Entre los seiscientos trabajadores de la empresa donde trabajo, hay una chica que se llama Laura. Tiene 22 años. Hace relativamente poco que entró a trabajar con nosotros, algo más de tres meses si no recuerdo mal. Es rubita, y las veces que me he cruzado con ella estaba sonriendo. Sé cuál es su nombre completo y unos pocos datos sueltos que escribió en su currículum. Trabaja en turno de tarde, y se preocupa por hacerlo bien. No sé nada más de ella. No sé dónde vive, ni qué le gusta, si tiene novio... No sé nada de ella en lo personal. Simplemente nos une un pequeño hilo, una relación laboral, una sexcentésima parte del vínculo que tengo con el resto del personal de la empesa con el que no trabajo codo con codo.
Pero esta mañana ese fino hilo se ha roto.
Su joven corazón dejó de latir.
Cuando me lo han dicho, he sentido que me temblaban las rodillas. Las noticias iban llegando con cuentagotas y el puzzle se iba formando. El Viernes se encontró mal. Fue al médico. El médico le recetó un medicamento contra el asma (tenía antecedentes). El Sábado vino a trabajar. Le comentó a sus compañeros que no estaba bien. El Domingo volvió a Urgencias, pero ya era demasiado tarde.
Esa fue la última pieza.
Lo que tuviera (el diagnóstico cambia según la persona que te lo cuenta, pero al parecer fue una embolia pulmonar que los médicos no supieron ver) se complicó con un ataque al corazón que la dejó en coma hasta que esta mañana no pudo más.
Y yo, como máxima representante de la empresa en esos momentos, esta tarde me personé en el tanatorio como complemento de un telegrama de condolencia y una corona de flores. Armándome de un valor inexistente, me presenté allí, y me encontré con un padre destrozado que me abrazaba como si así pudiera entender algo, agradeciéndome que hubiera ido, y preguntándome con los ojos si todo era una pesadilla.
Pero no lo era, desgraciadamente. No logré que alguna palabra saliera de mi boca, no encontré una frase de consuelo. Qué le vas a decir a un hombre que siente que le han arrancado un trozo de vida.
No he podido dejar de pensar en todo el día. No he podido apartar de mi cabeza el remolino de rabia y pena de la familia, porque una vez fue mío. No he podido entender nada. Sólo siento un peso en el corazón y una tristeza, un sentimiento de impotencia que me perseguirá un tiempo, hasta que con un suspiro pueda asimilar que la vida es así de injusta, pero que sigue... De mejor o peor forma, la vida continúa.
Sin tí, Laura. Descansa en paz.

Pero esta mañana ese fino hilo se ha roto.
Su joven corazón dejó de latir.
Cuando me lo han dicho, he sentido que me temblaban las rodillas. Las noticias iban llegando con cuentagotas y el puzzle se iba formando. El Viernes se encontró mal. Fue al médico. El médico le recetó un medicamento contra el asma (tenía antecedentes). El Sábado vino a trabajar. Le comentó a sus compañeros que no estaba bien. El Domingo volvió a Urgencias, pero ya era demasiado tarde.
Esa fue la última pieza.
Lo que tuviera (el diagnóstico cambia según la persona que te lo cuenta, pero al parecer fue una embolia pulmonar que los médicos no supieron ver) se complicó con un ataque al corazón que la dejó en coma hasta que esta mañana no pudo más.
Y yo, como máxima representante de la empresa en esos momentos, esta tarde me personé en el tanatorio como complemento de un telegrama de condolencia y una corona de flores. Armándome de un valor inexistente, me presenté allí, y me encontré con un padre destrozado que me abrazaba como si así pudiera entender algo, agradeciéndome que hubiera ido, y preguntándome con los ojos si todo era una pesadilla.
Pero no lo era, desgraciadamente. No logré que alguna palabra saliera de mi boca, no encontré una frase de consuelo. Qué le vas a decir a un hombre que siente que le han arrancado un trozo de vida.
No he podido dejar de pensar en todo el día. No he podido apartar de mi cabeza el remolino de rabia y pena de la familia, porque una vez fue mío. No he podido entender nada. Sólo siento un peso en el corazón y una tristeza, un sentimiento de impotencia que me perseguirá un tiempo, hasta que con un suspiro pueda asimilar que la vida es así de injusta, pero que sigue... De mejor o peor forma, la vida continúa.
Sin tí, Laura. Descansa en paz.

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