Siempre llevo el iPod en mi bandolera. Siempre. Porque así lo llevo a mano y cuando salgo del trabajo, o voy a la biblioteca, o simplemente a comprar, sólo tengo que ponerme los cascos y andando.
Puede que no tenga batería, pero lo cargo y lo devuelvo al bolso. Puede que lo saque un rato para ponerlo en los altavoces y escuchar algo de música en su soporte, pero después lo meto de nuevo en su bolsillo especial y reservado. Da igual lo que pase, siempre lo pongo otra vez en su sitio.
Pues la ÚNICA vez desde que lo tengo que lo he sacado del bolso con la sana intención de cargar música nueva, la primera vez en meses que me lo dejo en casa...
...me tengo que pegar sin remedio una caminata de cuidado SIN MÚSICA, aburrida, contando los pasos que me quedaban para llegar a casa (interminables). Se me hizo eterno, y me acordé de mi maravillosa idea de sacarlo del bolso miles de veces. Grrrrrr.
A mí los fines de semana se me pasan excesivamente rápido.
El Viernes llegué a casa cansada y aburrida. Cansada porque por norma general llego arrastrando al Viernes, y aburrida porque estuve sola en el trabajo y apenas había nada que hacer (de hecho, me puse a mirar el correo personal desde un ordenador que está conectado a Internet). La tarde la pasé vegetando en el sofá y sin hacer nada productivo salvo estar medio endormiscada, porque realmente no tenía ganas de moverme. Además, era fiesta local, así que me valió como excusa.
El Sábado tocaba viaje. Una parada estratégica en Granada para comer con mi familia que se había reunido de improviso se conviertió en una comida multitudinaria y muy divertida. Me lo pasé genial. Lo echaba de menos. Ahora, con el trabajo, cada uno estamos desperdigados en una parte de España, y no es habitual que coincidamos todos en alguna fecha que no sea en Navidad. Me lo pasé genial. Pero comprobé de golpe y porrazo que la escena había cambiado por completo. A mí me parece que no hace mucho que éramos nosotros los niños que corrían o gateaban por ahí mientras nuestros padres se tomaban un aperitivo, y ahora nosotros somos los padres. Obviamente, yo no soy madre (y menos padre, claro), pero me refiero que los niños con los que he jugado, que tienen un par de años más que yo, sí lo son. Se me hace raro. Es bonito, pero extraño. Supongo que no me he dado cuenta hasta que hemos estado todos reunidos, y estábamos más pendientes de los niños que de hablar. De hablar de cosas "de adultos", como las hipotecas, los sueldos, los proyectos laborales... Con mis primos, directos o no, con los que antes hablaba de cromos y tebeos.
A pesar de sentirme bastante más vieja, me lo pasé muy bien.
Después de comer fuimos a casa de mi abuela, justo a tiempo de ir a la misa de mi padre. La iglesia, fría como el hielo, tiene la capacidad de ponerme muy triste. El panorama, además, era bastante deprimente: no había ni veinte personas en la iglesia, y la más joven tendría 50 años (sin contar conmigo, claro). Ni siquiera escuché al cura; durante la media hora que duró la ceremonia, sólo pensaba en mi padre y se me escaparon algunas lagrimillas que milagrosamente no se congelaron en mi cara. Mi madre me apretó la mano y me sentí mucho mejor. Al salir a la calle, con el fío que hacía, conseguí despejarme un poco y cambiar algo el humor. Para el poco tiempo que iba a estar con mi madre y mis abuelos, no merecía la pena estar con la carilla triste.
El resto del fin de semana pasó tranquilo, sin salir y disfrutando de una partida de parchís en casa, de una conversación, o simplemente de un libro. También tuve tiempo de preparar algo de trabajo el Domingo para que no me pillara el toro. De vuelta a casa, la amenaza de otra semana que comienza se mitigó por el simple hecho de estar en casa. Creo que hasta me quedé dormida en el sofá...
Madrugón, cómo no. El despertador ha sonado como todos los días, pero a diferencia de los anteriores, esta vez no le he dado a la condenada barrita del snooze. He sido buena y me he levantado pronto. Esta mañana no podía llegar tarde al trabajo.
¿Por qué? Porque hoy venían de visita varios clientes y S.J., claro. Ella no iba a dejar que pareciera que estamos dejados de la mano de Dior (como efectivamente pasa) y se ha presentado para hacer de anfitriona, en plan "coincidís con mi visita semanal". También me ha quedado claro, por un lado, que siempre va a las reuniones con camisas arrugadas (al menos siempre que yo la he visto), y por otro lado, que no quiere que vuelva a mi antiguo proyecto. Pues vale.
