He vacilado un poco antes de publicar este post. En realidad, bastante. Pero luego he pensado, ¿por qué no? Es mi blog. Es mi vida. Y este, es mi grito.
Hoy hace tres años de la muerte de mi padre.
En realidad, he tenido que mirar el calendario para saber los años que han pasado. La fecha sí que la tengo muy clara, pero el año se me diluye en la memoria porque para mí ha pasado mucho más tiempo.
Los días de antes y de después los tengo muy vivos dentro de mí, pero sólo consigo acordarme de detalles dispersos que me cuesta ordenar crolonógicamente.
El primer recuerdo que tengo es una sensación de culpabilidad. La mañana en la que mi padre entró en coma por un fallo general de su organismo, yo había ido con una amiga a comprar unas cosas y me había ido sin móvil. Creo que esa fue la primera vez que me dejo inconscientemente el teléfono en casa. Me di cuenta de que no lo había cogido a mitad de mañana, pero pensé que daba igual porque nunca nadie me llamaba a esas horas. Pero justo ese día me intentaron localizar en mi móvil, que se quedó vibrando en un piso vacío. Como no contestaba, llamaron a mi trabajo y mis amigos le dieron el teléfono de la amiga que estaba conmigo.
Su móvil sonó cuando nos bajábamos del autobús, ya llegábamos a casa. Recuerdo que fue una amiga de mi madre la que me llamó y me dijo que mi padre se había puesto peor. Automáticamente pensé que era la manera suave de decirme que había muerto, y me empezaron a temblar las rodillas. No me sostenía en pie y me faltaba el aire. Creía que me iba a desmayar del dolor que tenía en el pecho en aquel momento. Después salí corriendo hacia el piso que compartía con otras chicas, pero luego me paré en seco porque no tenía sentido correr. ¿Cómo iba a ir a casa? No tenía combinaciones de autobús... ni la cabeza despejada como para pensar con claridad.
Luego tengo un vacío, y fragmentos de pensamientos que me cruzaron la cabeza. Mis amigos, que ya se habían enterado, me ayudaron mucho. Me consiguieron el número de un taxi para ir a casa, y fui yo quien llamé, con la voz entrecortada por el llanto. El taxista me dijo que en esas condiciones no iba a llevarme... y yo le grité que quien tenía que conducir era él, y que mi estado le debía importar un pimiento, y que cómo quería que estuviera dadas las circunstancias. Creo que alguien me quitó el móvil de las manos y se ocupó de llamar a otro taxi. No recuerdo qué pasó exactamente.
Mientras, alguien me preparó una bolsa con algo de ropa. No quería llevar nada negro, como para luchar contra lo que yo pensaba que había pasado, pero al final logré meter dentro toda la ropa oscura que tenía limpia, y que mojé con las lágrimas que seguían cayendo. Me ofrecieron agua, algo de comer... pero tenía un nudo en la garganta que a duras penas me permitía respirar, así que no fui capaz de que me pasara nada. Recuerdo que una amiga me llenó las manos de caramelos para el viaje, unos Solano de fresa y nata (es curioso que me acuerde con tanta nitidez de ese detalle). "Es todo lo que tengo en el bolso", me dijo. Me pareció un gesto muy tierno, y consiguió que me sintiera un poquito mejor durante unos instantes.
Después, dos horas de viaje. Dos horas de angustia, de mirar por la ventana y no ver nada, de irritarme con el conductor porque ponía la radio, de pellizcarme para despertar, y de pensar cosas absurdas como que ojalá el viaje no me costara más de lo que llevaba en el bolsillo: un billete de 100 euros que seguramente estaba guardando para alguna otra cosa...
El taxi intentó aparcar en la puerta de mi casa. Allí ya había otro taxi, y mientras el mío aparcaba ví cómo salía del otro con bastante dificultad mi abuela y una tía mía, y pensé que si estaban allí era porque realmente había pasado lo peor. Mi taxi no había parado pero yo ya salté fuera, le pagué con el billete porque era lo único que tenía y el taxista me dijo que estaba bien. Agarré mi bolsa y subí las escaleras de cuatro en cuatro como una exhalación. Creo que ni siquiera saludé a mi abuela, simplemente entré al dormitorio de mis padres.
