29 abril 2008

Mi primer aparcamiento...

Ayer, cuando giré la esquina de mi calle, me encontré una sorpresa en forma de zanja avanzando a todo lo largo de mi acera. Y el coche que dejamos en la calle justo en el medio de todo el meollo. El único que quedaba aparcado en ese lado.

Obviamente, había que quitarlo de allí a la mayor brevedad. Sondeé a los obreros para ver cuándo margen de tiempo tenía, vista la velocidad a la que parecían avanzar, pero luego ví que como era media tarde no había muchas ganas de aguantar el ritmo, así que me dijeron que para el día siguiente en esa acera no debía haber ni un sólo coche.

Ahí empezó el problema, porque:

a) El dueño del coche, poseedor de UN carnet de conducir, estaba en Alicante.
b) Yo misma, poseedora de CERO carnet de conducir, estaba al lado del coche en cuestión.

Al sujeto a) no parecía venirle muy bien volverse desde Alicante para mover del coche, y la sujeta b) estaba tan de los nervios que no se atrevía a mover el coche de allí, en pleno núcleo urbano y con coches pasando cada dos segundos. Pero una cosa estaba clara: la sujeto b) tenía el marrón encima, mientras que el sujeto a) estaba tan ricamente dando un paseo por la playa.

Decidí que lo más sensato sería echar mano de alguien que tuviera carnet, que de tres volantazos y medio cambiara el coche de sitio y asunto arreglado. Pero las cosas no iban a ser así de fáciles, no. La Ley de Murphy empezó ahí: todo el mundo estaba o muy ocupado o muy lejos o ambas cosas a la vez, y yo cada vez estaba de peor humor. Así que le eché perendengues al asunto y cogí las llaves del coche (¡menos mal que la de repuesto estaba aquí!): yo solita iba a coger el coche y quitarlo de enmedio.

Lo primero fue una inspección a pie de los alrededores. Encontré un hueco suficientemente holgado como para que pudiera meterlo sin problemas y recé para que cuando yo llegara con el coche el bendito espacio vacío siguiera ahí. Así me evitaba ver un hueco y:

- Entusiasmarme primero y desinflarme después porque hay un vado, o...
- Emperrarme en que el coche cabe, cuando claramente sólo entraría una bicicleta.

Lo único malo es que el hueco estaba a mi izquierda, y nunca había aparcado antes a ese lado. Rectifico: nunca antes había aparcado, sólo había metido el coche en la plaza de garaje, debidamente aislada de otros usuarios y bajo la atenta mirada del dueño del coche.

Me monté en el coche dispuesta a conquistar el hueco descubierto unos metros más adelante. Arranqué el coche y estiré el cuello como un pollo de perdiz para ver si venían coches o podía incorporarme. La Ley de Murphy intervino de nuevo: pasaron todos los coches del mundo por esa calle en ese preciso momento, mientras el tic-tac del intermitente me ponía más de los nervios si cabe. Estaba barajando seriamente la posibilidad de bajarme del coche y poner una de las vallas amarillas de las zanjas cortando la calle para que pudiera acabar con mi odisea particular, cuando descubrí un lapso de tiempo entre coche y coche y pensé que o aprovechaba las circunstancias o se me hacía de noche esperando el momento ideal.

Metí primera y solté los pedales esperando que el coche lógicamente fuera hacia delante, pero iba para atrás. Frené y pensé que igual con los nervios me había equivocado de marcha, pero luego me acordé de algo que sólo eres consciente siendo un conductor novato dentro de un coche presa del pánico: la calle está ligeramente en cuesta y hay que tenerlo MUY en cuenta. Por fin pude hacer que el coche avanzara como tenía que ser y me incorporé a la circulación sin incidentes (olvidando quitar el intermitente, claro, ya me había acostumbrado al sonido y ni me percaté de eso).

Avancé por toda la calle buscando mi preciado hueco con la mirada. El camino que en cinco minutos había recorrido a pie serenamente, con los nervios se había multiplicado por diez y aquello me pareció el Paseo de Castellana en toda su longitud. Pero al final vi el hueco que milagrosamente seguía allí, y me dispuse a aparcar en plena calle.

Sí, por primera vez en mi vida, yo solita, con mis dos pies para tres pedales, mis dos manos para un volante y una palanca de cambios, mis dos ojos para tres espejos y varias ventanillas y todos mis nervios. Y un mínimo de tres coches detrás, por supuesto (seguramente serían más, pero pasé de contarlos).

Puse el coche paralelo al de delante de mi hueco. Recordé aquello de culo-con-culo y metí marcha atrás. Sorprendentemente, aquello iba como la seda. Moví el volante con suavidad y maniobré con cuidado. El coche estaba razonablemente bien metido en el hueco, y ya no estorbaba a ningún coche, lo cual fue un alivio considerable. Ahora sólo faltaba colocarlo bien.

Una vez que ya estás metida en faena, que tienes todo el tiempo del mundo para colocar bien el coche, que sabes que no molestas a otros conductores, y que eres consciente que la ley de la gravedad tira del coche en tu contra, puedes pensar con claridad qué hacer y cómo hacerlo. Resultado: de un sólo movimiento dejé el coche perfectamente aparcado.

Así que lo que fue el aparcamiento en sí me costó dos miserables maniobras, la de marcha atrás para meter el coche y luego otra enderezarlo un poco. Me bajé a comprobar si me había quedado muy lejos de la acera o si me había acercado demasiado a los otros dos coches, pero no: había sido mi primer aparcamiento sola y no había estado nada mal. Aún me temblaban las rodillas, pero había salido triunfante.

Así que volví a casa dando saltitos y todo de contenta del resultado de la experiencia, aunque un pelín atacada todavía. La Ley de Murphy dio un último coletazo, porque justo en la acera de enfrente del sitio donde estaba antes el coche había un gran y enorme espacio para aparcar que me hubiera ahorrado buena parte del berrinche.

De todas formas, después de esto sospecho que me va a costar la vida sacarme el práctico (si los de la autoescuela se dignan a llamarme un día de éstos, claro).

28 abril 2008

Moros y Cristianos

Este fin de semana nos hemos ido a un pueblo de Granada a la fiesta de Moros y Cristianos, y nos lo hemos pasado genial, como sólo se lo puede pasar uno en un pueblo en fiestas.

