Internet es un gran invento. Realmente me parece genial poder comprar los billetes para un viaje desde mi estudio, a las once de la noche (o cuando me salga de las narices), tranquilamente, sin colas ni agobios por la hora.
Olvídate de la típica escena: luchas por mantener la dignidad mientras con una mano manejas una maleta que no sólo pesa como un muerto, sino que en clara contradicción de repente parece tener vida propia... y con la otra mano haces un juego malabar para abrir el bolso y sacar el monedero que está en el fondo del bolso después de palpar a ciegas absolutamente todos los cachivaches que llevas ahí MENOS el monedero. Tienes un ojo en tus pertenencias como te indica la megafonía estridente y un poco cascada, y el otro en el reloj enorme que cuelga encima de tu cabeza.
Te acercas al mostrador porque por fin es tu turno, después de ver cómo todas y cada una de las colas han avanzado menos la tuya (ay, las Leyes de Murphy). Gritas el destino a una pantalla de grueso cristal que te separa del empleado de turno. No te oye bien. Acerca la oreja al cristal en un gesto automático exactamente igual al de sus compañeros. Vuelves a gritar el destino vocalizando exageradamente con la vaga esperanza de que te entienda mejor. Finalmente ya sabe dónde vas. De nuevo la misma escena, esta vez para la hora del viaje. Pagas. ¿No tienes nada suelto? Pues no. Se levanta. Va a por cambio. Te dan ganas de decirle que se lo quede pero es que eres mileurista por un lado, y por otro no estimas que se lo haya ganado todavía.
Te desesperas.
Cambias tu peso de una pierna a otra.
Te apetece sentarte en la maleta.
Miras el reloj de la estación: queda muy poquito para que salga el autobús. Quien te ha atendido no tiene mucha prisa, parece. Miras el panel informativo. Tu viaje parpadea en rojo: va a salir ya. Buscas con la mirada al empleado que se ha llevado tu billete y tu dinero y lo ves hablando tranquilamente con otros compañeros. Parece ser que el hecho de que le hayas pedido un billete para dentro de cinco minutos no le afecta para nada. Seguramente estará pensando que podrías haber ido antes... Ya te gustaría a ti ir más relajada, pero es que resulta que te acabas de bajar de otro autobús y estás intentando enlazar y en la bonita teoría de las compañías de autobuses, tienes tiempo de sobra para sacar el billete. Tú sabes que no, y lo estás viviendo en tus propias carnes.
En el último segundo aparece el cambio, que coges con una mano con dificultad porque las monedillas se resbalan en ese endemoniado túnel entre el empleado de turno y tú. Agarras el billete, te lo pones en la boca porque aún no te ha salido una tercera mano de la nada y atraviesas la sala de espera como en una carrera de los 100 metros vallas. Menos mal que el que tenías detrás de ti en la cola te ha dado el impulso necesario: cuando cojes el billete, parece que te tienes que desintegrar inmediatamente y dejar paso, y así te lo recuerdan con un ligero pero firme empujón.
Sigues corriendo hacia los andenes. Con un poco de suerte tu maleta no se deja una rueda por el camino, ni atropellas a un inocente niño. Agradeces que por una vez se respete la regla no escrita de que los que no tienen prisa, a la derecha, y los que llevan la lengua fuera como tú pueden pasar por un pasillo a la izquierda.
Confías en que la compañía no haya decidido innovar y que tu autobús espere en el mismo andén de siempre. Te topas con un grupo de japoneses o mochileros, qué más da, pero que precisamente ahora tienen que estar entre tú y tu autobús. Los sorteas haciendo equilibrios.
Llegas al autobús. Rompes la cola para entrar y la gente te mira con mala cara porque piensa que te vas a colar cuando lo único que quieres es meter tu maleta en el portaequipajes. Te paras a ver dónde la colocas. Ten cuidado porque además hay otra como la tuya, así que más vale que la alejes y que luego te acuerdes cuál te pertenece. Al final la encajas como puedes en un hueco, pero tienes que mover alguna maleta. Sientes la mirada del dueño de la maleta que se te clava en la nuca porque te confunde con una de esas rateras de estación que las roba al tuntún y que se acaba llevando a casa la maleta de un estudiante llena de ropa sucia que lleva a su casa para que su madre la lave...
Por fin te pones a la cola, y veintisiete codazos después puedes darle al conductor el billete y subir al autobús donde empieza otra aventura. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

Y no. Ahora, gracias a Internet, pones los datos: origen, destino, fecha de ida, fecha de vuelta si la hubiera. ¿Quiere usted elegir asiento? Por supuesto que sí: ventanilla, parte derecha del autobús, y en la zona delantera. Pues aquí tiene su billete, no olvide llevar el DNI, tenga el localizador por si hubiera algún problema. Le mandamos un mensaje al móvil con los datos del viaje. Ah, cómo no, por tener tarjeta con nosotros no le cobramos gastos de gestión y tiene usted 10 puntos más, canjeables por trayectos o regalos. Gracias.
Es decir, con cuatro click locos y un poco de traqueteo de impresora, tengo los billetes en mi poder y me ahorro el trajín antes mencionado. Sólo tengo que estar en la puerta del autobús un poco antes.
Adoro la tecnología...
Olvídate de la típica escena: luchas por mantener la dignidad mientras con una mano manejas una maleta que no sólo pesa como un muerto, sino que en clara contradicción de repente parece tener vida propia... y con la otra mano haces un juego malabar para abrir el bolso y sacar el monedero que está en el fondo del bolso después de palpar a ciegas absolutamente todos los cachivaches que llevas ahí MENOS el monedero. Tienes un ojo en tus pertenencias como te indica la megafonía estridente y un poco cascada, y el otro en el reloj enorme que cuelga encima de tu cabeza.
