Realmente esta mañana me pregunté si el día de ayer fue un sueño.
O más bien una pesadilla.
He tenido en sueños imágenes sueltas del día anterior. El madrugón para dispersar marrones del trabajo con el fin de dejar el día más o menos encaminado y que en mi ausencia no hubiera mucho jaelo. El viaje en coche, en el que me venció el sueño. Mi madre esperando en la puerta de Urgencias, con la paciencia de quien ya ha pasado por eso y sabe que la resignación es lo único que queda. La espera en la sala atestada de gente con cara triste. Los paseos en busca de una información que nadie te daba. El "no sé nada" de la enfermera repetido hasta la saciedad. Las llamadas desde el trabajo para preguntar dudas. Las veces que miraba el reloj viendo pasar el tiempo sin que hubiera alguna novedad. Los movimientos de cuello intentando ver algo a través de la puerta que se abría constantemente...
La ansiada llamada por megafonía. Recorrer los pasillos casi corriendo, buscando la cama cuatro. Apartar la cortina blanca. Ver a mi abuelo en la camilla, su cuerpo pálido y desdibujado entre las ásperas sábanas de hospital. Contar tubos y cables que le rodeaban. La hipnosis del monitor de las constantes vitales. Tocarle la piel cálida del brazo, llena de pequitas. Intentar que abriera los ojos y me viera...
La llamada del médico para darnos el parte. Las malas noticias con acento argentino. La explicación sencilla y terrible de lo que había pasado, estaba pasando y va a pasar. El temblor de piernas. Lás lágrimas. El nudo en la garganta. Las preguntas que no se hacen. Agarrarse a la mínima esperanza. El abrazo que nos dimos para darnos unas fuerzas que no teníamos...
La realidad del papeleo. Empujar la camilla hasta subirle a la habitación. No dejar de coger su mano. Buscar la marca en la piel que tengo igual que él y descubrir que se le está borrando. Un escalofrío. Pensar cómo lo decimos al resto de la familia. Fingir y hablarle con alegría para que no se asuste. Tener que decirle que no cuando pedía agua. Aguantar las lágrimas al ver que está tan débil...
Y sonó el despertador. No ha sido un sueño. Está pasando de verdad.
O más bien una pesadilla.
He tenido en sueños imágenes sueltas del día anterior. El madrugón para dispersar marrones del trabajo con el fin de dejar el día más o menos encaminado y que en mi ausencia no hubiera mucho jaelo. El viaje en coche, en el que me venció el sueño. Mi madre esperando en la puerta de Urgencias, con la paciencia de quien ya ha pasado por eso y sabe que la resignación es lo único que queda. La espera en la sala atestada de gente con cara triste. Los paseos en busca de una información que nadie te daba. El "no sé nada" de la enfermera repetido hasta la saciedad. Las llamadas desde el trabajo para preguntar dudas. Las veces que miraba el reloj viendo pasar el tiempo sin que hubiera alguna novedad. Los movimientos de cuello intentando ver algo a través de la puerta que se abría constantemente...
La ansiada llamada por megafonía. Recorrer los pasillos casi corriendo, buscando la cama cuatro. Apartar la cortina blanca. Ver a mi abuelo en la camilla, su cuerpo pálido y desdibujado entre las ásperas sábanas de hospital. Contar tubos y cables que le rodeaban. La hipnosis del monitor de las constantes vitales. Tocarle la piel cálida del brazo, llena de pequitas. Intentar que abriera los ojos y me viera...
La llamada del médico para darnos el parte. Las malas noticias con acento argentino. La explicación sencilla y terrible de lo que había pasado, estaba pasando y va a pasar. El temblor de piernas. Lás lágrimas. El nudo en la garganta. Las preguntas que no se hacen. Agarrarse a la mínima esperanza. El abrazo que nos dimos para darnos unas fuerzas que no teníamos...
La realidad del papeleo. Empujar la camilla hasta subirle a la habitación. No dejar de coger su mano. Buscar la marca en la piel que tengo igual que él y descubrir que se le está borrando. Un escalofrío. Pensar cómo lo decimos al resto de la familia. Fingir y hablarle con alegría para que no se asuste. Tener que decirle que no cuando pedía agua. Aguantar las lágrimas al ver que está tan débil...
Y sonó el despertador. No ha sido un sueño. Está pasando de verdad.
es uno de esos momentos en los que no sabes muy bien que decir, incluso a veces es mejor quedarse callado ... pero me voy a atrever:
ResponderSuprimirfuerte, sé muy fuerte, y no dejes de sonreir en su presencia, es lo mejor que puedes hacer. un beso muy muy gordo. ánimo.
Gracias...
ResponderSuprimirRecibe un fuerte abrazo de apoyo y de amistad, princesa. Animo.
ResponderSuprimirUn besote.
Se intenta. Gracias por los ánimos. :)
ResponderSuprimirOtro gran beso.
ResponderSuprimirMierda. No sé qué decir, solo que si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde puedes encontrarme. Muchos ánimos y un fuerte abrazo.
ResponderSuprimirÁnimos... creo que en este momento no puedo ofrecerte nada más que mi apoyo desde BCN. Un beso
ResponderSuprimirMuchas gracias por todo. :)
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