A pesar del calor que empezaba a picar, disfrutamos muchísimo con el ambiente. El pasacalles fue precioso y brillante. Es impresionante la cantidad de gente que participa en él, ¡casi todo el pueblo! Y todos con trajes a cual más vistoso. Buscamos un sitio estratégicamente colocado, resguardados del sol, y nos aprovisionamos de granizado de limón y agua. Estuvimos algo más de dos horas casi sin darnos cuenta, viendo pasar la gente del desfile, y aunque suene un poco pesado, la verdad es que no se hizo cansado para nada. Nos gustó más la parte mora, los cristianos andaban un poco desperdigados, pero aún así fue estupendo (además, no debe ser nada fácil coordinar un pasacalles con más de quinientas personas y al menos seis bandas de música). Para ver fotos profesionales y hacerse una idea, qué mejor que curiosear por aquí.

Para sentirnos bien integrados, nos hicimos con una chilaba y ya fuimos totalmente autóctonos. Estuvimos dando una vuelta por el pueblo, y había gente por todas partes: paseando, en los chiringuitos, sentados en el suelo... Un ambientazo. Fuimos a ver la preparación del arroz en la parte alta del pueblo (más de 25 paelleras al fuego), luego la plaza donde se reparten los platos -por la parte mora-, y la zona de las migas -por la parte cristiana- estaba un poco escondida y apenas vimos nada.

A la hora de comer, este año hubo un cambio, ya que en lugar de estar todos en el pueblo, fuimos a una parcela de la familia de mis primos que está a un par de kilómetros en las afueras. Fue de lo mejor que pudimos hacer. Como está apartado del pueblo y es una parcela privada, yo esperaba que nos juntáramos poca gente, la familia y algunos amigos. Pero no. Daba igual que hubiera que andar bajo el sol un trecho para llegar: se había montado un chiringuito a rebosar de gente. ¡Más tarde apareció una charanga y todo! La cerveza fresquita no faltaba, ni los refrescos, y había bandejas de comida por todas partes... Estar al aire libre con el bullicio de gente fue estupendo.

Costó un poco volver a casa después de todo el jolgorio, pero como nos dejáramos caer en algún sitio cómodo a la sombra, después de todo lo que habíamos comido... Estábamos perdidos. Así que haciendo de tripas corazón a media tarde nos volvimos para casa de vuelta a la realidad, pero con un inmejorable sabor de boca y ya pensando en el año que viene...

25 abril 2008

La Debacle 1/2

Tras la Debacle del Vestido (o sea: comprarte un vestido que realmente NO necesitas, pero que por otra parte tiene múltiples ventajas como que está genial de precio, que te sienta como un guante, que es muy ponible y que encima te hace sentir sexy, ¿qué más se puede pedir?), fuimos a La Gran City para buscar en una agencia de viajes un hotel para un compromiso que tenemos en Mayo.

Lo malo es que la agencia estaba al lado de una zapatería que me gusta mucho, de hecho me quedo parada siempre que paso -afortunadamente no muy a menudo- porque es una alegría el escaparate que tienen (y una tristeza los precios).

Como tenía tiempo, pensé que no pasaba nada si antes de meterme en faena miraba algún zapato adecuado a mi nuevo vestido.

Entonces los ví.

Ví unos zapatos preciosos, que en seguida pensé que me vendrían genial, ya que era mi idea materializada en piel cosida a mano. No puede evitar probármelos, y me estaban estupendos (siempre te sientan bien las cosas que no tienes pensado comprarte, pero como expresamente hayas ido a buscar lo que sea, sabes de antemano que no encontrarás nada decente). No quería una Debacle II, así que me fui a la agencia de viajes a gestionar el tema por el que me había dejado caer por La Gran City, intentando olvidar el par de zapatos.

Cuando salí de la agencia (sin nada de lo que originariamente había ido a buscar), me reuní con mi chico (as known as La Voz de Mi Conciencia Económica) y nos metimos otra vez en la zapatería. El cántaro (yo) volvía a la fuente (la zapatería).

Le señalé los zapatos de marras. Él los miró, les parecieron bonitos y caros. Lo dijo con la tranquilidad que sólo un hombre heterosexual puede tener, y mi entusiasmo de desinfló un poco. Realmente lo que yo quería era que me dijera: "sí, son bonitos y caros, PERO NO IMPORTA, son ideales: ¡adelante, cómpratelos!"

Lo cual no pasó, claro.

Pero sí señaló otros: "¿qué tal esos?"

Eran primos hermanos de los anteriores, y sólo habíamos mejorado en 6 euros, supongo que porque tenían menos material (estos tenían la puntera abierta). Pero eran primos hermanos, insisto, NO ERAN gemelos clónicos, la única familia que en mi fijación podría admitir. También me los probé, pero no me convencieron mucho, quizá porque ya estaba imaginándome con los otros puestos.

Como último recurso, opté por fotografiar con el móvil los dos pares de zapatos para enseñárselos a mis amigas, en busca de una frase alentadora que dijera algo así como: "¡los primeros son más bonitos para tu vestido!".

Tampoco ha pasado (nadie comparte mi opinión).

Así que ahora soy un mar de dudas.

Tengo miedo de volver a la fuente, porque me voy a romper (o sea: voy a caer en la tentación de comprarme los zapatos que me gustan y acto seguido, cuando sea demasiado tarde, me voy a arrepentir porque voy a pensar que el resto del mundo tenía razón y los otros zapatos eran más adecuados al vestido o peor aún: en una zapatería cercana veré otros que me gustarán más y la mitad de caros y ya no podré dar marcha atrás, por lo que iré incómoda por un lado y enfadada por otro porque encima me habré gastado una pasta en unos zapatos que no me llenan y eso es del lo peor que me puede pasar dado mi carácter un pelín obsesivo con este tema).

En resumen: sigo sin zapatos...

24 abril 2008

¡Mi día libre!

Después de mucho pensar, como si fuera una decisión trascendental en mi vida, decidí pedirme el día libre.

Increíble.

