Este fin de semana nos hemos ido a un pueblo de Granada a la fiesta de Moros y Cristianos, y nos lo hemos pasado genial, como sólo se lo puede pasar uno en un pueblo en fiestas.
A pesar del calor que empezaba a picar, disfrutamos muchísimo con el ambiente. El pasacalles fue precioso y brillante. Es impresionante la cantidad de gente que participa en él, ¡casi todo el pueblo! Y todos con trajes a cual más vistoso. Buscamos un sitio estratégicamente colocado, resguardados del sol, y nos aprovisionamos de granizado de limón y agua. Estuvimos algo más de dos horas casi sin darnos cuenta, viendo pasar la gente del desfile, y aunque suene un poco pesado, la verdad es que no se hizo cansado para nada. Nos gustó más la parte mora, los cristianos andaban un poco desperdigados, pero aún así fue estupendo (además, no debe ser nada fácil coordinar un pasacalles con más de quinientas personas y al menos seis bandas de música). Para ver fotos profesionales y hacerse una idea, qué mejor que curiosear por aquí.
Para sentirnos bien integrados, nos hicimos con una chilaba y ya fuimos totalmente autóctonos. Estuvimos dando una vuelta por el pueblo, y había gente por todas partes: paseando, en los chiringuitos, sentados en el suelo... Un ambientazo. Fuimos a ver la preparación del arroz en la parte alta del pueblo (más de 25 paelleras al fuego), luego la plaza donde se reparten los platos -por la parte mora-, y la zona de las migas -por la parte cristiana- estaba un poco escondida y apenas vimos nada.
A la hora de comer, este año hubo un cambio, ya que en lugar de estar todos en el pueblo, fuimos a una parcela de la familia de mis primos que está a un par de kilómetros en las afueras. Fue de lo mejor que pudimos hacer. Como está apartado del pueblo y es una parcela privada, yo esperaba que nos juntáramos poca gente, la familia y algunos amigos. Pero no. Daba igual que hubiera que andar bajo el sol un trecho para llegar: se había montado un chiringuito a rebosar de gente. ¡Más tarde apareció una charanga y todo! La cerveza fresquita no faltaba, ni los refrescos, y había bandejas de comida por todas partes... Estar al aire libre con el bullicio de gente fue estupendo.
Costó un poco volver a casa después de todo el jolgorio, pero como nos dejáramos caer en algún sitio cómodo a la sombra, después de todo lo que habíamos comido... Estábamos perdidos. Así que haciendo de tripas corazón a media tarde nos volvimos para casa de vuelta a la realidad, pero con un inmejorable sabor de boca y ya pensando en el año que viene...
A pesar del calor que empezaba a picar, disfrutamos muchísimo con el ambiente. El pasacalles fue precioso y brillante. Es impresionante la cantidad de gente que participa en él, ¡casi todo el pueblo! Y todos con trajes a cual más vistoso. Buscamos un sitio estratégicamente colocado, resguardados del sol, y nos aprovisionamos de granizado de limón y agua. Estuvimos algo más de dos horas casi sin darnos cuenta, viendo pasar la gente del desfile, y aunque suene un poco pesado, la verdad es que no se hizo cansado para nada. Nos gustó más la parte mora, los cristianos andaban un poco desperdigados, pero aún así fue estupendo (además, no debe ser nada fácil coordinar un pasacalles con más de quinientas personas y al menos seis bandas de música). Para ver fotos profesionales y hacerse una idea, qué mejor que curiosear por aquí.
Para sentirnos bien integrados, nos hicimos con una chilaba y ya fuimos totalmente autóctonos. Estuvimos dando una vuelta por el pueblo, y había gente por todas partes: paseando, en los chiringuitos, sentados en el suelo... Un ambientazo. Fuimos a ver la preparación del arroz en la parte alta del pueblo (más de 25 paelleras al fuego), luego la plaza donde se reparten los platos -por la parte mora-, y la zona de las migas -por la parte cristiana- estaba un poco escondida y apenas vimos nada.
A la hora de comer, este año hubo un cambio, ya que en lugar de estar todos en el pueblo, fuimos a una parcela de la familia de mis primos que está a un par de kilómetros en las afueras. Fue de lo mejor que pudimos hacer. Como está apartado del pueblo y es una parcela privada, yo esperaba que nos juntáramos poca gente, la familia y algunos amigos. Pero no. Daba igual que hubiera que andar bajo el sol un trecho para llegar: se había montado un chiringuito a rebosar de gente. ¡Más tarde apareció una charanga y todo! La cerveza fresquita no faltaba, ni los refrescos, y había bandejas de comida por todas partes... Estar al aire libre con el bullicio de gente fue estupendo.
Costó un poco volver a casa después de todo el jolgorio, pero como nos dejáramos caer en algún sitio cómodo a la sombra, después de todo lo que habíamos comido... Estábamos perdidos. Así que haciendo de tripas corazón a media tarde nos volvimos para casa de vuelta a la realidad, pero con un inmejorable sabor de boca y ya pensando en el año que viene...
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