Mi día ha empezado media hora antes de lo habitual porque un técnico se iba a pasar por casa bien temprano (al menos, lo ha hecho).
Ha seguido con el informe de resultados de Noviembre: todo mal.
A continuación, larga reunión para comentar dichos resultados, que como no podía ser de otra manera, fue un desastre.
Luego, para terminarlo de arreglar, otra reunión (con lo cual no pude hacer otra cosa en toda la mañana). Encima, el tema era delicado, así que el ambiente estaba muy tenso.
Acabamos a las 15:50, sospecho que porque mi jefe se asustó de los sonidos que emitía mi estómago a esas horas.
Así que fui a mi mesa a coger mi bolso, eché un vistazo a la bandeja de entrada y como era para ponerse a gritar y mis ánimos no estaban en su mejor momento, apagué la pantalla y me fui a casa.
Por supuesto, me costó un mundo aparcar, porque no sabía ni dónde tenía la mano derecha.
Cuando por fin conseguí bajarme del coche y estar ante mi portal, me dí cuenta de que me había dejado las llaves de casa al lado del ordenador del trabajo...
Así que tenía dos opciones:
1. Subir otra vez a por las llaves.
2. Ir a casa de una amiga a por la copia que les dejé.
Por supuesto, opté por la opción más razonable: coger el coche e irme a comer por ahí. Me daba igual ir sola, pero lo necesitaba porque mi equilibrio emocional estaba en un estado precario. Tanto, que casi se me saltan las lágrimas al ver que el camarero habitual había doblado la ración de jamón serrano de mi salmorejo.
Hay días en los que no habría que levantarse...
Ha seguido con el informe de resultados de Noviembre: todo mal.
A continuación, larga reunión para comentar dichos resultados, que como no podía ser de otra manera, fue un desastre.
Luego, para terminarlo de arreglar, otra reunión (con lo cual no pude hacer otra cosa en toda la mañana). Encima, el tema era delicado, así que el ambiente estaba muy tenso.
Acabamos a las 15:50, sospecho que porque mi jefe se asustó de los sonidos que emitía mi estómago a esas horas.
Así que fui a mi mesa a coger mi bolso, eché un vistazo a la bandeja de entrada y como era para ponerse a gritar y mis ánimos no estaban en su mejor momento, apagué la pantalla y me fui a casa.
Por supuesto, me costó un mundo aparcar, porque no sabía ni dónde tenía la mano derecha.
Cuando por fin conseguí bajarme del coche y estar ante mi portal, me dí cuenta de que me había dejado las llaves de casa al lado del ordenador del trabajo...
Así que tenía dos opciones:
1. Subir otra vez a por las llaves.
2. Ir a casa de una amiga a por la copia que les dejé.
Por supuesto, opté por la opción más razonable: coger el coche e irme a comer por ahí. Me daba igual ir sola, pero lo necesitaba porque mi equilibrio emocional estaba en un estado precario. Tanto, que casi se me saltan las lágrimas al ver que el camarero habitual había doblado la ración de jamón serrano de mi salmorejo.
Hay días en los que no habría que levantarse...
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