29 febrero 2008

EL CARNET Y YO: Episodio 2

Somos muchas las personas que sufrimos día a día las penurias de hacer miles de test en una autoescula. Sólo alguien que está en tu misma situación te comprende, porque los que ya tienen carnet (les odio) no se acuerdan de nada de lo que les hablas, y los que no lo tienen no entienden que sólo sepas hablar de señales, luces o prioridades.

Por eso, nos buscamos para motivarnos entre nosotros o sentirnos arropados cuando la emprendes contra la DGT y sus respuestas vagas. En mi caso, he encontrado alguien en mi misma situación en el trabajo.

Ni qué decir tiene que nos pasamos los desayunos hablando de preguntas trampa, de velocidades, distancias, marcas viales y cosas así. Nos picamos entre nosotros con los tests, y el reto de cada mañana era encontrar una pregunta chunga para pillar al otro.

El Miércoles él se presentó al examen después de pasar el pobre dos fines de semana encerrado en una autoescuela haciendo un intensivo que le ha costado 400 euros, que es casi la mitad de su sueldo. Nueve horas diarias, Sábado y Domingo y luego Sábado y Domingo otra vez. No me imagino nada peor (yo, que a la hora y media estoy saturada)...

En cuanto llegó, lo acorralé en una esquina para ver qué tal le había salido. Dijo que bien, que fue fácil y que sólo dudó en dos preguntas. En su opinión, en las autoescuelas meten mucho miedo de cara a la prueba para que te salga bien (como pasaba en el instituto con la Selectividad, ¿eso aún existe?). Total, que tiene esperanzas de haberlo aprobado porque dice que es más sencillo que los tests que hemos ido haciendo y que sólo hay que pensar un poco (¡glups!).

Pero vamos, que en las preguntas que él ha dudado, yo me habría echado a llorar:

1. Un coche circula por la calzada de una carretera sin arcén debido a una avería sólo con las luces de cruce encendidas, ¿circula bien?
a) Sí.
b) No.

Pues depende. No te dicen si el coche es una tartana que fabricaron antes de que se inventara la electricidad y por eso NO tiene luces de emergencia, o bien es un BMW último modelo, recién comprado con un conductor es torpe que no ha encontrado el botón para encenderlas. Tampoco está claro si lleva las de posición encedidas, entiendo que por supuesto, pero claro, en un caso tan catastrófico igual también las tiene estropeadas. Todo esto debería desarrollarse, así que lo suyo sería que dejaran dos dedos de folio para explicar tu teoría y no sólo dos simples y raquíticas respuestas que no son suficientes cuando hay miles de matices en una pregunta como esa.

2. ¿Por dónde deben circular los animales?
a) Por la derecha.
b) Por la izquierda.
c) Por los dos lados, indistintamente.

Pues depende. ¿Cuando dicen "animales" se refiere a animales en general sin especificar especie o atendemos al plural que quiere decir que son varios? Porque si es un rebaño de ovejas, pongamos por caso, deben circular por la derecha, pero si por ejemplo se trata de un perrito desamparado y perdido, por la izquierda para que el que venga lo vea y no lo atropelle. O sea, que tendrías que remontarte a saber qué imagen bucólica tendría en la cabeza la persona que pensara que poner esa pregunta era una buena idea. Por otro lado, si nos ponemos extrictos, los animales no "deben" circular, aunque hay algunos que ya tienen carnet... En fin, también habría que desarrollar ese concepto.

Muy mal todo. Voy a hacer más tests, ahora que sé que no sólo te tienes que preocupar por turismos, vehículos mixtos, camiones articulados, remolques ligeros y no ligeros, vehículos especiales, ciclos, ciclomotores y motocicletas, sino que hay que tener en cuenta animales también. Éramos pocos...


___________________
P.D.: Lo único positivo es que he heredado de él un bonito esquema con velocidades máximas y mínimas según tipo de carretera y vehículo. Muy instructivo. Ya lo he memorizado porque está claro que no se puede razonar... ¡De una cosa menos de la que preocuparme!

27 febrero 2008

A SUS PIES, SEÑORITA

- ¿Te vienes a la city? Tengo que ir esta tarde, te lo digo por si te apuntas...

Medité la decisión durante largo tiempo. Las opciones eran:
a) Tirarme toda la tarde encerrada en la autoescuela de los cojones, haciendo tests amargada del todo, para luego ir a casa a estudiar otro buen rato o hacer cosas peores como limpiar.
b) Aceptar la invitación e ir a la city, pasarme parte de la estupenda tarde de sol paseando, de tiendas, viendo escaparates, tomando café mientras decido si comprar o no esa camiseta tan mona...

Uffff, la cosa estaba complicada. Pero había que decidirse.

Intenté contestar sin que se me notara que de los ojos me salían chispitillas de felicidad ante la perspectiva de no tirarme una tarde más ahogada entre tests. Utilicé una de mis frases favoritas de Los Simpsons (friky que es una, qué le voy a hacer): "¡Acepto a regañadientes!"

- Vale, pues te paso a buscar después del trabajo. Nos vamos directamente.

Sí, salimos directamente del trabajo, con mi ropa del trabajo y sobre todo: mi calzado del trabajo. Es decir: unas botas cerradas con tacón, que me pongo cuando preveo que no voy a andar mucho (porque en la oficina no creo que dé más de doscientos pasos al día). Esas botas serían mi pesadilla TODA la tarde.

La primera en la frente. Aparcamos cerca de donde él tenía que ir, pero lejos del centro. Lejos relativamente, claro, porque llevar puestas unas botas así hace que tu concepto del espacio-tiempo esté trastornado. Me entretuve en mandar un par de mensajes pendientes desde mi móvil mientras andaba para no ser consciente del trecho que me quedaba hasta mi primera parada. Casi sin darme cuenta llegué a la meta, El Corte Inglés, y pensé que las botas no iban a molestarme mucho.

Craso error.

Fui consciente de ello cuando dejé de andar porque subí por las escaleras mecánicas. Al estar quieta, la sangre me bajó a los pies y yo notaba como si el corazón hubiera bajado, se hubiera dividido en dos y se hubiera reubicado en las plantas de mis pies. Los sentía latiendo dentro de las botas y me di cuenta de que no iba a ser capaz de deambular por allí en mi estado. Pensé en que la opción más viable sería descansar un poco sentada, así que me fui a la cafetería a tomarme una Coca-Cola.

Los primeros minutos sentada fueron un horror. Poco a poco la circulación de la sangre se abrió paso de los tobillos para abajo, y casi podía sentir cómo se iban formando ampollas mis pobres pies. Una pesadilla. Apenas pude disfrutar de mi ansiada Coca-Cola.

Cuando me levanté, pensé por un instante que igual si andaba otra vez todo iría bien, pero era un espejismo. En cuando me puse de pie empezaron a dolerme los pies otra vez, pero ahora no iba a parar. No. Al menos andando no era tan consciente del dolor. Así que saqué mi lista de cosas que tenía que comprar y anduve por todas las plantas para mantenerme ocupada. Después me armé de valor y me fui al centro en busca de lo que no había encontrado allí (porque además las dependientas empezaban a mirarme raro). El mundo se diluía a cada paso que daba y quedaba reducido a mis recalentados pies dentro de mis botas. Daba igual: no pensaba parar, porque eso sería la muerte.

