25 diciembre 2007

FELIZ NAVIDAD

Después de cuatro días en casa de mis abuelos para celebrar la Navidad, volver a casa me ha sabido a gloria. No es que haya estado mal, pero últimamente me asfixio un poco cuando paso mucho tiempo fuera de casa (y sí, cuatro días es mucho tiempo).

Estos días han sido como todos los años. Significan más para mi familia que para mí, aunque cada vez más la Navidad se reduce a juntarnos todos. Este año no ha sido una excepción. Nos lo pasamos muy bien, han sido unos días tranquilitos. Menos mal que pude cogerme el día 24 libre, me he ahorrado una paliza de viaje. Esta vez me lo he montado mejor.

Lo que me queda "de vacaciones" lo pasaré en casa, cogiendo fuerzas para lo que queda de semana y pensando en los propósitos para el 2008...


¡¡FELIZ NAVIDAD!!

22 diciembre 2007

QUÉ CORTE

- Cariño, me he cortado.

Esa frase, pronunciada con una una calma asombrosa, me puso nerviosísima en un segundo. Salté del sofá para ir a la cocina a ver qué había pasado, y me encontré a mi chico inclinado sobre el fregadero, cogiendo un dedo del que chorreaba sangre. Quería saber qué había pasado, pero no me atrevía a mirar su mano porque es algo que llevo fatal. Él puso el dedo debajo del grifo del agua y miré de reojo: se había pegado un tajo que a punto estuvo de llevarse por delante un trozo de dedo, pero no había llegado a tanto.

Salí corriendo al dormitorio, en parte para dejar de ver aquello y para vestirme, porque estaba en pijama y no era plan de aparecer en el Centro de Salud de semejante guisa. Me maldije a mí misma por tener estas reacciones ante los cortes y esas cosas, porque en teoría yo debería estar tranquila y él histérico. La realidad es que todo iba al revés.

Me vestí en décimas de segundo y volví a la cocina con un puñado de algodón. Mi chico seguía en la misma postura, con su dedo debajo del grifo del agua y muy blanco. Se puso el algodón en el dedo y se apretó. Intenté no ver cómo el blanco del algodón se teñía de rojo demasiado rápido, así que llevé a mi chico a ponerle los deportivos y le pregunté si podría conducir, al parecer no había problema. Me maldije a mí misma otra vez, esta vez por no tener el carnet de conducir y poder llevarle yo a que le curaran.

Cuando llegamos al Centro de Salud, sorteando adolescentes borrachos y furgonetas de cátering para los médicos, las tornas habían cambiado un poco. Él estaba mareado y preocupado por si le ponían puntos, y yo ya estaba más calmada al haber comprobado que la sangre era muy escandalosa pero que no era para tanto. Enseguida nos atendieron y una médico se puso a vendar el dedo de mi chico con mucho cuidado, después de limpiarle la herida y aclarar toda aquella maraña de piel, sangre y algodón. Él perdió un poco las fuerzas, el color se le había ido de la cara y se tumbó un momento en la camilla. Intenté distraerle y que no pensara en el aparatoso vendaje de su mano para inmovilizar el dedo y empecé a cantarle canciones absurdas de los Simpson para que al menos se riera un poco ("...cojo un muelle, lo tiro por el retrete...").

Unos minutos después volvimos a casa, mucho más tranquilos, con el dedo completo y vendado. Se quejaba de que le picaba la herida, y mi fijación era que no pensara en todo aquello, pero un enorme vendaje es difícil de obviar. Mientras se acomodaba en el sofá, le acaricié el pelo recordándole que tenemos unos días libres, y le conté varias tonterías para hacerle reir. Poco a poco se fue deslizando en el sofá hasta ponerse cómodo y noté que ya se encontraba mejor, así que por fin respiré tranquila.

Me hubiera gustado saber reaccionar bien desde el primer momento, pero cuando pasan este tipo de cosas, me bloqueo y me pongo nerviosa. Mucho. En cambio, él es una balsa de aceite. Después, poco a poco, los nervios me abandonan y se apoderan de él. Entonces es cuando yo me tranquilizo porque ya sé qué pasa exactamente y que estamos haciendo algo para arreglarlo. Me gustaría saber conservar la calma en todo momento, porque no hay nada mejor que abrazarle tranquila y acariciarle la cabeza mientras le susurro que todo saldrá bien...

21 diciembre 2007

COMIDA DE NAVIDAD

Al final, hemos tenido una cena de empresa, solo que no ha sido una cena, sino una comida. Sabía yo que era raro que al final no nos juntáramos...

El tema salió, como siempre, dos días antes, cuando ya era completamente imposible encontrar ningún sitio para cenar, claro. ¡A quién se le ocurre! Pues a nosotros, por supuesto. De todas formas, como no me fiaba ni un pelo de la mitad del personal, bien pensado era mejor una comida porque al menos hoy todo el mundo tenía que trabajar y todo el mundo tenía que comer antes o después, y cualquier cosa es mejor que un bocadillo o una comida recalentada en un tupper. Así que nos hemos ido a un restaurante en el que no había problemas para reservar y donde hemos comido alguna que otra vez (muy rico todo y bastante bien de precio).

Esta comida ha sido muy informal, poco típica de estas fechas, muy distinta a la megapija cena del año pasado. Imagino que por eso me ha gustado más. Por eso y porque a esta año se ha venido mi niño, lo que también ha sido especial (este año sólo éramos dos parejas, pero no importa porque estábamos entre amigos).

Entre amigos y no tanto, porque al final se apuntó la chica a la que estoy sustituyendo. Esa que ahora mismo está de vacaciones para "terminar de recuperarse". A mí, la verdad, es que no he hizo mucha gracia que viniera -y no soy la única a la que no le gustó-, pero no dije nada. Pues que se venga. No es que la chica me caiga mal, lo que pasa es que le cogí bastante tirria desde que vi que tenía más cara que espalda. Es lo de siempre: no discuto que al principio estuviera realmente mal, pero después le echó morro al asunto. Mucho. Porque estaba muy mala para seguir de baja durante seis meses (y mientras yo cambiando mi chip para hacer SU trabajo), pero estaba estupendamente para irse de fin de semana con los amigotes de fiesta o de acampada, para ir a la peluquería y venir al trabajo todas las semanas para lucirse delante de todo el mundo y contarme lo bien que se lo pasaba en todas sus escapadas. Exacto: no me lo he inventado. Lo sabía todo de primera mano.

