10 junio 2008

Hacienda Somos Todos

La semana pasada fuimos a rectificar el borrador de la Renta 2007, que tenía un error y de los gordos (que me perjudicaba, por supuesto).

Cuando llegamos, después de 45 minutos de coche y un poco antes de la hora de la cita, vimos que estaba hasta los topes el local habilitado para la campaña de este año. Nos dieron un ticket como en el supermercado y nos sentamos a recuperar el aliento, pero apenas nos dio tiempo porque en cinco minutos nos mandaron a la Mesa 7.

La del becario de turno que no tenía ni puta idea de nada.

Empezó a preguntar en tono mecánico de funcionario que está hasta la polla las narices de estar allí. ¿A usted le paga tal empresa? Sí. ¿Tiene acciones? No. ¿Planes de pensiones? No. ¿Actividad agrícola? No. ¿Hipoteca? Sí, sí, justo ahí es donde está el error...

Y justo ahí se empezó a torcer la cosa.

Había llevado absolutamente toda la documentación acreditando la situación actual de la hipoteca, todos los papeles que tuvimos que arreglar para el tema de la herencia, los impuestos que pagamos para poner en regla todo el asunto... Saqué el papel donde aparece la hipoteca y donde pone claramente (tan claramente que hasta yo lo entiendo) que es mía y sólo mía, y el chico empezó a torcer el morro (más aún de lo que lo tenía de serie).

- Pues esto tendrá usted que arreglarlo con el banco.

- Ya lo sé, estoy en ello, pero resulta que hoy la cita la tengo aquí y de todas formas la información fiscal no iban a mandármela otra vez modificada.

- Sí, pero es que esto tiene que arreglarlo con el banco.

- Que ya, lo estoy haciendo, pero AHORA estoy AQUÍ a arreglarlo con USTEDES.

En realidad, yo lo que había querido decir es: después de haber pagado una pasta en impuestos y rellenar quince formularios 650, ya podrían estar ustedes enterados de primera mano de cual es mi situación sin preguntárselo al banco.

Total, que al final se dió cuenta de que por ese lado no iba a ningún lado (ya me estaba yo sulfurando a cuenta del tono de suficiencia que gastaba aquí el amigo).

- Bueno, si usted quiere, yo le pongo la hipoteca al 100%.

- Vale, pero no es porque yo lo quiera, es porque es así como debe estar, y si no mire usted este párrafo en concreto.

Y cogió el párrafo en concreto. Y al las claras se veía que no entendía nada. Y se levantó. Y se fue a preguntar algo a alguien: a la enterada de turno que también estaba harta de estar allí (y seguramente debían dolerle los pies de los tacones, con lo cual la mala leche estaba asegurada).

Se acercó a nuestra mesa y yo empecé a hacerle un par de preguntas porque todo este tema no lo tenía muy claro y yo pensaba, ingenua de mí, que ellos estaban allí para ayudarme y solucionar mis dudas.

Pero no: por lo visto estaban allí para contestarte de mala ostia, usando un lenguaje que no entienden nada más que ellos, para luego regocijarse en que no te has enterado de nada porque se han encargado de complicarlo tanto que renuncias a seguir preguntando. Lo cual empeoró mi humor unos pocos enteros más, como es fácil adivinar a estas alturas.

Así que al final les dije que se olvidaran de las preguntas, y que me arreglaran lo de la hipoteca y punto (además, todos tenemos mala ostia, eso no es exclusivo de los funcionarios). La enterada dió su "trabajo" por finalizado y se fue a "ayudar" a algún otro contribuyente.
Y mientras todo aquello pasaba, yo miraba con envidia derecha e izquierda (a las otras mesas), para comprobar que, efectivamente, la desgana personificada me había tocado a mí, porque otras personas estaban siendo atendidas la mar de bien -o al menos eso me parecía a mí, vamos-.

Volví a centrarme en mi Mesa 7, donde el chico me ponía la hipoteca "como yo quería" sin mirar ni un sólo papel del taco que le llevaba, y finalmente me dió el resultado de la modificación: ahora me tenían que devolver más, claro. Me dió los papeles y los tomé.

En este punto es donde yo debería haberme levantado, dar las gracias e irme.

