Por segundo día consecutivo, al abrir la puerta de casa me recibió un silencio.
Voy a estar unos días home-alone. Me gusta la idea de estar sola conmigo misma como antes, porque la verdad es que a veces lo echo en falta, pero no puedo evitar sentir algo extraño cuando veo la casa vacía o soy yo la que apaga las luces antes de ir a acostarme.
Le echo de menos. Me arrancó una sonrisa ver que antes de irse me había traído del trastero agua y leche para estos días, y dejó notitas con nuestras bromas para que me sintiera mejor. Es una tontería, pero encontrarte cosas así hace mucha ilusión y reconforta más aún.
También se me hace raro estar sola en el sofá, sin su calor o sin sus manos acariciando mis pies, o sin pelearme por la mantita; sigo encogida en mi sitio sin ser consciente de que puedo estirarme con total libertad de movimientos.
Tener la cama para mí sola y amanecer en el lado contrario es algo que ya tenía casi olvidado (aunque a eso podría llegar a acostumbrarme bien otra vez). Sin darme cuenta me levanto a oscuras y no doy la luz, hasta que tropiezo con algo y caigo en la cuenta de que si doy la luz no despertaré a nadie más.
Una sola taza sucia del desayuno me recuerda que no está.
Ver sus cosas recogidas y sus zapatillas bien puestas también.
Y sin pensarlo, me las pongo. Me sobra zapatilla por todas partes, pero me gusta mirar para abajo y ver el Gardfield en mis pies, y me acuerdo de la cara que puso cuando se las regalé, y los juegos malabares que tuve que hacer para meter en casa el paquete y esconderlo sin que se diera cuenta. Entonces sonrío y me siento mejor.
Me interrumpe el sonido del teléfono y el display me chiva que es él. Contesto y oigo su voz, noto que está feliz y entonces lo echo más de menos pero a la vez estoy más contenta de que no esté aquí. Parece muy contradictorio pero en realidad no lo es tanto, al menos a mí me parece lo más lógico del mundo.
Voy a estar unos días home-alone. Me gusta la idea de estar sola conmigo misma como antes, porque la verdad es que a veces lo echo en falta, pero no puedo evitar sentir algo extraño cuando veo la casa vacía o soy yo la que apaga las luces antes de ir a acostarme.
Le echo de menos. Me arrancó una sonrisa ver que antes de irse me había traído del trastero agua y leche para estos días, y dejó notitas con nuestras bromas para que me sintiera mejor. Es una tontería, pero encontrarte cosas así hace mucha ilusión y reconforta más aún.
También se me hace raro estar sola en el sofá, sin su calor o sin sus manos acariciando mis pies, o sin pelearme por la mantita; sigo encogida en mi sitio sin ser consciente de que puedo estirarme con total libertad de movimientos.
Tener la cama para mí sola y amanecer en el lado contrario es algo que ya tenía casi olvidado (aunque a eso podría llegar a acostumbrarme bien otra vez). Sin darme cuenta me levanto a oscuras y no doy la luz, hasta que tropiezo con algo y caigo en la cuenta de que si doy la luz no despertaré a nadie más.
Una sola taza sucia del desayuno me recuerda que no está.
Ver sus cosas recogidas y sus zapatillas bien puestas también.
Y sin pensarlo, me las pongo. Me sobra zapatilla por todas partes, pero me gusta mirar para abajo y ver el Gardfield en mis pies, y me acuerdo de la cara que puso cuando se las regalé, y los juegos malabares que tuve que hacer para meter en casa el paquete y esconderlo sin que se diera cuenta. Entonces sonrío y me siento mejor.
Me interrumpe el sonido del teléfono y el display me chiva que es él. Contesto y oigo su voz, noto que está feliz y entonces lo echo más de menos pero a la vez estoy más contenta de que no esté aquí. Parece muy contradictorio pero en realidad no lo es tanto, al menos a mí me parece lo más lógico del mundo.
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