Pues eso, que se ha venido a la comida de trabajo ella, que no ha trabajado en los últimos siete meses.

Nos lo hemos pasado muy bien. El ambiente era muy agradable y nos hemos reído mucho. La chica esta se sentó al lado de mi actual jefa, porque son muy amigas, en un extremo de la mesa, y no participó mucho en la conversación. Ellas dos estuvieron hablando de sus cosas mientras los demás nos gastábamos bromas entre nosotros o hablábamos de otros temas, pero ellas seguían a lo suyo, charlando sobre gente que no conocemos. Me dio un poco de pena por mi jefa, que no se integró demasiado por estar pendiente de la otra chica, ya que además ella tenía muchas ganas de quedar. Pero por lo demás, muy bien.

Acabamos dos horas después. Me sentí muy satisfecha de haber podido estar con mis amigos del trabajo fuera de la empresa, porque aunque nos llevamos muy bien, realmente no es muy positivo que nuestra relación se desarrolle dentro de ese ambiente. Me alegró mucho que al final quedáramos y pasáramos un rato tan agradable.

20 diciembre 2007

PERDER...

A veces me pregunto por qué me pasa. De repente, un día (casi siempre pasa en esta época del año, a la que no acabo de verle el lado positivo), me doy cuenta de que he perdido el contacto con una persona, y no me explico cómo ha podido pasar. En la mayoría de los casos, es debido a que estoy metida en algún tema, por ejemplo el trabajo, o los exámentes, o algo de índole personal. Alguna cosa que me absorbe el tiempo, pero sobre todo la cabeza. Supongo que es comprensible.

Pero es que miro alrededor y no entiendo cómo no he podido sacar unos minutos para llamarle por teléfono, o mandarle un mensaje, o escribirle un e-mail, o una carta (bueno, eso es más difícil porque hace años que no escribo una carta y seguramente no tengo bien la dirección postal de nadie). No me explico cómo no he sido capaz de buscar un hueco mínimo para decir: "hola, estoy viva y me acuerdo de ti". No me cabe en la cabeza. ¿Qué esfuerzo me hubiera supuesto? Poco, desde luego. Pero el caso es que no lo he hecho.

Por eso llega un día en que me doy cuenta de que hace mucho tiempo, ¿semanas?, ¿o más bien meses?, en los que no me he puesto en contacto con esa persona. Me sorprende que lo que sea que me rondara la cabeza me acaparara más de lo que esperaba. Me da rabia no haberme dado cuenta antes. No me gusta la idea de dejar de lado a la gente de mi alrededor, aunque sea involuntariamente. Siempre debería luchar por mantener el contacto. ¿Por qué no he sido capaz?

El problema es que una vez soy consciente de lo que ha pasado, analizando o no los motivos gracias a los cuales he llegado a esta situación de alejamiento, no soy capaz de arreglarlo.

¿El motivo? No sé hacerlo. Me cuesta un mundo. ¿Dónde retomo? ¿De forma despreocupada? ¿Dando explicaciones? No lo sé. ¿Es mejor una llamada, un mensaje, una parrafada por escrito? Tampoco lo sé. Me encuentro con una barrera que no sé cómo vencer: las opciones son intentar rodearla, derribarla o darme la vuelta y dejarlo estar.

Imagino que me da miedo el rechazo, el "sí, bueno, ahora te acuerdas de mí". El que ya me haya dado por "perdida", no importar, una sonrisa condescendiente. En realidad, si alguien en esta situación me preguntara a mí en busca de opinión, seguramente contestaría algo como que también podría haber mantenido el contacto la otra parte afectada (mmmm... cierto, sí); y que si esa es la respuesta obtenida, claramente la persona no merece la pena. Pero no es tan fácil. Quiero llegar y no puedo, porque no encuentro la manera, el camino más adecuado, la fórmula magistral. No soy capaz de reconstruir un camino que ido abandonando a su suerte, y aunque no sea la culpa totalmente mía, sí que me siento culpable.

Al final lo voy dejando, buscando un valor que no acabo de encontrar, hasta que me parece que ha pasado demasiado tiempo y lo dejo estar. Parece que no tiene sentido después de cierto tiempo. ¿Lo tendrá? Realmente yo siempre me alegro de retomar un contacto, independientemente del tiempo que haya pasado, sí, pero, ¿y los demás? ¿Pensarán igual? Tiendo a suponer que la respuesta es que no.

Entonces pierdo el contacto y una punzada de culpabilidad se instala en mí hasta que el olvido la alivia. El tiempo, dicen, pone cada cosa en su sitio, y luego quizá ni eche de menos a la otra persona. Pero no quiero que me pase otra vez. Quiero ser capaz de estar atenta y de no perder nada por no encontrar algo de tiempo...

19 diciembre 2007

AUDITORÍA

Ayer hubo en la empresa una auditoría externa para renovar la calidad certificada ISO o algo así (es un tema que se me escapa). Básicamente, consiste en que una persona ajena a la empresa viene y nos hace preguntas a casi todo el personal sobre el trabajo que hacemos, cómo lo organizamos, cómo lo evaluamos. Todo. Esa persona tiene que llevarse la sensación de que está todo controlado, y realmente no conozco a ninguna otra empresa que tenga esos cabos tan bien atados, por lo que estábamos bien tranquilos.

El tema no tiene mayor importancia, porque de vez en cuando la misma empresa lo hace (es como los exámenes sorpresa del instituto) y ya me lo conocía. Y ayer todo fue estupendamente menos mi úlcera imaginaria, que se me abría por momentos.

Sí, tengo una úlcera imaginaria que me nació en esta empresa, se empeora con los berrinches y se me abre cuando veo alguna de las cosas que pasan aquí. Seguramente pasarán en otros sitios, no lo pongo en duda, pero a pesar de eso a mí me parece increíble.

Por ejemplo: no sé si en todas las empresas, pero en la nuestra hay un Técnico de Calidad (en adelante, T.C.). El nuestro es un periodista con horario difuso. Por lo que parece, tiene horario reducido, pero eso es lo único que sé. No tengo ni idea de cuántos días de en semana viene, si tiene que hacerlo por la mañana o por la tarde, cuándo debe entrar o cuándo salir. No lo sé. No hay una regla clara. Cuando lo buscas, a la hora que sea o el día que sea, puede que lo encuentres o que no lo encuentres, con la misma probabilidad.