Pero la realidad es que me levanté y me fui, saltándome el segundo paso.

De acuerdo: fui una maleducada. Mi madre (y todo el mundo) me diría que yo debería estar por encima de todo eso, haberle dado las gracias de la manera más amable posible y demostrar así más clase que él. Eso es verdad, tendría toda la razón del mundo y no puedo estar más de acuerdo.

Sin embargo, en ese momento no me pareció que se mereciera ni unas miserables gracias (y eso que no cuesta nada darlas) porque en ningún momento sentí que me estuviera ayudando ni que se esforzara ni siquiera un poco en ser amable. Desde que me senté delante de la Mesa 7 me pareció estar en un Universo Paralelo donde yo era un estorbo estúpido que estaba allí sólo por el gusto de dar trabajo sin tener ni idea de nada, y NO, PERDONA.

En este mundo le tengo un enorme respeto a las personas. Cuando tengo que pedir cosas (ya sea en un bar o en una oficina, me da igual), procuro mirar a mi interlocutor a los ojos, sonreirle y pedirle lo que sea con agrado. Quien me conoce lo sabe. Me esfuerzo en que cuando alguien tenga que atenderme, para la persona que esté allí no sea una carga pesada, sino un momento lo más distendido posible dentro de las circunstancias. Quiero que, aunque sea su trabajo atenderme, perciba que aprecio que esté allí para ayudarme o darme algo que necesito o tramitarme una solicitud. Pero lo mínimo que espero a cambio es algo de educación, o al menos, prepotencia cero. No me parece que sea mucho, la verdad.

En el momento de dejar la Mesa 7 pensé que si le daba las gracias, estaba actuando igual que le doy las gracias a alguien que ha sido amable conmigo y realmente necesitaba hacer una distinción. Tal vez podría haberle dado las gracias secamente o algo así, pero en ese instante no me salió, creo que mis propias cuerdas vocales se negaron a pronunciar algo agradable.

Luego me arrepentí, estuve dándole vueltas un rato mientras se me pasaba el ofuscamiento, pero ya no podía dar marcha atrás, claro. Y luego, cuando fuimos a darnos una vuelta, me encontré a un montón de dependientes que se merecían sonrisas y gracias y mil cosas más, y la conciencia se me tranquilizó un poquito.

Pero de todas formas creo que nunca más lo volveré a hacer.

3 comentarios:

  1. A mí me pasa lo mismo que a tí que, con los asuntos bancarios y de la hacienda pública, no me aclaro. Por ello, aborrezco ir a los bancos. Para colmo de males, a esto se le se une el que ellos fracasan a la hora de establecer una comunicación efectiva con su interlocutor, al hacer uso de un lenguaje especializado fuera de todo lugar, dado que la persona que tienen delante ni trabaja en el sector bancario ni tiene por qué conocer el funcionamiento bancario a su mismo nivel.

    Con respecto a no haber dado las gracias, comentar que no es que haya quedado muy fino. Ahora bien, hay cosas que a veces tocan y otras veces no tocan. Personalmente creo que si el trato que recibiste no fue ni satisfactorio ni cortés, no deberías agobiarte pensando en si has sido o no una buena persona. A fin de cuentas son ellos, y no tú, quienes están ofreciendo un servicio de cara al cliente. Son ellos quienes tienen la obligación de poner la sonrisa (aunque sea cínica) y procurar atenderte con diligencia y educación.

    Un besote guapa.

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  2. No, desde luego fino no me quedó, eso ya lo sé yo. Pero te juro que es que no me salió; tenías que ver el trato que tuvo. Yo creo que lo de que "están ofreciendo un servicio" o no lo tienen muy claro o el concepto se les ha diluído en todas las horas de curro que llevaban allí. Tampoco yo estaba fresca como una rosa, pero al menos no le hablé como si fuera retrasado mental (y me costó, porque se lo ganó a pulso). En fin, la próxima vez casi seguro que doy las gracias (más que nada porque luego me quedo pensando mal de mí misma y no mola), pero algo me saldrá para expresar lo que siento. Soy asín, qué le voy a hacer... :)

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  3. Yo tengo que ir hoy a Hacienda... Madre mía...

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