La vuelta al trabajo ha sido un mazazo después de cuatro días sin asomar la naricilla por aquí.
No sólo no he asomado la naricilla, sino que además no me he conectado y apenas he pensado en esta jungla laboral (lo hice sólamente cuando le conté a mi chico cómo andaban las cosas últimamente). Después de este paréntesis, pensaba que iba a afrontar este Lunes con más energías o más ganas, pero la realidad es que no ha sido así. Cuando ha sonado el despertador, he empezado a sospechar que no había energías ni ganas.
En cuanto he llegado, la sospecha se ha convertido en certeza. Descargar los 100 correos que me esperaban, a cual más insulso, me ha instalado de nuevo el aburrimiento que vengo luciendo desde hace semanas. Para cuando a las nueve ha llegado la mayoría del personal y he tenido que atender las mismas quejas que se repiten mes tras mes, ya tenía encima el hastío de días atrás. No me apetecía repetir los mismos argumentos de siempre, no tenía ganas de volver a explicar cómo funcionan las cosas. Nunca llueve a gusto de todos, y mes tras mes cambia la gente que protesta, pero no los motivos. Son las mismas palabras con distintas voces, y ya estoy harta.
Después, escucho...
- Oye, con esto vamos muy atrasadas. No nos va a dar tiempo.
...lo cual ya sabía yo desde hace diez días. Por eso he estado insistiendo una y otra vez para que se hiciera la tarea que para esta semana debería estar lista sin excusas (sobre todo porque YO no podía encargarme de ella). Pero no se ha hecho, por un motivo u otro, y yo era la pesada que todos los días recordaba que o se empezaba ya o no daba tiempo, y más teniendo en cuenta que había que contar con dos días menos la semana pasada. Y ahora, de repente, las prisas. Sentí el impulso típico de estas situaciones: "te lo dije", pero ni siquiera tuve ganas de pronunciar la frasecilla. Sólo me encogí de hombros, porque me da igual todo.
Tengo claro que todo el mundo pasa por este "estado de apatía" en el trabajo, pero no esperaba que fuera tan fuerte. Estaba casi segura de que las minivacaciones me harían cambiar la perspectiva tal y como ha pasado otras veces, pero no ha sido así. En parte, sencillamente ha cambiado la tristeza por la desgana (lo consideraré un avance). Pero el tema es que este estado de ánimo no es bueno.
He pensado en que debería cambiar de trabajo, y simplemente imaginar que ya no vuelvo aquí me reconforta. Tengo que madurar la idea, pero a día de hoy creo que es la mejor solución, porque no veo la necesidad de estar a disgusto en un puesto de trabajo que me come la tercera parte del día. De momento, mi plan de acción será cortar radicalmente en cuanto salga por la puerta y pensar en ello sólo cuando entre al día siguiente, y dedicar el resto de mi tiempo a otras cosas más agradables y más productivas. Así creo que combatiré mejor la situación, al menos de momento...
P.D.: Además, como esto lo escribo EN el trabajo, no incumplo el último punto, claro.
No sólo no he asomado la naricilla, sino que además no me he conectado y apenas he pensado en esta jungla laboral (lo hice sólamente cuando le conté a mi chico cómo andaban las cosas últimamente). Después de este paréntesis, pensaba que iba a afrontar este Lunes con más energías o más ganas, pero la realidad es que no ha sido así. Cuando ha sonado el despertador, he empezado a sospechar que no había energías ni ganas.
En cuanto he llegado, la sospecha se ha convertido en certeza. Descargar los 100 correos que me esperaban, a cual más insulso, me ha instalado de nuevo el aburrimiento que vengo luciendo desde hace semanas. Para cuando a las nueve ha llegado la mayoría del personal y he tenido que atender las mismas quejas que se repiten mes tras mes, ya tenía encima el hastío de días atrás. No me apetecía repetir los mismos argumentos de siempre, no tenía ganas de volver a explicar cómo funcionan las cosas. Nunca llueve a gusto de todos, y mes tras mes cambia la gente que protesta, pero no los motivos. Son las mismas palabras con distintas voces, y ya estoy harta.
Después, escucho...
- Oye, con esto vamos muy atrasadas. No nos va a dar tiempo.
...lo cual ya sabía yo desde hace diez días. Por eso he estado insistiendo una y otra vez para que se hiciera la tarea que para esta semana debería estar lista sin excusas (sobre todo porque YO no podía encargarme de ella). Pero no se ha hecho, por un motivo u otro, y yo era la pesada que todos los días recordaba que o se empezaba ya o no daba tiempo, y más teniendo en cuenta que había que contar con dos días menos la semana pasada. Y ahora, de repente, las prisas. Sentí el impulso típico de estas situaciones: "te lo dije", pero ni siquiera tuve ganas de pronunciar la frasecilla. Sólo me encogí de hombros, porque me da igual todo.
Tengo claro que todo el mundo pasa por este "estado de apatía" en el trabajo, pero no esperaba que fuera tan fuerte. Estaba casi segura de que las minivacaciones me harían cambiar la perspectiva tal y como ha pasado otras veces, pero no ha sido así. En parte, sencillamente ha cambiado la tristeza por la desgana (lo consideraré un avance). Pero el tema es que este estado de ánimo no es bueno.
He pensado en que debería cambiar de trabajo, y simplemente imaginar que ya no vuelvo aquí me reconforta. Tengo que madurar la idea, pero a día de hoy creo que es la mejor solución, porque no veo la necesidad de estar a disgusto en un puesto de trabajo que me come la tercera parte del día. De momento, mi plan de acción será cortar radicalmente en cuanto salga por la puerta y pensar en ello sólo cuando entre al día siguiente, y dedicar el resto de mi tiempo a otras cosas más agradables y más productivas. Así creo que combatiré mejor la situación, al menos de momento...
P.D.: Además, como esto lo escribo EN el trabajo, no incumplo el último punto, claro.
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