En mi estado de desesperación, como premio a mí misma por estar pasando por ese sulpicio, me compré lo que más me consuela en momentos de crisis: braguitas. Braguitas cómodas, de colores. Colgarme de la mano una bolsa con braguitas nuevas tiene la propiedad de hacerme sentir mucho mejor.

Pero ni mis tres braguitas nuevas podían consolarme. Estaba a punto de llorar. No podía evitar mirar pies alrededor mía, embutidos en otras botas incluso peores que las que yo llevaba y no era capaz de entender cómo alguien voluntariamente querría calzar algo así para pasar toda la tarde andando por el centro.

Desvié la vista pero se quedó fija en el escaparate de una zapatería, hipnotizada con unas Nordika's mullidas y suaves que NO estaban en mis pies y tuve que refrenarme las ganas de entrar, comprármelas al precio que fuera y ponérmelas ahí mismo. No lo soportaba más.

Y justo cuando barajaba la posibilidad de autoamputarme los pies a mordiscos, me sonó el móvil...

- ¿Dónde estás? Estoy dentro del coche. Voy a buscarte y nos vamos a casa.

Los milagros existen.

25 febrero 2008

MONDAYS SUCK!

No importa lo que haga el fin de semana. Da igual que la noche anterior duerma mucho o poco. Los Lunes son lo peor.

Sí, porque SIEMPRE que es Lunes voy medio dormida a trabajar. Intento mover el puntero del ratón cogiendo mi móvil que está sobre la mesa (o peor: la grapadora). Me irrito con la tecnología en general porque la impresora no me escupe el informe (lo cual es lógico si tenemos en cuenta que estoy pulsando el icono del diskette en lugar del icono de la impresora, y por cierto que podrían actualizar el icono ese, yo casi ni recuerdo lo que es un diskette). Miro con recelo a los que me dan los buenos días (¿qué tiene de bueno un Lunes?). Parpadeo incrédula ante la cantidad de correos que hay en la bandeja de entrada insinuándome que debería aumentar el tamaño de mi pene (creo que no lo necesito, gracias). Miro fijamente el calendario a ver si ha pasado un milagro y esta semana termina mañana (pero por más que miro después de un Lunes no viene un ansiado Viernes). Pego un respingo cada vez que escucho sonar un teléfono y me saca de mi sopor, que disimulo mirando con extremo interés algún que otro correo insustancial (que ni siquiera sabría decir quién lo ha enviado).

No me gustan los Lunes...

24 febrero 2008

LA COCINA ES UN PELIGRO

Los fines de semana que me quedo en casa, me apetece incluso atreverme a cocinar algo más elaborado de lo que suelo preparar entre semana.

Hoy Domingo estaba MUY dispuesta a hacer un asado de cordero al horno, comida típicamente findesemanera.

Anoche saqué la receta que mi abuela escribió de su puño y letra. Ahí estaba la receta con los pasos a seguir, PERO entre medias había miles de anotaciones a lápiz que hago yo. ¿Por qué? Porque mi abuela y mi madre utilizan medidas de cantidad y tiempo tales como "un chorrillo de ná", "una pizquita y media", "el rato que tú veas", "lo que te parezca bastante", "pues no sé, lo de siempre", "dos, tres, cuatro o cinco, depende" y cosas así. Que para alguien experimentado está bien, pero a alguien novel como yo, pues no le vale. Yo me he criado con el sistema métrico internacional y cuento en sistema decimal, así que a mí me tienes que decir cosas como: 250 mililitros de leche, 50 gramos de harina, el horno a 200º, déjalo 15 minutos, pon 2 cebollas.

Así que me limité a preparar todos los ingredientes, limpios, pelados y troceados, en cuencos y platos, primorosamente colocados en la encimera. De foto*, vamos. Me sentía como Karlos Arguiñano, a punto de señalar a la cámara lo que íbamos a utilizar en nuestro menú de hoy.

Acto seguido, marqué el número de mi madre, en plan soporte on-line. Ella aluciflipó, claro. "¿Pero vas a hacerlo mientras yo te lo digo?". Por supuestísimo.

Lo primero es que llevaba dos horas de retraso. Vamos, que tenía que haber empezado a las once de la mañana y que claro, ahora íbamos a comer a las cinco de la tarde. Pues eso no lo ponía en la receta. Además, ponerse a cocinar a las once de la mañana es impensable para alguien como yo, que como muchísimo si como a las dos me pongo manos a la obra a la una. ¡Y menos un Domingo! ¿¿Es que estamos locos?? Ahora empiezo a entender la diferencia entre las comidas de mi madre y las mías.

Cuando mi madre pudo articular una palabra después de ese ataque de risa inicial que yo interpreté como un "me río por no llorar al pensar el desastre de hija que tengo", me fue indicando paso a paso cómo el orden de colocación de los ingredientes. Así que le fui haciendo caso, con una mano ocupada en el teléfono, y la otra pringada de sal, pimienta, aceite, oliendo a ajo y manipulando mil cosas a la vez.

Por supuesto, como cabría esperar, algo tenía que pasar. Tiré la aceitera al suelo (que no se rompió de milagro), se me derramó la sal por toda la encimera, una gota de agua caliente vino a caer en los mandos termosensibles de la vitrocerámica que empezó a pitar como una descosida, mientras mi madre me preguntaba alarmada que qué estaba pasando. Mientras, y yo luchaba por recogerlo todo, dedicar tiempo al asado de marras para no saltarme ninguna instrucción (o sea, hacerle caso a mi madre), controlar la risa histérica que estaba a punto de nacerme de la garganta y limpiar el desastre antes de empezar a llorar de histeria. Todo con una mano.

Cuando yo creí que estaba terminado el asunto y que la crisis de histeria no se iba a producir, me dice mi madre: "ahora el zumo de limón y el vino blanco". ¿¿Cómo?? ¡Eso TAMPOCO lo pone en la receta! Mi madre suspira resignada, pensando que ya no sé ni leer... "Vale, espera un momento, mamá, dejo el teléfono, no cuelgues."

Fue relativamente fácil hacer el zumo de limón (por fortuna, tenía limones, pero no por mí, sino por un vecino generoso que días atrás los trajo como obsequio), y el vino blanco estaba en lo más alto de la más alta estantería de la cocina. Fui a por la escalera, me encaramé, cogí el vino, bajé y le dí un golpe a un bote de pimienta que de la nada se había materializado allí mismo. Abrí el brick de vino con un cuchillo porque a saber dónde habría puesto las tijeras. El abrefácil debería llamarse abredifícil; como es de esperar, se me derramó el vino, que vino a caer justo encima de los mandos de la vitrocerámica. El pitido otra vez. Al coger el teléfono que estaba cubierto de pimienta, mi madre ya estaba llorando de la risa. Ni preguntó qué había pasado. Supongo que preferiría no saberlo.

Al final, miré mi obra. No se parecía en nada, pero EN NADA, al aspecto que tiene la receta cuando la hace mi abuela. Se lo dije entre risas histéricas a la santa de mi madre, que seguía al teléfono con la paciencia que caracteriza a la mujer. Casi me parecía poder escuchar su pensamiento: ¿cómo puede no parecerse en nada, si es de lo más fácil de hacer del mundo y SÓLO hay que poner los ingredientes en una llanda? Ah, como si eso fuera todo...

