Desde la semana pasada arrastro un berrinche laboral que no termina de disolverse. Todo comenzó por una tontería (que para mí no lo fue, evidentemente), la cual me instaló en la boca del estómago una sensación que aún no he sabido poner nombre pero que ha derivado en tristeza y angustia a partes iguales.
Durante toda la semana pasada fui aguantando gotitas que llenaron el vaso poco a poco de un líquido tan trasparente que ni siquiera ví. Una de ellas fue la de la impaciente mañanera, pero no fue la única. Cada día tuve algún que otro encontronazo sin apenas trascendencia, y no les dí mayor importancia porque pensé que se habían ido sin más. Pero la realidad es que se me estaban acumulando en alguna parte de mí.
El Miércoles pasado, unos 30 minutos antes de irme a casa, la gota que colmó el vaso cayó con toda la fuerza de la gravedad, y la onda expansiva me tumbó de golpe. Sentí una gran sensación de ridículo al ver que mi tiempo (y mi trabajo) de despreciaba como si no importaran en absoluto, como si no valieran de nada porque eran míos. Mantuve el tipo hasta que llegué a casa, y una vez refugiada, las lágrimas se me empezaron a caer. Intenté explicar qué me pasaba, pero tartamudeaba y un nudo muy doloroso se instaló en mi garganta y no me dejó hablar. Necesité estar sola toda toda la tarde, combatiendo en vano la sensación de tristeza. Por mi cabeza volvían a desfilar todos los detalles que me habían ido irritando durante toda la semana, salieron del sitio donde se habían agazapado esperando su momento, y cada uno de ellos era otro mazazo a mi maltrecha autoestima. Creo que me quedé dormida, agotada de tanto llorar.
El Jueves volví al trabajo, pero sin fuerzas. Apenas pude controlar mis ganas de llorar. Al final del día decidí que necesitaba un respiro y pedí libre el Viernes, simplemente para no tener que madrugar y para alejarme del ambiente que estaba respirando que en ese momento me pareció verdaderamente tóxico.
Logré desconectar bastante los tres días de descanso, pero simplemente ha sido un paréntesis y nada más. La vuelta al trabajo estos tres días se me está haciendo muy cuesta arriba. Aún no se me ha pasado la tristeza: ha menguado, pero sigue ahí. Encontrarme con las mismas personas y en el mismo campo de batalla no me ayuda en absoluto. Además, la presión aumenta en esta menguada semana en tiempo, pero no en trabajo, así que no encuentro ni un motivo de alivio al que aferrarme.
No recuerdo que nunca un berrinche laboral me haya durado tanto (excepto la época de acoso moral que ahora parece muy lejana), supongo que es porque esta vez la gota definitiva vino de los que más cerca tenía y ese lado lo tenía indefenso.
Estoy tocada y me noto bastante cansada, tanto física como psíquicamente. Cada vez aguanto menos, porque te dan siempre en el mismo sitio y no hay tiempo para cicatrizar. Siempre he procurado cambiar de aires laborales en lo posible para evitar esto, pero cada vez el cambio tengo que hacerlo antes y ya me quedan pocos sitios a los que huir. El trabajo le come terreno al resto de mi vida otra vez, y sé que una vez conseguí que no fuera así, pero no recuerdo la fórmula que empleé. Quizá sólo fuera que toqué fondo y ya sólo podía ir hacia arriba, pero no quiero llegar a ese extremo.
Espero que los días de vacaciones que hay ahora pongan las cosas en su sitio...
Durante toda la semana pasada fui aguantando gotitas que llenaron el vaso poco a poco de un líquido tan trasparente que ni siquiera ví. Una de ellas fue la de la impaciente mañanera, pero no fue la única. Cada día tuve algún que otro encontronazo sin apenas trascendencia, y no les dí mayor importancia porque pensé que se habían ido sin más. Pero la realidad es que se me estaban acumulando en alguna parte de mí.
El Miércoles pasado, unos 30 minutos antes de irme a casa, la gota que colmó el vaso cayó con toda la fuerza de la gravedad, y la onda expansiva me tumbó de golpe. Sentí una gran sensación de ridículo al ver que mi tiempo (y mi trabajo) de despreciaba como si no importaran en absoluto, como si no valieran de nada porque eran míos. Mantuve el tipo hasta que llegué a casa, y una vez refugiada, las lágrimas se me empezaron a caer. Intenté explicar qué me pasaba, pero tartamudeaba y un nudo muy doloroso se instaló en mi garganta y no me dejó hablar. Necesité estar sola toda toda la tarde, combatiendo en vano la sensación de tristeza. Por mi cabeza volvían a desfilar todos los detalles que me habían ido irritando durante toda la semana, salieron del sitio donde se habían agazapado esperando su momento, y cada uno de ellos era otro mazazo a mi maltrecha autoestima. Creo que me quedé dormida, agotada de tanto llorar.
El Jueves volví al trabajo, pero sin fuerzas. Apenas pude controlar mis ganas de llorar. Al final del día decidí que necesitaba un respiro y pedí libre el Viernes, simplemente para no tener que madrugar y para alejarme del ambiente que estaba respirando que en ese momento me pareció verdaderamente tóxico.
Logré desconectar bastante los tres días de descanso, pero simplemente ha sido un paréntesis y nada más. La vuelta al trabajo estos tres días se me está haciendo muy cuesta arriba. Aún no se me ha pasado la tristeza: ha menguado, pero sigue ahí. Encontrarme con las mismas personas y en el mismo campo de batalla no me ayuda en absoluto. Además, la presión aumenta en esta menguada semana en tiempo, pero no en trabajo, así que no encuentro ni un motivo de alivio al que aferrarme.
No recuerdo que nunca un berrinche laboral me haya durado tanto (excepto la época de acoso moral que ahora parece muy lejana), supongo que es porque esta vez la gota definitiva vino de los que más cerca tenía y ese lado lo tenía indefenso.
Estoy tocada y me noto bastante cansada, tanto física como psíquicamente. Cada vez aguanto menos, porque te dan siempre en el mismo sitio y no hay tiempo para cicatrizar. Siempre he procurado cambiar de aires laborales en lo posible para evitar esto, pero cada vez el cambio tengo que hacerlo antes y ya me quedan pocos sitios a los que huir. El trabajo le come terreno al resto de mi vida otra vez, y sé que una vez conseguí que no fuera así, pero no recuerdo la fórmula que empleé. Quizá sólo fuera que toqué fondo y ya sólo podía ir hacia arriba, pero no quiero llegar a ese extremo.
Espero que los días de vacaciones que hay ahora pongan las cosas en su sitio...
No creo que huir sea la mejor solución, y te lo dice el mayor cobarde del mundo.
ResponderSuprimirEntre la cobardía y el cinismo, en mi caso empieza a ganar este último.
Pero no desesperes. Respira hondo, piensa en todo lo bueno que tienes fuera del trabajo. Tu chico, tus amigos, tu familia, las braguitas que están esperando en la tienda a que las compres.
Después de un viernes santo siempre llega un domingo de pascua.
Un besito, niña casi mala.