El tema de los zapatos había quedado aparcado hasta que cobrara mejor ocasión. Al fin y al cabo, todavía tenía tiempo por delante. La única precaución que tomé fue mantenerme bien alejada de la zapatería de marras por si acaso...
La otra tarde fuimos a la city a hacer unos recados. Mientras yo esperaba por el centro a que mi chico acabara sus cosas, estuve rondando escaparates. Una tienda de ropa por aquí, una de complementos por allá, una óptica, una relojería, una zapatería...
¿Qué podía pasar si me acercaba a una zapatería?
Pues que se me aparecieran LOS zapatos.
Parpadeé.
No podía ser.
¡Me habían perseguido 50 kilómetros!
Y seguían tan nuevos, tan estupendos, tan sugerentes, tan caros... Con su bolso a juego desafiante detrás de ellos. Hasta me pareció que me ponían morritos.
Me alejé de allí. Obviamente, el Universo me había tendido una trampa. Por segunda vez, sin que yo los buscara, me los había puesto en mi camino (aunque ya que se ponía, el Universo podía haber rebajado un poco el precio).
Me fui a El Corte Inglés, con la vaga esperanza de que con las miles de chominaícas que ofrece eseantro de perversión centro comercial se me pasara toda la tontuna zapatil.
Pero no. Nada de la primera planta ni de la segunda me sedujo.
Así que acabé en la tercera.
Sección de Zapatería, como es fácil suponer a estas alturas.
También estaban allí, por supuesto. Brillando con luz propia en lo alto del expositor. Todo un estand para ellos solos y sus familiares, a cual más seductor.
Me senté resignada a probármelos de nuevo. No es fácil ignorar TRES señales del Universo...
Y mientras esperaba a que me sacaran un par de mi número, me fijé en los primos terceros de LOS zapatos, que estaban como apartados del resto. Los cogí con mimo, eran unas sencillas y simples sandalias de tres tiras doradas, con poco tacón en forma de cuña. Justo el par de muestra era de mi número. Me los probé. Eran más baratos que LOS zapatos, muy cómodos, un tacón confortable, un diseño sencillo (aunque quizá poco glamourosos, cierto), muy combinables con más ropa, dorados...
Ideales.
¡Ya tengo zapatos!
La otra tarde fuimos a la city a hacer unos recados. Mientras yo esperaba por el centro a que mi chico acabara sus cosas, estuve rondando escaparates. Una tienda de ropa por aquí, una de complementos por allá, una óptica, una relojería, una zapatería...
¿Qué podía pasar si me acercaba a una zapatería?
Pues que se me aparecieran LOS zapatos.
Parpadeé.
No podía ser.
¡Me habían perseguido 50 kilómetros!
Y seguían tan nuevos, tan estupendos, tan sugerentes, tan caros... Con su bolso a juego desafiante detrás de ellos. Hasta me pareció que me ponían morritos.
Me alejé de allí. Obviamente, el Universo me había tendido una trampa. Por segunda vez, sin que yo los buscara, me los había puesto en mi camino (aunque ya que se ponía, el Universo podía haber rebajado un poco el precio).
Me fui a El Corte Inglés, con la vaga esperanza de que con las miles de chominaícas que ofrece ese
Pero no. Nada de la primera planta ni de la segunda me sedujo.
Así que acabé en la tercera.
Sección de Zapatería, como es fácil suponer a estas alturas.
También estaban allí, por supuesto. Brillando con luz propia en lo alto del expositor. Todo un estand para ellos solos y sus familiares, a cual más seductor.
Me senté resignada a probármelos de nuevo. No es fácil ignorar TRES señales del Universo...
Y mientras esperaba a que me sacaran un par de mi número, me fijé en los primos terceros de LOS zapatos, que estaban como apartados del resto. Los cogí con mimo, eran unas sencillas y simples sandalias de tres tiras doradas, con poco tacón en forma de cuña. Justo el par de muestra era de mi número. Me los probé. Eran más baratos que LOS zapatos, muy cómodos, un tacón confortable, un diseño sencillo (aunque quizá poco glamourosos, cierto), muy combinables con más ropa, dorados...
Ideales.
¡Ya tengo zapatos!
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