Metí el intento en el horno y sólo quedaba esperar dos horas y media. Calculando por lo bajo, igual para la cena estaría listo el asado (con un poco de suerte, añadió la optimista de mi madre).

...

...

...

...

...

Ah, sí, contra todo pronóstico, comimos antes de merendar un asado que se parecía razonablemente al de mi abuela.

Pero la batalla fue dura. Una batalla como las que se libran en más de una cocina, porque sí, para desgracia del mundo no es tan poco común sufrir una serie de catastróficas desdichas cuando decidimos hacer algo más complejo que una tortilla. Con semejante experiencia, dan ganas de volver a alimentarse de bocadillos...


* De foto quedó luego la cocina, sí... Pero de foto para el National Geographic, apartado "Desastres Naturales".

23 febrero 2008

EMPEZAR BIEN UN DÍA...

Abrir los ojos sin necesidad del despertador. Volver a darme la vuelta para buscar una postura más cómoda todavía. Dejar que la pereza me invada otra vez, no importa. Dormir diez minutos más. Notar que sigue dormido a mi lado y atraparle una pierna. Sentir un mechón de pelo que me hace cosquillas en la nariz y apartarlo con suavidad. Desperezarme. Escuchar con los ojos cerrados que el único sonido que se oye es una respiración quieta y el sonido de pájaros. Decidir abandonar la cama sólo porque yo quiero. Acariciarle la piel tibia. Meter los pies descalzos en unas zapatillas suaves. Darme una ducha calentita, sin prisas. Envolverme en toallas enormes. Poner música a todo volumen para que se oiga en toda la casa. Abrir el balcón y que entre luz natural. Desayunar una buena taza de Cola-Cao calentito sin prisas. Bailar en medio del salón y cantar a pleno pulmón. Refrescar mi piel con una crema que huele de maravilla. Poder seguir en pijama el resto de la mañana, o mejor, todo el día...

22 febrero 2008

RECOMPENSA

Después de una semana de locos, por fin llegan las 16:00 del Viernes.

Aleluya.

Salgo pitando del trabajo, esquivando las miradas de pena de los que se quedan hasta más tarde y de los que entran cuando yo me voy. Lo siento, pero es mi turno. Levanto la mano y saludo a todos (sin recochineo, lo prometo).

Se acabó todo el lío por esta semana. Paso hoy de autoescuela, de tests, de cursillos, de apuntes, de obligaciones y de todo. Me lo he ganado. Merezco poder tirarme en plancha en el sofá, taparme con la mantita y zapear y ver qué puedo ver que empiece ahora...

Ohhhhhhhhhhhh...

Mi peli favorita.

El Universo me adora.

21 febrero 2008

...Y POR ABAJO...

En general, las reuniones de equipo me parecen encerronas, más incluso para mí que para ellos -aunque por supuesto esa percepción sólo la tengo yo-.

De entrada, el anuncio de una reunión en la que participe todo el mundo es acogido aquí como un anticipo de catástrofe, así que su actitud es reacia ya de entrada. Un muro de hielo, vamos. Después, cuando empieza la reunión y paso a comentar los cambios que tendremos a partir de Marzo, las caras largas no se relajan. Y no se tensan más porque no pueden, claro.

El segundo punto es cuando comienzan los bombardeos de inconvenientes (siempre son un mínimo de diez factores en contra, a mí nunca se me ocurren tantos), que tengo que ir esquivando según me vienen, y no siempre estoy preparada al 100% para dar una respuesta. Aún no he mejorado esto.

Encima, está el agravante de que en el fondo, estoy de acuerdo con bastantes cosas de las que me dicen, por eso antes de la reunión ya he discutido casi todo lo que me trasladan para poderles dar una solución que normalmente no es del agrado de nadie.

Según va trascurriendo la reunión, intento darle otro giro más positivo e ir metiendo ejemplos prácticos para que vean que no se trata de ninguna catástrofe insalvable. También echo mano de anécdotas para arrancar alguna sonrisa, y menos mal que sí lo consigo en la mayoría de las ocasiones, porque si no sería insufrible.

También procuro dar toda la información que puedo -me permiten, vamos- para que entiendan el por qué de las decisiones, pero como no es "toda la verdad", tampoco se quedan muy conformes. A veces sí ha bastado para que se asuma mejor una decisión, pero no es lo habitual.

Al final, las reuniones acaban con caras de resignación e incluso alguna sonrisa. Pero no siempre es así, como hoy, por ejemplo. El anuncio de un nuevo servicio y los cambios en los grupos de trabajo que esta novedad va a provocar parecía que era el fin del mundo tal y como lo conocen.

Lo malo es que aún no he aprendido a hacer que los componentes de mi equipo enfoquen los cambios de manera positiva: tienden a pensar siempre lo peor. Las personas que en este caso concreto se han visto afectadas y que tienen que cambiar de servicio opinan que es un castigo. Me dicen que el hecho de dejar su proyecto y hacerse cargo de uno nuevo es algo negativo, aunque les haya dicho por activa y por pasiva que no lo es. Les he argumentado que contamos con gente que sea válida y todoterreno para comenzar un nuevo servicio, y que si no se confiara en ellos no estarían en el equipo, o no se les daría la oportunidad de empezar un proyecto desde cero si no los viéramos preparados -aunque eso no es toda la verdad, si he de ser honesta-.

En el fondo (y no muy en el fondo) les entiendo porque cuando me cambiaron a mí, también pensé que era "una degradación", aunque luego haya cambiado mi actitud. Pero desde luego, yo no me puse tan funesta en la versión oficial (la versión extraoficial se puede leer aquí, en capítulos anteriores).

Pero lo que me fastidia no es que sean tan negativos, porque están en su derecho de contarme qué les parecen los cambios y se lo agradezco, sino que su único malestar radique en la frase "yo es que antes estaba muy a gusto". No en que piensen que no están preparados para un nuevo proyecto, u otro motivo, sino que se basan en la mera comodidad y en el costumbrismo. Eso sí me fastidia. Mucho. Porque además, luego, a la hora de incentivarlos, cuando S.J. nos pregunta por el grado de implicación y dinamismo de la gente (que eso se valora aquí mucho), pues ahí estamos... que no sabemos a veces cómo vamos a salir...

Lo peor de todo es que como ya de entrada sabía que se lo iban a tomar fatal, he preferido no hacer mención de los resultados un poco flojos de algunos componentes del equipo para no terminar de hundirles, así que me lo apunto para una próxima reunión.

Lo que no saben es que después de estas reuniones, a veces soy yo la que salgo peor parada porque ellos son doce personas y yo sólo una (o dos si tengo apoyo), luchando contra todos los inconvenientes y jugando con mil factores para intentar perjudicar lo menos posible al personal de mi equipo... Pero siento en una batalla siempre perdida de antemano, y que nunca voy a hacer algo del agrado no ya de todos, sino siquiera de la mayoría. A veces llego a casa con los ojos llenos de lágrimas, de ver que el trabajo y el empeño que pongo no se ve. Pero eso no lo sabe nadie más que yo.

Qué poco me gusta esta parte de mi trabajo...

20 febrero 2008

...POR ARRIBA...

He salido hoy con dolor de cabeza del trabajo, y ya van dos días seguidos.