Con la tensión de la visita (es inevitable, aunque esta vez me la refanfinflaba bastante porque no iba el tema con nuestro proyecto) y las reuniones, apenas he comido, más que nada por falta de tiempo. El problema es que después del trabajo me he ido directa a la Universidad sin pasar por casa, por lo que el rugido de mi estómago era francamente preocupante.
En la Universidad, estaba más pendiente de encontrar la cafetería en el enorme e inexplorable campus que en centrarme, así que no se puede decir que aprovechara mucho la tarde. Después de tomar algo de merienda y ponerme a leer, un olorcillo a gofres me distrajo. El hambre que aún tenía (gracias a la regla) me hacía oler visiones, y no iba a comentar en voz alta que olía a gofres en medio de un edificio de laboratorios porque me habían mirado con caras raras... Así que la tarde no me cundió nada académicamente hablando.
Menos mal que luego se aclaró que yo no estaba loca, es que en una carpa que habían puesto por ahí vendían dulces, chocolate, churros y una ingente cantidad de dulces que explicaban el delicioso olor que me estuvo obsesionando toda la tarde.
Acabé la tarde en una gran superficie para comprar leche y otras cosas que hacían falta, y me vi inmersa en la vorágine navideña de los marcrohipersupermegamercados. Para que no se les haga tarde, ya lo tienen todo decorado y tienen perfectamente puestos miles de dulces, mantecados y turrones expuestos de tal forma que es imposible que no te compres un polvorón.
Y allí, delante de una bolsa de hojaldrinas Mata, me eché a llorar.
Porque hoy hace dos años que murió mi padre.
Porque a mi padre le encantaban los dulces de Navidad.
Porque recuerdo la ilusión con la que iba comprando todos esos dulces.
Porque nunca he visto una casa más preparada con esos productos que la de mis padres.
Porque tenía la costumbre de guardarme los que me gustaban a mí para cuando llegara.
Porque siempre, después de comer, me escogía un dulce y me lo daba.
Me gusta que llueva. Desde que empezó el Otoño (el frío, es decir, hace más bien poco) no había llovido casi nada. Por fin hoy ha descargado, y lo celebro encerrada en el estudio y disfrutando del sonido de las gotas de lluvia golpeando el cristal.
Ayer me bajó la regla de forma brutal. ¿En qué se traduce eso? En una noche de insomnio debido un dolor intenso que no se iba. En la desesperación de ver cómo se escapan los minutos de sueño y que la hora de levantarse se acerca. En un sueño de pésima calidad y mínimo descanso. En mala cara al levantarse de la cama y en un cansancio arrastrado todo el día.
Por eso, cuando he llegado a casa, me he puesto el pijama y me he propuesto pasar una tarde de lluvia en casa. Calentita en mi pequeño estudio (estoy muy contenta de cómo me ha quedado, es muy acogedor), con el pijama puesto y una batita para combatir el frío, he estado toda la tarde escuchando sólo la lluvia caer y estudiando un poco. También chomineando, para que lo voy a negar, pero sobre todo, tranquila e intentando pasar lo mejor posible una tarde que amenazaba con ser mucho peor.
Así ha sido. Puedo decir que ha sido una tarde perfecta de gotas de lluvia y calma.
Este capítulo octavo es un episodio necesario, y de los que se hacen esperar. Entre la primera y segunda temporada había un vacío de cuatro meses que se ha llenado de especulaciones a medida que avanzaba la segunda temporada. Los guionistas se han centrado un poco antes de que la trama se les desmadrase... y Querida Enemiga y yo hemos unido nuestras "habilidades" para contarlo a veinte dedos...
Partimos del final de la primera temporada. Allí donde lo dejamos. En la explosión. ¿No podríamos haber empezado ya así desde el primero de la segunda temporada? Nos hubiéramos ahorrado muchos capítulos de incertidumbre, a veces aburrimiento y, sobretodo, de la historia de Hiro en su viaje al pasado, que sólo podemos calificar de realmente infumable. No nos interesa nada qué pasó en el Japón de hace 400 años, queremos saber qué pasará en el 2008, que nos pilla más a mano y que nos afecta más personalmente, más que nada porque si un virus va a barrer la Humanidad, habrá que saberlo. Sí, bueno, hace 400 años Hiro pensó con algo que no fue la cabeza y se condenó a sí mismo por los siglos de los siglos... Pero, ¿nos condenó de paso a todos o lo del virus ha sido un accidente aparte?
Tampoco nos entusiasma la historia de Maya y Alejandro, los cuales también aparecen esta vez, son unos sosos y unos aburridos. Punto. Sí, bueno, Maya es capaz de matar a un montón de gente, lo admitimos, y Alejando va detrás de ella deshaciendo entuertos, pero la verdad es que no nos conmueven ni nos impactan. Simplemente están ahí, son unos extras que sólo valdrán -apostamos- para que Sylar vuelva con más fuerza a reclamar su puesto como el malo más malo de todos.
Pero siguiendo con cómo empieza el episodio, la escena de la explosión de Peter, el cómo se abrasa Nathan, el cómo Peter salva de nuevo a alguien agarrándole al vuelo, tal y como hizo con Paul espectacularmente en la primera temporada... Impagable. Cien por cien súper héroe. La historia de los Petrelli es dura. En la explosión, ambos hermanos se sacrificaron para evitar una catástrofe, y Nathan salió perdiendo (sobre todo su piel), pero ahí tenemos a Peter salvándole y llevándole a un hospital, donde por fuerza mayor lo tiene que dejar, a solas consigo mismo. Nathan, desfigurado, se niega a ocultar la verdad a Heidi, pero la Mamma Petrelli le come la cabeza para que piense que su marido delira. ¿Será ese el poder de la Mamma? Porque no nos creemos que no tenga ninguno, que ahí esté la mujer sin armas, y puede que la suya sea la persuasión, como aquella chica vecina de Mohinder, Eden, de la primera temporada (cuyo final no fue muy feliz).
Lo que sí está claro es que Adam -uno de nuestros nuevos favoritos- ha vivido bastante, unos 400 años más o menos y está como una rosa (L'Oreal no tiene nada que hacer con él), debido, suponemos a su poder. Porque su poder es el de regenerarse, en un principio, ¿no? Pero, ¿sólo eso? ¿O puede que tenga un as en la manga y la cosa no se quede así? Nosotras apostamos a que es una caja de sorpresas y su poder va más allá... y nos basamos en su afirmación: "Si pudieran matarme, lo harían".
Adoramos a Adam. ¿Será el compañero bueno de Peter, o su malvado alter ego? Fantástico Adam en Héroes como fantástico hizo de Sark en Alias. Este actor es fantástico para hacer este tipo de personaje que no sabes por dónde te va a salir. Es un pozo de "habilidades", que de momento, está ayudando a los hermanos Petrelli pero suponemos que en beneficio propio... Todo se verá.
En este episodio se nos explica asimismo cómo Elle y Bob encontraron a Peter, y cómo éste así conoció a Adam. Elle, la nueva chica eléctrica, mala y cachonda a partes iguales, se ha encaprichado de Peter (¿y quien no, bonita?). Un don útil por fin. Que vas en el coche y necesitas darte un poquito con el secador en el pelo... ahí está Elle. Que se te acaba la batería del móvil en el momento más inoportuno y te pilla en medio del... bosque... Ahí está Elle. Divina. Aunque un poco guarrilla... Impagable la secuencia en la que ella se acerca sensual a Peter y él, con cara de culo le dice "no estoy de humor"... a lo que ella responde "sólo uno pequeño"... Repetimos: divina. Juega con Peter, le corta el pelito, de la calambracitos... Qué mona. Pero Adam avisa a Peter: no te fíes. Y Peter le hace caso, ya que éste le promete curar a Nathan.
"Con estos cuerpos derretimos el hielo"
Y otros que nos sobran son Niki y DL Hawkins, el cual muere doscientas veces, y resucita, y vuelve a morir... Ahora parece que ha muerto de una vez por todas, y de la forma más absurda posible, sobretodo de una manera muy absurda para un "héroe". ¿No es un poco raro que muera de un balazo cuando no le pasa nada si tiene un puño de chulo incrustado en el cerebro? Apostamos a que todo ha sido una farsa para hacer creer que está muerto, porque que haya sido tan fácil y tan absurdo eliminarlo no nos cuadra. Pero, si es una trama, ¿por qué? ¿Quién gana algo con eso? Bob y la compañía quieren ayudar a Niki, no creemos que sea tan malo que quiera ayudarla, ya que tiene un problema real en su interior y sí que es un peligro para sí misma, pero, ¿la quiere ayudar o dejar fuera de juego para que no interrumpa sus planes?
Y puestos a preguntarnos sobre cosas raras, ahí van unos cuantos misterios. ¿De qué va el Haitiano? No lo entendemos. Creemos que es bueno, porque parece querer ayudar a Peter . Lo que no cuadra es una cosa, ¿cómo es que luego aparece enfermo, y Mohinder va a salvarlo en nombre de la Organización? Puede que la Organización descubriera que ayudó a escapar a Peter y le castigaran inyectándole el virus, pero, ¿por qué luego mandan a Mohinder para curarlo? Y más cosas, el Haitiano deja solo a Peter en el muelle. ¿Cómo llegó luego la caja con su foto y todas sus cosas a manos de Ian (pobrecito)? ¿Se la mandó Adam? ¿Cómo sabe dónde estaría Peter? Tenía que saberlo para sacarle un billete de avión a Montreal... Esto es fantástico, no hay dos bandos bien definidos, y los presuntos "malos" están tan en el aire que estás deseando que realmente lo sean, para salir de dudas y porque lo hacen muy bien.
En definitiva, un capítulo que intenta desvelar misterios pero que nos da pistas para enlazar con otros y nos hace estar contando los segundos que quedan hasta el siguiente episodio:
Es Sábado por la tarde, y casi está anocheciendo. Sigo en el salón, en silencio, con la sensación de que se me ha escapado el día entre los dedos. Que anochezca tan pronto en general me gusta, pero no deja de ser un poco triste. Me he levantado tarde, porque necesitaba descansar. La semana ha sido muy larga y me ha venido bien dormir sin el piloto del despertador encendido, aunque mi cuerpo me ha avisado varias veces de que no había puesto el despertador y de que iba a llegar tarde... y eso me da mucha rabia, porque al final no he podido dormir del tirón, me he despertado varias veces.
Me ha venido bien quedarme en casa el fin de semana. Estar tranquila, haciendo lo que entre semana no puedo por falta de tiempo principalmente. Ocio y obligación, las dos cosas, pero sobre todo ocio. Echo de menos tener tiempo para algunas cosas (por ejemplo, leer un libro o ver alguna película), porque desde las vacaciones no he podido hacer casi nada. Digo la palabra "vacaciones" y me parece que ha pasado una eternidad, pero hace justo una semana estaba apurando los últimos minutos. Creo que los días siguientes son agotadores, cuesta mucho volver a la rutina, ¿verdad?
Así que el plan para este fin de semana es sencillo: quedarme en casa, calentita -menudo frío hace ahí fuera-, con el pijama puesto, bien cómoda, leyendo, estudiando un poco (no todo va a ser bueno), tomando Cola-Cao calentito, degustando comida recién hecha... Todos los placeres que no puedo disfrutar a diario.
La cena de Navidad (no nos engañemos: YA hay que pensar en eso) de este año peligra. Todo se ha liado por una tontería, pero ha sido la gota que ha colmado un vaso peligrosamente lleno desde hace bastante tiempo.
Ayer quedamos en que hoy nos iríamos a desayunar juntos los cinco compañeros (el último desayuno unificado fue hace tres meses si no recuerdo mal), aprovechando que nuestra jefa está de vacaciones y su sustituta no se entera de mucho, afortunadamente. Pero cuando ha llegado la hora de la verdad (la de irnos, vaya), el sector masculino del grupo, como siempre, se ha rajado...
...y eso que estamos hablando de un triste desayuno que no nos llevaría más de treinta minutos. Algo que el resto de la Humanidad hace a diario sin ningún problema. Pero nosotros no somos capaces.
Entonces se nos han hinchado las narices. Llevamos meses intentando quedar para comer, cenar o lo que sea, es decir, tener una relación fuera del trabajo y no hay manera. A cualquiera que se le cuente, no sería capaz de adivinar que estemos hablando de un grupo de cinco personas. Si fuéramos veinte, todavía se entiende que sea difícil coordinarlos a todos, pero sólo a cinco personas cuando diariamente se gestionan muchas más...
El tema es que encima, son siempre los mismOs los que se rajan. Con O mayúscula porque son los chicos los que en todos los intentos de quedar, o tienen un compromiso, o no les gusta el día, o tienen que hacer algo, o lo que sea. Una ingente cantidad de excusas. Excusas que aún da más rabia oir cuando siempre somos las mismas las que promueven la idea, buscan una fecha en la que los planetas estén alineados y Urano esté bajo el signo de Acuario, hablan con el restaurante para reservar mesa, y se preocupan de todo. Y siempre son los mismos lo que dicen que sí en un principio y lo fastidian todo dos días antes.
Así que hemos decidido no hacer cena de Navidad este año.
¿Para qué? Si vamos a buscar una fecha, un restaurante... y luego la mitad del grupo no va a ir. Directamente no nos tomamos las molestias y en paz.
