02 noviembre 2008

Vender Pasado

El Viernes vendimos nuestra casa.

Cambiamos más de doscientos metros cuadrados por cuatro rectángulos de papel, que un gestor estirado nos entregó con pomposidad.

Debía ser un acontecimiento alegre. En realidad, vender la casa era algo que teníamos claro desde hace mucho tiempo. Años. Estaba decidido. ¿Para qué la queríamos? Era demasiado grande para nosotras dos solas. Así que la pusimos en venta. Ahora, con la crisis, no teníamos ninguna esperanza de venderla. Mi madre se desesperaba cada vez que veía las noticias y el locutor cantaba las cifras que nos perjudicaban: "las ventas han descendido un 50%", "los precios de las viviendas han bajado un 20%", "la crisis hace que la gente sea cauta y no se aventure a comprar", "los bancos ya no conceden préstamos hipotecarios"... Y yo sé que ella ha estado muchas noches sin dormir pensando en eso.

Así que cuando aparecieron los compradores, casi parecía una broma. Pero no lo era. Mi madre conoció a la familia que quería nuestra casa un Jueves, y el Sábado siguiente hicieron una oferta en firme: lo que pedíamos, sin peros. En tres meses se haría efectiva la venta.

Esos tres meses se han convertido en uno, y el Viernes pasado nos reunimos en un escaso despacho de una Notaría a firmar la compra-venta. Estábamos todos de pie escuchando la descripción de la casa, en metros cuadrados, en partes indivisas. Y yo pensaba en las dos plantas, en las habitaciones amplias, en la cocina forrada de madera, en el extenso patio, en la que iba a ser mi habitación, en el baño que mi padre me dejó decorar a mi gusto con sanitarios de color rosa, en los armarios empotrados que mi madre encargó, en la baranda de madera maciza de las escaleras, en el salón enorme, en las decoraciones de escayola del techo que mi padre escogió, en la preinstalación de hilo musical que me empeñé en poner, en los balcones amplios que dan a la plaza, en las puertas impecables, en la ilusión con la que mis padres fueron añadiendo detalles a esa casa, a la emoción del día que la compraron, en los planes que se hicieron pero que nunca vieron la luz.

Tuve que contener las lágrimas al estampar mi firma en el papel timbrado: significaba que dejaba que otra familia viviera allí el sueño que una vez tuvo la mía.

La última vez que vimos nuestra casa, ya no era nuestra. Estaba completamente vacía, y me pareció más grande, más luminosa. Mi madre la había limpiado a conciencia, había reparado algunas cosillas que el tiempo había estropeado, y había pintado toda la casa. Años después, olía a nueva. Le contamos a los nuevos dueños que todo estaba revisado y funcionaba perfectamente. Dimos un último paseo por las habitaciones y nos fuimos a tomar algo para celebrarlo, aunque en ese momento yo no estuve muy segura de tener algo que celebrar. Sentía que había perdido algo, pero no era una pérdida material: una mezcla de ilusión, de esperanza, de sueños... Parecía como si se hubiera desecho un nudo que atara mi presente con una parte de mi pasado, en donde estábamos mi padre, mi madre y yo.

Salimos a la casa y miré por última vez su silueta, mientras la nueva dueña cerraba la puerta y decía con satisfacción: ¡qué casa tan bonita!

Realmente lo es, murmuró mi madre a mi lado. También ella tenía lágrimas en los ojos.

7 comentarios:

  1. no tengo muy claro que ponerte, para alegrarte un poco, para darte un poquito de apoyo, para que veas que la ilusión puede seguir ahí (mientras recuerdes estará), para que cojáis con muchas ganas el nuevo proyecto, ... no tengo claro cómo hacerlo, creo que es mejor quedarme callado.

    ayyyyyyy ... jo ...
    un beso.
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  2. No, yo tampoco tengo claro qué ponerte... Sólo que lo siento y que bueno, los recuerdos no los has vendido, los tienes para tí y te acompañarán siempre.
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  3. Pues yo tampoco se muy bien que decirte.... Bueno, que te lo tomes como una experiencia más en la vida y que se quede en tus recuerdos.

    Un saludo.
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  4. Y es normal... es parte de vuestra vida.

    Pero la vida avanza y seguro que ahora os esperan muchas mas cosas que disfrutar y hacer que sean parte de vuestra historia...

    Un besazooo
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  5. ¡Gracias! Bueno, era simple tristeza, porque dejar atrás definitivamente un trocito de vida siempre es duro, pero... No deja de ser un paso al frente, y eso siempre es positivo. :D
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  6. la verdad que da pena dejar la casa dónde has estado viviendo, yo me cambié de piso y me dio una pena... y eso que era en el mismo edificio jajajaj.
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