Cuando tu jefa se levanta con el morro torcido, pues te toca lidiar con que no le parezca bien lo que decides, te discuta tus diseños, te apostille tus afirmaciones, te replique tus argumentos... Es decir, está picajosa la mujer y tú te tienes que aguantar. En teoría, claro, porque la práctica es que no me da la gana de que sea lo que ella dice porque entre otras cosas, no tiene ni idea del día a día (y creo que eso es, con diferencia, lo que más le fastidia de todo). Así que se me va la mañana rebatiéndole su percepción de las cosas porque ella no tiene en cuenta cosas como "las personas".

Lo que ocurre es que yo me desgasto mucho más que ella por varios motivos. Uno es porque tengo que escuchar todo lo que tiene que decir, y siempre es mucho, lo cual agota a cualquiera. Otro factor a tener en cuenta es que sólo puedo aprovechar para hablar cuando ella para una milésima de segundo para coger aire; es entonces cuando intento argumentar mi postura. Pero eso no ocurre muy a menudo (tengo la teoría de que tiene branquias y no necesita callarse para respirar), y al final pasa como una apisanadora sobre mis opiniones terminando la conversación con un camuflado pero MUY CLARO "porque lo digo yo y punto".

El problema viene después, cuando le tengo que trasladar a mi equipo -con el que trabajo todos los días y que S.J. ve una vez al año en el mejor de los casos- las nuevas directrices a seguir. Es decir, esa novedad fantástica que se le ha ocurrido a la mujer a trescientos kilómetros, que no se adapta demasiado bien a la realidad del trabajo que se hace aquí, pero que a pesar de todo cree que es la mejor idea que ha tenido en meses.

Es un problema, y grande, cuando para informar de los cambios (que en la mayoría de los casos son a peor), primero tienes que fingir creer en lo que vas a decir para infundir confianza y seguridad. Lo segundo es ir sacando las cosas positivas (la mayoría de veces son muy escasas, aunque por suerte alguna siempre hay) para hacer hincapié en ellas y enfocar la reunión de la forma menos mala que se me ocurra.

Así que para mañana ya tengo programada una reunión -sólo en mi cabeza, no quiero que nadie se preocupe antes de tiempo-, y me queda toda la tarde para sacar pros, enterrar contras, reforzar argumentos y pensar algo para minimizar el impacto.

Espero al menos tener una tarde insipirada...

18 febrero 2008

¿CÓMO REACCIONAR?

El otro día, una chica del trabajo sufrió un ataque de epilepsia.

Yo me encontraba en mi despacho, cuando oí gritos y un golpe bastante fuerte. No sé qué se me pasó por la cabeza que podía ser aquello, y salí disparada en dirección a un grupo de gente. Supuse que lo que fuera habría pasado allí. A cada paso que daba me iba encontrando con gente que tenía la cara descompuesta y me fuí asustando cada vez más.

Cuando logré apartar a la gente, ví que había una chica en el suelo, convulsionando, y dos chicos y una chica la estaban atendiendo: cuidando de que no se diera ningún golpe con los muebles y sobre todo, procurando que no se mordiera la lengua. Me quedé clavada ahí mirando la escena, y comprobé que alguien estaba llamando a una ambulancia. Después, no hice nada.

Mi intención al ir hacia allí era ayudar. He hecho el curso de primeros auxilios, me sé de memoria qué hay que hacer para atender a alguien que está sufriendo una crisis de epilepsia. Tengo muy claro las prioridades, qué hacer y sobre todo qué NO hacer. Pero no me valen de nada. Cuando llegué allí y ví a la chica en el suelo, convulsionando, con la cara cianótica y los ojos inyectados en sangre, me temblaron las piernas y noté que me ponía blanca enseguida. De lo único que fui capaz fue de asegurarme que habían llamado al 112 y alejar a la gente para dejar espacio vital. De nada más.

Llevo días pensando en eso. Menos mal que había gente que sabía reaccionar y hacer todo lo que hay que hacer en un caso así. Mi cabeza está llena de la teoría, pero está claro que soy incapaz de llevarla a la práctica. No sirve de nada hacer miles de cursos, de saber reconocer síntomas y conocer el protocolo a seguir en una emergencia, si luego te quedas paralizada en el momento más importante.

Luego quise ser buena conmigo misma, y me intenté conceder el beneficio de la duda. ¿Qué habría pasado si realmente no hubiese nadie más que yo en ese momento para hacer algo? ¿Habría reaccionado impulsada por la necesidad del momento o también me habría quedado paralizada viendo sufrir a la otra persona? No lo sé. Quiero creer que en ese caso extremo sí hubiera actuado. Dicen que el miedo que paraliza los sentidos dura sólo un segundo, que luego el instinto es el que toma el mando. ¿Será verdad? Eso espero...

15 febrero 2008

EL CARNET Y YO: Episodio 1

Después de los examenes (desastrosos), para acallar mi conciencia, he me puesto con mi Proyecto Beta, que lo tenía algo así como abandonado.

Sí, esta tarde HE VUELTO a la autoescuela.

Lo primero que me he encontrado era lo único que quería evitar: la dueña-encargada-oloquesea. Esa mujer tiene un complejo, o un trauma o un algo, porque no es normal lo suyo. Me tiene fichada y bien fichada... ¡y eso que hace un año que no me paso por allí! Le encanta hacerse la macrosimpática y atenta, preguntándome si me he animado ahora que Cristina también se está sacando el carnet (me ha dejado a cuadros escoceses, ¿cómo sabe que nos conocemos?, y además, parece que lo dice en plan "que sepas que yo me entero de todo", y me da muy mal rollo porque me siento vigilada y controlada y no me parece nada simpática la mujer). En resumen: esa actitud suya de "madre de todos mis alumnos, pero madre guay, ojo" me pone de los nevios.

Así que he intentado pasar de su rubio oxigenado, sus mallas apretadas bajo un vestido dorado sencillamente indescriptible, y empezar a hacer test como una loca.

Meto mi D.N.I. Se abre la aplicación. Tienes 500 test sin hacer. Jo.

Se acerca la que a partir de ahora llamaremos MMQPDA (Mi Muy Querida Profesora de Autoescuela) y me abre los test programados. Que no me gustan. No me gustan nada. Quiero hacer los de verdad yaaaaaaaaaaa... Pero prefiero no empezar a discutir el primer día, porque si ella es simpatiquísima conmigo yo lo seré más con ella, y me pongo a hacer test programados de los cojones.

Por supuesto, ha sido un desastre porque no hacían más que aparecer señales que yo creo que NUNCA NADIE se las ha encontrado en la vida real, ni tampoco recuerdo haberlas visto en el manual... y he fallado indiscriminadamente en los diez primeros tests. Además me he abonado al cinco. ¡Cinco fallos en cada test! O-M-G.

Para colmo de males y para hundirme mi ya de por sí maltrecha moral, el maldito programa cada vez que acababa un test me mostraba el pésimo resultado en una pantallaza roja y una señal de "L" muy enfadada me apuntaba con un dedo acusador.

Sí, esa situación se ha repetido aproximadamente cada seis minutos, que era lo que tardaba de media en hacerme un test. Diez tests seguidos han tirado mi moral por los suelos y estaba a punto de abandonar.

Pero en ese punto, se apagó la luz.

En principio, pensé que era un dispositivo que lo desconectaba todo cuando se detectaba una pésima conductora en potencia, pero al final ha resultado que eran los plomos que habían saltado.

Así que cuando se reinició el ordenador, como MMQPDA estaba ejerciendo de madre enrollada con otro chico, yo me colé furtivamente en los tests que me gustan, los de verdad...

