Todos los Santos no me dieron suerte. Más bien me castigaron por no creer en ellos...
Efectivamente: volví a suspender.
De todas formas, hubo varias mejoras sustanciales con respecto a la vez anterior:
Efectivamente: volví a suspender.
De todas formas, hubo varias mejoras sustanciales con respecto a la vez anterior:
¿Y dónde metí la pata hasta la ingle esta vez? Pues en otra cosa MUY TONTA. Esta vez me suspendieron por terca y testaruda.
Comencé el examen estupendamente. Logré sacar el coche sin incidentes, enfilé la calle recta sin problemas, hice amago de parar en los pasos de peatones aunque no estuviera nada claro que iban a cruzar, frené suavemente en los semáforos, estaba pendiente de la posición del coche en las calles estrechas, tuve cuidado de que mi tembleque de piernas no se notara en el embrague, giré con precaución en las intersecciones, miré todos los espejos hasta la saciedad...
En fin, que todo iba sobre ruedas, y nunca mejor dicho.
Tenía un ojo clavado en el reloj digital del salpicadero y cada vez que cambiaba el minutero y no había hecho una pifia era un triunfo. Me repetía mentalmente, en plan mantra, que sólo tendría que aguantar sin hacer ninguna barbaridad 20-n minutos más (donde n era el número de minutos que había contado desde que arranqué) y podría llevarme el carnet. Intentaba no pensar en el enorme examinador con cara de paloseco que estaba sentado atrás, que no había dado ni los buenos días y que sólo sabía decir a la derecha o a la izquierda y no muy a menudo, todo hay que decirlo. Así que yo seguía hacia adelante, lo cual no me parecía tan malo...
Y entonces, pasó.
Me paré suavemente en un stop, prácticamente en vertical de tan pronunciada era la cuesta. Miré a derecha e izquierda. Había visibilidad y no venía nadie. Busqué el punto de fricción de coche, eso que yo creo que es una leyenda urbana, y pisé el acelerador con extremo cuidado.
Bruuummmmm... Se caló.
Una oleada de angustia me nació de un punto indeterminado, recorrió todo mi cuerpo y se concentró en el estómago. Aquel sonido no lo reconocía en absoluto. ¿Justo el día del examen tenía el coche que inventarse ruidos raros?
Con la mano temblorosa (porque además en el tenso silencio del interior del coche escuchaba el bolígrafo del examinador anotando que soy lerda en la ficha), conseguí arrancar otra vez. Hice la misma operación mirando atrás por si el coche era vencido por la ley de la gravedad y caía para atrás dándole al coche que me seguía, lo cual hubiera sido catastrófico ya.
Bruuuuuuuuummmmbrummmbum... Se caló once again.
Podría decirse que en esos momentos fui presa del pánico.
Respiré hondo, me limpié las manos en los vaqueros porque la llave ya me resbalaba entre los dedos, murmuré una disculpa y, terca / cabezona / testaruda de mí, hice el intento de nuevo. Bloqueada, con la única y obcecada idea de sacar el coche de esa maldita cuesta, no fui capaz de pensar en nada más que en encontrar el maldito punto de fricción que, en mi delirio, pensé que era el motivo de todos mis males.
Brrrrrummmmtucutucubruummmmmmmmmm... Por supuesto: se me caló otra vez.
Sobra decir que era la primera vez en mi vida que me pasaba eso y que no reconocí en absoluto ese sonido extraño que salía del motor. El coche estaba intentando decirme algo y yo no lo entendía.
Fue el examinador el que tradujo lo que el coche quería decirme: "En segunda no vamos a salir en la vida..."
Incrédula miré la palanca de cambios y efectivamente: iba en segunda. Totalmente inaudito porque cuando piso el freno y el embrague para frenar, automáticamente -sin pensar, vamos-, meto primera por lo que cuando el coche se para por completo, ya está primera metida para que no me pase lo que me pasó.
Jamás en la vida se me hubiera ocurrido pensar que esa vez NO lo había hecho. Por eso ni siquiera comprobé la palanca de cambios.
De todas formas, cuando el examinador me dijo eso, me sentí aliviada y tranquila, y los metros que me dejó llevar el coche antes de decirme que me bajara iba incluso disfrutando de la conducción.
El dramón segunda parte vino después, pero al menos conseguí mantener la compostura con la excusa de que esta vez había aguantado más y no había metido una pataza tan enorme como la vez anterior, hasta que abrí la puerta de casa. Ahí fue cuando empecé a llorar e hipar, sin llegar a creerme del todo que no hubiera sido capaz de comprobar si tenía metida la marcha correcta porque descarté la posibilidad de tan absurda que me parecía...
Así que sigo sin carnet PERO con un berrinche muy grande.
Ah, y con 200 euros menos por la renovación de papeles...
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