Su trabajo también es algo abstracto. No tengo nada claro cuál es su función, simplemente de vez en cuando viene aquí a denunciar que algo no va bien, e inicia un complicado protocolo para arreglarlo. No sé si al final se soluciona o no, porque no son cosas que afecten directamente al trabajo diario (al menos el de mi proyecto). Que yo sepa, en los últimos meses, lo habrá hecho una o dos veces. El resto del tiempo que no está denunciando carencias y que coincide que está aquí (algo realmente complicado), puede que ocurran tres cosas:

- Que esté tomando café.
- Que esté leyendo el periódico.
- Que esté hablando por teléfono de temas ajenos a la empresa.

Con lo cual, con esta descripción, no se puede decir que conozca el día a día de los proyectos que digamos. Pero no obstante, en las Auditorías de Calidad, es una pieza importante, que para eso es el TÉCNICO de nuestro centro.

Pues ayer se permitió el lujo de llegar tarde, cuando el día anterior SU jefa nos había dicho por activa y por pasiva que el auditor iba a ser muy puntual y que estuviéramos un poco antes a ser posible. Luego, tras los buenos días, dijo que él se iba a su hora... Que me parece bien, pero, ¡si ha reconocido él mismo que es lo único medianamente importante que tiene que hacer en todo el año en este trabajo! ¡No pasa nada si te tienes que quedar algún tiempo más! No sería el único que lo hubiera hecho, y además, quizá no tendría ni que quedarse, pero si ya de entrada lo anuncia a bombo y platillo... Además, si se tuviera que quedar, la comida la pagaría la empresa, cosa que por ejemplo en mi caso no pasa: mi comida me la traigo yo de casa en un tupper de plástico.

Encima, cinco minutos antes de que llegara el auditor, dijo que él no sabía manejar una aplicación que en teoría debía utilizar a diario. Cuando la jefa le preguntó el motivo, él se defendió, ofendidísimo, diciendo que él había pedido "muchísimas veces" una formación y que no la había tenido. Ni él, ni nosotros, que hemos aprendido a base de trastear, cosa que podría haber hecho él que tiene considerablemente más tiempo libre que el resto de trabajadores. A su jefa un color se le iba y otro se le venía. En tres minutos se le habilitó una clave para el programa y se le enseñaron las nociones básicas para que no quedara mal en caso de que el auditor le diera por preguntarle algo.

Ahí ya iba yo calentita...

...pero el remate vino después. El hecho que me abrió mi úlcera imaginaria fue una tontería, pero me sentó muy mal, y fue en la reunión que tuvimos con el auditor.

El auditor, muy majo, empezó en nuestro proyecto la ronda de preguntas, y nosotras a contestarlas. Pero de vez en cuando, T.C. (sólo calificable a estas alturas de irritante), con su dialéctica de periodista/comunicador, interrumpía lo que decíamos para soltar alguna frase que intentaba poner de manifiesto que él controlaba perfectamente todo el servicio, porque no había nadie que supiera más que él en toda la sala. Datos obvios, palabras rimbombantes, que lo que pretendían era hacer ver al auditor que no se movía una pelusa en el suelo sin que él lo supiera. O mejor: no se mueve una pelusa sin que él le dé permiso. ¡Ja!

El rato que pasamos explicándole al auditor los pormenores del servicio lo pasé francamente mal. No por la auditoría, PARA NADA, sino porque tuve que morderme la lengua en varias ocasiones, para no soltarle a T.C. alguna fresca que me nacía del interior y me daba una sacudida intentando salir cada vez que abría la boca para decir lo mismo que nosotras, pero de forma más solemne. Sólo para lucirse y hacer ver que era la persona de referencia en esta empresa.

No discuto que la conozca, de hecho, no es difícil y llevamos años haciendo lo mismo, pero NO lo sabe todo, NO puede contestar a preguntas concretas sobre el servicio, y sobre todo: SI NO DAS GOLPE, NO TE CUELGUES MEDALLAS AHORA.

Lo único que me consolaba es que el auditor pasaba bastante de sus "puntualizaciones" y que parecía que estaba molesto con tanta interrupción para decir lo mismo pero de forma más culta. También el hecho de corregirle en varios errores garrafales me supo a gloria.

Finalmente la tortura acabó pronto y la comitiva se desplazó al despacho contiguo para hacer lo mismo en mi ex-proyecto. Casi podía oir cómo mi ex-jefe rechinaba los dientes, y sonreí porque sabía que era el mismo motivo por el que yo estaba tan rebotada, lo cual quería decir que luego nos echaríamos unas risas a cuenta de todo aquello. Menos mal, la prespectiva del cotilleo de después me cerró la úlcera imaginaria de golpe.

De todo tiene que haber en este mundo...

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ACTUALIZACIÓN A LAS 20:46: Bueno, pues ahora me siento fatal porque hoy este hombre ha sido despedido. La razón oficial es que no hay suficientes tareas que encomendarle (como ya he dicho antes, no es que trabajara mucho que digamos), lo cual es cierto, pero yo creo que hay algo más que no le han dicho. Algo como que su comportamiento en la auditoría dejó mucho que desear. Pero nadie ha mencionado nada de eso. Ni lo harán, claro. Sinceramente creo que lo del ayer fue la gota que colmó el vaso, pero la empresa no lo va a reconocer nunca. Lo malo es que me ha tocado asistir cuando se lo han dicho, y al menos lo ha comprendido perfectamente (incluso ha reconocido que le iba muy bien el desenlace, puesto que tenía pensado renunciar y así al menos se lleva un pellizco en el finiquito). Por eso no ha sido un momento muy desagradable, pero sí que ha sido incómodo, al menos para mí. No es plato de gusto nunca decirle a alguien que está despedido, pero este caso menos aún. En fin, espero que tenga suerte, y también que a mí se me pase pronto este sentimiento de culpa.

18 diciembre 2007

CÍRCULO VICIOSO

Esta semana estoy totalmente chof. No sé qué me pasa.

Bueno, mejor dicho: no sé el motivo. Sí sé lo que me pasa. Me pasa que estoy cansada, porque este fin de semana me he dedicado a limpiar y ordenar, y había más que hacer de lo que yo pensaba. El cambio de tiempo también me ha afectado: de repente hace mucho más frío que en días anteriores, ha llovido después de más de un mes y el cuerpo no se me acostumbra. Me pregunto si el episodio de medio catarro de la semana pasada seguirá latente dentro de mí. No sé. El caso es que estoy desganada.

En el trabajo, además, estoy muy aburrida. Las tareas se han vuelto tan mecánicas que casi las hago medio dormida por el aburrimiento. No sé qué pasa, pero el hecho es que ahora apenas tengo que hacer, prácticamente he terminado todas mis tareas cinco horas antes de que acabe mi jornada, pero ese tiempo que me sobra no puedo aprovecharlo para hacer nada más... Así que lo pierdo. Pierdo el tiempo mientras me aburro y me amohíno más, y me cansa estar ahí. Apenas soy capaz de levantarme por las mañanas, me agota que la primera sensación que tenga sea de frío, y a continuación me arrastro fuera de la cama haciendo un esfuerzo titánico para vestirme con lo primero que palpo a oscuras y me voy al trabajo bostezando sin remedio. No me preocupa la ropa que me pongo, hace más de un mes que no me maquillo (de hecho, ni sé dónde tengo las cosas, igual en una maleta medio deshecha de algún fin de semana que decidí llevármelas por alguna razón) y no me parece tan mal ir en zapatillas de deporte al trabajo. Cuando llego, hago las tareas mecánicamente, esas que he repetido durante los últimos meses, y me aburro. Me aburren los correos que llegan, siempre los mismos. Me aburren las dudas, que no cambian de un día para otro. Me aburren las peticiones, todas iguales.

Intento aprovechar el tiempo que me sobra entre bostezo y bostezo escribiendo algo, por ejemplo para el blog, pero ni siquiera estoy inspirada. Tengo pendientes unas cuantas cosillas por escribir, las ideas están en mi cabeza, pero no soy capaz de que me salga nada medianamente bien hecho. Así que al segundo intento lo dejo.

Cuando por fin salgo del trabajo y llego a casa, en teoría tengo la oportunidad de hacer algo que realmente me apetezca, que no me aburra, que me anime... Pero entonces es cuando más cansada y apática estoy. Ya se me ha pasado medio día y no tengo más afán que ponerme ropa cómoda (preferiblemente el pijama) y quedarme en casa. No me apetece nada salir, no me seduce la idea de ir a dar un paseo, o a comprar regalos de Navidad, o a nadar al gimnasio, o a visitar a algún amigo. El simple hecho de bajar las escaleras hasta el buzón me parece absurdo, y no le veo razón alguna a salir a la calle a no ser que sea algo totalmente imprescindible. Así que me dejo caer en el sofá y paso la tarde viendo alguna película o leyendo algún libro, porque tampoco me apetece nada ponerme a estudiar (a pesar de que la débil voz de mi conciencia me grita que eso es lo que debería hacer ya que me quedo en casa).

¿Y qué gano con todo eso? Que cuando me voy a la cama, encima me siento muy culpable por no haber aprovechado el día en absoluto, y me pongo de peor humor... Pero acabo con un gran encogimiento de hombros en la oscuridad, me doy la vuelta y me duermo sin esfuerzo porque estoy cansada... y a la mañana siguiente todo es igual.

No sé por qué me pasa esto, pero estos últimos días me he dado cuenta de que estoy en una especie de círculo vicioso que hay que romper, aunque precisamente uno de los problemas es que no tengo ni fuerzas ni ganas de hacerlo...

14 diciembre 2007

EL BOLSO

Todavía no es la hora. Tengo que hacer tiempo hasta las siete, más o menos.

En la calle hace un frío de mil demonios y todavía estoy algo pochis, así que pienso qué puedo hacer para entretenerme mientras.

Un escaparate me da la solución. Sí, puedo ir mirando algún bolso (presiento que dentro de poco tendré una crisis-de-bolso, que consiste en que me doy cuenta de que no tengo un bolso adecuado a alguna ocasión y debo encontrar uno urgentemente).

Esa tienda de complementos parece que tiene alguno, detrás de los colgantes, bufandas, guantes y gorros -todo muy conjuntado-. Así que entro en la tienda.

Mejor dicho: intento. Porque esa puerta no tiene tirador.

Aplicando una lógica aplastante, deduzco que habrá que empujar. Lo hago. No se abre. Miro el cartel del horario, y miro dentro. Está abierto, al parecer. Empujo algo más fuerte. Ahora sí cede la puerta y estoy dentro.

La tienda es amplia y agradable, sobre todo por el calorcillo que hay dentro. Como no me voy a quedar mucho, ni me quito los guantes. Con la cabeza saludo a la chica que está detrás del mostrador. Me voy a ver bolsos.

Hay bastantes, colgados de unas especie de perchas. Voy mirando por encima. No me entusiasma ninguno. Miro los precios, que me parecen aceptables. No son feos, pero ninguno me llama. Bueno, aquel de allí parece que se ajusta un poco a mi vaga idea de mi futuro bolso. Es gris, muy de invierno, y sencillo. 18 euros. Bah, me gusta pero no demasiado. Lo cojo y me miro con él en el espejo. No está mal. Pero no sé si me gastaría 18 euros en él. Decido que no. Sólo es una tienda y puedo mirar en más sitios. Lo coloco de nuevo en la estantería.

Le digo adiós a la chica y me dirijo a la puerta. De nuevo me veo en dificultades porque esa puerta no tiene tirador y está encajada. Esta vez lo hago mejor, utilizo un poco la maña y abre a la primera. Salgo a la calle y pienso cómo cerrar la puerta en ausencia del maldito tirador para que no se escape el calorcillo de la tienda. Ah, bien, por el cristal de la puerta veo que la dependienta viene corriendo hacia mí, sin duda para empujar bien la puerta.

- Oye, ¡qué te llevas un bolso!

¿CÓMO?

Miro horrorizada mis enguantadas manos y efectivamente: al lado de la bolsa de plástico que llevo en la mano hay colgando un bolso, con la etiqueta de precio colgando. De los que menos me han gustado, por cierto.

Siento que me voy a morir de la vergüenza, y me pongo colorada. Tartamudeo una disculpa, y la chica se ríe y me dice que no pasa nada. Pero sé que está pensando que soy una pirada cleptómana que quería llevarme ese bolso sigilosamente. Le digo otra vez que no me he dado cuenta, y ella de nuevo me repite que no pasa nada. Pero sé que está pensando que le digo eso porque me ha pillado. Intento poner el bolso en su sitio pero la chica me lo coje y me dice que ya se encarga ella. No hay duda: me ha fichado como una ratera de barrio.

No vuelvo a ir a esa tienda.

Ni a ninguna otra.

Jooooooo.

13 diciembre 2007

A PUNTO DE ESTALLAR

Estos días en los que he estado agradablemente encerrada en la cama, me ha dado tiempo de teminar el libro que estaba leyendo: A PUNTO DE ESTALLAR, escrito por Risa Green.

El libro me lo compré en la FNAC, poseída por esa fiebre que me entra cada vez que entro en ese antro de perversión, porque el título me llamó la atención, y la sipnosis que leí me gustó mucho:
¿Quien dijo que el embarazo es una bendición? Eso se pregunta Lara Stone, que creía tenerlo todo: un esposo dócil, un Mercedes descapotable y un estupendo trabajo en un instituto de niños ricos que en verano le deja dos meses de vacaciones. Pero a Andrew, su marido, le entró el gusanillo de tener hijos tras quedarse maravillado con los embarazos de varios amigos... Casi sin darse cuenta Lara vuelve en Septiembre al trabajo empieza a ganar tallas que le habia costado horrores perder y, por si fuera poco, tiene una misión imposible por delante: conseguir que la hija discola de un productor de Hollywood mejore su expediente para lograr plaza en una prestigiosa universidad. Mientras Lara comprueba con agobio que el embarazo es algo que continúa existiendo fuera de las tiendas premamá, descubre, al lado de su problematica pupila, que los instintos maternales no son algo a lo que siempre puede dar la espalda. A punto de estallar es una ácida y descarada comedia sobre las sorpresas, algunas menos agradables que otras, que depara el estado -quien lo llamó asi era un cretino- de buena esperanza.
Reconozco que soy una adicta total a las llamadas chick-lit, es decir: novelas cuyas protagonistas suelen ser mujeres rodeando la treintena, un poco paranoicas, a las que les pasa de todo. El estilo de El Diario de Bridget Jones, más o menos. A lo mejor es porque me identifico un poco con ese perfil (casi treintañera paranoica, porque lo que es en otros aspectos, no me veo reflejada en absoluto), el caso es que me gusta. También me gusta que la narrativa sea dinámica y tenga puntos de humor, porque así se me hace más amena la lectura. Ya no leo por obligación, y prefiero dedicarme a libros que me resulten atractivos, y para eso recurro a este tipo de novelas.

El resumen del libro, un poco más extenso que en la sinopsis, es rápido. Lara es una mujer joven que está acostumbrada a una vida muy cómoda en todos los sentidos: con su matrimonio, en su trabajo... Ella tiene un nulo sentido de la maternidad (como yo), porque está más ocupada en centrarse en sí misma, sobre todo en la época en la que empieza el libro: las vacaciones. Lara tiene una perspectiva de meses en los que podrá ir de compras, al gimnasio, a comer con sus amigas... todo lo que a ella le gusta. Pero a su marido le ha entrado el gusanillo de tener un hijo, sobre todo después de que una de las mejores amigas de Lara se quede embarazada. A pesar de que ella no se siente en absoluto preparada, su marido consigue convencerla de que es un buen momento para tener un hijo, y tras varios intentos (pocos), Lara se queda embarazada. Y ahí empieza todo.

Porque va descubriendo en primera persona algo que yo ella ya sospechaba: no hay nada bonito en quedarse embarazada. Julie, una de sus mejores amigas, que también está embarazada, ve esa nueva etapa a través de un cristal color de rosa, pero Lara sabe que eso será así en un mundo paralelo, pero no en el suyo precisamente. Su mundo consiste en mareos matutinos, en ver cómo se hincha cada día más, en observar cómo gana peso a pesar de luchar contra ello en el gimnasio, en no caber en su preciosa ropa, en controlar la comida que come y seguramente vomitarla después, y cosas así que no puede calificar de positivas. Así va pasando los días, descubriendo cómo cambia su cuerpo, pero no su mentalidad. Se sorprende al descubrir que no es capaz de controlar las lágrimas por nimiedades, pero tampoco puede pensar que será una buena madre...

Durante toda la novela, narrada en primera persona, se pueden descubrir los miedos y preocupaciones de Lara, quien no ha sido madre y no se siente preparada para ello. Siempre contadas con buen humor, las anécdotas se suceden desde la primera hasta la última página, y eso hace que la lectura sea muy amena. Además, no me ha costado absolutamente nada identificarme con ella. Estoy segura que todas esas paranoias las tendría yo, o peores...

En resumen, me ha parecido un libro muy dinámico y divertido, así que lo recomiendo. Tiene una lectura ligera y entretenida, así que es estupendo para pasar un buen rato sin tener que pensar en nada.

12 diciembre 2007

BACK TO WORK

Aquí estoy, en el trabajo. Con mi dolor de muelas y mis molestias de garganta, pero mucho mejor que los días anteriores. Realmente, ya no colaba que estuviera tan mal como para no venir a trabajar, y además, estas ausencias son un pellizco en la nómina...

De todas formas, ha sido bastante duro levantarse hoy. Hace un frío de mil demonios, y sólo de pensar lo calentita que estaba ayer a esas horas en la cama hacía que fuera mucho más difícil abandonar las sábanas...

Pero milagrosamente he conseguido ducharme, vestirme, desayunar y venir al trabajo, donde al menos la temperatura es buena. Pero en general mi aspecto es horrible. Tengo mala cara, aún con los ojos hinchados, la piel algo cuarteada del frío, sin mencionar los labios un tanto cortados... y por si fuera poco, tengo un bad hair day. No me he despojado de mi bufanda (tengo la secreta esperanza de que así me duela menos la garganta), y no pienso moverme de mi sitio salvo lo estrictamente necesario -que espero que sea poco-.

Estoy deseando que las ocho horas pasen pronto para refugiarme en casa a ver si me espabilo un poquito más...

11 diciembre 2007

OTRO DÍA DE CATARRO

Segundo día de sentirme como un trapajo viejo.

He pasado una noche relativamente buena. He conseguido dormir casi del tirón, sin muchos mocos ni tos, sólo me he despertado un par de veces con mucho calor, pero supongo que sería porque tenía unas décimas de fiebre.

Anoche, antes de dormir, decidí que por la mañana temprano iría al médico, entre otras cosas para que me diera un justificante médico. Pero cuando esta mañana he abierto un legañoso ojo, he repasado diversos factores tales como:
  • Era demasiado temprano para que una persona tan pochis como yo se levantara.
  • En la calle iba a hacer un frío considerable que no me sentaría nada bien.
  • No tenía ganas de hacer una cola inmensa para intentar conseguir cita en el médico.
  • Tampoco me apetecía pelearme con las señoras mayores que creen firmemente tener prioridad y que son las únicas que necesitan atención sanitaria.
  • Sólo pensar en el hecho de despojarme del pijama y ponerme ropa normal era superior a mis fuerzas.
Así que me di media vuelta y seguí durmiendo.

