- ¡¡Andevaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!! ¡¡Quevahlreveeeeeeeeeeeeees!!
Semejante berrido, que podía haber salido perfectamente de la garganta de un cabrero pastando en alta montaña (con todos mis respetos a los Señores Cabreros), en realidad venía de un trabajador de la construcción, Ingeniero del Ladrillo... De un albañil, vamos (y que conste que también respeto a los Señores Albañiles).
¿Y a quién se lo decía? Se lo decía a una chica que, metida en su coche rojo con todas las luces del emergencia encendidas, iba en sentido contrario por mi calle.
El buen albañil, supongo que sólo quiso informar a la chica de que se había confundido de sentido, porque imaginó que si era tan tonta de haberse metido por dirección contraria, seguramente no se daría cuenta de eso de no ser por él, un macho ibérico por excelencia, salvador de damas en apuros. Igual ella sola no habría visto que la calle era tan estrecha que sólo cabía la posibilidad de que fuera de sentido único, ni se habría fijado en los coches aparcados a ambos lados de la calle, y sobre todo, no se habría dado cuenta de que estaba morro con morro con una furgoneta blanca.
El buen albañil quiso indicar con esta delicadeza a la chica de que tendría que apartarse para dejar pasar a los coches que iban bien.
El buen albañil pensó que la chica, además de tonta, era sorda, porque repitió el berrido, y otros semejantes, durante varios minutos.
El buen albañil siguió mirando la escena, que al parecer era divertidísima.
La chica, informada gracias al buen albañil, no me cabe duda, consiguió apartarse un poco, y entonces la furgoneta blanca pudo pasar.
La furgoneta blanca, conducida por un señor, se paró al lado del coche rojo de la chica, bajó la ventanilla y le dijo a la conductora: Tú no hagas ni caso. A lo tuyo. Cuando puedas, te apartas, pero tranquila, porque esto le puede pasar a cualquiera.
Sonrió, subió la ventanilla y se marchó.
Y me apeteció aplaudirle.
A la par que me apeteció patearle el culo al buen albañil.
Semejante berrido, que podía haber salido perfectamente de la garganta de un cabrero pastando en alta montaña (con todos mis respetos a los Señores Cabreros), en realidad venía de un trabajador de la construcción, Ingeniero del Ladrillo... De un albañil, vamos (y que conste que también respeto a los Señores Albañiles).
¿Y a quién se lo decía? Se lo decía a una chica que, metida en su coche rojo con todas las luces del emergencia encendidas, iba en sentido contrario por mi calle.
El buen albañil, supongo que sólo quiso informar a la chica de que se había confundido de sentido, porque imaginó que si era tan tonta de haberse metido por dirección contraria, seguramente no se daría cuenta de eso de no ser por él, un macho ibérico por excelencia, salvador de damas en apuros. Igual ella sola no habría visto que la calle era tan estrecha que sólo cabía la posibilidad de que fuera de sentido único, ni se habría fijado en los coches aparcados a ambos lados de la calle, y sobre todo, no se habría dado cuenta de que estaba morro con morro con una furgoneta blanca.
El buen albañil quiso indicar con esta delicadeza a la chica de que tendría que apartarse para dejar pasar a los coches que iban bien.
El buen albañil pensó que la chica, además de tonta, era sorda, porque repitió el berrido, y otros semejantes, durante varios minutos.
El buen albañil siguió mirando la escena, que al parecer era divertidísima.
La chica, informada gracias al buen albañil, no me cabe duda, consiguió apartarse un poco, y entonces la furgoneta blanca pudo pasar.
La furgoneta blanca, conducida por un señor, se paró al lado del coche rojo de la chica, bajó la ventanilla y le dijo a la conductora: Tú no hagas ni caso. A lo tuyo. Cuando puedas, te apartas, pero tranquila, porque esto le puede pasar a cualquiera.
Sonrió, subió la ventanilla y se marchó.
Y me apeteció aplaudirle.
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