Primero por mi política personal de NO pedirme los Viernes. ¿Por qué? Muy sencillo. Primero, porque los Viernes en el trabajo me rasco la castaña a dos manos no tengo mucho que hacer, y segundo, sabe mucho mejor no madrugar un Lunes que un Viernes. Un Viernes es como un Sábado un poco descafeinado, así que no luce tanto un día libre en Viernes como en Lunes.

También me sorprendí a mí misma cuando le dije a S.J. que me tomaba el día, porque le tengo un poco de fobia a eso de quedarme sin días sueltos libres pendientes. Siempre puede sugir algo especial que te haga tener que usarlo, y tomármelo porque sí no es mi estilo. Pero ya daba igual, al fin y al cabo el Jueves siguiente generaré otro día y puede que a mediados de Mayo también, así que mi estado de angustia mental de oh-my-god-no-me-quedan-días acabará pronto, aunque aún tengo algo de intranquilidad...

Pero después de la semana que he llevado, pensé que me merecía una mañana en la que pudiera dormir de un tirón tanto como quisiera (sólo espero que mi cuerpo me deje dormir y no se despierte como suele hacer los fines de semana, me da mucha rabia), un desayuno tranquilo en el sofá (y no de pie en la cocina mientras preparo los tupper de comida para llevarme), una ducha sin prisas (y no con la angustia de que si disfruto un minuto más el agua caliente llegaré muy tarde), y una comida recién hecha entre semana en casa, en un plato de verdad, ¡y con vasos!

Me lo he ganado.

23 abril 2008

Después de la calma, ¿por qué hay tormenta?

Han pasado ya tres días desde que abandoné el paraíso.

Jo.
Intento recrear otra vez la tranquilidad de la que disfruté el fin de semana. La lluvia no dio tregua, pero no me importó en absoluto. Me limité a disfrutar de la habitación calentita y del sonido de la lluvia cayendo sobre los árboles, tumbada en la cama mirando el techo abuhardillado revestido de madera, hasta que me quedé dormida de puro relax. Me hizo feliz el simple hecho de abrir la ventana y oler a tierra mojada. Me encantó sentir el aire frío pero limpio en la cara. Me puso de buen humor escuchar pájaros a escasos metros de la ventana. Me sentó genial un paseo matutino por los valles de la sierra, aunque estuviera nublado y lloviendo, pero la luz era especial, los sonidos únicos... Por no hablar de las croquetas de chocolate, la leche frita y una comida exquisita en general.


El problema es que la vuelta a la rutina sólo merece el calificativo de brutal. No sé en otros trabajos, pero en el mío, el Lunes tiene una carga de trabajo difícil de llevar por dos personas, pues una ya ni te cuento. Estuve hasta arriba de trabajo todo el día, pero lo que peor llevé fue que mi equipo, en lugar de apoyarme y dejarme un poco tranquila, se dedicó a tocarme los cojones (en bloque) y a presionarme. Lo que no hacen nunca, debieron pensar que era una buena idea empezar precisamente este Lunes.

El resultado fue un par de contestaciones mías bastante bordes y un gran berrinche por mi parte, con llorera de rabia incluida. Esa misma rabia me hizo quedarme dos horas más de mi jornada para acabarlo todo y que nadie me pudiera decir nada. Sé que no debería importarme en absoluto, que si las tareas no se terminan un Lunes ya se acabarán un Martes (o el Miércoles, o el Jueves...), que me he quedado sola y que no soy SuperWoman, peeeeeeeeeeero... Soy así de terca y orgullosa, qué le vamos a hacer. Sólo yo salgo perdiendo, es verdad. Normalmente hubiera cerrado la puerta y me hubiera ido a casa importándome tres pepinos todo, pero esta vez no fui capaz.

Así que ayer llevaba la resaca emocional del berrinche del Lunes, que se tradujo en un cansancio impresionante ¡un Martes! Todo un récord. Me encontré con mi equipo bastante suavón, después de verle las orejas al lobo el día anterior, pero era demasiado tarde porque el berrinche lo tenía ya a mis espaldas. Lo bueno es que me dejaron en paz y puede hacerlo todo a tiempo, incluso salí a mi hora.

Hoy sólo le pido al Miércoles que pase tranquilo. Mañana ya viene M.J., y llevo toda la mañana barajando la posibilidad de pedirme mañana el día libre, simplemente para descansar (ni siquiera con vistas a unirlo al fin de semana). Pero no sé qué hacer, ni si me dejarán tomármelo, claro. De momento, todo está tranquilo, y sobre todo, recordando este fin de semana, las cosas parece que mejoran por momentos...

19 abril 2008

Premios...

La verdad es que no soy nada ducha en esto de los premios que se dan a los blogs, pero quería agradecer a dos bloggeros que pensaran en mí a la hora de otorgar los blogs. Sobre todo, agradezco las palabras que habéis tenido para explicar por qué mi blog es merecedor de una distinción así. Me ha emocionado mucho y alegrado más aún. GRACIAS.

Señor Oscuro pensó que mi blog se merecía un Premio Dardo, tan bonito como éste, que además enlaza con el post donde los entregó (hace ya un tiempecillo, lo cual quiere decir que me merezco otro premio a la más tardona de todas).

Y Palito de las Orejas decidió que mi blog es brillante, y de ahí este premio que muestro con odgullo y satisfacción, además que viene muy adecuado con el diseño de mi blog (que por cierto debería revisarlo y mejorarlo un poquito).












P.D.: Ya sé que lo he hecho con bastante retraso, y espero que me entendáis si declino amablemente elegir a los bloggeros que por mi parte se merecen un premio, porque son muchos y me da un poco de miedo olvidarme de alguno...

18 abril 2008

¡Por fin Viernes!

Adoro los Viernes por la tarde. Cuando dan las 16:00 de los Viernes y salgo del trabajo, siempre me invade una sensación de alivio a la vez que soy consciente de lo realmente cansada que estoy.

...y me paso la tarde en casa, en el sofá. En pijama. Debajo de una mantita. Viendo alguna serie, leyendo, escribiendo... O simplemente descansando, y este Viernes en concreto escuchando la lluvia, que me relaja mucho. Disfruto de la tarde y veo cómo la luz cada vez es menor y llega la noche, y no tengo prisa por irme a dormir porque por la mañana no tengo que madrugar.

