Se acabaron las vacaciones, jo. Ahora toca soñar despierta en el sofá con todo lo que hemos hecho, lo bien que lo hemos pasado y lo que hemos disfrutado...
Una de las mejores cosas de la casa rural donde estuvimos estas vacaciones (y que nunca me cansaré de alabar porque es simplemente PERFECTA) fue la comida. La primera noche, cuando llegamos y nos pusieron la cena, pensé que el hecho de que me supiera deliciosísima era que llevábamos seis horas metidos en un coche y cualquier cosa nos sabría a gloria. Pero no, no, no y NO. La realidad es que sabía a gloria.
La cena de esa noche consistió en una crema de calabacín de primero. En mi vida me habría dignado a probarla (calabacín = verduruja = puaj), pero realmente tenía una pinta increíble, y la mujer que nos la sirvió lo hizo con tanto agrado, que la probé. Y repetí. Cuatro cucharones de crema me metí entre pecho y espalda: ¡estaba deliciosa! Pero eso sí, prometimos que jamásnuncaenlavida mi madre se enteraría de eso... y también prometimos buscar la receta por Internet. Para una receta saludable que nos gusta...
Después, una fuente enorme de carne de ternera en una salsa exquisita, con ciruelas pasas y patatas crujientes, acompañado todo de compota de manzana. Creo que es la carne de ternera más deliciosa y tierna que he probado en mi vida. Aluciné. Sobre todo cuando ví que no iba a quedar nada de nada... Todo, por supuesto, acompañado de pan tierno de la tierra.
Y para terminar... Arroz con leche, con canela y azúcar moreno. Impresionante. Además, había una tarta de cuajada con caramelo que también estaba tremenda. Nos fuimos a la habitación más que satisfechos. Todo estaba riquísimo de verdad.
Por la mañana, cuando nos levantamos descansados y casi sin recordar la paliza de coche, descubrimos que la cena no había sido una alucinación provocada por cansancio o cualquier otra cosa. El comedor estilo rústico inundado por el sol era de verdad...
Nada más entrar en aquel comedor, la sensación de placidez era indescriptible. Cerrabas los ojos, escuchabas música suave, sentías la calidez del sol en la piel, olías a madera y a pan recién hecho... No sabíamos ni qué hora era. No importaba. No había prisa. Ninguna obligación salvo la de sentarnos a la mesa. Una mesa puesta con muchísimo cariño, y que agradecí infinitamente.
El desayuno fue también increíble: zumo de naranja natural, bizcocho, hojaldres, tostada de sabroso pan de pueblo con aceite, mermelada de frambuesa y melocotón, mantequilla fresca, café o Cola-Cao... Además, ha sido el primer desayundo en mi vida que ha tenido postre: un lácteo con azúcar moreno, virutitas de chocolate y crocanti... La comparación con el Cola-Cao calentado en el microondas que me bebo en quince segundos de pie en la cocina todas las mañanas casi me hace llorar. Sobre todo si a eso se le añade que la mesa estaba puesta con gusto y cariño. Uno de los mejores desayunos de mi vida...
Una de las mejores cosas de la casa rural donde estuvimos estas vacaciones (y que nunca me cansaré de alabar porque es simplemente PERFECTA) fue la comida. La primera noche, cuando llegamos y nos pusieron la cena, pensé que el hecho de que me supiera deliciosísima era que llevábamos seis horas metidos en un coche y cualquier cosa nos sabría a gloria. Pero no, no, no y NO. La realidad es que sabía a gloria.
La cena de esa noche consistió en una crema de calabacín de primero. En mi vida me habría dignado a probarla (calabacín = verduruja = puaj), pero realmente tenía una pinta increíble, y la mujer que nos la sirvió lo hizo con tanto agrado, que la probé. Y repetí. Cuatro cucharones de crema me metí entre pecho y espalda: ¡estaba deliciosa! Pero eso sí, prometimos que jamásnuncaenlavida mi madre se enteraría de eso... y también prometimos buscar la receta por Internet. Para una receta saludable que nos gusta...
Después, una fuente enorme de carne de ternera en una salsa exquisita, con ciruelas pasas y patatas crujientes, acompañado todo de compota de manzana. Creo que es la carne de ternera más deliciosa y tierna que he probado en mi vida. Aluciné. Sobre todo cuando ví que no iba a quedar nada de nada... Todo, por supuesto, acompañado de pan tierno de la tierra.
Y para terminar... Arroz con leche, con canela y azúcar moreno. Impresionante. Además, había una tarta de cuajada con caramelo que también estaba tremenda. Nos fuimos a la habitación más que satisfechos. Todo estaba riquísimo de verdad.
Por la mañana, cuando nos levantamos descansados y casi sin recordar la paliza de coche, descubrimos que la cena no había sido una alucinación provocada por cansancio o cualquier otra cosa. El comedor estilo rústico inundado por el sol era de verdad...
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