Mi abuelo falleció el Sábado por la mañana.
Creo que hasta hoy no he he sabido qué día fue, sólo que aquella mañana me desperté de un sueño ligero e inquieto con una llamada de teléfono que me paró el corazón. Pegué un salto de la cama y pregunté qué pasaba, aunque ya sabía la respuesta.
Se marchó sin dolor, sin sufrir, tranquilo... y eso nos consoló mucho.
Las siguientes horas me parecieron años.
Vino familia de muchos sitios, a la mayoría de la cual no conocía (todo el mundo se empeñaba en que me había visto cuando yo no era más alta que mis rodillas, pero bueno). No paraba de llegar gente al tanatorio, amigos de mis abuelos, familia cercana y lejana... Estuvimos acompañados en exceso en todo momento, a cualquier hora del día o de la noche, lo que fue bastante agobiante, al menos para mí. Sonreí todo lo que pude, besé millones de caras desconocidas en su mayoría, di las gracias en incontables ocasiones, aguanté las lágrimas a veces... y otras no.
Y ahora, cuando todos volvemos poco a poco a nuestras vidas, es cuando el vacío ocupa todo el espacio que hasta el momento llenaba la confusión y la gente. Siento una punzada en el corazón más intensa de la que se me instaló hace ahora dos semanas, pero ahora ya no tengo el miedo que me ha acompañado hasta ahora... Ahora sólo es tristeza. Mucha.
Me cuesta asimilar que mi abuelo ya no va a contestar el teléfono, ni va a estar en su sillón, ni va a meterse conmigo. No voy a oir el sonido de la bicicleta estática por las mañanas, ni el de su bastón avanzando por el pasillo...
En un momento se han perdido tantas cosas...
Creo que hasta hoy no he he sabido qué día fue, sólo que aquella mañana me desperté de un sueño ligero e inquieto con una llamada de teléfono que me paró el corazón. Pegué un salto de la cama y pregunté qué pasaba, aunque ya sabía la respuesta.
Se marchó sin dolor, sin sufrir, tranquilo... y eso nos consoló mucho.
Las siguientes horas me parecieron años.
Vino familia de muchos sitios, a la mayoría de la cual no conocía (todo el mundo se empeñaba en que me había visto cuando yo no era más alta que mis rodillas, pero bueno). No paraba de llegar gente al tanatorio, amigos de mis abuelos, familia cercana y lejana... Estuvimos acompañados en exceso en todo momento, a cualquier hora del día o de la noche, lo que fue bastante agobiante, al menos para mí. Sonreí todo lo que pude, besé millones de caras desconocidas en su mayoría, di las gracias en incontables ocasiones, aguanté las lágrimas a veces... y otras no.
Y ahora, cuando todos volvemos poco a poco a nuestras vidas, es cuando el vacío ocupa todo el espacio que hasta el momento llenaba la confusión y la gente. Siento una punzada en el corazón más intensa de la que se me instaló hace ahora dos semanas, pero ahora ya no tengo el miedo que me ha acompañado hasta ahora... Ahora sólo es tristeza. Mucha.
Me cuesta asimilar que mi abuelo ya no va a contestar el teléfono, ni va a estar en su sillón, ni va a meterse conmigo. No voy a oir el sonido de la bicicleta estática por las mañanas, ni el de su bastón avanzando por el pasillo...
En un momento se han perdido tantas cosas...
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