Mañana nos vamos de escapada aquí. El tiempo no nos acompaña para nada, pero me da igual. Sólo quiero salir de aquí y desconectar. No me importa si sigue lloviendo, porque podré abrir la ventana y aspirar uno de mis olores favoritos: a tierra mojada. Podré despertarme con el canto de los pájaros y con el olor a tostadas recién hechas. Llevo esperándolo toda la semana...

17 abril 2008

...y la semana que viene más.

Llevo una semana fatal.

Y que eso lo diga ya un Jueves a primerísima hora de la mañana, pero pensándolo desde el Martes, es bastante representativo.

La semana pasada, con mañanosidad y alevosía, mi jefecilla (en adelante M.J.) me dijo que se cogía unos días de vacaciones, si yo no tenía pensado irme. Le dije que no, y antes de que hubiera acabado la frase (que mira que era corta), ya las tenía autorizadas, tramitadas y firmadas.

Eso quería decir que me hacía trizas mi planning del mes, porque en estos días yo tenía pensado hacer tranquilamente el cuadrante, y he tenido que hacerlo a lo mecawendiez en los inexistentes pocos huecos que he podido encontrar. Por no mencionar que el trabajo se me ha multiplicado como mínimo por dos.

Pero lo que está claro es que la mala suerte se me ha multiplicado por cinco.

Sólo cuando me quedo sola es cuando aparecen de la nada problemas que no he tenido en meses, que además tienden a aparecer a las nueve de la noche cuando ya estoy harta de día y repantingada en mi sofá. Por eso el Sábado por la mañana tuve que estar pendiente del teléfono y del correo (porque no estaba dispuesta a ir al trabajo) y no respiré tranquila hasta que a las 16:00 todo el mundo se fue a su casa y el problema se acabó. Por eso he tenido la oreja roja y a punto de caerse por estar todo el santo día pegada al teléfono porque el cliente ha entrado en su fase histérica y se consuela llamando cada media hora para informarse de los resultados. Y por si fuera poco, lo que ocurrió el Martes me puso tan mal que ayer Miércoles estaba bajo mínimos y funcionaba con el piloto automático.

Por eso ayer me pasé el día contanto lo que quedaba para que los días de vino y rosas de M.J. se acabasen, y coincidentemente los míos de estar harta de todo también. Además, tenía previsto cogerme el siguiente Lunes para disfrutar de un día laborable sin tener que ir a trabajar...

Quedaban exactamente algo más de 17 horas (afinando mucho, diría que fueron unos 61800 segundos) para que entrara por la puerta otra vez como una aparición/materialización-del-alivio, cuando llama S.J. al móvil que tan aborrecido tengo ya.

- Si, oye, recuérdale mañana a M.J. que la semana que viene tiene el curso aquel que os dije, ¿vale?

Jopechines.

El maldito curso de Resolución de Conflictos que se organizó hace ya cinco meses, que en principio iba a ir ella (por las fechas), luego lo aplazaron e iba a ir yo (también por las fechas), y luego lo volvieron a aplazar por última y definitiva vez al 21, 22 y 23 de Abril, y en este caso volvía a ir ella (ummmmm, ¿sería por las fechas?).

Ni me acordaba. O sea, que tendré que repetir la semana que viene (esta vez mejor organizada porque al menos tengo tiempo material de replanificar todas las tareas y no andaré con el tiempo justo), y ella estará en el curso de Resolución de Conflictos y yo tendré conflictos en curso.

Una injusticia muy grande.

Que no es por el curso, ojo, es por irme un par de días, estaría "trabajando" oficialmente pero sin mirar/contestar/seguir ni un sólo correo, estaría a trescientos kilómetros de la combinación "mi ordenador" + "una bandeja hasta arriba de papeles" (pero a escasos metros de S.J., sí, poner esto en la lista de cosas negativas). Sería una especie de respiro, que realmente creo que me lo he ganado.

Pero... Creo que más bien lo que me toca es olvidarme de mi día libre y lidiar con todo sola otra vez.

Jo.

15 abril 2008

LAURA

Entre los seiscientos trabajadores de la empresa donde trabajo, hay una chica que se llama Laura. Tiene 22 años. Hace relativamente poco que entró a trabajar con nosotros, algo más de tres meses si no recuerdo mal. Es rubita, y las veces que me he cruzado con ella estaba sonriendo. Sé cuál es su nombre completo y unos pocos datos sueltos que escribió en su currículum. Trabaja en turno de tarde, y se preocupa por hacerlo bien. No sé nada más de ella. No sé dónde vive, ni qué le gusta, si tiene novio... No sé nada de ella en lo personal. Simplemente nos une un pequeño hilo, una relación laboral, una sexcentésima parte del vínculo que tengo con el resto del personal de la empesa con el que no trabajo codo con codo.

Pero esta mañana ese fino hilo se ha roto.

Su joven corazón dejó de latir.

Cuando me lo han dicho, he sentido que me temblaban las rodillas. Las noticias iban llegando con cuentagotas y el puzzle se iba formando. El Viernes se encontró mal. Fue al médico. El médico le recetó un medicamento contra el asma (tenía antecedentes). El Sábado vino a trabajar. Le comentó a sus compañeros que no estaba bien. El Domingo volvió a Urgencias, pero ya era demasiado tarde.

Esa fue la última pieza.

Lo que tuviera (el diagnóstico cambia según la persona que te lo cuenta, pero al parecer fue una embolia pulmonar que los médicos no supieron ver) se complicó con un ataque al corazón que la dejó en coma hasta que esta mañana no pudo más.

Y yo, como máxima representante de la empresa en esos momentos, esta tarde me personé en el tanatorio como complemento de un telegrama de condolencia y una corona de flores. Armándome de un valor inexistente, me presenté allí, y me encontré con un padre destrozado que me abrazaba como si así pudiera entender algo, agradeciéndome que hubiera ido, y preguntándome con los ojos si todo era una pesadilla.

Pero no lo era, desgraciadamente. No logré que alguna palabra saliera de mi boca, no encontré una frase de consuelo. Qué le vas a decir a un hombre que siente que le han arrancado un trozo de vida.

