Mi chico y yo tenemos una broma que es un tanto difícil de describir en palabras. No sé cómo empezó, pero el caso es que cuando hablábamos por teléfono y yo tenía prisa y teníamos que colgar antes de lo previsto, me despedía con un: "¡Hala! ¡Clock, clock, clock!".
El clock es en realidad un sonido gutural como el que emplean los pastores para llamar al ganado. Vamos, un cloqueo de cabreros. Lo sé, muy-muy-muy-pero-que-muy poco glamouroso, cierto, pero en mi defensa tengo que decir que en vivo y en directo tiene hasta su gracia. Que levante la mano quien no hace nunca tonterías así.
El caso es que la broma luego se expandió a cada vez que nos mandábamos hacer algo, como por ejemplo:
- ¡Hala, a fregar los platos! ¡Clock, clock, clock!
O:
- ¡Venga, a bajar la basura! ¡Clock, clock, clock!
O:
- ¡Vamos, hay que recoger la cocina! ¡Clock, clock, clock!
...acompañado, por supuesto, de un suave y cariñoso manotazo en el culo para darle más énfasis a la cosa.
Vale.
Pues estaba yo el otro día en el trabajo, tecleando frenéticamente para acabar mis tareas antes de que vinieran unos mega-súper-jefazos, cuando me acordé de una cosa. Cojo el teléfono, marco dos números y contesta mi adorado jefecillo, JdP, desde su otro despacho. Y voy y le digo:
- Oye, ¿has publicado el comunicado que nos mandaron la semana pasada?
Le oigo dudar, suena un mmmmmmmmmm pensativo y al final contesta lo que yo sospechaba.
- Pues no...
Ya me lo esperaba. Cómo no. Este chico sigue siendo un despiste con corbata (aunque ahora tenga la estupenda excusa de que se ahoga en trabajo pero en realidad no es para tanto).
- ¿Y no crees, vamos, digo yo... que debieras publicarlo?
Esta vez la respuesta es fácil e inmediata: POR SUPUESTO, porque los mega-súper-jefazos siempre nos están diciendo que todos los comunicados deben llegar a todos los trabajadores y si se enteran de que no es así te saltan a la yugular (ventajas de cuatro años conociéndolos). Así que como oigo un asentimiento al otro lado de la línea (y simultáneamente a cuatro metros de mí), voy Y LE SALTO:
- ¡Hala! ¡Clock, clock, clock!
A mi jefe.
A mi superior jerárquico le he hablado como si yo fuera un cabrero (y él una cabra, por extensión, cuando en realidad está claro que la cabra loca soy yo).
Soy un desastre, jo.
Menos mal que es muy despistado y no me oyó. Espero.
El clock es en realidad un sonido gutural como el que emplean los pastores para llamar al ganado. Vamos, un cloqueo de cabreros. Lo sé, muy-muy-muy-pero-que-muy poco glamouroso, cierto, pero en mi defensa tengo que decir que en vivo y en directo tiene hasta su gracia. Que levante la mano quien no hace nunca tonterías así.
El caso es que la broma luego se expandió a cada vez que nos mandábamos hacer algo, como por ejemplo:
- ¡Hala, a fregar los platos! ¡Clock, clock, clock!
O:
- ¡Venga, a bajar la basura! ¡Clock, clock, clock!
O:
- ¡Vamos, hay que recoger la cocina! ¡Clock, clock, clock!
...acompañado, por supuesto, de un suave y cariñoso manotazo en el culo para darle más énfasis a la cosa.
Vale.
Concepto introducido...
Pues estaba yo el otro día en el trabajo, tecleando frenéticamente para acabar mis tareas antes de que vinieran unos mega-súper-jefazos, cuando me acordé de una cosa. Cojo el teléfono, marco dos números y contesta mi adorado jefecillo, JdP, desde su otro despacho. Y voy y le digo:
- Oye, ¿has publicado el comunicado que nos mandaron la semana pasada?
Le oigo dudar, suena un mmmmmmmmmm pensativo y al final contesta lo que yo sospechaba.
- Pues no...
Ya me lo esperaba. Cómo no. Este chico sigue siendo un despiste con corbata (aunque ahora tenga la estupenda excusa de que se ahoga en trabajo pero en realidad no es para tanto).
- ¿Y no crees, vamos, digo yo... que debieras publicarlo?
Esta vez la respuesta es fácil e inmediata: POR SUPUESTO, porque los mega-súper-jefazos siempre nos están diciendo que todos los comunicados deben llegar a todos los trabajadores y si se enteran de que no es así te saltan a la yugular (ventajas de cuatro años conociéndolos). Así que como oigo un asentimiento al otro lado de la línea (y simultáneamente a cuatro metros de mí), voy Y LE SALTO:
- ¡Hala! ¡Clock, clock, clock!
A mi jefe.
A mi superior jerárquico le he hablado como si yo fuera un cabrero (y él una cabra, por extensión, cuando en realidad está claro que la cabra loca soy yo).
Soy un desastre, jo.
Menos mal que es muy despistado y no me oyó. Espero.
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