Te acercas al mostrador porque por fin es tu turno, después de ver cómo todas y cada una de las colas han avanzado menos la tuya (ay, las Leyes de Murphy). Gritas el destino a una pantalla de grueso cristal que te separa del empleado de turno. No te oye bien. Acerca la oreja al cristal en un gesto automático exactamente igual al de sus compañeros. Vuelves a gritar el destino vocalizando exageradamente con la vaga esperanza de que te entienda mejor. Finalmente ya sabe dónde vas. De nuevo la misma escena, esta vez para la hora del viaje. Pagas. ¿No tienes nada suelto? Pues no. Se levanta. Va a por cambio. Te dan ganas de decirle que se lo quede pero es que eres mileurista por un lado, y por otro no estimas que se lo haya ganado todavía.
Te desesperas.
Cambias tu peso de una pierna a otra.
Te apetece sentarte en la maleta.
Miras el reloj de la estación: queda muy poquito para que salga el autobús. Quien te ha atendido no tiene mucha prisa, parece. Miras el panel informativo. Tu viaje parpadea en rojo: va a salir ya. Buscas con la mirada al empleado que se ha llevado tu billete y tu dinero y lo ves hablando tranquilamente con otros compañeros. Parece ser que el hecho de que le hayas pedido un billete para dentro de cinco minutos no le afecta para nada. Seguramente estará pensando que podrías haber ido antes... Ya te gustaría a ti ir más relajada, pero es que resulta que te acabas de bajar de otro autobús y estás intentando enlazar y en la bonita teoría de las compañías de autobuses, tienes tiempo de sobra para sacar el billete. Tú sabes que no, y lo estás viviendo en tus propias carnes.
En el último segundo aparece el cambio, que coges con una mano con dificultad porque las monedillas se resbalan en ese endemoniado túnel entre el empleado de turno y tú. Agarras el billete, te lo pones en la boca porque aún no te ha salido una tercera mano de la nada y atraviesas la sala de espera como en una carrera de los 100 metros vallas. Menos mal que el que tenías detrás de ti en la cola te ha dado el impulso necesario: cuando cojes el billete, parece que te tienes que desintegrar inmediatamente y dejar paso, y así te lo recuerdan con un ligero pero firme empujón.
Sigues corriendo hacia los andenes. Con un poco de suerte tu maleta no se deja una rueda por el camino, ni atropellas a un inocente niño. Agradeces que por una vez se respete la regla no escrita de que los que no tienen prisa, a la derecha, y los que llevan la lengua fuera como tú pueden pasar por un pasillo a la izquierda.
Confías en que la compañía no haya decidido innovar y que tu autobús espere en el mismo andén de siempre. Te topas con un grupo de japoneses o mochileros, qué más da, pero que precisamente ahora tienen que estar entre tú y tu autobús. Los sorteas haciendo equilibrios.
Llegas al autobús. Rompes la cola para entrar y la gente te mira con mala cara porque piensa que te vas a colar cuando lo único que quieres es meter tu maleta en el portaequipajes. Te paras a ver dónde la colocas. Ten cuidado porque además hay otra como la tuya, así que más vale que la alejes y que luego te acuerdes cuál te pertenece. Al final la encajas como puedes en un hueco, pero tienes que mover alguna maleta. Sientes la mirada del dueño de la maleta que se te clava en la nuca porque te confunde con una de esas rateras de estación que las roba al tuntún y que se acaba llevando a casa la maleta de un estudiante llena de ropa sucia que lleva a su casa para que su madre la lave...
Por fin te pones a la cola, y veintisiete codazos después puedes darle al conductor el billete y subir al autobús donde empieza otra aventura. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión.

Y no. Ahora, gracias a Internet, pones los datos: origen, destino, fecha de ida, fecha de vuelta si la hubiera. ¿Quiere usted elegir asiento? Por supuesto que sí: ventanilla, parte derecha del autobús, y en la zona delantera. Pues aquí tiene su billete, no olvide llevar el DNI, tenga el localizador por si hubiera algún problema. Le mandamos un mensaje al móvil con los datos del viaje. Ah, cómo no, por tener tarjeta con nosotros no le cobramos gastos de gestión y tiene usted 10 puntos más, canjeables por trayectos o regalos. Gracias.
Es decir, con cuatro click locos y un poco de traqueteo de impresora, tengo los billetes en mi poder y me ahorro el trajín antes mencionado. Sólo tengo que estar en la puerta del autobús un poco antes.
Adoro la tecnología...
El verano pasado pillé un billete de avión por internet para irme a la coruña. Es una delicia. Eliges origen, eliges destino, eliges fecha de ida y vuelta, haces la reserva, te llega el email con los datos, los imprimes y el día del vuelo vas y lo entregas en la facturación del equipaje.
ResponderSuprimirInternet es una maravilla, la verdad es que sí :-) Pero no me libré de echar un carrerón de campeonato para irme a la terminal de mi vuelo porque a punto estuve de perder el avión jajajaja. Qué vergüenza... todos mirándome porque era el único que quedaba (los pilotos se decían, pq los oí, "ya llegó el que faltaba" xDDD).
Besos!!!
Y yoooo... y yoooo... tengo un wifi propio, no pirata, que me permite leerte desde la cama (lo siento, pero acabo de llegar del tajo después de haber dormido tres horas), y si pongo el emule, el messenger sigue funcionando...
ResponderSuprimirViva la tecnología.
Bufff... ni que lo digas!! Menos mal que tenemos estos aparatitos para hacernos la vida mas facil.
ResponderSuprimirAunque ami, la ultima vez que intente comprar un billete de avion... no paraba de darme error!!!
Un besazooo
¿No os preguntáis a veces cómo han cambiado algunas cosas desde que Internet está en nuestras vidas?
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