No he podido dejar de pensar en todo el día. No he podido apartar de mi cabeza el remolino de rabia y pena de la familia, porque una vez fue mío. No he podido entender nada. Sólo siento un peso en el corazón y una tristeza, un sentimiento de impotencia que me perseguirá un tiempo, hasta que con un suspiro pueda asimilar que la vida es así de injusta, pero que sigue... De mejor o peor forma, la vida continúa.

Sin tí, Laura. Descansa en paz.

14 abril 2008

AGENDA LLENA

Cuándo me alegra haber pasado este fin de semana en casa. He mirado el calendario y los siguientes fines de semana están ocupados:

  • El próximo, una escapada al campo.
  • El siguiente, fiesta de Moros y Cristianos.
  • Al otro, Cruces de Mayo.
  • A continuación, un fin de semana de respiro (por ahora).
  • Después, la feria local.
  • Al siguiente, la comunión de la hija de mi prima.
  • Y por último, el bautizo de Andrea.

  • Sólo de pensarlo me agota.

    Debería entusiasmarme tanto plan positivo, pero la realidad es que me agobia un poco tener la agenda tan llena. Me resulta un poco difícil sólo tener un fin de semana libre a la vista en los próximos dos meses.

    Creo que no hay ninguna posibilidad de que aparezca de la nada un fin de semana entre medias de tanto compromiso, ¿verdad?

    13 abril 2008

    FIEBRE DEL VIERNES NOCHE

    El Viernes por la noche quedé con unas amigas para ir a cenar y salir un rato.

    Debió ser que todos los planetas del Sistema Solar se alinearon, porque llevamos mucho tiempo intentando quedar pero no había manera, por nuestros horarios, compromisos y ganas. Por fin quedamos en plan tranquilo (porque esa es otra: nunca estamos muy de acuerdo en el plan que debemos montar, una quiere algo tranquilo, otra en plan destroyer, otra quiere girls-only, otra prefiere quedar con un montón de gente, y al final ganó la opción de cena tranquila girls-only).

    Cuando llegó el momento de prepararme, las ganas se me habían ido de paseo. Llevaba una semana de locos y estaba muy cansada, el cuerpo sólo me pedía ponerme el pijama, meterme en la cama y ver algo en la tele hasta quedarme dormida. Pero en lugar de eso rememoré "los viejos tiempos" con el típico ritual pre-salida nocturna: me puse música mientras me arreglaba tranquilamente. Hacía un montón de tiempo que no salía con mis amigas como cuando estaba en la Universidad, y caí en la cuenta de que lo echaba de menos.

    Con media hora de retraso con respecto a la hora prevista -como pasa siempre que quedo con ellas, es algo que me irrita mucho, ¿por qué les costará tantísimo ser puntuales?- por fin nos reunimos en la puerta del restaurante. Nos lo pasamos genial. Hablamos de todo y nos pusimos al día. Yo estaba encantada. Me reí, les conté mis cosas, ellas las suyas, cenamos muy bien, nos hicimos fotos, estuvimos analizando el grupo de chicos de la mesa contigua, el vino estaba delicioso, los postres exquisitos... Se me había olvidado que cuatro horas antes me había estado arrepintiendo de quedar un Viernes por la noche. Por primera vez en los últimos días estaba relajada y eso fue lo mejor de la noche.

    Estar con estas amigas me sienta muy bien. Me conocen, me entienden y siempre están ahí. Al principio hablamos sobre todo del trabajo (donde nos conocimos hace ya cuatro años), que ahora mismo es lo que más alterada me tiene. Comprendieron todo lo que les conté sin esfuerzos, consiguieron afianzarme un poco más y me sentí como si se hubiera deshecho un poquito el nudo que tengo en el estómago últimamente. Luego pasamos a otros temas y a mitad de la cena yo ya estaba mucho más contenta.

    Después nos fuimos a tomarnos una copa. El ambiente estaba un poco flojo porque no había mucha gente (rarísimo para ser un Viernes por la noche), lo que a mí me gusta porque no me resulta cómodo estar en un pub donde hay que defender tu escaso espacio vital a codazos. Estuvimos charlando un rato, hasta que tocó retirada. Una de mis amigas trabajaba seis horas después y las demás teníamos la semana sobre los hombros y los párpados se nos caían, y no sólo por el rimmel.

    A las dos y media ya estaba en casa, en el proceso de desmaquillaje (¡qué pereza!), cansada pero contenta. Me autoprometí que debo luchar un poco más para que estas salidas se vuelvan a repetir, porque realmente no sé por qué hacemos con poca frecuencia las cosas que nos gustan y nos sientan bien...

    12 abril 2008

    CÓDIGO DE BARRAS

    Gracias a Sergio, que también tuvo algunas dificultades para conseguir un iPod, he descubierto un sistema para identificar un blog y a la vez conocer otros blogs.

    El Número de Serie de Blogs de Internet (en inglés quedan las siglas ISBN) es un código (que puedes elegir siguiendo un par de premisas) que identifica tu blog, sea cual sea el soporte que se utilice. Entiendo que es análogo al código de barras de un libro...

    No deja de ser una chominaíca más de la red, las cuales me encantan. No he podido resistirme a identificar mi blog no-escrito y añadir su correspondiente código de barras.

    Si os gusta la idea, aquí podéis registraros.

    11 abril 2008

    HOME ALONE

    Por segundo día consecutivo, al abrir la puerta de casa me recibió un silencio.

    Voy a estar unos días home-alone. Me gusta la idea de estar sola conmigo misma como antes, porque la verdad es que a veces lo echo en falta, pero no puedo evitar sentir algo extraño cuando veo la casa vacía o soy yo la que apaga las luces antes de ir a acostarme.

    Le echo de menos. Me arrancó una sonrisa ver que antes de irse me había traído del trastero agua y leche para estos días, y dejó notitas con nuestras bromas para que me sintiera mejor. Es una tontería, pero encontrarte cosas así hace mucha ilusión y reconforta más aún.

    También se me hace raro estar sola en el sofá, sin su calor o sin sus manos acariciando mis pies, o sin pelearme por la mantita; sigo encogida en mi sitio sin ser consciente de que puedo estirarme con total libertad de movimientos.