Entonces he descubierto que no siempre salía una pantallaza roja, sino que si tienes tres fallos o menos, hay una letra "L" sonriente que no te mira con los ojos entornados e inyectados en sangre.

Es decir: está claro. MMQPDA quería hundirme en la miseria con su sugerencia de empezar por los test programados. Así que no pienso fiarme de ella nunca más por el bien de mi moral y la consecución de mi firme objetivo. Ea.

13 febrero 2008

BOMBONES

Mi ex-jefe asoma su cabecilla por la puerta de mi despacho a la hora de comer. Levanto la cabeza de un montón de papeles por firmar. Me sonríe.

- ¡Adiós! - me saluda con toda la alegría del mundo, qué increíble buen humor tiene siempre este chico, es hasta insultante.

- ¿Dónde vas? - no puedo evitar preguntale, porque soy así de curiosa, qué le voy a hacer, es mejor aceptarlo de una buena vez.

- Me voy a comprarle a mi novia una caja de bombones.

- Oooooooooh... Qué bonito. A mí también me gustan los bombones.

Se lo digo por si no lo sabía, claro. Una una frase meramente informativa, aunque yo creo que algo de eso ya sospechaba, porque esta mañana puso la orejilla mientras le contaba a mi compañera que estaba traumatizada a cuenta de la Nutella... (Finalmente se acabó por una alguna misteriosa razón: estaba allí esta mañana y de repente ya no había nada de nada, sólo el bote de cristal y la etiqueta. Un gran enigma.)

Me guiña un ojo y se va silbando. Qué optimismo a mitad de semana, señores. Me deja sola en los despachos, el muy desconsiderado. Normalmente siempre se queda él conmigo y estamos un rato hablando hasta que yo me voy a comer un poco más tarde. Pero ahora, como se ha ido y la bandeja de documentos no es muy buena conversadora (demasiado reservada con sus cosas), adelanto mi hora de la comida.

Cuando yo vuelvo, a los veinte minutos, veo que ya está aquí.

- ¡Qué rápido eres!

Me sonríe por encima de la pantalla de su portátil. Estiro el cuello hasta lo indecible para cotillear si ha comprado una caja de bombones, marca, tamaño, presentación... Más que nada para meterme con él, por supuesto. Pero no veo nada. Igual se lo ha dejado en el coche en previsión de mi ataque frontal.

Tiene suerte, esta vez desisto: como veo que está ocupado, no le chincho un poco como tengo por costumbre (la secuencia es: comer, lavarme los dientes, chincharle un rato y volver al trabajo) y me voy a sentar. Pero, ¡sorpresa!

Una bolsita de bombones encima de mi teclado.

¿No es adorable este chico?

(Aunque sería totalmente adorable si de un puñado no se hubiera llevado la mitad, claro.)

12 febrero 2008

QUERIDO Dexketoprofeno Trometamol

Ayer, era una tarde de pijama y calcetines de felpa. Estaba tirada en el sofá. Los apuntes me tenían rodeada y me encontraba indefensa; pero estaba dispuesta a estudiar, pasase lo que pasase y a pesar de que:

a) Hacía una tarde estupenda, con un sol insultante que entraba por el balcón.
b) Se oían risas de niños que jugaban en la calle.
c) No tenía ganas de ponerme a ver correlaciones y covarianzas.
d) Me dolían MUCHO los ovarios (sí, encima con la regla).

Un panorama sólo calificable de desolador.

Lo único que me consolaba era un bote de Nutella a la mitad que había cerca de mí. De vez en cuando lo abría y lo olía, dejando que el aroma a chocolate y avellanas me pusiera de buen humor. Después lo cerraba otra vez, pensando que estoy un poco loca. Es la única explicación a mi comportamiento: esnifar Nutella de forma regular durante casi toda la tarde.

Pero eso no me alivió el dolor de ovarios.

Para nada.

De hecho, llegó un momento en el que estaba desesperada: intentando estudiar sintiendo a la vez como una mano invisible me estrujaba sin piedad los ovarios.

Había que solucionarlo.

Saqué mi caja de las medicinas buscando las pastillas. No había. Ohhhhhhhh... No podía ser. ¡¡¡NO ME QUEDABAN PASTIS!!! Rebusqué en la caja, luego en el bolso, luego en la mesita de noche, y luego en mi cajita de emergencia que estaba vacía. Volví a buscar de nuevo en todos los sitios posibles, añadiendo el estante del baño y los cajones de la cocina. Ansiaba ver la cajita blanca y verde que me quitara el dolor de ovarios (bueno, obviamente la caja sola NO me alivia, sino las pastillas que contiene, claro). Pero ni rastro.

Era una emergencia.

Así que a las seis y media de la tarde, a plena luz del día, bajé a la calle, osada de mí, en pijama, cubierta con mi abrigo para pasar medianamente desapercibida. No me imaginaba capaz de ponerme unos vaqueros helados que encima me apretaran el abdomen, así que ni lo intenté. Fui a la farmacia (que está cerca, gracias a Dior) a por cantidades industriales de (no pronunciar con la boca llena de polvorones) dexketoprofeno trometamol (Enantyum para los amigos). El único medicamento que me alivia el dolor de regla.

A las 18:34 estaba ingiriendo mis 25 miligramos de milagro, aunque lo que me apetecía era machacar la pastillita blanca hasta reducirla a polvo y metérmela cuanto antes. Pero no importa: el alivio fue casi inmediato. Veinte minutos después volví a ser una persona normal...

...hasta que mientras esnifaba otra vez un poco de Nutella, me acordé que había salido a la calle en pijama. Glups.

11 febrero 2008

MALA ALINEACIÓN DE PLANETAS

Los días han ido pasando y me he dado cuenta de que realmente he sufrido una concatenación de cosas no muy positivas que se me han ido acumulado, y como resultado ha sido este fin de semana encerrada en casa. Ha debido de ser una mala alineación de planetas, o algo así...

  • En el trabajo, el ambiente ha estado bastante tenso casi toda la semana. Al final parece que todo volvió a su sitio, como si no hubiera pasado nada, pero lo cierto es que siempre te queda un regusto amargo del ambiente que has ido respirando casi cada día. Al menos, a mí me pasa. La punzada que se te instala en la boca del estómago tarda en desaparecer, aunque personalmente da la sensación que los demás se olvidan de estas cosas de forma inmediata.

  • Estar lejos de mi niño lo llevo nada más que regular por no decir que fatal del todo, tengo que admitirlo a regañadientes incluso. No pensaba que me fuera a afectar tanto, a mí, que siempre me ha gustado tener mi espacio y de vez en cuando estar sola... Pero está claro que todo va bien si el cuando lo escojo yo y no las circunstancias. Además, no me ha dado tiempo a adaptarme, y el resultado es un sentimiento de soledad demasiado incómodo que me ha perseguido estos días.

  • Tengo la semana que viene el examen y no he sido capaz de meterme en la cabeza lo básico e imprescindible para aprobar, porque la tenía llena de otras cosas que reconozco que me preocupaban más. Como consecuencia de eso, a día de hoy me estoy planteando seriamente presentarme: no me gusta nada desperdiciar al buen tuntún una convocatoria. Pensar en que me puedo presentar dentro de unos meses me tranquiliza la conciencia por un lado y me llena de rabia por otro: no he sabido (mejor dicho, no he sido capaz de) aprovechar el tiempo que he tenido.

