14 diciembre 2007

EL BOLSO

Todavía no es la hora. Tengo que hacer tiempo hasta las siete, más o menos.

En la calle hace un frío de mil demonios y todavía estoy algo pochis, así que pienso qué puedo hacer para entretenerme mientras.

Un escaparate me da la solución. Sí, puedo ir mirando algún bolso (presiento que dentro de poco tendré una crisis-de-bolso, que consiste en que me doy cuenta de que no tengo un bolso adecuado a alguna ocasión y debo encontrar uno urgentemente).

Esa tienda de complementos parece que tiene alguno, detrás de los colgantes, bufandas, guantes y gorros -todo muy conjuntado-. Así que entro en la tienda.

Mejor dicho: intento. Porque esa puerta no tiene tirador.

Aplicando una lógica aplastante, deduzco que habrá que empujar. Lo hago. No se abre. Miro el cartel del horario, y miro dentro. Está abierto, al parecer. Empujo algo más fuerte. Ahora sí cede la puerta y estoy dentro.

La tienda es amplia y agradable, sobre todo por el calorcillo que hay dentro. Como no me voy a quedar mucho, ni me quito los guantes. Con la cabeza saludo a la chica que está detrás del mostrador. Me voy a ver bolsos.

Hay bastantes, colgados de unas especie de perchas. Voy mirando por encima. No me entusiasma ninguno. Miro los precios, que me parecen aceptables. No son feos, pero ninguno me llama. Bueno, aquel de allí parece que se ajusta un poco a mi vaga idea de mi futuro bolso. Es gris, muy de invierno, y sencillo. 18 euros. Bah, me gusta pero no demasiado. Lo cojo y me miro con él en el espejo. No está mal. Pero no sé si me gastaría 18 euros en él. Decido que no. Sólo es una tienda y puedo mirar en más sitios. Lo coloco de nuevo en la estantería.

Le digo adiós a la chica y me dirijo a la puerta. De nuevo me veo en dificultades porque esa puerta no tiene tirador y está encajada. Esta vez lo hago mejor, utilizo un poco la maña y abre a la primera. Salgo a la calle y pienso cómo cerrar la puerta en ausencia del maldito tirador para que no se escape el calorcillo de la tienda. Ah, bien, por el cristal de la puerta veo que la dependienta viene corriendo hacia mí, sin duda para empujar bien la puerta.

- Oye, ¡qué te llevas un bolso!

¿CÓMO?

Miro horrorizada mis enguantadas manos y efectivamente: al lado de la bolsa de plástico que llevo en la mano hay colgando un bolso, con la etiqueta de precio colgando. De los que menos me han gustado, por cierto.

Siento que me voy a morir de la vergüenza, y me pongo colorada. Tartamudeo una disculpa, y la chica se ríe y me dice que no pasa nada. Pero sé que está pensando que soy una pirada cleptómana que quería llevarme ese bolso sigilosamente. Le digo otra vez que no me he dado cuenta, y ella de nuevo me repite que no pasa nada. Pero sé que está pensando que le digo eso porque me ha pillado. Intento poner el bolso en su sitio pero la chica me lo coje y me dice que ya se encarga ella. No hay duda: me ha fichado como una ratera de barrio.

No vuelvo a ir a esa tienda.

Ni a ninguna otra.

Jooooooo.

7 comentarios:

  1. Jajaja!!! Pobrecilla... que corte!!!

    Pero puedes seguir entrando en otras tiendas, mujer!!!

    Un besoteee
    ResponderSuprimir
  2. Uffff... No pienso. Me voy a mantener una temporadita alejada de las tiendas. Quizá hasta el año que viene... No veas el corte que pasé. :(
    ResponderSuprimir
  3. De bueno nada, Querida. No veas lo mal que lo pasé. Al menos la chica se dió cuenta, no quiero ni pensar en que me diera cuenta yo al llegar a casa... ¿Con qué cara me presentaba yo luego en la tienda? Snif.
    ResponderSuprimir
  4. A mí eso me ha pasado pero en versión periódico, llevar un periódico en la mano, pasar por otro kiosco, comprar una revista o algo y que el dependiente me grite "Eh! El periódico no lo has pagao!"... Hay que pasar de estas falsas acusaciones.

    Salud y fuerza!
    ResponderSuprimir
  5. Ya, pero es que este es el SEGUNDO episodio semejante que me pasa (el otro es que no lo conté porque me moría de vergüenza, pero esta segunda vez ha sido el colmo). En fin, espero la próxima vez estar más atenta a lo que llevo en las manos... :(
    ResponderSuprimir
  6. Ais... ¡pobrecita!

    A mí hasta ahora me había pasado al revés. Olvidarme el cambio (13 libras, la última vez), o lo que había comprado.

    Y no una ni dos veces...
    ResponderSuprimir