: los virus ya se habían colado dentro de mí.
Empezó con una leve picazón en la garganta. Luego, unos escalofríos a cuento de nada. Después, la nariz me goteaba como un grifo mal cerrado. A continuación fueron los ojos que me lloraban sin motivo alguno. Finalmente, una ristra de estornudos lo hicieron oficial. Me había puesto enferma.
Aún así, esta mañana, después de una noche horrenda en la que apenas he dormido, he temblado mucho y he moqueado y tosido más aún, me he levantado dispuesta a ir a trabajar. Me ha costado un mundo, eso sí, porque al ponerme en posición vertical me he dado cuenta de que me dolía todo el cuerpo. Por si fuera poco, un dolor de muelas se ha apuntado a la fiesta. Me he vestido de muy mala gana, con los ojos hinchados y llorosos, y me he presentado en el trabajo con la vaga esperanza de encontrarme un poco mejor. Al menos, se está calentito en mi despacho...
Pero ha sido imposible aguantar mucho tiempo allí. Lo he intentado pero no he podido. No he sido capaz de hacer nada en el ordenador porque me lloraban los ojos y estaba medio ausente. Sintiéndolo en el alma, me he ido a mi casa a enterrarme bajo mantas y a alimentarme de agua, zumitos y caldo caliente.
Ahora me toca esperar que los virus decidan dejarme en paz y se vayan. Por favor, por favor, que sea pronto...
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