    Tener la cama para mí sola y amanecer en el lado contrario es algo que ya tenía casi olvidado (aunque a eso podría llegar a acostumbrarme bien otra vez). Sin darme cuenta me levanto a oscuras y no doy la luz, hasta que tropiezo con algo y caigo en la cuenta de que si doy la luz no despertaré a nadie más.

    Una sola taza sucia del desayuno me recuerda que no está.

    Ver sus cosas recogidas y sus zapatillas bien puestas también.

    Y sin pensarlo, me las pongo. Me sobra zapatilla por todas partes, pero me gusta mirar para abajo y ver el Gardfield en mis pies, y me acuerdo de la cara que puso cuando se las regalé, y los juegos malabares que tuve que hacer para meter en casa el paquete y esconderlo sin que se diera cuenta. Entonces sonrío y me siento mejor.

    Me interrumpe el sonido del teléfono y el display me chiva que es él. Contesto y oigo su voz, noto que está feliz y entonces lo echo más de menos pero a la vez estoy más contenta de que no esté aquí. Parece muy contradictorio pero en realidad no lo es tanto, al menos a mí me parece lo más lógico del mundo.

    10 abril 2008

    LO CARO QUE ES UN IPOD

    El Martes día 1 de Abril, se me ocurrió comprar un iPod para regalar, y pensé que el mejor sitio para comprarlo era El Corte Inglés, por si la regalada quería descambiarlo (siempre tienes uno cerca para hacerlo).

    Llegamos a las 20:15, doce horas y media después de salir de casa y desesperada por volver de una puñetera vez. Pensé que como no había gente, tardarían poco en atenderme y pronto estaría de camino a mi adorada casa...

    Pues no. De cuatro empleados en la sección de Imagen y Sonido, dos estaban viendo el fútbol en pantallas de televisión a cual más grande, otro estaba hablando por teléfono y otro estaba dando vueltas por ahí. Ninguno tenía ganas de trabajar. Tuve que llamar a uno para que me atendiera (eso normalmente no suele pasar, sino que te vienen tres o cuatro dependientes preguntando en qué me pueden ayudar y sólo no acuden como moscas a la miel cuando tú los necesitas).

    A las 21:00, aún no me habían vendido un iPod con ticket de regalo por si había que cambiarlo. Por lo visto, ese último concepto era algo abstracto que ninguno de los allí presentes conocía. El chico que me atendió dijo que a ver si con el ticket de la compra ya hecha salía bien la operación.

    Pues no. Eran las 21:15, y me negué a irme sin mi ticket de regalo porque estaba harta de esperar, harta de día, harta de dar vueltas por la sección y harta de todo. El chico me anuló la operación con tarjeta de crédito y me apartó el iPod para que a la mañana siguiente lo recogiera (y lo pagara, claro). Tenía unas ganas locas de irme de allí, y me fuí con las manos vacías.

    A la mañana siguiente, mi chico recogió el iPod (viaje extra número uno), lo pagó en efectivo y se lo trajo a casa, con ticket regalo y todo. Por fin alguien había hecho los deberes.

    El Domingo siguiente, me dió por mirar mi desastrosa economía, y me dí cuenta de que no habían devuelto el pago del iPod desde el Martes. Eso no me había pasado nunca, jamás había tenido un problema de esa índole. Entonces, cuando estaba reproduciendo en mi cabeza la conversación que tendría al día siguiente con Atención al Cliente, caí en que no me habían dado ni el ticket de haber pagado (y encima, no me acordaba si había llegado a firmarlo) ni el de la devolución, así que a ver cómo reclamaba yo que había pagado dos veces el artículo.

    Cawenlamarsalá.

    El Lunes pasado mi chico volvió a primera hora (viaje extra número dos) a exponer lo que pasaba. Yo no fui porque trabajaba, y menos mal, porque con lo calentita que estaba, encima tener que insistir en que revisaran la caja de ese día para que vieran que tenían 130 euros de más en sus cuentas me habría puesto furiosa. A mi chico le dijeron que claro, ahora tenían que revisar los movimientos, y autorizar una devolución porque no se podía anular la operación de cargo por no sé qué historias. No sé por qué no podían devolvernos el dinero en efectivo (que pagamos a la mañana siguiente), pero el caso es que la solución que adoptaron fue la de la vía lenta. Todo esto a regañadientes porque él no era yo, obviamente.

    El Martes por la tarde (viaje extra número tres), fuimos porque yo quería que me dieran al menos un justificante de la transacción primera o una explicación convincente. No tuve ni una cosa ni la otra. El hombre me dijo que lo solucionarían "a lo largo de la semana" (vs. "en dos días como mucho" que le dijeron a mi chico el día anterior), pero al final quedamos en que el Miércoles por la mañana me devolverían el dinero y me llamarían por teléfono para informarme. La mirada furibunda con la que le estaba deleitando a ese señor lo puso un poco nervioso, porque sólo miraba a mi chico, al que habría catalogado de persona razonable muy distinta de mí...

    Encima, cuando vas a reclamar, nunca está el encargado que necesitas, así que pasó un día más sin mi dinero y con mi berrinche, pero algo más calmada porque al menos el que se había encargado del tema ya era consciente de que estaba muy enfadada.

    Por fin el Miércoles por la mañana me hicieron la devolución del dinero, y mi cuenta bancaria tenía otro aspecto. Me llamaron para indicarme que tenían disponible el justificante de ingreso por si acaso, y por supuesto que lo recogimos, faltaba más. De esta he aprendido a no salir de ninguna tienda sin el ticket que sea y hasta una muestra de ADN del vendedor.
    Pero vamos, que me ha costado un iPod:

    - 130 euros del precio de la oferta.
    - Un berrinche monumental de varios días.
    - Tener la cuenta corriente muy muy triste más de una semana.
    - Cuatro viajes ida y vuelta al centro de la desgracia.
    - Calculo que unas cinco horas de mi tiempo (desplazamientos aparte).
    - La creencia firme de ser idiota por no haber exigido tickets el primer día.
    - Ganas de estrangular a un comprador.
    - Ganas de lapidar al encargado de ese comprador.
    - Varias tensas conversaciones con mi chico a cuenta de este asunto.
    - La sensación de que te están tomando el pelo y tú debes mantener la calma.

