Obviamente, había que quitarlo de allí a la mayor brevedad. Sondeé a los obreros para ver cuándo margen de tiempo tenía, vista la velocidad a la que parecían avanzar, pero luego ví que como era media tarde no había muchas ganas de aguantar el ritmo, así que me dijeron que para el día siguiente en esa acera no debía haber ni un sólo coche.
Ahí empezó el problema, porque:
a) El dueño del coche, poseedor de UN carnet de conducir, estaba en Alicante.
b) Yo misma, poseedora de CERO carnet de conducir, estaba al lado del coche en cuestión.
Al sujeto a) no parecía venirle muy bien volverse desde Alicante para mover del coche, y la sujeta b) estaba tan de los nervios que no se atrevía a mover el coche de allí, en pleno núcleo urbano y con coches pasando cada dos segundos. Pero una cosa estaba clara: la sujeto b) tenía el marrón encima, mientras que el sujeto a) estaba tan ricamente dando un paseo por la playa.
Decidí que lo más sensato sería echar mano de alguien que tuviera carnet, que de tres volantazos y medio cambiara el coche de sitio y asunto arreglado. Pero las cosas no iban a ser así de fáciles, no. La Ley de Murphy empezó ahí: todo el mundo estaba o muy ocupado o muy lejos o ambas cosas a la vez, y yo cada vez estaba de peor humor. Así que le eché perendengues al asunto y cogí las llaves del coche (¡menos mal que la de repuesto estaba aquí!): yo solita iba a coger el coche y quitarlo de enmedio.
Lo primero fue una inspección a pie de los alrededores. Encontré un hueco suficientemente holgado como para que pudiera meterlo sin problemas y recé para que cuando yo llegara con el coche el bendito espacio vacío siguiera ahí. Así me evitaba ver un hueco y:
- Entusiasmarme primero y desinflarme después porque hay un vado, o...
- Emperrarme en que el coche cabe, cuando claramente sólo entraría una bicicleta.
Lo único malo es que el hueco estaba a mi izquierda, y nunca había aparcado antes a ese lado. Rectifico: nunca antes había aparcado, sólo había metido el coche en la plaza de garaje, debidamente aislada de otros usuarios y bajo la atenta mirada del dueño del coche.
Me monté en el coche dispuesta a conquistar el hueco descubierto unos metros más adelante. Arranqué el coche y estiré el cuello como un pollo de perdiz para ver si venían coches o podía incorporarme. La Ley de Murphy intervino de nuevo: pasaron todos los coches del mundo por esa calle en ese preciso momento, mientras el tic-tac del intermitente me ponía más de los nervios si cabe. Estaba barajando seriamente la posibilidad de bajarme del coche y poner una de las vallas amarillas de las zanjas cortando la calle para que pudiera acabar con mi odisea particular, cuando descubrí un lapso de tiempo entre coche y coche y pensé que o aprovechaba las circunstancias o se me hacía de noche esperando el momento ideal.
Metí primera y solté los pedales esperando que el coche lógicamente fuera hacia delante, pero iba para atrás. Frené y pensé que igual con los nervios me había equivocado de marcha, pero luego me acordé de algo que sólo eres consciente siendo un conductor novato dentro de un coche presa del pánico: la calle está ligeramente en cuesta y hay que tenerlo MUY en cuenta. Por fin pude hacer que el coche avanzara como tenía que ser y me incorporé a la circulación sin incidentes (olvidando quitar el intermitente, claro, ya me había acostumbrado al sonido y ni me percaté de eso).
Avancé por toda la calle buscando mi preciado hueco con la mirada. El camino que en cinco minutos había recorrido a pie serenamente, con los nervios se había multiplicado por diez y aquello me pareció el Paseo de Castellana en toda su longitud. Pero al final vi el hueco que milagrosamente seguía allí, y me dispuse a aparcar en plena calle.
Sí, por primera vez en mi vida, yo solita, con mis dos pies para tres pedales, mis dos manos para un volante y una palanca de cambios, mis dos ojos para tres espejos y varias ventanillas y todos mis nervios. Y un mínimo de tres coches detrás, por supuesto (seguramente serían más, pero pasé de contarlos).
Puse el coche paralelo al de delante de mi hueco. Recordé aquello de culo-con-culo y metí marcha atrás. Sorprendentemente, aquello iba como la seda. Moví el volante con suavidad y maniobré con cuidado. El coche estaba razonablemente bien metido en el hueco, y ya no estorbaba a ningún coche, lo cual fue un alivio considerable. Ahora sólo faltaba colocarlo bien.
Una vez que ya estás metida en faena, que tienes todo el tiempo del mundo para colocar bien el coche, que sabes que no molestas a otros conductores, y que eres consciente que la ley de la gravedad tira del coche en tu contra, puedes pensar con claridad qué hacer y cómo hacerlo. Resultado: de un sólo movimiento dejé el coche perfectamente aparcado.
Así que lo que fue el aparcamiento en sí me costó dos miserables maniobras, la de marcha atrás para meter el coche y luego otra enderezarlo un poco. Me bajé a comprobar si me había quedado muy lejos de la acera o si me había acercado demasiado a los otros dos coches, pero no: había sido mi primer aparcamiento sola y no había estado nada mal. Aún me temblaban las rodillas, pero había salido triunfante.Así que volví a casa dando saltitos y todo de contenta del resultado de la experiencia, aunque un pelín atacada todavía. La Ley de Murphy dio un último coletazo, porque justo en la acera de enfrente del sitio donde estaba antes el coche había un gran y enorme espacio para aparcar que me hubiera ahorrado buena parte del berrinche.
De todas formas, después de esto sospecho que me va a costar la vida sacarme el práctico (si los de la autoescuela se dignan a llamarme un día de éstos, claro).