Una hora más.

Otra hora más.

Y otra.

Hasta casi la hora de comer.

Sí, de siempre se ha dicho que los catarros se curan en la cama, calentita y bebiendo líquidos, y yo no soy quién para juzgar la sabiduría popular. Después de comer ya no había excusa para no ir al médico, además el justificante me hacía falta. Así que me he vestido con una ropa muy fría, me he calzado de mala gana y he ido al médico, quien me ha despachado en menos de diez minutos después de meterme por la garganta el palo ese de madera que casi me hace vomitar, estrujarme las anginas para determinar que las tenía inflamadas y ponerme una inyección que estoy segura tenía como único propósito que me doliera más que la propia garganta y que de esa forma no pensara en que me duele la garganta y se he hace insoportable tragar nada.

Pero al menos ya estoy de vuelta a casa a mi pijama calentito y tengo el justificante médico. A ver qué tal estoy mañana.

10 diciembre 2007

CATARRO

Soy un saco de virus.

Qué se podía esperar. Este fin de semana he salido de muy mala gana a la calle, a un entorno abiertamente hostil de frío y viento. Tuve que enfrentarme a él sin la bufanda de lana que me suele proteger, pero no me la había llevado porque no tenía ninguna intención de salir a la calle (y tampoco tenía idea de que hiciera tan mal tiempo, así, de repente). Total, que mis intentos de protegerme la garganta estirando hasta lo imposible el cuello del jersey no sirvieron de nada: los virus ya se habían colado dentro de mí.

Empezó con una leve picazón en la garganta. Luego, unos escalofríos a cuento de nada. Después, la nariz me goteaba como un grifo mal cerrado. A continuación fueron los ojos que me lloraban sin motivo alguno. Finalmente, una ristra de estornudos lo hicieron oficial. Me había puesto enferma.

Aún así, esta mañana, después de una noche horrenda en la que apenas he dormido, he temblado mucho y he moqueado y tosido más aún, me he levantado dispuesta a ir a trabajar. Me ha costado un mundo, eso sí, porque al ponerme en posición vertical me he dado cuenta de que me dolía todo el cuerpo. Por si fuera poco, un dolor de muelas se ha apuntado a la fiesta. Me he vestido de muy mala gana, con los ojos hinchados y llorosos, y me he presentado en el trabajo con la vaga esperanza de encontrarme un poco mejor. Al menos, se está calentito en mi despacho...

Pero ha sido imposible aguantar mucho tiempo allí. Lo he intentado pero no he podido. No he sido capaz de hacer nada en el ordenador porque me lloraban los ojos y estaba medio ausente. Sintiéndolo en el alma, me he ido a mi casa a enterrarme bajo mantas y a alimentarme de agua, zumitos y caldo caliente.

Ahora me toca esperar que los virus decidan dejarme en paz y se vayan. Por favor, por favor, que sea pronto...

09 diciembre 2007

¿VAS A SALIR ASÍ?

Unos diez minutos antes de salir...

MI MADRE - ¿Te cambiarás de ropa, no?
YO - Sí.

MI MADRE - ¿Te vas a peinar?
YO - Ya lo he hecho.
MI MADRE - ¿Cómo que ya lo has hecho?
YO - Claro. Me he cogido una coleta.
MI MADRE - ¿A eso lo llamas una coleta? Siempre vas despeinada.
YO - No, ahora no porque me he peinado.
MI MADRE - Seguro que ni has cogido el peine.
YO - Pues para tu información, sí. Hace falta para que yo me haga una coleta.
MI MADRE - Pues no lo parece.

MI ABUELA - Ay, hija mía, ¿por qué no te sueltas el pelo?
YO - Porque no.
MI ABUELA - Pero si te queda mejor suelto.
YO - Ahora no porque me lo he peinado y no lo llevo bien.
MI ABUELA - Pues estás mejor con el pelo suelto.
YO - Eso díselo a tu hija que dice que voy hecha un desastre.
MI ABUELA - Pues yo digo que estás mejor sin esa coleta.

MI MADRE - ¿Y ese mechón de pelo?
YO - ¿Qué le pasa?
MI MADRE - ¿Tiene que estar así?
YO - ¿Cómo así?
MI MADRE - Suelto.
YO - Sí. Además, está estudiadamente suelto.
MI MADRE - Ya.

MI TIA - ¿Ya te has peinado?
YO - Sí.
MI TIA - ¿Quieres que te haga una trenza?
YO - No.
MI TIA - ¿Y por qué no te dejas el pelo suelto?
YO - Porque quiero ir así.
MI TIA - Vale, vale.

MI MADRE - ¿Y no te has traído otros zapatos?
YO - No. Vengo para menos de un día y no arrastro el armario.
MI MADRE - Pero es que con esa ropa estarían mejor otros zapatos.
YO - Mamá, estos zapatos están bien. Qué más da.
MI MADRE - Pues sí da, tendrías que haberte traído otros zapatos.
YO - Pues no me los he traído y voy a gusto con estos. Punto.
MI MADRE - Qué arisca eres, hija.

MI TIA - ¿No te vas a maquillar?
YO - Pues no.
MI TIA - ¿Por qué?
YO - Porque no tengo ganas y porque no me he traído nada.
MI TIA - ¡Anda! Pues eso siempre hay que traerlo.
YO - No si vengo para un día en el que se supone que no iba ni a salir.
MI TIA - Bueno, pues te dejo mi maquillaje.
YO - Pero si es que no quiero maquillarme.
MI TIA - Pues siempre hay que arreglarse un poquito.
YO - No siempre. Sobre todo cuando no me apetece. Y nos vamos ya.

MI ABUELA - Entonces, ¿no te vas a soltar el pelo?
YO - No, abuela, voy a ir así.
MI ABUELA - Pues estás más guapa con los rizos sueltos.
YO - Tu hija la mayor no opina lo mismo.
MI ABUELA - ¡Bah! Yo creo que deberías quitarte la coleta.