    ¿Un poco caro, verdad?

    Pero vamos, a pesar de toda esta aventurilla, sigo adorando a MI iPod...

    (Él nunca me daría un berrinche.)

    08 abril 2008

    LA DEBACLE

    El otro día, fuimos a la city a tomarnos un café...

    ...y sin saber cómo, acabé comprándome un vestido.

    En realidad, no tenía en mente comprarme nada, a pesar de que tengo una comunión y varias bodas a la vista. La suerte es que cada evento es con gente distinta, con lo cual mi actual repertorio de vestidos (2) es más que suficiente por el momento, puesto que no importaría repetir modelo. Eso al menos era un alivio: no había necesidad de agravar mi crisis económica.

    Y como estaba tranquila por esa parte, pensé que no pasaba nada si miraba algún vestidillo ya que estábamos en la city. Entramos en una tienda y me probé por gusto un vestido que me había gustado. El corte era bonito, pero una vez puesto, el color no me convencía mucho (tonos fucsia y rosas haciendo aguas, escrito parece muy cursi pero el resultado era precioso). Así me lo quité aliviada. Pero entonces la chica va y dice...

    - Pues ese mismo vestido está en color chocolate.

    Vaya.

    Me lo tuve que probar, claro.

    Y me sentaba estupendamente. La chica hizo tres arreglos con un alfiler y el vestido parecía que susurraba mi nombre. A cada inconveniente que me inventaba le encontraba al vestido la chica le ponía solución antes de que acabara la frase. Encima el precio era muchísimo más que razonable; o sea, que sabía a ciencia cierta que por menos de eso no encontraría nada. Realmente no se me ocurría ninguna excusa para decirle a la chica que no me lo llevaba...

    (No, no vale decir simplemente: "no me lo llevo", cuando algo parece estar destinado a ti la conciencia exige un motivo para autoengañarse cuando sales de la tienda.)

    Así que no lo hice.

    O sea, que me lo llevé.

    Bueno, quiero decir que lo aparté porque necesita unos ajustes.

    No tengo voluntad ninguna, pero lo que sí tengo es un vestido color chocolate precioso...

    Perooooooooooooo...

    (...porque SIEMPRE hay un pero...)

    ¡No tengo zapatos!

    07 abril 2008

    INNOVACIÓN

    El cuarto o quinto día de mi dolor de muelas (el tiempo pasa de manera distinta cuando tienes la boca hinchada), algo más calmada estaba ya. Tenía la Zona Cero bastante dolorida, y se podría decir que ya me había acostumbrado. Nos respetábamos mutuamente: yo no la tocaba, y ella no me dolía. Una salida pacífica, por llamarlo de alguna manera.

    Por la tarde, estábamos mi chico y yo tumbados en el sofá, viendo una serie. La postura era un acoplamiento cómodo, hacía un rato que no hablábamos porque estábamos pendientes de la pantalla y el único movimiento que de vez en cuando hacíamos era para estar más cómodos o taparnos con la mantita. La estampa de la tranquilidad, vamos.

    Como hace muchas veces, mi chico decide hacerme un gesto cariñoso. Normalmente me abraza con más fuerza, o se pone a acariciarme un pie, o me da un beso en la tripa. Pero esta vez decide innovar.

    Dirige un dedito a mi mejilla.

    A mi dolorida mejilla (la que le viene más a mano, sí).

    La presiona y dice: "¡Hola!"

    Pego un salto acompañado de un alarido de dolor. Con el inocente gesto ha despertado a la bestia. Sé que ni se acordaba de que me dolía la muela, pero no se me ocurre una innovación más inoportuna. Me mira con cara de pena pidiéndome perdón frenéticamente. Y a mí me da la risa, que suena fatal mezclada con el aullido, y se me saltan las lágrimas, sin saber si es por el dolor o por la risa. Mi chico está desconcertadísimo, claro. Al final se me calma el dolor y sólo queda la risa y un par de lagrimillas corriendo por mi mejilla hinchada.

    Si es que a veces no es bueno innovar, aunque sea desde el cariño... ¿No le valía un inocente e indoloro abrazo, eh?

    04 abril 2008

    BAD HAIR DAY

    06:30 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    06:39 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    06:48 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    06:57 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    07:06 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    07:15 - Suena el despertador. Le doy un manotazo para apagarlo y sigo durmiendo.

    07:24 - OhMyGod.

    Me muevo con cierta dificultad porque estoy como pegada a las sábanas, noto que la fuerza gravitatoria de la cama interactúa con el cansancio que tengo acumulado en mis células corporales. Estoy espesísima y alarmada a la vez, viendo que es MUY tarde y que tengo el tiempo justísimo si no quiero llegar a las tantas al trabajo.

    Para cuando me doy cuenta de que es temporalmente imposible darme una ducha, el reloj ha avanzado un poco más, así que me visto con lo segundo que me encuentro en el montón de ropa de encima de la silla (lo primero no, que era un albornoz y eso es demasiado informal para el trabajo) y me aseo. El último paso es el pelo, que lavé ayer y aún está medianamente limpio.

    Sí, limpio sí, pero ese no es el adjetivo que me preocupa.

    El adjetivo que me preocupa es: rebelde.

    Los rizos están cada uno por su lado, disparados en todas las direcciones y mi cabeza parece la de Medusa. Imposible dejármelo suelto. Intento controlar el halo encrespado de mi cabeza con una diadema. Mal. Después con un pañuelo más ancho. Mal. Me decido por una coleta baja. Mal. Ahora con una alta. Mal. Y entonces decido la estrategia a seguir.

    Divide y vencerás.

    Descubro que la parte problemática, en realidad, son las capas cortas de alrededor de mi cara. Con lo demás no hay problemas, así que me hago un recogido desenfadado, pero lo que hay que hacer ahora es arreglar el resto de caos. Me los recojo todos los rizos cortos arriba y me los sujeto con una mano: no queda mal. Pero claro, la mano no puede quedarse allí y la tengo que sustituir por horquillas.

    Sólo me quedan unas pequeñas y de colores, muy poco manejables y menos con prisas y mucho menos si encima estás espesísima como yo en esos momentos. Coloco dos que me sirven para medio sujetar el invento. Pero pongo dos más de refuerzo porque aquello apenas aguantaría. Luego pongo otras dos para apuntalar el resultado, que no me termina de convencer.

