Los fines de semana que me quedo en casa, me apetece incluso atreverme a cocinar algo más elaborado de lo que suelo preparar entre semana.
Hoy Domingo estaba MUY dispuesta a hacer un asado de cordero al horno, comida típicamente findesemanera.
Anoche saqué la receta que mi abuela escribió de su puño y letra. Ahí estaba la receta con los pasos a seguir, PERO entre medias había miles de anotaciones a lápiz que hago yo. ¿Por qué? Porque mi abuela y mi madre utilizan medidas de cantidad y tiempo tales como "un chorrillo de ná", "una pizquita y media", "el rato que tú veas", "lo que te parezca bastante", "pues no sé, lo de siempre", "dos, tres, cuatro o cinco, depende" y cosas así. Que para alguien experimentado está bien, pero a alguien novel como yo, pues no le vale. Yo me he criado con el sistema métrico internacional y cuento en sistema decimal, así que a mí me tienes que decir cosas como: 250 mililitros de leche, 50 gramos de harina, el horno a 200º, déjalo 15 minutos, pon 2 cebollas.
Así que me limité a preparar todos los ingredientes, limpios, pelados y troceados, en cuencos y platos, primorosamente colocados en la encimera. De foto*, vamos. Me sentía como Karlos Arguiñano, a punto de señalar a la cámara lo que íbamos a utilizar en nuestro menú de hoy.
Acto seguido, marqué el número de mi madre, en plan soporte on-line. Ella aluciflipó, claro. "¿Pero vas a hacerlo mientras yo te lo digo?". Por supuestísimo.
Lo primero es que llevaba dos horas de retraso. Vamos, que tenía que haber empezado a las once de la mañana y que claro, ahora íbamos a comer a las cinco de la tarde. Pues eso no lo ponía en la receta. Además, ponerse a cocinar a las once de la mañana es impensable para alguien como yo, que como muchísimo si como a las dos me pongo manos a la obra a la una. ¡Y menos un Domingo! ¿¿Es que estamos locos?? Ahora empiezo a entender la diferencia entre las comidas de mi madre y las mías.
Cuando mi madre pudo articular una palabra después de ese ataque de risa inicial que yo interpreté como un "me río por no llorar al pensar el desastre de hija que tengo", me fue indicando paso a paso cómo el orden de colocación de los ingredientes. Así que le fui haciendo caso, con una mano ocupada en el teléfono, y la otra pringada de sal, pimienta, aceite, oliendo a ajo y manipulando mil cosas a la vez.
Por supuesto, como cabría esperar, algo tenía que pasar. Tiré la aceitera al suelo (que no se rompió de milagro), se me derramó la sal por toda la encimera, una gota de agua caliente vino a caer en los mandos termosensibles de la vitrocerámica que empezó a pitar como una descosida, mientras mi madre me preguntaba alarmada que qué estaba pasando. Mientras, y yo luchaba por recogerlo todo, dedicar tiempo al asado de marras para no saltarme ninguna instrucción (o sea, hacerle caso a mi madre), controlar la risa histérica que estaba a punto de nacerme de la garganta y limpiar el desastre antes de empezar a llorar de histeria. Todo con una mano.
Cuando yo creí que estaba terminado el asunto y que la crisis de histeria no se iba a producir, me dice mi madre: "ahora el zumo de limón y el vino blanco". ¿¿Cómo?? ¡Eso TAMPOCO lo pone en la receta! Mi madre suspira resignada, pensando que ya no sé ni leer... "Vale, espera un momento, mamá, dejo el teléfono, no cuelgues."
Fue relativamente fácil hacer el zumo de limón (por fortuna, tenía limones, pero no por mí, sino por un vecino generoso que días atrás los trajo como obsequio), y el vino blanco estaba en lo más alto de la más alta estantería de la cocina. Fui a por la escalera, me encaramé, cogí el vino, bajé y le dí un golpe a un bote de pimienta que de la nada se había materializado allí mismo. Abrí el brick de vino con un cuchillo porque a saber dónde habría puesto las tijeras. El abrefácil debería llamarse abredifícil; como es de esperar, se me derramó el vino, que vino a caer justo encima de los mandos de la vitrocerámica. El pitido otra vez. Al coger el teléfono que estaba cubierto de pimienta, mi madre ya estaba llorando de la risa. Ni preguntó qué había pasado. Supongo que preferiría no saberlo.
