Mi jefe entró ayer por la tarde en mi despacho. El primer adjetivo que me vino a la mente fue "derrotado". El primero, el único, y el que lo describía perfectamente.
Se dejó caer encima de una mesa enfrente de las nuestras. Pasaban 45 minutos de nuestra hora de salida (que yo personalmente había estado esperando como Agua de Mayo), y allí estábamos, esperando a que nos dijera qué tal había ido la reunión virtual.
Claro que nosotras ya lo sabíamos: habíamos pegado nuestras orejitas a la endeble pared que separa nuestro despacho del suyo. No habíamos entendido ni media palabra, pero lo que sí estaba claro es que el ambiente era tensísimo. Las voces que nos llegaban, distorsionadas, eran claramente secas. Las cosas no iban bien.
- Las cosas no van bien...
...empezó a decirnos con los ojos tristes. Realmente parecía cansado. Y como siempre, me invadió una especie de ternura. Es un crío. No soy capaz de verlo de otra forma, no sé por qué. Tampoco ayuda a cambiar esa apreciación que siempre intente protegernos. Aún no me ha regañado ni una sola vez por nada (y mira que ha habido cosas); sé que si en su lugar siguiera S.J., yo había emigrado ya a Sri Lanka, por lo menos. Desapareció el miedo a las equivocaciones, supongo que también eso ayuda a que no lo vea como "mi jefe": se aleja mucho de lo que ese concepto lleva asociado en la empresa donde trabajo.
Siguió contándonos que no había ni un sólo aspecto que fuera bien en el proyecto. Por lo visto, la reunión virtual estuvo plagada de amenazas y ultimátums. Volvió a listar todos los indicadores negativos por los cuales nuestros clientes nos están presionando. No había ni una sola nota de reproche en su voz, que arrastraba cansancio en cada sílaba pronunciada.
Cuando acabó su resumen con un encogimiento de hombros, me sentí obligada a contarle una vez más que hago todo lo que puedo... y eso él ya lo sabe. Sabe que estoy preocupada. Que a veces me despierto en mitad de la noche y apunto mentalmente algo que se me ha ocurrido en sueños para mejorar los resultados. Que voy al trabajo con un nudo en la garganta y que me tiembla la mano al abrir el resumen del día anterior, imaginando lo que me voy a encontrar.
Trabajo todos los aspectos que se me ocurren, pero no consigo sacar nada en claro. Analizo datos, investigo, intento encontrar una línea lógica sobre la que actuar, pero llevo varios meses y no la encuentro. Siento que estoy dando palos de ciego que no van a ninguna parte... Salvo a esta situación de derrota.
A esos ojos cansados de mi jefe ayer.
A mí misma, cada día más frustrada que el anterior.
Se dejó caer encima de una mesa enfrente de las nuestras. Pasaban 45 minutos de nuestra hora de salida (que yo personalmente había estado esperando como Agua de Mayo), y allí estábamos, esperando a que nos dijera qué tal había ido la reunión virtual.
Claro que nosotras ya lo sabíamos: habíamos pegado nuestras orejitas a la endeble pared que separa nuestro despacho del suyo. No habíamos entendido ni media palabra, pero lo que sí estaba claro es que el ambiente era tensísimo. Las voces que nos llegaban, distorsionadas, eran claramente secas. Las cosas no iban bien.
- Las cosas no van bien...
...empezó a decirnos con los ojos tristes. Realmente parecía cansado. Y como siempre, me invadió una especie de ternura. Es un crío. No soy capaz de verlo de otra forma, no sé por qué. Tampoco ayuda a cambiar esa apreciación que siempre intente protegernos. Aún no me ha regañado ni una sola vez por nada (y mira que ha habido cosas); sé que si en su lugar siguiera S.J., yo había emigrado ya a Sri Lanka, por lo menos. Desapareció el miedo a las equivocaciones, supongo que también eso ayuda a que no lo vea como "mi jefe": se aleja mucho de lo que ese concepto lleva asociado en la empresa donde trabajo.
Siguió contándonos que no había ni un sólo aspecto que fuera bien en el proyecto. Por lo visto, la reunión virtual estuvo plagada de amenazas y ultimátums. Volvió a listar todos los indicadores negativos por los cuales nuestros clientes nos están presionando. No había ni una sola nota de reproche en su voz, que arrastraba cansancio en cada sílaba pronunciada.
Cuando acabó su resumen con un encogimiento de hombros, me sentí obligada a contarle una vez más que hago todo lo que puedo... y eso él ya lo sabe. Sabe que estoy preocupada. Que a veces me despierto en mitad de la noche y apunto mentalmente algo que se me ha ocurrido en sueños para mejorar los resultados. Que voy al trabajo con un nudo en la garganta y que me tiembla la mano al abrir el resumen del día anterior, imaginando lo que me voy a encontrar.
Trabajo todos los aspectos que se me ocurren, pero no consigo sacar nada en claro. Analizo datos, investigo, intento encontrar una línea lógica sobre la que actuar, pero llevo varios meses y no la encuentro. Siento que estoy dando palos de ciego que no van a ninguna parte... Salvo a esta situación de derrota.
A esos ojos cansados de mi jefe ayer.
A mí misma, cada día más frustrada que el anterior.
jooooooooo ....
ResponderSuprimir¿nos pagan lo suficiente para llevarnos estos berrinches?
un beso guapa.
Qué dura una situación así, cuando no es cuestión de esfuerzo si no de que no se puede conseguir el objetivo marcado...
ResponderSuprimirÁnimo y paciencia. Seguramente parte de culpa venga desde abajo que no hacen lo suficiente y del cliente que no explica con claridad lo que busca. Ahora relajate y disfruta lo que puedas de la Navidad. Felices fiestas guapa :*
ResponderSuprimirMucho ánimo, y aunque sea difícil, piensa en positivo. Seguro que poco a poco las cosas se arreglan. La cuestión quizá sea cambiar la perspectiva, pensar de otros modos.. no sé. Estoy simplemente intentando animarte, y decirte -malamente- que al final seguro que las cosas acaban saliendo, aunque sea por vericuetos inesperados.
ResponderSuprimirUn beso muy muy grande,y que disfrutes mucho de estas fiestas, Innergirl.
Ha sido genial encontrar tu blog este año.