Mi ex-jefe asoma su cabecilla por la puerta de mi despacho a la hora de comer. Levanto la cabeza de un montón de papeles por firmar. Me sonríe.
- ¡Adiós! - me saluda con toda la alegría del mundo, qué increíble buen humor tiene siempre este chico, es hasta insultante.
- ¿Dónde vas? - no puedo evitar preguntale, porque soy así de curiosa, qué le voy a hacer, es mejor aceptarlo de una buena vez.
- Me voy a comprarle a mi novia una caja de bombones.
- Oooooooooh... Qué bonito. A mí también me gustan los bombones.
Se lo digo por si no lo sabía, claro. Una una frase meramente informativa, aunque yo creo que algo de eso ya sospechaba, porque esta mañana puso la orejilla mientras le contaba a mi compañera que estaba traumatizada a cuenta de la Nutella... (Finalmente se acabó por una alguna misteriosa razón: estaba allí esta mañana y de repente ya no había nada de nada, sólo el bote de cristal y la etiqueta. Un gran enigma.)
Me guiña un ojo y se va silbando. Qué optimismo a mitad de semana, señores. Me deja sola en los despachos, el muy desconsiderado. Normalmente siempre se queda él conmigo y estamos un rato hablando hasta que yo me voy a comer un poco más tarde. Pero ahora, como se ha ido y la bandeja de documentos no es muy buena conversadora (demasiado reservada con sus cosas), adelanto mi hora de la comida.
Cuando yo vuelvo, a los veinte minutos, veo que ya está aquí.
- ¡Qué rápido eres!
Me sonríe por encima de la pantalla de su portátil. Estiro el cuello hasta lo indecible para cotillear si ha comprado una caja de bombones, marca, tamaño, presentación... Más que nada para meterme con él, por supuesto. Pero no veo nada. Igual se lo ha dejado en el coche en previsión de mi ataque frontal.
Tiene suerte, esta vez desisto: como veo que está ocupado, no le chincho un poco como tengo por costumbre (la secuencia es: comer, lavarme los dientes, chincharle un rato y volver al trabajo) y me voy a sentar. Pero, ¡sorpresa!
Una bolsita de bombones encima de mi teclado.
¿No es adorable este chico?
(Aunque sería totalmente adorable si de un puñado no se hubiera llevado la mitad, claro.)
- ¡Adiós! - me saluda con toda la alegría del mundo, qué increíble buen humor tiene siempre este chico, es hasta insultante.
- ¿Dónde vas? - no puedo evitar preguntale, porque soy así de curiosa, qué le voy a hacer, es mejor aceptarlo de una buena vez.
- Me voy a comprarle a mi novia una caja de bombones.
- Oooooooooh... Qué bonito. A mí también me gustan los bombones.
Se lo digo por si no lo sabía, claro. Una una frase meramente informativa, aunque yo creo que algo de eso ya sospechaba, porque esta mañana puso la orejilla mientras le contaba a mi compañera que estaba traumatizada a cuenta de la Nutella... (Finalmente se acabó por una alguna misteriosa razón: estaba allí esta mañana y de repente ya no había nada de nada, sólo el bote de cristal y la etiqueta. Un gran enigma.)
Me guiña un ojo y se va silbando. Qué optimismo a mitad de semana, señores. Me deja sola en los despachos, el muy desconsiderado. Normalmente siempre se queda él conmigo y estamos un rato hablando hasta que yo me voy a comer un poco más tarde. Pero ahora, como se ha ido y la bandeja de documentos no es muy buena conversadora (demasiado reservada con sus cosas), adelanto mi hora de la comida.
Cuando yo vuelvo, a los veinte minutos, veo que ya está aquí.
- ¡Qué rápido eres!
Me sonríe por encima de la pantalla de su portátil. Estiro el cuello hasta lo indecible para cotillear si ha comprado una caja de bombones, marca, tamaño, presentación... Más que nada para meterme con él, por supuesto. Pero no veo nada. Igual se lo ha dejado en el coche en previsión de mi ataque frontal.
Tiene suerte, esta vez desisto: como veo que está ocupado, no le chincho un poco como tengo por costumbre (la secuencia es: comer, lavarme los dientes, chincharle un rato y volver al trabajo) y me voy a sentar. Pero, ¡sorpresa!
Una bolsita de bombones encima de mi teclado.
¿No es adorable este chico?
(Aunque sería totalmente adorable si de un puñado no se hubiera llevado la mitad, claro.)
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