    Lo deshago todo y vuelvo a empezar.

    De nuevo el mínimo de horquillas colocadas son seis (no quiero pensar en el máximo). No puedo verme el resultado desde la perspectiva que me gustaría, así que palpo la maraña de rizos y horquillas de colores que tengo sobre la cabeza y la imagen que se forma en mi mente no es muy alentadora. Creo que está MUY a lo mecawendiez, aunque de frente el resultado es mínimamente aceptable.

    Pues así se va a quedar porque no tengo más tiempo.

    Sólo lo intento una vez más...

    Idéntico horrible resultado. Pero ahora sí que de verdad no tengo más tiempo.

    Salgo de casa de muy mal humor. Odio tener un bad hair day. Me da rabia ser tan poco mañosa en esos menesteres. Mi grado de sofisticación está en unidades negativas y el Universo podría ayudarme un poco, digo yo. Al menos antes con una goma del pelo y gomina se podía arreglar casi cualquuier cosa, pero desde la última vez que dejé que mi peluquera hiciera lo que quisiera...

    Pues no pienso salir del despacho en todo el día, ea.

    02 abril 2008

    LA MUELA (II)

    Llego al Centro Médico. Como ya es tarde (las 12:25, más o menos), apenas hay nadie. Y cuando digo apenas, digo que ni siquiera hay médicos.

    Eso me confirma la mujer que hay en el mostrador de Información / Cita Previa. Que mi médico no está porque ha salido a un servicio. Entonces, con mis grandes dificultades para vocalizar, le explico que me duele una muela y que me diga qué hago. Y ella me dice que vaya a Odontología.

    Y yo me voy a Odontología.

    Y allí no hay nadie.

    Pico en la puerta y la abro con cuidado por si me encuentro al dentista rebuscando algo en la boca de alguien. Asomo la cabecita y veo que la sala está vacía. Una administrativa que pasaba por ahí me anuncia: "¡ya no hay nadie!".

    - Gale, pego entonjes, ¿jo qué gago?

    - ¡Pues vuelve otro día!

    - Ga, pego ej que ga guela me guele ahoga.

    Vuelvo al mostrador. Se me resbalan dos lágrimas, una por el dolor que tengo y otra por la desesperación de ver que nadie está por la labor de ayudarme. Le digo a la mujer que me ha atendido antes que en Odontología no queda ni el tato pero que yo necesito un médico, sea el mío o no. Las lágrimas le han conmovido y refrescado la memoria, todo a la vez, porque dice que mi médico está en su consulta y me manda arriba.

    Después de esperar un rato (en hora local debieron ser entre diez y quince minutos, a mí me parecieron entre siete y trescientos días), entré a la consulta. Mi médico estaba sentado en su mesa con cara de fastidio por tener que trabajar -imagino-.

    Y yo, desde la puerta, con lágrimas en los ojos, le señalo mi mejilla hinchada y le digo, con mucha dificultad para hacerme entender, que me duele mucho.

    Mi médico (parece ser que es candidato al premio Nobel de Medicina), a dos metros de mí y sólo con verme una mejilla hinchada, ya sabe lo que tengo y se pone a recetarme algo que me tengo que tomar cada ocho horas.

    Alucino.

    Y le digo: "¿pego no va a migagme?"

    Y sí que me mira, pero con una mirada furibunda que quiso decir claramente: "¿intentas decirme cómo hacer mi trabajo?"

    Pues mira, sí.

    La rabia que me dio ser tratada así me dio coraje para pasar del dolor, vocalizar mejor (pero no mucho) y decirle que así no iba a saber si es que tengo una muela picada, o tengo las encías hinchadas, o me está saliendo la muela del juicio, o me he mordido la mejilla por dentro y me he envenenado. A lo mejor debería haberme preguntado si tengo algo más que decir, porque entonces le hubiera contado que también me duele al tragar y a lo mejor el diagnóstico cambia. O a lo mejor no, pero al menos yo me sentiría más tranquila, que creo que debería ser una prioridad para todos los médicos.

    Además, no me explico que con el anterior paciente se tire la vida, y a mí me despache en 20 segundos. No me da la gana. Recuerdo los 300 euros que me cuesta al mes financiarme estos servicios y pienso que me merezco algo mejor.

    El médico me fulmina con la mirada, se queda callado un segundo, y creo que está decidiendo si me echa de allí a patadas o no. Mientras, yo estoy decidiendo si irme o no.

    - Muy bien, ven que te mire.

    Me acerco y vale, me mira la boca, pero se asegura bien de que me arrepienta de habérselo sugerido, porque con el maldito palito de madera me toquetea toda mi dolorida Zona Cero y yo me aguanto las ganas de chillar y llorar para no darle el gustazo ni una patada en los huevos.

    Se sienta y sigue recetando exactamente lo mismo que al principio, y yo dudo seriamente que sea porque acertó en su primer diagnóstico, sino que creo que lo hace por no bajarse del burro. Me dice que me vaya buscando un dentista privado porque la Seguridad Social no cubre lo que me pasa. Ni me molesto en preguntarle qué me pasa (porque no, no me lo ha dicho), simplemente cojo las recetas y me voy de allí.

    Bajo al mostrador para pedir cita con el dentista de la Seguridad Social y una solicitud de cambio de médico. La mujer del mostrador me lo gestiona todo y me desea que me mejore. Ha sido la única persona amable que me he encontrado en el Centro Médico.

    Después, en la calle, no puedo evitar llorar de rabia por cómo me ha tratado ese estúpido médico. Me apetece darme la vuelta y poner una queja, pero sólo quiero ir a por las medicinas y que se me calme el dolor. Al menos espero que haya acertado con las recetas, lo cual tampoco es muy complicado: si son pastillas para calmar el dolor, ya está.

    Sinceramente, muchos profesionales de la Medicina deberían recordar por qué son médicos. ¿No es cierto que en algún momento decidieron serlo para ayudar a los demás? La mujer del mostrador me alivió más con un "que te mejores" que cualquiera que me hubiera dado cajas y cajas de analgésicos. Convendría que más de uno lo tuviera en cuenta.