Al final, miré mi obra. No se parecía en nada, pero EN NADA, al aspecto que tiene la receta cuando la hace mi abuela. Se lo dije entre risas histéricas a la santa de mi madre, que seguía al teléfono con la paciencia que caracteriza a la mujer. Casi me parecía poder escuchar su pensamiento: ¿cómo puede no parecerse en nada, si es de lo más fácil de hacer del mundo y SÓLO hay que poner los ingredientes en una llanda? Ah, como si eso fuera todo...
Metí el intento en el horno y sólo quedaba esperar dos horas y media. Calculando por lo bajo, igual para la cena estaría listo el asado (con un poco de suerte, añadió la optimista de mi madre).
...
...
...
...
...
Ah, sí, contra todo pronóstico, comimos antes de merendar un asado que se parecía razonablemente al de mi abuela.
Pero la batalla fue dura. Una batalla como las que se libran en más de una cocina, porque sí, para desgracia del mundo no es tan poco común sufrir una serie de catastróficas desdichas cuando decidimos hacer algo más complejo que una tortilla. Con semejante experiencia, dan ganas de volver a alimentarse de bocadillos...
* De foto quedó luego la cocina, sí... Pero de foto para el National Geographic, apartado "Desastres Naturales".
Hoy Domingo estaba MUY dispuesta a hacer un asado de cordero al horno, comida típicamente findesemanera.
Anoche saqué la receta que mi abuela escribió de su puño y letra. Ahí estaba la receta con los pasos a seguir, PERO entre medias había miles de anotaciones a lápiz que hago yo. ¿Por qué? Porque mi abuela y mi madre utilizan medidas de cantidad y tiempo tales como "un chorrillo de ná", "una pizquita y media", "el rato que tú veas", "lo que te parezca bastante", "pues no sé, lo de siempre", "dos, tres, cuatro o cinco, depende" y cosas así. Que para alguien experimentado está bien, pero a alguien novel como yo, pues no le vale. Yo me he criado con el sistema métrico internacional y cuento en sistema decimal, así que a mí me tienes que decir cosas como: 250 mililitros de leche, 50 gramos de harina, el horno a 200º, déjalo 15 minutos, pon 2 cebollas.
Así que me limité a preparar todos los ingredientes, limpios, pelados y troceados, en cuencos y platos, primorosamente colocados en la encimera. De foto*, vamos. Me sentía como Karlos Arguiñano, a punto de señalar a la cámara lo que íbamos a utilizar en nuestro menú de hoy.
Acto seguido, marqué el número de mi madre, en plan soporte on-line. Ella aluciflipó, claro. "¿Pero vas a hacerlo mientras yo te lo digo?". Por supuestísimo.
Lo primero es que llevaba dos horas de retraso. Vamos, que tenía que haber empezado a las once de la mañana y que claro, ahora íbamos a comer a las cinco de la tarde. Pues eso no lo ponía en la receta. Además, ponerse a cocinar a las once de la mañana es impensable para alguien como yo, que como muchísimo si como a las dos me pongo manos a la obra a la una. ¡Y menos un Domingo! ¿¿Es que estamos locos?? Ahora empiezo a entender la diferencia entre las comidas de mi madre y las mías.
Cuando mi madre pudo articular una palabra después de ese ataque de risa inicial que yo interpreté como un "me río por no llorar al pensar el desastre de hija que tengo", me fue indicando paso a paso cómo el orden de colocación de los ingredientes. Así que le fui haciendo caso, con una mano ocupada en el teléfono, y la otra pringada de sal, pimienta, aceite, oliendo a ajo y manipulando mil cosas a la vez.
