Para que Céfiro pueda dormir tranquilo, contaré la historia de la única mascota que he tenido.
Hace ya unos años, cuando vivía en el piso de estudiantes, mi chico de entonces me regaló (no recuerdo el motivo), un pececillo de esos típicos que se ven en cualquier acuario de tiendas de animales. Era un pez común. Como puede ser "un hámster" o "un gato". Se llamaba Rojillo por su color. Le puse ese nombre en un alarde de imaginación sin precedentes.
Rojillo vivía feliz en una pecera redonda con guijarros de colores para que no se aburriera. Cambiaba la pecera de sitio de vez en cuando para que viera mundo: la ponía en el escritorio, en la mesita de noche, lo sacaba al salón mientras veíamos El Tomate... Adoraba a Jorge Javier.
Todos los días le echaba su comida (una especie de confetti de colores) y le compraba su agua especial.
Rojillo era un poco guarrete y el agua había que cambiársela como poco dos veces al día. Entonces yo cerraba el desagüe del fregadero de la cocina, le ponía agua y lo pasaba de su pecera al fregadero, donde nadaba en su piscina de aluminio mientras yo limpiaba su pecera y le ponía agua limpia. Una vez lista su casa, cogía a Rojillo, lo echaba a su pecera y él era feliz otra vez.
Pero un día, Rojillo decidió volverse rebelde, y en el camino del fregadero a la pecera, en lugar de quedarse quietecito entre mis manos como siempre, le dio por moverse, pegó un brinco y sufrió toda la crueldad de la Ley de la Gravedad.
Que se cayó al suelo, vamos.
Sonó un golpe seco y desagradable. Mi amiga, que estaba en el salón, lo escuchó y vino corriendo. Yo lo cogí del suelo rápidamente y lo eché a la pecera otra vez, en plan aquí no ha pasado nada.
Pero un pez, atención, NO ES UN GATO. Ni cae de pie ni tiene siete vidas. Enseguida vimos que a Rojillo le pasaba algo. Sólo movía la aleta izquierda, así que en lugar de desplazarse graciosamente por la pecera, hacía círculos porque sólo se propulsaba por un lado.
Mi amiga y yo montamos un Gabinete de Crisis. No teníamos ni idea de medicina especializada en peces, pero lo que sí teníamos claro es que el golpe le tenía que doler, así que, para aliviarlo, le rayé un poco de aspirina y se la disolví en el agua.
Rojillo parecía feliz de nuevo. Los peces son duros y flexibles. ¡Vamos! ¿No resisten toneladas de agua por encima de ellos? ¿Acaso se ven afectados por la presión? ¿A que no? Bueno, le había quedado una secuela, y era su eterno movimiento circular, pero era tan enternecedor...
Tras este desagradable incidente, observamos que día a día Rojillo parecía perder vitalidad y no hacía círculos con la misma alegría. Nosotras sospechábamos que se había roto la columna vertebral, o la raspa vertebral, y por eso no podía mover su aletita, pero yo pensé que no pasaría nada: como mucho podia marearse de dar vueltas y ya está.
Pero un día (tres o cuatro después del trágico incidente), antes de clase, lo estábamos mirando, muy preocupadas. Algo no iba bien. De hecho, mi amiga decía que no se movía mucho, que estaba "como muerto", pero como era la hora de la siesta, preferí pensar que estaba durmiendo.
Cuando volvimos de clase, Rojillo flotaba en la pecera. Mi chico de entonces decidió, en un tono autoritarimente masculino, que "él se encargaba".
- ¿Lo harás de una forma digna, verdad? - le pregunté con ojos llorosos.
- Sí, ¡por supuesto! - me contestó, seguro y confiado.
Sospecho que lo tiró por el wáter.
No he vuelto a tener mascotas.

Hace ya unos años, cuando vivía en el piso de estudiantes, mi chico de entonces me regaló (no recuerdo el motivo), un pececillo de esos típicos que se ven en cualquier acuario de tiendas de animales. Era un pez común. Como puede ser "un hámster" o "un gato". Se llamaba Rojillo por su color. Le puse ese nombre en un alarde de imaginación sin precedentes.
Rojillo vivía feliz en una pecera redonda con guijarros de colores para que no se aburriera. Cambiaba la pecera de sitio de vez en cuando para que viera mundo: la ponía en el escritorio, en la mesita de noche, lo sacaba al salón mientras veíamos El Tomate... Adoraba a Jorge Javier.
Todos los días le echaba su comida (una especie de confetti de colores) y le compraba su agua especial.
Rojillo era un poco guarrete y el agua había que cambiársela como poco dos veces al día. Entonces yo cerraba el desagüe del fregadero de la cocina, le ponía agua y lo pasaba de su pecera al fregadero, donde nadaba en su piscina de aluminio mientras yo limpiaba su pecera y le ponía agua limpia. Una vez lista su casa, cogía a Rojillo, lo echaba a su pecera y él era feliz otra vez.
Pero un día, Rojillo decidió volverse rebelde, y en el camino del fregadero a la pecera, en lugar de quedarse quietecito entre mis manos como siempre, le dio por moverse, pegó un brinco y sufrió toda la crueldad de la Ley de la Gravedad.
Que se cayó al suelo, vamos.
Sonó un golpe seco y desagradable. Mi amiga, que estaba en el salón, lo escuchó y vino corriendo. Yo lo cogí del suelo rápidamente y lo eché a la pecera otra vez, en plan aquí no ha pasado nada.
Pero un pez, atención, NO ES UN GATO. Ni cae de pie ni tiene siete vidas. Enseguida vimos que a Rojillo le pasaba algo. Sólo movía la aleta izquierda, así que en lugar de desplazarse graciosamente por la pecera, hacía círculos porque sólo se propulsaba por un lado.
Mi amiga y yo montamos un Gabinete de Crisis. No teníamos ni idea de medicina especializada en peces, pero lo que sí teníamos claro es que el golpe le tenía que doler, así que, para aliviarlo, le rayé un poco de aspirina y se la disolví en el agua.
Rojillo parecía feliz de nuevo. Los peces son duros y flexibles. ¡Vamos! ¿No resisten toneladas de agua por encima de ellos? ¿Acaso se ven afectados por la presión? ¿A que no? Bueno, le había quedado una secuela, y era su eterno movimiento circular, pero era tan enternecedor...
Tras este desagradable incidente, observamos que día a día Rojillo parecía perder vitalidad y no hacía círculos con la misma alegría. Nosotras sospechábamos que se había roto la columna vertebral, o la raspa vertebral, y por eso no podía mover su aletita, pero yo pensé que no pasaría nada: como mucho podia marearse de dar vueltas y ya está.
Pero un día (tres o cuatro después del trágico incidente), antes de clase, lo estábamos mirando, muy preocupadas. Algo no iba bien. De hecho, mi amiga decía que no se movía mucho, que estaba "como muerto", pero como era la hora de la siesta, preferí pensar que estaba durmiendo.
Cuando volvimos de clase, Rojillo flotaba en la pecera. Mi chico de entonces decidió, en un tono autoritarimente masculino, que "él se encargaba".
- ¿Lo harás de una forma digna, verdad? - le pregunté con ojos llorosos.
- Sí, ¡por supuesto! - me contestó, seguro y confiado.
Sospecho que lo tiró por el wáter.
No he vuelto a tener mascotas.

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