Esa frase, pronunciada con una una calma asombrosa, me puso nerviosísima en un segundo. Salté del sofá para ir a la cocina a ver qué había pasado, y me encontré a mi chico inclinado sobre el fregadero, cogiendo un dedo del que chorreaba sangre. Quería saber qué había pasado, pero no me atrevía a mirar su mano porque es algo que llevo fatal. Él puso el dedo debajo del grifo del agua y miré de reojo: se había pegado un tajo que a punto estuvo de llevarse por delante un trozo de dedo, pero no había llegado a tanto.
Salí corriendo al dormitorio, en parte para dejar de ver aquello y para vestirme, porque estaba en pijama y no era plan de aparecer en el Centro de Salud de semejante guisa. Me maldije a mí misma por tener estas reacciones ante los cortes y esas cosas, porque en teoría yo debería estar tranquila y él histérico. La realidad es que todo iba al revés.
Me vestí en décimas de segundo y volví a la cocina con un puñado de algodón. Mi chico seguía en la misma postura, con su dedo debajo del grifo del agua y muy blanco. Se puso el algodón en el dedo y se apretó. Intenté no ver cómo el blanco del algodón se teñía de rojo demasiado rápido, así que llevé a mi chico a ponerle los deportivos y le pregunté si podría conducir, al parecer no había problema. Me maldije a mí misma otra vez, esta vez por no tener el carnet de conducir y poder llevarle yo a que le curaran.
Cuando llegamos al Centro de Salud, sorteando adolescentes borrachos y furgonetas de cátering para los médicos, las tornas habían cambiado un poco. Él estaba mareado y preocupado por si le ponían puntos, y yo ya estaba más calmada al haber comprobado que la sangre era muy escandalosa pero que no era para tanto. Enseguida nos atendieron y una médico se puso a vendar el dedo de mi chico con mucho cuidado, después de limpiarle la herida y aclarar toda aquella maraña de piel, sangre y algodón. Él perdió un poco las fuerzas, el color se le había ido de la cara y se tumbó un momento en la camilla. Intenté distraerle y que no pensara en el aparatoso vendaje de su mano para inmovilizar el dedo y empecé a cantarle canciones absurdas de los Simpson para que al menos se riera un poco ("...cojo un muelle, lo tiro por el retrete...").
Unos minutos después volvimos a casa, mucho más tranquilos, con el dedo completo y vendado. Se quejaba de que le picaba la herida, y mi fijación era que no pensara en todo aquello, pero un enorme vendaje es difícil de obviar. Mientras se acomodaba en el sofá, le acaricié el pelo recordándole que tenemos unos días libres, y le conté varias tonterías para hacerle reir. Poco a poco se fue deslizando en el sofá hasta ponerse cómodo y noté que ya se encontraba mejor, así que por fin respiré tranquila.
Me hubiera gustado saber reaccionar bien desde el primer momento, pero cuando pasan este tipo de cosas, me bloqueo y me pongo nerviosa. Mucho. En cambio, él es una balsa de aceite. Después, poco a poco, los nervios me abandonan y se apoderan de él. Entonces es cuando yo me tranquilizo porque ya sé qué pasa exactamente y que estamos haciendo algo para arreglarlo. Me gustaría saber conservar la calma en todo momento, porque no hay nada mejor que abrazarle tranquila y acariciarle la cabeza mientras le susurro que todo saldrá bien...
Salí corriendo al dormitorio, en parte para dejar de ver aquello y para vestirme, porque estaba en pijama y no era plan de aparecer en el Centro de Salud de semejante guisa. Me maldije a mí misma por tener estas reacciones ante los cortes y esas cosas, porque en teoría yo debería estar tranquila y él histérico. La realidad es que todo iba al revés.
Me vestí en décimas de segundo y volví a la cocina con un puñado de algodón. Mi chico seguía en la misma postura, con su dedo debajo del grifo del agua y muy blanco. Se puso el algodón en el dedo y se apretó. Intenté no ver cómo el blanco del algodón se teñía de rojo demasiado rápido, así que llevé a mi chico a ponerle los deportivos y le pregunté si podría conducir, al parecer no había problema. Me maldije a mí misma otra vez, esta vez por no tener el carnet de conducir y poder llevarle yo a que le curaran.
Cuando llegamos al Centro de Salud, sorteando adolescentes borrachos y furgonetas de cátering para los médicos, las tornas habían cambiado un poco. Él estaba mareado y preocupado por si le ponían puntos, y yo ya estaba más calmada al haber comprobado que la sangre era muy escandalosa pero que no era para tanto. Enseguida nos atendieron y una médico se puso a vendar el dedo de mi chico con mucho cuidado, después de limpiarle la herida y aclarar toda aquella maraña de piel, sangre y algodón. Él perdió un poco las fuerzas, el color se le había ido de la cara y se tumbó un momento en la camilla. Intenté distraerle y que no pensara en el aparatoso vendaje de su mano para inmovilizar el dedo y empecé a cantarle canciones absurdas de los Simpson para que al menos se riera un poco ("...cojo un muelle, lo tiro por el retrete...").
Unos minutos después volvimos a casa, mucho más tranquilos, con el dedo completo y vendado. Se quejaba de que le picaba la herida, y mi fijación era que no pensara en todo aquello, pero un enorme vendaje es difícil de obviar. Mientras se acomodaba en el sofá, le acaricié el pelo recordándole que tenemos unos días libres, y le conté varias tonterías para hacerle reir. Poco a poco se fue deslizando en el sofá hasta ponerse cómodo y noté que ya se encontraba mejor, así que por fin respiré tranquila.
Me hubiera gustado saber reaccionar bien desde el primer momento, pero cuando pasan este tipo de cosas, me bloqueo y me pongo nerviosa. Mucho. En cambio, él es una balsa de aceite. Después, poco a poco, los nervios me abandonan y se apoderan de él. Entonces es cuando yo me tranquilizo porque ya sé qué pasa exactamente y que estamos haciendo algo para arreglarlo. Me gustaría saber conservar la calma en todo momento, porque no hay nada mejor que abrazarle tranquila y acariciarle la cabeza mientras le susurro que todo saldrá bien...
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