MI MADRE - Entonces, ¿vas a ir así, no?
YO - Sí. Con estos zapatos, esta ropa y una cola de caballo.
MI MADRE - Y el mechón, suelto, así, ¿no?
YO - Sí.
MI MADRE - Y sin maquillar, claro.
YO - Sí.
MI MADRE - Pues nos vamos. Si vas muy guapa, hija.

Desde luego, no hay quien las entienda. No tenía ningunas ganas de salir, pero con tal de que ese tipo de diálogos acabaran, arrastré a mi madre fuera de la casa a ver si con el frío dejaba de pensar en los zapatos ausentes. En fin...

07 diciembre 2007

ANDREA

Ayer, después de una larga espera, muchos nervios, incertidumbre, paseos arriba y abajo... Nació por fin la pequeña Andrea.

El día de ayer empezó indecentemente tarde para mí. Me desperté dos veces porque mi cuerpo, con la inercia una vez más, me recordó que debería ir a trabajar. Cuando fui consciente de que era fiesta y que por primera vez en meses podía quedarme durmiendo hasta hartarme, me sumí en un sueño tranquilo que duró lo que quiso. Me levanté cuando ya estuve saturada de descanso.

No me enteré del mensaje, lo ví al levantarme. Leí con emoción y nervios que mi amiga había roto aguas por la mañana temprano, así que llamé a ver si ya había nacido la pequeña. Pero no. Había decidido hacerse esperar. La dilatación era lenta y la cosa iba para largo. Pensé en ir al hospital por la tarde, porque tampoco se preveía que fuera a pasar algo hoy: al ritmo que llevaba, seguro que la niña nacería de madrugada.

Cuando llegamos, la familia estaba ahí, al pie del cañón. Las caras reflejaban alegría por un lado y cansancio por otra. Eran muchas horas ahí metidos en estado de alerta y sin ninguna novedad. Hicimos un relevo para que se tomaran un respiro. Yo estaba fresca como una rosa porque había descansado todo lo que había querido y más, pero allí descubrí que poco tiempo te agota más que una maratón. Te sientas en la sala de espera y no sabes cómo ponerte. Te levantas, estiras las piernas, sacas una botella de agua de la máquina. Vuelves, hablas un poco, te asomas por si hay algo nuevo. Miras el reloj, le das un golpecito porque parece evidente que se te ha parado, y piensas por enésima vez que odias los hospitales. Pero luego te consuelas pensando que esta es de las únicas veces que estás en uno por algo bueno.

Después de varias horas, decidimos irnos a casa. La situación era la misma que cuando llegamos, así que nosotros nos retirábamos porque además era un poco tarde. Empezamos a organizarnos para ver quién se venía con nosotros, y finalmente bajamos a la calle. A metros escasos del coche, una llamada de teléfono nos retuvo: iban a hacerle una cesárea.

El hecho de pensar que en diez minutos iba a venir al mundo una pequeña me emocionó, y los nervios se triplicaron. No podía dejar de mirar las puertas del paritorio para ver si salía el médico. Estábamos pendientes del reloj y los minutos pasaban muy-muy-muy lentos. Después de lo que pareció una eternidad, el médico salió y lo vimos hablando con el padre de la niña. Se giró hacia nosotros y nos hizo un gesto muy elocuente: todo había salido bien.

Se desató la alegría en aquel pasillo. Todo eran besos y abrazos y sonrisas y felicitaciones mutuas. ¡Ah! Y llamadas de teléfono... Mientras, nosotros nos retiramos a un segundo plano, sobre todo porque a mí ya se me agolpaban las lágrimas. A los pocos minutos sacaron a la niña para que la viéramos, en una cunita...

Estaba envuelta en una mantita de hospital, tan pequeñita y frágil que se te encogía el corazón. Me quedé hipnotizada con esas manitas tan pequeñitas, esa naricilla respingona. Su piel parecía muy suave, aunque aún había restos del parto en su cara. Impresiona mucho ver a un bebé que sólo tiene minutos de vida. Tan indefenso y frágil.

Esa visión me produjo un terremoto de sentimientos.

Nunca he sentido la necesidad de ser madre, de hecho creo que no tengo ningún instinto maternal. Los niños no me gustan demasiado, me parecen muy lindos pero solo para un rato. Además, tengo la teoría de que "huelen mi miedo" y por eso les caigo mal por norma general. Encima, no me sale "ser madre" con ellos: me encuentro rara y descolocada cuando un niño quiere jugar conmigo o me pide que lo suba en brazos (raras veces). Miro a mi futuro y nunca me he visto con un hijo, y si me fuerzo a imaginármelo, acabo convencida de que no sería una buena madre porque no lo he sentido nunca. Sé de chicas, mujeres, que se les ve que son unas madrazas desde siempre: les encantan los niños, tienen mano con ellos, conectan enseguida con los pequeños. Yo no. A veces pienso que soy una mujer desnaturalizada o algo así. Se supone que ya debería oír la llamada de la maternidad, pero debe ser que soy sorda porque no me entero.

Pero ayer, viendo a Andrea desde el cristal de la sala de maternidad, sentía un irrefrenable impulso de acunarla y protegerla y mimarla y cuidarla. Se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción sin poder evitarlo. Cuando la veía abrir la boca en un bostezo o cerrar las manitas agarrando el aire me recorría un escalofrío; notaba una calidez que me nacía de algún punto del corazón y se me subía a las mejillas y se me desbordaron las lágrimas.

Me aparté pretextando que hacía un calor de mil demonios en ese pasillo, lo que explicaba mi rubor y que saliera huyendo de allí. Bebí agua en un deseperado intento de que los sentimientos se me diluyeran un poco en el líquido elemento. Parece que funcionó porque me calmé bastante, pude controlarme y mi aplomo volvió a su sitio.

No disimulé que estaba emocionada, y sonreí a diestro y siniestro porque realmente estaba feliz de que Andrea hubiera nacido por fin. Nos despedimos y volvimos a casa tarde, pero con la tranquilidad de que todo ya estaba calmado y tranquilo. Además, había cumplido una promesa: que estaría allí cuando la niña naciera.

Creo que no es lo único que ha nacido.

Bienvenida al mundo, Andrea.

05 diciembre 2007

JUST WORDS...

