Pues la verdad, no estoy bien. He intentado ignorarlo, disfrazarlo de cansancio, ocultarlo al mundo y sobre todo a mí misma, pero... al final el resultado es el mismo por mucho que se esconda. No estoy bien.
Estoy triste.
Triste porque durante mis horas de trabajo lo único que hago es luchar, luchar y luchar. Luchar por hacerme entender, por comprender lo que me dicen, por dar una respuesta rápida y eficaz, por conseguir que mi equipo haga su trabajo al menos a tiempo y bien si no es mucho pedir. Todos los días es una larga batalla y me parece que no he conseguido avanzar nada al final del día.
Triste porque cuando llego a casa, está vacía y silenciosa. Pensé que lo llevaría mejor, porque, ¡vamos!, he vivido sola un montón de tiempo, y sólo es una temporada corta (aunque no dependa de nosotros). Sólo hay que no pensar demasiado, o eso me dije. Pero no es cuestión de no pensar. No es tan fácil. Al abrir la puerta me recibe una quietud a la que no estoy acostumbrada y que ya no me gusta.
Triste porque me dejo caer en el sofá y me acurruco en mi hueco, sin ser consciente de que podría ocupar el sofá entero. Pero le respeto su sitio. No quiero ni estirar las piernas para no esperar inconscientemente unas caricias que no van a llegar. Zapeo distraída, sin acordarme de que puedo poner el canal que yo quiera y echo de menos torcer el morro cuando me descuido un segundo y ha puesto algún aburrido canal de deportes. En realidad no me importa, pero así "discutimos" un poco. Ahora apago la tele porque no me apetece ver nada.
Triste porque llamo a casa en busca de un poco de consuelo, y me doy cuenta de que mi abuelo no volverá a contestar el teléfono. Recuerdo lo mucho que me irritaba la manera que tenía de saludar, y me muerdo el labio para ahogar unas lágrimas mientras oigo la voz de mi madre o de mi abuela. Las dos están bien. Sí, pero solas. Un poco como yo. No me siento mejor.
Triste porque no me apetece nada salir a despejarme. Me obligo a abandonar la casa y me encuentro con que me muevo por inercia, sin ganas. Decido volver a mi salón, a mi estudio, a mi refugio. Quizá si fuera a la city me lo pasaría mejor porque estaría distraída, mirando escaparates o sentada en una terraza... Pero no puedo ir, así de nuevo me sitúo en el punto de partida sin una mejora de la situación.
Puede que me consolara irme unos días, pero ahora no puede ser porque la semana que viene alguien tiene las vacaciones confirmadas y por las buenas no van a consentir que me vaya. Valoro echarle morro al asunto, pedir unos días sueltos en los que no coincido con nadie la semana que viene, y no sé si me atreveré a mentir. Creo que la verdad (que estoy muy cansada y sobre todo triste) no es suficiente razón para que me dejen saltarme un poco las normas, y dudo mucho que tenga fuerzas para echarle un poco de teatro. O a lo mejor sí vale, porque los días que me he tomado hace un par de semanas no fueron para descansar precisamente...
Intento tomarme las cosas con humor pero se me acaban las fuerzas, las ganas... Todo. Necesito un respiro. Desconectar. Necesito sentirme bien otra vez.
Estoy triste.
Triste porque durante mis horas de trabajo lo único que hago es luchar, luchar y luchar. Luchar por hacerme entender, por comprender lo que me dicen, por dar una respuesta rápida y eficaz, por conseguir que mi equipo haga su trabajo al menos a tiempo y bien si no es mucho pedir. Todos los días es una larga batalla y me parece que no he conseguido avanzar nada al final del día.
Triste porque cuando llego a casa, está vacía y silenciosa. Pensé que lo llevaría mejor, porque, ¡vamos!, he vivido sola un montón de tiempo, y sólo es una temporada corta (aunque no dependa de nosotros). Sólo hay que no pensar demasiado, o eso me dije. Pero no es cuestión de no pensar. No es tan fácil. Al abrir la puerta me recibe una quietud a la que no estoy acostumbrada y que ya no me gusta.
Triste porque me dejo caer en el sofá y me acurruco en mi hueco, sin ser consciente de que podría ocupar el sofá entero. Pero le respeto su sitio. No quiero ni estirar las piernas para no esperar inconscientemente unas caricias que no van a llegar. Zapeo distraída, sin acordarme de que puedo poner el canal que yo quiera y echo de menos torcer el morro cuando me descuido un segundo y ha puesto algún aburrido canal de deportes. En realidad no me importa, pero así "discutimos" un poco. Ahora apago la tele porque no me apetece ver nada.
Triste porque llamo a casa en busca de un poco de consuelo, y me doy cuenta de que mi abuelo no volverá a contestar el teléfono. Recuerdo lo mucho que me irritaba la manera que tenía de saludar, y me muerdo el labio para ahogar unas lágrimas mientras oigo la voz de mi madre o de mi abuela. Las dos están bien. Sí, pero solas. Un poco como yo. No me siento mejor.
Triste porque no me apetece nada salir a despejarme. Me obligo a abandonar la casa y me encuentro con que me muevo por inercia, sin ganas. Decido volver a mi salón, a mi estudio, a mi refugio. Quizá si fuera a la city me lo pasaría mejor porque estaría distraída, mirando escaparates o sentada en una terraza... Pero no puedo ir, así de nuevo me sitúo en el punto de partida sin una mejora de la situación.
Puede que me consolara irme unos días, pero ahora no puede ser porque la semana que viene alguien tiene las vacaciones confirmadas y por las buenas no van a consentir que me vaya. Valoro echarle morro al asunto, pedir unos días sueltos en los que no coincido con nadie la semana que viene, y no sé si me atreveré a mentir. Creo que la verdad (que estoy muy cansada y sobre todo triste) no es suficiente razón para que me dejen saltarme un poco las normas, y dudo mucho que tenga fuerzas para echarle un poco de teatro. O a lo mejor sí vale, porque los días que me he tomado hace un par de semanas no fueron para descansar precisamente...
Intento tomarme las cosas con humor pero se me acaban las fuerzas, las ganas... Todo. Necesito un respiro. Desconectar. Necesito sentirme bien otra vez.
8 comentarios: