Este Sábado tengo una boda a la que no tengo ni putas ganas de ir.
(Qué malhablada/malescrita me estoy volviendo, jo.)
¿Que por qué no tengo ganas de ir? Pues no sé... Primero porque últimamente estoy desganada con todo. Segundo, porque estoy inmersa en una crisis económica de dimensiones considerables. Tercero, porque no voy a conocer a casi nadie en esa boda. Cuarto, porque tampoco es TAN amiga mía...
Si las circunstancias hubieran sido otras, hubiera ido a la boda de cabeza, sin pararme a analizar nada. Pero el momento es ahora y las circunstancias son las que son, así que por eso me estoy replanteando todo, sobre todo el último punto: el tema de ¿cómo de amigas somos? Más que nada para tranquilizar mi conciencia que anda algo maltrecha...
En esta cuestión no hay mucha reciprocidad, porque hasta donde yo sé, aunque no sea muy amiga mía, para ella yo sí que lo soy (me baso en la información de mis fuentes, quienes afirman que no tiene muchas amigas). Nos conocimos en la Universidad, y ella se apoyaba bastante en mí, aunque yo en ella no demasiado porque yo tenía mis amigas / compañeras de piso / sufridoras de clase, con las que tenía más roce y por tanto más amistad.
En esto último se agarraba mi conciencia para decidir que finalmente no iríamos a la boda.
Así que me dispuse a ir preparando el terreno para decírselo. Le mandé un mensaje ligero en plan ¿cómo estás?, y ella me contestó que estaba muy nerviosa y bastante angustiada. Intenté tranquilizarla con algún toque de humor, y entonces fue cuando me mandó EL MENSAJE.
EL MENSAJE venía a decir algo así como: menos mal que venís vosotros (mi chico y yo, se entiende) porque se ha rajado mucha gente, pero al menos sé que estaréis conmigo y eso me tranquiliza porque es muy importante para mí...
Lo que me faltaba.
No me atreví a decirle que no íbamos, claro.
Desde entonces estoy rumiando mi mal humor porque lo enumerado en el primer párrafo no ha cambiado ni un ápice, y encima tengo la presión de no fallarle.
No he podido evitar ponerme en su lugar: ¿cómo me sentiría yo si a mi boda apenas vinieran amigos míos? Pues fatal, imagino. Luego me vuelvo a poner en el mío y pienso: pero ni si sabrá que hemos ido, si acaso luego por las fotos. Paso al otro bando: si fuera mi boda, querría estar rodeada de mis amigas y hacerme fotos con ellas y compartir ese momento. A continuación vuelvo a mí misma (el Lado Oscuro, podría llamarse): tampoco sería para tanto, ¿no?
Como me estoy pelendo yo conmigo misma, todo acaba en empate, por supuesto.
Para desempatar han tenido que intervenir sin invitación las Fuerzas Externas (mi chico), con un sensatísimo -y por tanto horrible- argumento, que más o menos viene a ser: es tu amiga, pensó en ti para que estuvieras con ella y por eso te ha invitado, por tanto tienes que ir. Las circunstancias no son las mejores, pero no importa. ¡Es su día y es importante!
K.O. técnico, no cabe duda.
Iremos a la boda...
(Qué malhablada/malescrita me estoy volviendo, jo.)
¿Que por qué no tengo ganas de ir? Pues no sé... Primero porque últimamente estoy desganada con todo. Segundo, porque estoy inmersa en una crisis económica de dimensiones considerables. Tercero, porque no voy a conocer a casi nadie en esa boda. Cuarto, porque tampoco es TAN amiga mía...
Si las circunstancias hubieran sido otras, hubiera ido a la boda de cabeza, sin pararme a analizar nada. Pero el momento es ahora y las circunstancias son las que son, así que por eso me estoy replanteando todo, sobre todo el último punto: el tema de ¿cómo de amigas somos? Más que nada para tranquilizar mi conciencia que anda algo maltrecha...
En esta cuestión no hay mucha reciprocidad, porque hasta donde yo sé, aunque no sea muy amiga mía, para ella yo sí que lo soy (me baso en la información de mis fuentes, quienes afirman que no tiene muchas amigas). Nos conocimos en la Universidad, y ella se apoyaba bastante en mí, aunque yo en ella no demasiado porque yo tenía mis amigas / compañeras de piso / sufridoras de clase, con las que tenía más roce y por tanto más amistad.
En esto último se agarraba mi conciencia para decidir que finalmente no iríamos a la boda.
Así que me dispuse a ir preparando el terreno para decírselo. Le mandé un mensaje ligero en plan ¿cómo estás?, y ella me contestó que estaba muy nerviosa y bastante angustiada. Intenté tranquilizarla con algún toque de humor, y entonces fue cuando me mandó EL MENSAJE.
EL MENSAJE venía a decir algo así como: menos mal que venís vosotros (mi chico y yo, se entiende) porque se ha rajado mucha gente, pero al menos sé que estaréis conmigo y eso me tranquiliza porque es muy importante para mí...
Lo que me faltaba.
No me atreví a decirle que no íbamos, claro.
Desde entonces estoy rumiando mi mal humor porque lo enumerado en el primer párrafo no ha cambiado ni un ápice, y encima tengo la presión de no fallarle.
No he podido evitar ponerme en su lugar: ¿cómo me sentiría yo si a mi boda apenas vinieran amigos míos? Pues fatal, imagino. Luego me vuelvo a poner en el mío y pienso: pero ni si sabrá que hemos ido, si acaso luego por las fotos. Paso al otro bando: si fuera mi boda, querría estar rodeada de mis amigas y hacerme fotos con ellas y compartir ese momento. A continuación vuelvo a mí misma (el Lado Oscuro, podría llamarse): tampoco sería para tanto, ¿no?
Como me estoy pelendo yo conmigo misma, todo acaba en empate, por supuesto.
Para desempatar han tenido que intervenir sin invitación las Fuerzas Externas (mi chico), con un sensatísimo -y por tanto horrible- argumento, que más o menos viene a ser: es tu amiga, pensó en ti para que estuvieras con ella y por eso te ha invitado, por tanto tienes que ir. Las circunstancias no son las mejores, pero no importa. ¡Es su día y es importante!
K.O. técnico, no cabe duda.
Iremos a la boda...
5 comentarios: