Llego a casa. Son las siete de la tarde, estoy destemplada, ovarialmente dolorida y sólo quiero llegar a casa, darme una ducha caliente y quedarme grogui en el sofá.
Cuando voy a encender la calefacción, un pilotito rojo me dice que algo va mal. Que me vaya preparando para congelarme de frío, porque reviso todo lo que se me ocurre revisar y no veo nada raro. Sólo una luz roja que antes no estaba ahí pero que hace que no funcione la caldera.
Llamo al 902 del S.A.T. de la marca de la caldera y después de tres minutos una voz seca y femenina me dice que no me puede tomar nota porque no le funciona el ordenador, pero que me da el teléfono de una empresa que se encarga de las reparaciones. Pero que vamos, lo llevo crudo (al menos eso interpreto de su desagradable tono de voz).
Por supuesto, nadie coge ese teléfono.
Luego se me ocurre llamar a mi seguro de hogar, que en teoría te ayuda a solucionar tus problemas en 24 horas. Otros cinco minutos colgada de un 902 para que al final me digan que sí, bueno, ejem, es que justamente lo que le pasa a usted no lo cubre nuestro servicio. Qué casualidad. Sólo si la caldera la hubiera roto un meteorito. Pero no es el caso, así que cuelgo una vez más frustrada porque pago un seguro que al final no sirve de nada (salvo que te caiga un meteorito, claro).
Ya me empiezan a asomar las lagrimillas. Tiene perendengues que todo me pasa cuando tengo la regla y estoy más sensible.
Luego busco en Internet otra empresa que trabaje con la marca de marras de la caldera. Por lo menos esta vez me atienden el teléfono, lo que es un gran avance. El hombre me dice que precisamente esta tarde han estado por ahí, pero que ahora mi avería está a la última de la cola y que como muy pronto se pasarán la semana siguiente (se pasarán, luego mirarán una pieza rota, otra semana de espera hasta que la traigan... me conozco el cuento). Al final le digo con voz lastimera que hace mucho frío y que no tenemos agua caliente. El hombre por lo menos lo entiende, pero la semana de margen sigue siendo igual de larga.
Estallo, porque tengo la sensación de que a nadie le importa mi problema. Llamo a mi chico para contarle lo que pasa y me promete moverse él para intentar solucionar algo. A ver si tiene más suerte, porque yo es que estoy gafada.
Al menos, tecleando me entran en calor las manos...
Cuando voy a encender la calefacción, un pilotito rojo me dice que algo va mal. Que me vaya preparando para congelarme de frío, porque reviso todo lo que se me ocurre revisar y no veo nada raro. Sólo una luz roja que antes no estaba ahí pero que hace que no funcione la caldera.
Llamo al 902 del S.A.T. de la marca de la caldera y después de tres minutos una voz seca y femenina me dice que no me puede tomar nota porque no le funciona el ordenador, pero que me da el teléfono de una empresa que se encarga de las reparaciones. Pero que vamos, lo llevo crudo (al menos eso interpreto de su desagradable tono de voz).
Por supuesto, nadie coge ese teléfono.
Luego se me ocurre llamar a mi seguro de hogar, que en teoría te ayuda a solucionar tus problemas en 24 horas. Otros cinco minutos colgada de un 902 para que al final me digan que sí, bueno, ejem, es que justamente lo que le pasa a usted no lo cubre nuestro servicio. Qué casualidad. Sólo si la caldera la hubiera roto un meteorito. Pero no es el caso, así que cuelgo una vez más frustrada porque pago un seguro que al final no sirve de nada (salvo que te caiga un meteorito, claro).
Ya me empiezan a asomar las lagrimillas. Tiene perendengues que todo me pasa cuando tengo la regla y estoy más sensible.
Luego busco en Internet otra empresa que trabaje con la marca de marras de la caldera. Por lo menos esta vez me atienden el teléfono, lo que es un gran avance. El hombre me dice que precisamente esta tarde han estado por ahí, pero que ahora mi avería está a la última de la cola y que como muy pronto se pasarán la semana siguiente (se pasarán, luego mirarán una pieza rota, otra semana de espera hasta que la traigan... me conozco el cuento). Al final le digo con voz lastimera que hace mucho frío y que no tenemos agua caliente. El hombre por lo menos lo entiende, pero la semana de margen sigue siendo igual de larga.
Estallo, porque tengo la sensación de que a nadie le importa mi problema. Llamo a mi chico para contarle lo que pasa y me promete moverse él para intentar solucionar algo. A ver si tiene más suerte, porque yo es que estoy gafada.
Al menos, tecleando me entran en calor las manos...
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