La verdad es que estoy un poco desilusionada, pero realmente paso de andar preocupándome de organizar algo que al final se va a chafar como los intentos anteriores.
Después de estar fuera más de una semana, totalmente desconectada, y haciendo de todo, el volver a la realidad ha sido un golpe brutal.
La llegada se tradujo en abrir la puerta, dejar maletas, bolsas y demás equipaje de cualquier manera en el recibidor, e ir corriendo al sofá. Viajar cansa mucho, y el que diga que no miente descaradamente. La nevera estaba vacía, porque no dejé nada que se pudiera estropear, así que la elaboración de la cena del Domingo fue compleja: descolgar el teléfono, decidir qué me apetecía y esperar a que trajeran mi pedido a casa. Después, pijama y a la cama, que el Lunes se asomaba amenazadoramente y sospechaba que iba a necesitar fuerzas.
El Lunes llegó. Después de hacer un esfuerzo titánico para levantarme a semejantes horas de la mañana, en el trabajo me esperaba la rutina, un montón de papeles y frases como "no lo he puesto al día porque he pensado que podrías hacerlo tú a la vuelta que lo llevas mejor". El correo estaba lleno de cosas, y tardé casi dos horas en revisarlo y despejarlo. El primer cuarto de hora intenté ir leyendo los correos, pero al cabo de un rato me limité a marcar como leídos los mensajes e irlos clasificando por carpetas, para que en el improbable caso que me hicieran falta después, supiera dónde localizarlos. Aún así, tardé bastante tiempo en tener una bandeja de entrada medianamente decente. Después me dediqué a actualizar los archivos, abandonados a su suerte durante diez días. Y ya luego me puse a trabajar, dos horas antes de irme a casa, así que para el día siguiente tendría más de lo mismo, pero al menos, con la tranquilidad de que el correo estaba despejado y los archivos al día.
A pesar de todo, tuve tiempo para que los demás me pusieran al corriente de lo que había pasado en el trabajo mientras yo no estaba. La sensación que tengo siempre es que cuando me voy de vacaciones, es cuando más actividad hay. Cuando estoy trabajando los días pasan uno igual que otro, pero es firmar mi carta de vacaciones y la rutina se rompe. Aunque bien pensado, igual eso lo tendría que calificar de positivo. Lo único que más me alegró el día es que S.J. tiene esta semana de vacaciones, con lo que ya son dos semanas sin coincidir con ella -a esto se le llama buena planificación del tiempo-. Por lo que me contaron, en mi semana de vacaciones la mujer ya se despachó a gusto... lo cual no me extraña nada, la verdad.
Cuando llegué a casa, tuve que dedicarme a despejar el caos que dejé la noche anterior. Poner la ropa limpia que traje en el armario (escasa), amontonar la ropa sucia (casi toda) y empezar a lavarla. Después coloqué las cosillas nuevas que me traje del viaje: unos libros, un póster y varias cosas más. Luego, con el acelerón, empecé a organizar la nevera para saber qué me faltaba y qué tendré que comprar esta semana, porque estoy ahora mismo en MODO supervivencia ON. Y por fin me dejé caer en el sofá, harta de dar vueltas por casa.
Para mayor recochineo, ayer mismo se me acababa el plazo para hacer un examen en una plataforma virtual. En principio, me llevé el portátil por si durante la semana me podía conectar en un ratillo e ir echándole un vistazo, pero la realidad es que no pude conectarme en un montón de días y ayer tenía la última oportunidad. Obviamente no había mirado nada, así que hice las dos evaluaciones un poco al tuntún, y presa de los nervios porque encima tenía el tiempo contado una vez entrabas en el examen, claro. Después de un bloqueo, tres y correos y dos llamadas conseguí pasar las evaluaciones y soy apta. Al menos respiré tranquila. Apagué el ordenador con alivio.
Acabé el día viendo un poco la tele, dos episodios de una serie. Me perdí en la pantalla para no pensar en que la semana acababa de empezar, en que no tengo vacaciones hasta el año que viene, en que llevo con atraso las asignaturas, en que en dos semanas tengo revisión médica, en que el gimnasio lo tengo abandonado, en que este mes he hecho la nómina trizas, en he de revisar mis buzones privados, en que tengo que sacarme ya el carnet de conducir, en que debo arreglar pronto el tema del balcón, en que tengo que pensar cómo organizarme mejor...
...y me dormí pensando en cuánto hecho de menos vistas como éstas, que fueron las que me acompañaron durante mi semana de vacaciones.