Apagar el ordenador. Recoger los papeles de la mesa. Hacer una lista de lo que queda pendiente. Sigo sola en el trabajo. Ninguna bronca esta semana. Bajar la persiana. Cerrar la puerta. Despedirme distraídamente de la gente que hay en la puerta. Frío en la cara. Una farola parpadeante. El sonido lejano del ladrido de un perro. Abrocharse el abrigo. Subir al coche. Echar unas risas contando las anécdotas del día. Dar las gracias por traerme a casa. Empujar la puerta del portal. Mirar otra vez el buzón. Subir a saltitos las escaleras. Abrir la puerta de casa. Dejar las llaves en la entrada. Quitarse el abrigo. Los zapatos. Las medias. La ropa. Ponese el pijama y unas zapatillas cómodas. Beber agua. Pasar olímpicamente del desorden de la cocina. Conectar la cadena de música. Tararear una canción. Encender la calefacción. Cantar a pleno pulmón. Mirar si hay llamadas en el fijo. Comer una galleta. Preparar un Cola-Cao calentito. Sentarse en el sofá. Comprobar el correo personal. Deleitarse con unas fotos. Pensar en que mañana es día libre. Taparse con una mantita suave. Cerrar los ojos. Disfrutar...

04 diciembre 2007

SHAKIRA

La otra tarde, entré en una joyería cualquiera para ver si me podían cambiar la pila del reloj.

El relojero me dijo que no había problema, así que cogió mi precioso reloj y se lo llevó a la trastienda, dejándome a mí delante del mostrador, sola. Para distraerme, me puse a curiosear las vitrinas, y luego pasé a inspeccionar el mostrador donde había más cosas. Al lado de la pared, había varios carteles promocionales de relojes y cosas así.

También había un folleto con publicidad de la línea Shakira, de Viceroy, que tenía ESTA FOTO...


...y me dio un ataque de risa.

Fue ver esa uña pintada y descascarillada y entrarme una risa incontrolable. Sí, las mujeres somos malas, y yo no soy una excepción. Me hizo gracia que después de la pasta que seguro se han gastado en el anuncio, en las fotos, en el caché de la artista... Nadie se haya percatado de que hay una uña descuidada en un primer plano. A mí se me iban los ojos a ese desconchón (y anda que el color de la uña es discreto). No me fijaba en otra cosa, ni los labios, ni ojos, ni pelo. Menos aún me fijaba en el reloj o en lo que sea que intentara vender la pobre. No fui capaz de pensar en otra cosa que no fuera la ausencia de una buena manicura entre tanto despliegue fotográfico, de maquilladoras, peluqueras, estilistas, iluminadores, fotógrafos... Ni que nadie se diera cuenta de eso antes de imprimir millones de folletos y repartirlos por ahí. Aunque puede que si los que revisaran el material fueron hombres, ni se dieran cuenta. Estoy segura.

Además, personalmente el caso me parece muy sangrante porque para mí no hay detalle que me cause más sensación de descuido y suciedad en una mujer que una uña pintada de un color fuerte y que esté descascarillada. Más aún que un pelo sucio. Ese detalle para mí es de lo peor. Justo lo que le pasa a la pobre Shakira.

Desde luego, si ella hubiera sido un mito para mí, se me hubiera caído estrepitosamente al suelo.

Me metí el folleto en el bolso e intenté aguantarme la risa cuando el buen hombre salío y me dió mi reloj. Me miró un tanto extrañado, pero no me dijo nada. Cuando salí de allí volví a reirme. No sólo le había puesto una pila a mi reloj, me había descubierto un remedio infalible para cuando me sienta descontenta con mi imagen física... Porque a las guapas también les hace falta una manicura.

02 diciembre 2007

ESCRITURAS

Mi fin de semana de tres días toca a su fin. Apenas he salido de casa desde que volví, el Viernes por la tarde, de firmar las escrituras de la nueva casa de mi madre.

Para estar con ella ese día tan importante me pedí el día libre en el trabajo. Bajé a Granada la tarde anterior y me quedé a dormir allí, porque no me atraía nada la idea de madrugar el Viernes, pegarme una paliza de viaje y encima llegar justa de tiempo. Así que el Viernes fuimos a la notaría a firmar las escrituras. Mi madre estaba bastante nerviosa, me cogió un par de veces la mano y me la apretó. Sé que este paso ha sido muy difícil para ella, y yo me centré en trasmitirle algo de tranquilidad y despreocupación sonriéndole y guiñándole un ojo cada vez que me miraba. El notario nos hizo pasar a un despacho enorme donde nos leyó la escritura antes de firmarla. Fue como un flashback del día en que yo firmé las de mi piso, solo que allí faltaba mi padre. Estoy segura de que le hubiera hecho mucha ilusión estar allí también. Pero la voz del notario me devolvió a la realidad antes de que me pusiera melancólica y empezara a llorar entre tecnicismos y papeles timbrados.

Después de repasar por enésima vez las claúsulas, después de recordarnos qué gastos corrían por nuestra cuenta, después de enumerar toda la documentación que nos entregaban, después de pasar folios y folios hasta el final, mi madre firmó las escrituras. Le temblaban las manos. Con un punto terminó su rúbrica y le apreté el hombro. Por fin tenía su casa; pequeña, de dos habitaciones, pero nueva, en el sitio que a ella le gusta, cerca de su familia, y sobre todo: SUYA. Toda una declaración de independencia. Yo sé bien qué significa eso, porque hace dos años y medio era yo la que firmó con mano temblorosa y una nube de miedos las escrituras de la que ahora es mi casa. Esta vez le tocaba a mi madre. El paso definitivo a otra nueva época de su vida.

Cuando salimos del notario, arrastrando una pesada bolsa con las llaves, toda la documentación y una toalla obsequio de la constructura, mi madre estaba contenta, aunque seguía nerviosa. Mi intención era que se centrara en el hecho de que por fin tenía su piso (entregado con varios meses de retraso) y no pensara en nada más. Pero la conozco y sé que es difícil porque estoy segura de que ha pasado muchas noches sin dormir haciendo cuentas, y a partir de ahora más todavía. A pesar de que le he dicho miles de veces que no tiene por qué preocuparse, que saldremos bien de ésta, que serán unos meses los que tendrán que pasar hasta que se solucione el tema de la venta de la otra casa, que sólo ha sido cuestión de mala suerte, sé que no puede dejar de pensar en eso, en que es responsabilidad suya que ahora tengamos que pasar una época un poco estrechas económicamente. Le he dicho muchas veces que no pasa absolutamente nada, que no me importa, que podemos asumirlo perfectamente, que estoy de acuerdo con el paso que ha dado, que la apoyo al 200%. Pero a pesar de eso le tiembla la voz cada vez que me pregunta qué me parece. Me parece que has hecho lo mejor, mamá.