Ahí estaba mi madre, no recuerdo si estaba serena o no, sólo sé que allí había más gente que tampoco recuerdo, y miré a mi padre, que estaba en la cama, como dormido. Respiraba muy fuerte y estaba con los ojos cerrados, pero parecía muy tranquilo, y sobre todo: aún estaba conmigo. Me senté a su lado en la cama y le aparté un mechón de pelo oscuro y liso, un pelo que siempre le he envidiado.
No sé qué pasó más. Sólo sé que el médico había dicho que no podía saberse cuánto tiempo iba a estar mi padre en coma antes de morir, pero lo que sí se sabía es que el desenlace no tenía solución.
Esa última parte no quería ni escucharla. Algunos familiares, junto con mi madre, hablaban de los preparativos para cuando ocurriera... y yo no soportaba oír esas cosas. Me enfadaba y gritaba que se callaran de una vez; me intentaron explicar que era necesario plantear ciertos temas, porque lo sabíamos de meses atrás, pero me daba igual. No atendía a razones. No entendía cómo podían plantear esos temas y estar tan tranquilos cuando yo no había conocido un estado de angustia peor en mi vida.
Mi única obsesión era que mi padre estuviera cómodo y no estuviera solo. Me quedé en su habitación, con él, hablándole a veces, otra sólo acariciándole la cabeza, para que no se sintiera solo. No soportaba la idea de que muriera solo. Como me pareció que yo era la única persona que se preocupaba de eso, estaba de guardia permanentemente. Sólo salía al salón cuando alguien se quedaba con mi padre. Comía allí dentro también. Si tenía que salir a algo, lo hacía a condición de que alguien me relevara. No me di cuenta de lo agotador que era, hasta que me descubrí pensando que quería que la situación se acabara pronto.
Me odié a mí misma por pensar eso. De las personas que había constantemente en casa (familiares y amigos) oía cosas como que al cuñado de no-sé-quién le había pasado lo mismo, pero que no llegó a estar en coma, o que el vecino de no-sé-quién había estado así diez días... No me podía imaginar estar diez días así, con la angustia, con la alerta constante, con la incertidumbre de no saber si lo estás haciendo bien o si no, con la desesperación de gritarle a todo el mundo que hiciera algo, con la tristeza infinita de ver que algo se va perdiendo, con el nudo en la garganta, los ojos hinchados, la voz ronca.
Por las noches seguí al pie del cañón, acompañando a mi padre. Recuerdo una discusión con mi madre para ver quién se quedaba, pero no había forma de hacerme entrar en razón. Me quedaba yo y punto. Mi madre había estado día y noche durante meses haciendo guardia al lado de mi padre, y ahora me tocaba a mí. Pasé las noches prácticamente en vela, vigilando la respiración de mi padre, para asegurarme de que seguía conmigo. No creo que llegara a dormir más de cinco minutos seguidos aquellas noches.
Por las mañanas todo era igual, como si el tiempo se hubiera detenido. Había un silencio pesado en la casa, a pesar de que siempre estaba llena de gente que nos acompañaba. Mi madre estaba pendiente de todos y yo estaba pendiente de ella y de mi padre. En esos momentos me sobraba todo el mundo allí, no me sentía en absoluto acompañada.
Creía que me bastaba y me sobraba para cuidar a mi padre, estar pendiente de las heridas que le hacía el hecho de estar inmóvil en una cama, heridas que yo pensaba que tardarían en aparecer pero que le noté casi desde el primer día. Le ponía cómodo, recordaba las posturas que solían gustarle y procuraba que estuviera así. Luchaba contra su cuerpo, que no le regulaba bien la temperatura, y lo tapaba cuando me parecía que tenía frío e intentaba refrescarle si parecía tener calor. No sé si realmente manifestaba cómo estaba, pero yo creía percibirlo. Tampoco sé si me oía, pero yo le hablaba. No quería que se fuera sin saber que le quería a pesar de todo.
También recuerdo la tarde del Sábado. Mi padre tenía fiebre. Mucha. No sabíamos qué hacer para aliviarle, así que llamamos al Centro de Salud. El médico que me atendió parecía molesto porque habíamos osado llamarle cuando estaba viendo el partido de fútbol (encima un Madrid-Barça, ganó este último 0-3), menuda osadía, interrumpir la pasión futbolera por esas cosas...
