- ¿Entonces, íbais a venir este fin de semana?
La que pregunta es mi madre. Sabe de sobra que íbamos a ir porque se ha tirado toda la semana preguntándome y recibiendo una respuesta positiva de mi parte. Pero de todas formas, le digo que sí una vez más.
- Ah... Es que nos vamos a la playa...
No puede ocultar el tono de entusiasmo. Imposible. A mi madre LE ENCANTA la playa. Ya me imagino las chispillas que le salen de los ojos pensando en la arena, en el agua, en el sol... Por eso siempre me pregunto en qué me pareceré a ella, porque en eso no. En saber hacer croquetas, tampoco. En la destreza con hilo y aguja, menos todavía. Ummmmm...
- ...pero, ¡veniros!
Entonces empieza la misma discusión de siempre. Durante los 29 años que tengo mi madre ha intentado inculcarme su pasión por la playa incansablemente, pero no lo ha conseguido ni por asomo. Ella no entiende que NO me guste la playa, de la misma manera que a mí no me cabe en la cabeza que ella suspire por ir.
- Mamá, ya sabes que no me gusta la playa, así que no vamos a ir.
- ¿Pero por qué?
- Porque no me gusta, y para ir a un sitio que no me gusta, me quedo en casa.
- Pero podéis bañaros...
- Da igual, no nos gusta la playa, y de verdad estamos mejor en casa.
- Si hay sitio de sobra...
- Ya lo sé, no es por el sitio, es que sabes que no lo soporto.
- Pues no lo entiendo.
Es verdad, no lo entiende. Pero podía respetarlo, digo yo. Esta conversación la tenemos año tras año invariablemente. El verano pasado cometí la imprudencia de sucumbir el acoso al que me sometió cuatro días seguidos (incluido el chantaje emocional) y me cogí tres días más el fin de semana para ir a la playa y estar con ella. Craso error. Los peores días de mi vida con diferencia.
- Mamá, no pasa nada. Nos vemos al otro fin de semana. Tú pásatelo bien en la playa y ya está.
Oigo que duda y me parece que va a atacar otra vez, pero al final se contiene y lo deja estar.
O eso parece.
Lo importante es que ella SÍ va a la playa, y más aún, yo NO voy. Todos contentos. No tiene sentido ese afán de arrastrarme a un sitio que sabe de sobra que no me gusta... Pero ella no se rinde. Como si fuera algo malo que yo no soporte la playa y ella tuviera el deber de remediarlo cueste lo que cueste. Insiste, insiste, insiste. De pequeña me mandaba a la playa y ya está, pero desde que tengo capacidad de decisión, las visitas a la costa se han reducido hasta casi desaparecer y eso a mi madre parece que le duele en el alma.
- Bueno, vale. Pero os lo podríais pasar muy bien... ¿Seguro que no queréis venir?
Ay...
La que pregunta es mi madre. Sabe de sobra que íbamos a ir porque se ha tirado toda la semana preguntándome y recibiendo una respuesta positiva de mi parte. Pero de todas formas, le digo que sí una vez más.
- Ah... Es que nos vamos a la playa...
No puede ocultar el tono de entusiasmo. Imposible. A mi madre LE ENCANTA la playa. Ya me imagino las chispillas que le salen de los ojos pensando en la arena, en el agua, en el sol... Por eso siempre me pregunto en qué me pareceré a ella, porque en eso no. En saber hacer croquetas, tampoco. En la destreza con hilo y aguja, menos todavía. Ummmmm...
- ...pero, ¡veniros!
Entonces empieza la misma discusión de siempre. Durante los 29 años que tengo mi madre ha intentado inculcarme su pasión por la playa incansablemente, pero no lo ha conseguido ni por asomo. Ella no entiende que NO me guste la playa, de la misma manera que a mí no me cabe en la cabeza que ella suspire por ir.
- Mamá, ya sabes que no me gusta la playa, así que no vamos a ir.
- ¿Pero por qué?
- Porque no me gusta, y para ir a un sitio que no me gusta, me quedo en casa.
- Pero podéis bañaros...
- Da igual, no nos gusta la playa, y de verdad estamos mejor en casa.
- Si hay sitio de sobra...
- Ya lo sé, no es por el sitio, es que sabes que no lo soporto.
- Pues no lo entiendo.
Es verdad, no lo entiende. Pero podía respetarlo, digo yo. Esta conversación la tenemos año tras año invariablemente. El verano pasado cometí la imprudencia de sucumbir el acoso al que me sometió cuatro días seguidos (incluido el chantaje emocional) y me cogí tres días más el fin de semana para ir a la playa y estar con ella. Craso error. Los peores días de mi vida con diferencia.
- Mamá, no pasa nada. Nos vemos al otro fin de semana. Tú pásatelo bien en la playa y ya está.
Oigo que duda y me parece que va a atacar otra vez, pero al final se contiene y lo deja estar.
O eso parece.
Lo importante es que ella SÍ va a la playa, y más aún, yo NO voy. Todos contentos. No tiene sentido ese afán de arrastrarme a un sitio que sabe de sobra que no me gusta... Pero ella no se rinde. Como si fuera algo malo que yo no soporte la playa y ella tuviera el deber de remediarlo cueste lo que cueste. Insiste, insiste, insiste. De pequeña me mandaba a la playa y ya está, pero desde que tengo capacidad de decisión, las visitas a la costa se han reducido hasta casi desaparecer y eso a mi madre parece que le duele en el alma.
- Bueno, vale. Pero os lo podríais pasar muy bien... ¿Seguro que no queréis venir?
Ay...
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