Por supuesto, como cabría esperar, algo tenía que pasar. Tiré la aceitera al suelo (que no se rompió de milagro), se me derramó la sal por toda la encimera, una gota de agua caliente vino a caer en los mandos termosensibles de la vitrocerámica que empezó a pitar como una descosida, mientras mi madre me preguntaba alarmada que qué estaba pasando. Mientras, y yo luchaba por recogerlo todo, dedicar tiempo al asado de marras para no saltarme ninguna instrucción (o sea, hacerle caso a mi madre), controlar la risa histérica que estaba a punto de nacerme de la garganta y limpiar el desastre antes de empezar a llorar de histeria. Todo con una mano.
Cuando yo creí que estaba terminado el asunto y que la crisis de histeria no se iba a producir, me dice mi madre: "ahora el zumo de limón y el vino blanco". ¿¿Cómo?? ¡Eso TAMPOCO lo pone en la receta! Mi madre suspira resignada, pensando que ya no sé ni leer... "Vale, espera un momento, mamá, dejo el teléfono, no cuelgues."
Fue relativamente fácil hacer el zumo de limón (por fortuna, tenía limones, pero no por mí, sino por un vecino generoso que días atrás los trajo como obsequio), y el vino blanco estaba en lo más alto de la más alta estantería de la cocina. Fui a por la escalera, me encaramé, cogí el vino, bajé y le dí un golpe a un bote de pimienta que de la nada se había materializado allí mismo. Abrí el brick de vino con un cuchillo porque a saber dónde habría puesto las tijeras. El abrefácil debería llamarse abredifícil; como es de esperar, se me derramó el vino, que vino a caer justo encima de los mandos de la vitrocerámica. El pitido otra vez. Al coger el teléfono que estaba cubierto de pimienta, mi madre ya estaba llorando de la risa. Ni preguntó qué había pasado. Supongo que preferiría no saberlo.
Al final, miré mi obra. No se parecía en nada, pero EN NADA, al aspecto que tiene la receta cuando la hace mi abuela. Se lo dije entre risas histéricas a la santa de mi madre, que seguía al teléfono con la paciencia que caracteriza a la mujer. Casi me parecía poder escuchar su pensamiento: ¿cómo puede no parecerse en nada, si es de lo más fácil de hacer del mundo y SÓLO hay que poner los ingredientes en una llanda? Ah, como si eso fuera todo...
Metí el intento en el horno y sólo quedaba esperar dos horas y media. Calculando por lo bajo, igual para la cena estaría listo el asado (con un poco de suerte, añadió la optimista de mi madre).
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Ah, sí, contra todo pronóstico, comimos antes de merendar un asado que se parecía razonablemente al de mi abuela.
Pero la batalla fue dura. Una batalla como las que se libran en más de una cocina, porque sí, para desgracia del mundo no es tan poco común sufrir una serie de catastróficas desdichas cuando decidimos hacer algo más complejo que una tortilla. Con semejante experiencia, dan ganas de volver a alimentarse de bocadillos...
* De foto quedó luego la cocina, sí... Pero de foto para el National Geographic, apartado "Desastres Naturales".
Nena, la próxima vez usa el manoslibres!
ResponderSuprimirEs un fijo inalámbrico sin manos libres... ¡Si no, no hubiera montado semejante circo!
ResponderSuprimirJajajaja... me has hecho reír con lo del abredifícil. Pero sigo sin ver qué tiene de malo comer en domingo a las cuatro y media-cinco de la tarde...
ResponderSuprimirY no. Regresar a la dieta de leche y campurrianas 3 veces al día no es una buena opción, créeme.
Un besito.
Eso de la leche y campurrianas tendrás que contarlo más extensamente...
ResponderSuprimirAl principio de estar en la Universidad, conocía a unos chicos que a final de mes comían bocadillos de pimientos verdes, para mí eso es la degradación total... :)
Pero dices que estaba bueno, no??? Asi que... seguro que todo valio la pena!!!
ResponderSuprimirLa verdad es que si que tendrias que ponernos la foto... que yo quiero verlo!!! :D
Un besoteee
¿Qué quieres ver, el asado o la zona catastrófica antes denominada cocina?
ResponderSuprimirSi es de lo primero, llegas tarde. Y si es de la cocina... Es impublicable, lo siento. :p