  • Como se supone que tenía que estudiar, me quedé en casa este fin de semana. Debería haber ido a casa de mis abuelos, a ver cómo estaba mi madre después de la revisión del Jueves pasado, pero no fui porque aún me quedaban temas que repasar. Ahora me arrepiento, claro, porque para lo que he hecho en casa podía haberme ido y al menos haber pasado tiempo con mi madre. Pero la realidad es que no he hecho ni una cosa ni la otra, con el consiguiente cargo de conciencia.

  • Como acto final, anoche me bajó la regla. Con un día de adelanto, lo que significa molestias físicas los próximos cinco días. Genial. Al menos tengo una explicación a mis reacciones de los últimos días: era el cóctel de hormonas que tenía circulando por mi torrente sanguíneo el que me ha hecho comportarme como una estúpida.

    Porque lo he sido, y no sólo por mi manera de afrontar las tensiones del trabajo (que no las he afrontado, sino que he dejado que me superen) o por no haber aprovechado bien el tiempo (es la frase que siempre me dice mi madre y que estos días no ha dejado de atronarme en los oídos). No sólo por eso. Al menos ahora soy consciente de lo que he hecho, también he dicho algunas cosas que no debería... Espero arreglarlo todo en esta semana que empieza...

    07 febrero 2008

    LA BURRA Y EL TRIGO

    Llevo el día torcido a cuenta del tema de marras de ayer.

    Esta mañana, me levanté decidida a dejar estar todo el asunto. Pensé que sería mejor dejar el día de hoy para que los ánimos se calmaran un poco e ir pensando en la estrategia a seguir y ya de paso utilizar en mi favor una realidad laboral: los Viernes todo el mundo está de mejor humor. Para empezar yo, que he de reconocer que seguía con el estómago un poco encogido por todo el lío que se montó ayer.

    De todas formas, cuando llegué al despacho, le comenté a mi ex-jefe todo lo que había pasado, en forma de anécdota, y va y me dice: "uy, si no hace ni un mes nos contestaron para un caso similar, que sí le correspondía el permiso por ley". Toma ya. Entonces me reenvió el correo con la respuesta que yo sabía que era la correcta, pero en clara contradicción con lo que me estuvieron diciendo (y desdiciendo y vuelta a decir) ayer.

    De todas formas, consideré más prudente pasar el tema a mi jefa. Como estaba indignadísima (como yo) por las respuestas que obtuvimos, casi aplaude al leer la evidencia de que habían metido la pata hasta el fondo. Por eso tardó más bien poco en contestar adjuntando la nueva información para respaldar nuestra postura y obtener de una buena vez lo que "es nuestro".

    Como tardaban en contestar, yo pensaba (cándida de mí) que lo que estaba pasando era que estaban recapitulando y que lo siguiente que veríamos sería una respuesta en plan: "sí, hemos metido la pata por contradecirnos entre nosotros".

    Nada más lejos de la realidad. El correo de respuesta fue de lo más borde que he leído en meses, así que automáticamente se me instaló un gran nudo en el estómago. Venía a insinuar que nosotras sabíamos la respuesta desde el principio (la información que ESTA MAÑANA nos había pasado mi ex-jefe) y que habíamos intrigado para que ellos dieran diferentes respuestas cuando al final la decisión era nuestra. Increíble, pero sobre todo mentira.

    Encima, lo habían expuesto de tal manera que parecía que nosotras éramos las liantas cuando todo lo hicimos para estar seguras por un lado, y para no decirles en su cara que son algo retrasados porque no saben ni interpretar una pregunta que está clara como el agua. Además, de sobra saben que jamás han permitido que se tome alguna decisión que afecte a su área por nuestra parte. Alucinante.

    Además, en el correo que rezumaba veneno iba en copia todo el mundo.

    Hay que joderse.

    Inmediatamente llamamos a S.J., que por supuesto iba la primera en copia y que imaginábamos que estaría soltando espuma por la boca pensando en que nosotras habíamos liado todo eso (porque cualquiera que no supiera de qué iba el tema sacaría en conclusión que somos lo puto peor). Menos mal que al final nos dejó explicarnos y se indignó tanto como nosotras. Yo me quedé más tranquila sabiendo que por lo menos parecía que nos había entendido, y en caso de que se liara más gorda -que todavía era posible- al menos tendríamos algo de respaldo.

    Después nos contó que el ambiente estaba tenso entre las dos áreas, y que al final pagábamos el pato los de abajo, lo cual me parece fatal; sobre todo porque nada de esto hubiera pasado si la primera persona que contestó hubiera leído bien mi correo (que no sabemos quién fue porque contestaron desde una cuenta genérica y no firman para nada).

    Claro, los de abajo no sólo pagamos el pato, sino que encima hay que bajarse las bragas y contestar al puto mensaje con concentración de bordería medio disculpándonos y indicando que simplemente preguntábamos porque teníamos la duda (cuando la realidad era que necesitábamos por escrito su autorización, pero bueno) y que la información aclaratoria nos llegó esta mañana (lo cual sabrían si se molestaran en leer un poquito mejor lo que escribimos). De todas formas, hemos intentado hablar con la autora de la sarta de chulerías para aclarar las cosas -hablando se entiende la gente, pero no estoy segura de que el dicho se pueda aplicar a las burras-, pero no ha sido posible porque estaba comunicando.

    Cuando yo me he venido a casa, el tema estaba en punto muerto y al menos el nudo en el estómago se me ha desecho un poco. Veremos mañana si todo sigue igual, con lo que el tema quedaría zanjado, o vuelve la burra al trigo (mira, qué adecuado).
    Ahora estoy algo más tranquila, pero sigo alucinada de ver lo cortita que es la gente, y sobre todo indignada de ver que son los que más arriba están (no hay nada como pegar un braguetazo, está claro). Así que dedicaré la tarde a olvidar el tema y a tomarme unos cereales, que el nudo en el estómago no me ha dejado comer hoy. Snif.

    06 febrero 2008

    TENSIÓN... Y UN POCO DE LLANTO

    Llevaba unos días tensa, pero no era consciente de que lo estuviera tanto.

    Y esta tarde estallé.

    Y lo siento.

    Estallé en forma de un torrente de lágrimas incontroladas que se empujaban las unas a las otras y me desbordaban los ojos. Me escocían las mejillas su paso y me temblaban los hombros por los sollozos. Menos mal que me pilló en casa, a salvo.

    El detonante quizá fue una tontería, pero siempre hay algo, aunque sea ínfimo, que nos hace darnos cuenta de que no podemos más.

    Estuve barajando durante varios días cual sería la mejor opción para que mi niño se pudiera ir unos días a casa debido a unos asuntos personales. Mi mayor fijación era escuchar sus necesidades y mirar de qué manera podía arreglarlo en el trabajo para que pudiera disfrutar de los máximos días de permiso. Lo único que quería era quitarle esa preocupación de encima, simplemente que no tuviera que pensar en eso. Ocuparme yo de ese tema, que es lo único que podía hacer...

    Para no tomarme un poco la justicia por mi mano, pregunté, por puro trámite, si lo que había pensado (y de sobra sabía que podía hacerse porque me había basado en las normas de la empresa y en casos anteriores), era viable. ¿Por qué lo hice así? Para curarme en salud, ir sobre seguro, y que nadie pensara que se había algún trato de favor por alguna parte.

    Para mi sorpresa, me responden por correo electrónico que no es posible. Releo la respuesta y me doy cuenta de que claramente no han leído mi pregunta, porque ni siquiera estaban contestando a lo que yo había planteado. Como había asistido a una reunión muy tensa que ocupó la gran mayoría de mi jornada laboral, echo mano del Plan B: le tramito unas vacaciones semi-urgentes para que pueda irse a casa esta misma tarde, in-extremis y encima metiendo prisa a los de Administración porque es tardísimo. Por fin consigo la autorización y me aseguro de que los dos días siguientes mi niño pueda estar con su familia.

    Arreglado un frente, llamo por teléfono para ver el motivo por el que no se puede disfrutar de un permiso que por ley le pertenece. Me atienden desde la sede central y me dan la respuesta que yo sabía que era la correcta. "Han debido entenderte mal", me dicen. Vale, entonces me quedo tranquila porque en teoría, tiene más días... Al menos puedo irme a casa con una buena noticia.

    Pero al llegar a casa, me llaman del trabajo diciendo que han mandado un correo desdiciendo lo que me habían confirmado por teléfono no hacía ni media hora. Entonces estallo. Estallo por la tensión, porque no entiendo este juego, porque cuando más me importa algo más dificultades encuentro, porque cuanto mejor quiero hacer las cosas más trabas me ponen, porque por querer ser legal obtengo el efecto contrario. Me arrepiento al instante de querer ir por el buen camino. Realmente hubiera sido más fácil dejarlo estar, autorizarlo yo misma (porque puedo) y no dar más explicaciones; seguramente nunca nadie me las habría pedido. Pero no. Es la segunda vez que me pasa: cada vez que quiero ir por el lado bueno, resulta que tendría que haber sido "más lista". Pues no lo entiendo. Cuanto más me esfuerzo por separar lo personal de lo profesional, peor me salen las cosas; y ya no sé qué es lo mejor.

    He pasado disgustada buena parte de la tarde, hasta que por fin se me han despejado un poco las ideas y al menos me he dado cuenta de que lo prioritario estaba conseguido: mi niño se había ido a casa y yo tengo dos días de margen para luchar con las ideas claras y conseguir lo que le corresponde.

    Lo único que me sabe mal es haberme puesto así delante de mi niño, ser una preocupación más para él cuando lo que yo quiero es justo lo contrario. Al menos me consuela saber que me conoce y que me ha entendido (con dificultad) cuando entre hipo e hipo le he dicho que estoy bien, sólo que algo nerviosa por todo y que cuando se me tuercen las cosas en momentos claves no reacciono muy serenamente que digamos.

    Es una manera suave de decir que soy un desastre...

    05 febrero 2008

    DIARIO DE UNA NIÑERA

    Acabé este libro hará cosa de un mes, ¡pero no me he acordado de reseñarlo!

    Bueno, el libro ha sido algo más flojillo de lo que me esperaba. "Diario de una Niñera" es una novela (dicen que autobiográfica) que narra en primera persona la experiencia de una niñera profesional y vocacional al servicio de una familia rica de Nueva York. Como es de esperar, el hijo único de la pareja está algo mimado y malcriado, la madre se lo tiene muy creído, el padre apenas hace acto de presencia en la lujosa casa. ¿Y cuál es el resultado? Que la niñera se convierte poco a poco en una criada: de trabajar a tiempo parcial pasa a ser la exclava 24/7 que no sólo cuida del niño, sino que también recoge la ropa de la lavandería, hace recados, tiene tareas dignas de una asistente personal de la madre... Todo con mucho cuidado de pasar desapercibida, no atreverse a dirigir la palabra al cabeza de familia, sin olvidar preparar a un niño de pocos años para entrar en el colegio más prestigioso de la ciudad... Lo cual es la meta, curiosamente, de los padres y no del niño, que seguro sería más feliz jugando en un parque...

    El libro trata en clave de humor estas situaciones del día a día, cada una más humillante que la anterior, y la lucha de la protagonista por conciliar vida personal y vida laboral. Está muy claro que debería renunciar a esta última (porque poco a poco es la única que tiene), pero, ¿cómo hacerlo sin dañar al pequeño, al que ha sido imposible no cogerle cariño?

    Para aquellos que les guste las novelas ligeras y escritas en clave de humor, esta responde a las espectativas básicas, es decir: narra situaciones con ironía y buen humor. La nota negativa es que hay que reconocer que en algunos momentos se hace algo lenta la narración y le falta dinamismo. Eso y el final es lo que no me gustó, ya que en mi opinión, es un poco precipitado. Da la sensación que todo el libro es una sucesión de anécdotas que se pueden extender hasta el infinito, pero que de repente cortan con una excusa y se da por zanjada toda la trama. Obviamente, de alguna manera tenía que acabar la historia, pero creo que se lo podían haber trabajado algo más. En definitiva, es una novela que está en general bien, pero que decepciona un poco al final.

    Para quien no quiera o no pueda meterse en la lectura del libro, está también disponible la película, protagonizada por Scarlett Johansson y Laura Linney. Como suele ocurrir, la película no reproduce fielmente lo que ocurre en el libro, por supuesto, aunque la línea temporal, por la lentitud de la novela y la duración de la película, se respeta bastante bien. A pesar de eso, sí es cierto que anécdotas se reducen. Las relaciones de la protagonista con su entorno, incluso sus propias circunstancias personales no son las mismas, imagino que para dar más juego y más peso a la historia. Igualmente, el final me decepcionó, aunque haya sido retocado.

    Tanto el libro como la película no pasan de ser entretenidos y poco más. La película es digna de ver en casa un Domingo en la sobremesa; y el libro es bueno para leer un par de anécdotas antes de dormir, pero no lo calificaría de best-seller. En mi opinión, ninguno de los dos productos (el libro primero y la película después) responden a las expectativas mediáticas creadas -sobre todo en los Estados Unidos-, que se basan principalmente en el morbo de saber que la historia está basada en vivencias reales de las autoras y aviva la curiosidad de saber quién es el matrimonio retratado en ella.

    04 febrero 2008

    LUNES DESOLADO

    Otro Lunes más en el que me parece que el fin de semana anterior se me ha evaporado y directamente desde el Viernes salto al Lunes. Encuentro la misma dificultad (o más) por la mañana cuando suena el despertador, me pesan los párpados y sigo teniendo los hombros muy tensos. Es como si el fin de semana no me valiera de nada: no recargo las pilas ni siquiera mínimamente. Lo peor es que no hago nada que me agote, los dos días han pasado más o menos tranquilos, así que esta sensación de cansancio arrastrada no tiene ninguna explicación... Por eso sospecho que sólo durmiendo dos días seguidos podré por fin decir que he descansado.

    Encima, esta mañana me he levantado con una sensación de desolación que no sé de dónde ha salido. Haciendo un esfuerzo he recordado qué he soñado antes de despertarme, buscando una explicación, pero sólo ha sido una historia completamente absurda que no logré conectar en modo alguno con la sensación que tenía esta mañana. Por fortuna, esa desolación se disolvió poco a poco en el agua caliente de la ducha, y los pocos restos que quedaron se han ido perdiendo entre la mecánica de los Lunes por la mañana...

    No me gusta descubrirme sensaciones que no sé qué las provocan, porque aunque haya ido pasando el día y parezca que todo ha sido una anécdota, lo cierto es que tiendo a pensar que no ha desaparecido, sino que se ha escondido y puede volver a salir... Estaría bien saber cómo combatirla si decide volver a asomarse por aquí.

    01 febrero 2008

    LAS MUJERES Y LOS BAÑOS

    Los Viernes, no sé porqué, cuando sales del trabajo lo haces como alma que lleva el Diablo. Hoy yo he salido un poco antes, y tan rápido que creo que me he dejado las neuronas allí...

    Como no se me ocurría nada que contaros, os dejo un texto que me llegó por correo electrónico, y he de reconocer que me he reído un montón...

    Porque además, me he sentido totalmente identificada con toooooodo esto. ¡Que lo disfrutéis!
    El gran secreto de todas las mujeres respecto a los baños es que de niña tu mamá te llevaba al baño, te enseñaba a limpiar la tapa del inodoro con papel higiénico y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza. Finalmente te instruía: "Nunca, nunca te sientes en un baño público".

    Y luego te mostraba la posición, que consiste en balancearte sobre el inodoro en una posición de sentarse sin que tu cuerpo haga contacto alguno con la taza.

    Esta posición es una de las primeras lecciones de vida de una niña, súperimportante y necesaria, nos ha de acompañar durante el resto de nuestras vidas. Pero aún hoy, en nuestros años adultos, la posición es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está a punto de reventar.

    Cuando tienes que ir a un baño público, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que dentro está Brad Pitt. Así que pides la vez y esperas paciente, sonriendo amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando piernas y brazos. Es la posición oficial de
    "me estoy meando".

    Finalmente te toca tu turno, pero siempre llega la típica mamá con
    "la niña pequeña que no se puede aguantar más" y aprovechan para saltarse ambas la cola, ¡con todo el morro! Entonces verificas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas. Todos están ocupados. Finalmente uno se abre y te lanzas casi tirando a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta que el picaporte no funciona (nunca funciona). No importa...

    Cuelgas tu bolso del gancho que hay en la puerta, y si no hay gancho (nunca hay gancho), inspeccionas la zona: el suelo está lleno de líquidos indefinidos y no te atreves a dejarlo ahí, así que te lo cuelgas del cuello mientras miras como se balancea debajo tuyo, sin contar que te desnuca la correa, porque el bolso está lleno de mierdas que fuiste metiendo dentro -la mayoría de las cuales no usas, pero que las tienes por si acaso-.

    Pero volviendo a la puerta... Como no tenía picaporte, sólo tienes la opción de sostenerla con una mano, mientras que con la otra de un tirón te bajas las bragas y tomas la posición... Alivio... AAhhhhhh... Por fin... Ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar... porque estás suspendida en el aire, con las piernas flexionadas, las bragas cortándote la circulación de los muslos, el brazo extendido haciendo fuerza contra la puerta y un bolso de 5 kilos colgando de tu cuello.

    Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza ni de cubrirla con papel. Interiormente crees que no pasaría nada pero la voz de tu madre retumba en tu cabeza:
    "¡Jamás te sientes en un water público!" Así que te quedas en la posición con el tembleque de piernas, entonces por un fallo de cálculo en las distancias una salpicada finíiiiiisima del chorro te salpica en tu propio culo y que ¡¡¡te moja hasta las medias!!! Tienes suerte si no te mojas tus propios zapatos, y es que adoptar la posición requiere una gran concentración.

    Para alejar de tu mente esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico peroooo... ¡El rollo esta vacío! (SIEMPRE) Entonces suplicas al Cielo que entre los 5 kilos de trastos que llevas en el bolso haya un miserable kleenex, pero para buscar en tu bolso tienes que soltar la puerta... Dudas un momento, pero no hay más remedio... Y en cuanto sueltas la puerta, alguien la empuja y recibes un portazo que tienes que frenar con un movimiento rápido y brusco, sin miramientos, o todo el mundo te verá semi-sentada en el aire con la bragas por la rodilla. ¡¡NO!!

    Entonces gritas: ¡¡¡O-CU-PA-DOOOO!!!, mientras continúas empujando la puerta con tu mano libre. Das por hecho que todas las que esperan en el exterior han oído tu mensaje y ya puedes soltar la puerta sin miedo, nadie intentará abrirla de nuevo (en eso las mujeres nos respetamos mucho). Te dispones a buscar tu keenex sin agobios. Te gustaría usar más de uno pero sabes lo valiosos que son en casos similares y te apañas con uno por si acaso.

    En ese preciso instante se apaga la luz automática del baño. ¡En un cubículo tan reducido no puede ser tan difícil encontrar el interruptor! Das la luz de nuevo con la mano del kleenex porque la otra sigue sujetando tus bragas. Vas contando los segundos que te quedan para salir de allí, sudando porque llevas el abrigo puesto ya que no hay perchero (y es que hay que ver el calor que hace en esos sitios tan pequeños), y en esa posición de fuerza en la que sigues, con los gemelos a punto de estallar.

    Sin contar el cabreo que llevas por el portazo, el desnuque con la correa del bolso, el sudor que corre por tu frente, la salpicada del chorro en las piernas y en las medias, que todavía están mojadas... Y el recuerdo de tu mamá que estaría avergonzadísima si te viera así... Porque su culo nunca tocó el asiento de un baño público, porque francamente,
    "tú no sabes qué clase de enfermedades podrías pillar ahí".

    Pero la debacle no termina. Estás exhausta. Cuando te pones de pie ya no sientes las piernas. Te recolocas la ropa rápidamente y tiras de la cadena, ¡sobre todo! Y si no funciona preferirías no salir jamás de ese baño, ¡qué vergüenza! Entonces sales al lavamanos.

    Todo está lleno de agua, así que no puedes soltar el bolso ni un segundo. Lo cuelgas al hombro. No sabes cómo funciona el grifo con los sensores automáticos, así que tocas hasta que sale un chorrito de agua fresca... y consigues jabón, te lavas en una posición de jorobado de NotreDamme para que no se resbale el bolso desde tu hombro y acabe en el lavabo bajo el chorro automático. El secador de aire es un trasto inútil, así que acabas secándote las manos en tu falda, ¡porque no piensas gastar otro kleenex para eso! Y por fin sales pasando junto a la línea de mujeres que aún están esperando con las piernas cruzadas y en estos momentos eres incapaz de sonreír cortésmente, consciente de que has pasado ahí una eternidad.

    Tendrás suerte si no sales arrastrando un trozo de papel higiénico pegado a tu zapato de la longitud del río Mississippi; o peor aún... ¡con la falta arremangada pillada por tus medias que te subiste a la velocidad de la luz y enseñando el culo!

    Y sales.

    En este momento ves a tu chico que ha entrado, usado y salido del baño de hombres y que tuvo tiempo de sobra para leer "El Quijote" e incluso "La Biblia" mientras te esperaba.

    -
    ¿Por qué tardas tanto? - te pregunta irritado.

    -
    Había mucha cola... - te limitas a decir.

    Y esta es la razón por la que las mujeres vamos en grupo al baño: por solidaridad. Una te aguanta el bolso y el abrigo, la otra te sujeta la puerta, otra te pasa el kleenex por debajo de la puerta y así es mucho más sencillo y rápido, ya que tú solo tienes que concentrarte en mantener la posición, y la dignidad.