Aprovechando la coyuntura de que mi chico se había ido, me dispuse a hacer en casa un experimento que en circunstancias normales (es decir, con él en casa) no podría hacer: un pastel de atún.
Dicen que el español piensa bien, pero tarde. Eso me pasó a mí cuando ya tenía rotos cuatros huevos (los últimos de mi nevera) que ponía en la receta: cuando los ví fue cuando pensé que podría haber hecho la receta con la mitad de los ingredientes porque a) es un experimento y a mí los experimentos me salen nada más que regular y b) estaría yo sola comiendo pastel de atún las próximas dos semanas.
Pero había que echarle huevos a la cosa, porque ya estaban echados, claro.
Pues nada, me puse a mezclar los ingredientes. Desde el incidente del salmorejo (en el que quemé el motor de mi adorada batidora de vaso) no hemos encontrado el momento adecuado de comprar una batidora sustitutiva de capacidad razonable, así que por ahora nos apañamos con una batidora manual y un mezclador pequeño comprado en los chinos que pensé que sería suficiente.
Cuando puse los huevos batidos pensé que lo sería.
Cuando añadí las latas de atún, ya no lo tenía tan claro.
Cuando eché los demás ingredientes, era obvio que se fraguaba un desastre.
Porque batir una mezcla como la que yo hice en un vaso pequeño destapado no es tan fácil. Lo hice lo mejor que pude, teniendo en cuenta que la mezcla estaba prácticamente rebosando el mezclador, que mi mano tenía parkinson gracias a la batidora, y que soy gafe. La primera vez que pulsé el botón aquello no era una batidora, sino un aspersor que lanzó gotitas de mezcla en todas las direcciones, por supuesto. Después ya tuve más cuidado y sólo manché media cocina, afortunadamente. Tenía la encimera a topos de atún y huevo, por no hablar de mi camiseta; pero nada que lamentar.
Luego vertí la mezcla en mi nuevo y carísimo molde de silicona comprado para la ocasión. Lo que me parecía una cantidad ingente de masa de pastel parecía poca cosa. La Teoría de la Relatividad aplicada a la cocina...
El siguiente paso era meterlo en el microondas. Yo, más que microondas, lo que tengo es un calienta-leches porque no le doy más uso que ese, lo que se traduce en que nunca ha estado funcionando más de cinco minutos seguidos, y según la receta había que poner el futuro pastel 20 MINUTOS a potencia máxima.
Un sinvivir muy grande.
Pensé que me saldría ardiendo el microondas o volando o algo peor.
Pero no: el pobre se calentó un poco, no obstante estuvo ahí dando vueltas como un campeón (bueno, más bien el plato dentro del microondas, no el chisme en sí), y yo sin quitarle ojo de encima durante todo ese rato mientras limpiaba el estropicio anterior patrocinado por mi batidora-aspersor. Miraba cada dos minutos por la ventana del microondas y veía que el pastel se había inflado hasta doblar su tamaño.
Era hora de llamar a mi madre.
Mi bendita madre me dijo que eso es que es así, sin haber hecho jamás la receta. Después afirmó que no pasaba nada porque el pastel aumentara cinco veces su tamaño, y que los principios siempre son difíciles, lo cual me serenó bastante... Así que colgué más tranquila.
Y dos minutos después el microondas había acabado de cocer mi pastel.
Impaciente que es una, lo desmoldé inmediatamente haciendo caso omiso de las instrucciones, pero es que estaba prácticamente desmoldado (la silicona es así) y yo estaba con el alma en vilo. Puse el pastel en un plato. Sinceramente, el aspecto no era malo y me tranquilicé: sólo había que esperar a que se enfriara -eso sí- y comprobar si estaba bueno.
...
...
...
...
...
...
...
...
Lo estaba.
Y lo mejor de todo es que es fácil, rápido y me hace pasar por una cocinera estupenda. ¿Qué más se puede pedir?
(Es que a él no le gusta el atún, he aquí un gran misterio del Universo...)
Dicen que el español piensa bien, pero tarde. Eso me pasó a mí cuando ya tenía rotos cuatros huevos (los últimos de mi nevera) que ponía en la receta: cuando los ví fue cuando pensé que podría haber hecho la receta con la mitad de los ingredientes porque a) es un experimento y a mí los experimentos me salen nada más que regular y b) estaría yo sola comiendo pastel de atún las próximas dos semanas.
Pero había que echarle huevos a la cosa, porque ya estaban echados, claro.
Pues nada, me puse a mezclar los ingredientes. Desde el incidente del salmorejo (en el que quemé el motor de mi adorada batidora de vaso) no hemos encontrado el momento adecuado de comprar una batidora sustitutiva de capacidad razonable, así que por ahora nos apañamos con una batidora manual y un mezclador pequeño comprado en los chinos que pensé que sería suficiente.
Cuando puse los huevos batidos pensé que lo sería.
Cuando añadí las latas de atún, ya no lo tenía tan claro.
Cuando eché los demás ingredientes, era obvio que se fraguaba un desastre.
Porque batir una mezcla como la que yo hice en un vaso pequeño destapado no es tan fácil. Lo hice lo mejor que pude, teniendo en cuenta que la mezcla estaba prácticamente rebosando el mezclador, que mi mano tenía parkinson gracias a la batidora, y que soy gafe. La primera vez que pulsé el botón aquello no era una batidora, sino un aspersor que lanzó gotitas de mezcla en todas las direcciones, por supuesto. Después ya tuve más cuidado y sólo manché media cocina, afortunadamente. Tenía la encimera a topos de atún y huevo, por no hablar de mi camiseta; pero nada que lamentar.
Luego vertí la mezcla en mi nuevo y carísimo molde de silicona comprado para la ocasión. Lo que me parecía una cantidad ingente de masa de pastel parecía poca cosa. La Teoría de la Relatividad aplicada a la cocina...
El siguiente paso era meterlo en el microondas. Yo, más que microondas, lo que tengo es un calienta-leches porque no le doy más uso que ese, lo que se traduce en que nunca ha estado funcionando más de cinco minutos seguidos, y según la receta había que poner el futuro pastel 20 MINUTOS a potencia máxima.
Un sinvivir muy grande.
Pensé que me saldría ardiendo el microondas o volando o algo peor.
Pero no: el pobre se calentó un poco, no obstante estuvo ahí dando vueltas como un campeón (bueno, más bien el plato dentro del microondas, no el chisme en sí), y yo sin quitarle ojo de encima durante todo ese rato mientras limpiaba el estropicio anterior patrocinado por mi batidora-aspersor. Miraba cada dos minutos por la ventana del microondas y veía que el pastel se había inflado hasta doblar su tamaño.
Era hora de llamar a mi madre.
Mi bendita madre me dijo que eso es que es así, sin haber hecho jamás la receta. Después afirmó que no pasaba nada porque el pastel aumentara cinco veces su tamaño, y que los principios siempre son difíciles, lo cual me serenó bastante... Así que colgué más tranquila.
Y dos minutos después el microondas había acabado de cocer mi pastel.
Impaciente que es una, lo desmoldé inmediatamente haciendo caso omiso de las instrucciones, pero es que estaba prácticamente desmoldado (la silicona es así) y yo estaba con el alma en vilo. Puse el pastel en un plato. Sinceramente, el aspecto no era malo y me tranquilicé: sólo había que esperar a que se enfriara -eso sí- y comprobar si estaba bueno.
...
...
...
...
...
...
...
...
Lo estaba.
Y lo mejor de todo es que es fácil, rápido y me hace pasar por una cocinera estupenda. ¿Qué más se puede pedir?
9 comentarios: