Volví ayer a las 21:00 más o menos, después de tres autobuses e infinidad de paradas. Tenía los auriculares incrustados en las orejas para aislarme del traqueteo, de la radio mal sintonizada y las conversaciones superpuestas que me acompañaron toda la tarde. Llegué ya de noche y sentí un alivio automático al girar la llave de la puerta y entrar a casa.
La casa me recibió a oscuras y en silencio. Fui dando las luces y conectando aparatos, esos que gracias a una de mis múltiples manías tengo que apagar si me ausento un día o más. Dejé la bolsa y el abrigo tirado en el sofá, y se fundieron en el reconfortante desorden de la habitación.
No hay nada como llegar a casa...
La casa me recibió a oscuras y en silencio. Fui dando las luces y conectando aparatos, esos que gracias a una de mis múltiples manías tengo que apagar si me ausento un día o más. Dejé la bolsa y el abrigo tirado en el sofá, y se fundieron en el reconfortante desorden de la habitación.
No hay nada como llegar a casa...
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