Claramente fastidiado, se dignó a ponerse al teléfono y me dijo que no podían hacer nada por mi padre, que su cuerpo ya no respondía y que no merecía la pena intentar nada debido a su estado. Me empezó a faltar el aire. Siguió diciendo que nosotros le habíamos sacado del hospital y que tendríamos que cuidarlo. Es cierto: nosotros nos lo trajimos a casa para que estuviera donde él quería.
Sé que la indignación que me supuso oír aquello superó con creces a las ganas de llorar que tenía y la desesperación que sentía. Sé que le grité al médico, pero no recuerdo qué le dije. O a lo mejor no levanté la voz. Sólo sé que si lo hubiera tenido delante, hubiera hecho una locura. Luego el médico vino a casa, supongo que a resultas de lo que le dije, e intentó ayudar a mi padre. La oleada de indiganción que sentí al verle me nubló los sentidos y creo que fue la segunda vez que sentí que se me doblaban las piernas desde la primera llamada, hacía ya ni sabía el tiempo.
Más tarde, pensé en ponerle una reclamación al médico (tengo su nombre grabado a fuego), escribir una carta, hacer algo para que nadie, ningún familiar triste y desesperado pasara nunca más por lo que pasé yo por su falta de ética, humanidad, empatía... Llámese X. Pero mi madre me quitó la idea de la cabeza. Dijo que no valdría de nada y que lo dejara estar. Puede que tenga razón, no lo sé. Sí que estoy segura de que si ahora lo veo, tres años después, no respondería de mis actos.
Una noche, después de cenar, cuatro días después de que entrara en coma pero una eternidad en mi curiosa percepción del tiempo en aquellos momentos, entré a ver a mi padre para curarle las heridas. Mi madre entró después para ver si necesitaba ayuda, pero le había cogido el truco y no hacía falta. Siempre empezaba por el pie: me sentaba a los pies de la cama y le curaba una herida pequeña que tenía en el talón. Mi madre se quedó a ver cómo lo hacía. Al rato me dijo: "se está moviendo", en voz muy baja y un poco asustada. No le hice caso porque no podía ser, desde que entró en coma mi padre no podía moverse, siempre le cambiábamos nosotros de posición. Pero levanté la vista y se estaba moviendo. Había levantado la cabeza y tenía los ojos abiertos.
Mi madre llamó corriendo a mi tío (el hermano de mi padre) y vino él y su mujer; eran los únicos que se quedaron con nosotros... Cuando pasaron los días la gente que en un principio estaba constantemente en casa regresaron a sus vidas, y nos quedamos solo cuatro personas al cuidado de mi padre. Las cuatro personas que le dijimos adiós.
Nos quedamos a los pies de la cama. Después, sólo tengo recuerdos de mí misma que llamaban a mi padre, quien nos había mirado unos momentos. Volvió a cerrar los ojos y se fué. Le llamé desesperadamente, pero no volvió. Oía de lejos a mi madre decir que ya estaba, pero me negué a creerlo. No podía ser. Le busqué pulso desesperadamente en todos los puntos vitales. Me pareció oír una respiración inexistente. Creí notar un movimiento que no se produjo. Sentí un pulso que no había. Me aferré a una vida que ya se había ido.
Lo que pasó después no lo recuerdo muy bien. Sólo recuerdo la sensación de vacío que me quedó cuando todo acabó y mi madre y yo nos quedamos solas. Lo peor no es el momento, ni el día después, porque todo está tan reciente que no te lo crees, y estás tan rodeada de gente que no eres consciente...
Lo peor viene cuando te encuentras muy sola, y te das cuenta de que así te vas a sentir el resto de tu vida, porque ese vacío no se llena con nada.




5 opiniones dadas...
He acabado llorando contigo ...
Nada alivia una pérdida así y no hay nada suficientemente valioso que se pueda decir.
Un abrazo
si supieras como te entiendo ... como he visto reflejados sentimientos en estas líneas...
creo que te lo he dicho ya alguna vez, recuerda ... nunca dejes de hacerlo, porque el recuerdo no llena ... pero ayuda a que no esté tan vacio.
un beso.
(Abrazo)
(Silencio)
Huelgan las palabras.
Sabes que siempre deseo haberle conocido, y voy guardando trozos de ti y de tu familia para formar una idea de como es.
Un beso, cariño.
No puedo decir nada. Simplemente que lo siento muchísimo, que he compartido al leer tu post cada sentimiento en cada palabra. Un beso muy muy grande, con todo el afecto.
¡¡Cuéntame tú qué opinas!!