- Señorita, al final de la rampa, gire usted a la izquierda.
A pesar del tembleque de todo mi cuerpo que los baches me ayudaban a disimular, enfilé la calle todo lo segura de mí misma que pude estar en ese momento (NADA). Calculé mentalmente que por esa rampa había pasado un mínimo de dos veces en cada clase, y teniendo en cuenta que he dado casi cuarenta, eso hace que por lo menos ochenta veces he pasado por ahí.
De las cuales, un alto porcentaje de veces el coche se me había calado, porque no aceleraba lo suficiente o alguna cosa así...
Miré los espejos exagerando el movimiento de cabeza como se han cansado de repetirme, puse intermitente, subí la rampa y frené el coche en la línea, sin pisarla, suavemente.
Miré a la izquierda. No venía ningún coche.
Miré a la derecha. No venía ningún coche.
Volví a mirar a ambos lados, por si algún coche se había materializado de la nada, y no: toda la calle estaba a mi disposición.
Así que giré a la izquierda.
Una vez enderezado el coche, ví a un peatón a mi izquierda y frené. Una vez estaba parada, me noté henchida de satisfacción de ver que:
1. No se me había calado el coche.
2. Había visto al peatón y me había parado.
Pero en ese momento, mi instinto me dijo que había algo que estaba mal.
¿Cómo es que me sale un peatón por la izquierda, bajando tranquilamente de la acera?
¿No debería salirme de la derecha, si acaso?
¿Y si viniera por la izquierda, no debería verlo de lejos, en lugar de estar delante de mí?
El señor siguió caminando tranquilamente, y cuando se apartó de mi vista, ví la cruda realidad y me deshinché de golpe (afortunadamente, sin sonido, hubiera sido el colmo ya).
Un coche venía a lo lejos, e iba directamente a mí.
Por el mismo carril donde estaba yo.
Porque había girado tan a la izquierda, que allí me había quedado: en el carril de la izquierda.
LA MUERTE.
Así que cuando el peatón pasó, yo volví a mi carril e inmediatamente hice una parada (ni siquiera me esperé a que me lo dijera el examinador, que se había quedado mudo de la estupefacción).
Me bajé del coche llorando a lágrima viva, muerta de vergüenza y temblando. Hipando intenté explicarle al examinador que yo NO soy una kamikaze cualquiera que usualmente circula por el carril contrario, y el examinador, un raro especimen puesto que era un chico amable y simpático, se tiró sus buenos cinco minutos consolándome y diciendo que no era para tanto (¡angelico!, como si yo no supiera que esa era la mayor pata jamás metida).
Pero que estaba suspensa, obviamente.
La próxima cita: el día 9 de Julio, en la que espero estar medianamente tranquila y sea capaz de pensar con un mínimo de claridad, cosa que es evidente que dudo dado lo sucedido hoy. Me conformo con que para entonces se me haya ido la hinchazón de ojos que tengo hoy a cuenta de la llorera y del berrinche que tengo...
A pesar del tembleque de todo mi cuerpo que los baches me ayudaban a disimular, enfilé la calle todo lo segura de mí misma que pude estar en ese momento (NADA). Calculé mentalmente que por esa rampa había pasado un mínimo de dos veces en cada clase, y teniendo en cuenta que he dado casi cuarenta, eso hace que por lo menos ochenta veces he pasado por ahí.
De las cuales, un alto porcentaje de veces el coche se me había calado, porque no aceleraba lo suficiente o alguna cosa así...
Miré los espejos exagerando el movimiento de cabeza como se han cansado de repetirme, puse intermitente, subí la rampa y frené el coche en la línea, sin pisarla, suavemente.
Miré a la izquierda. No venía ningún coche.
Miré a la derecha. No venía ningún coche.
Volví a mirar a ambos lados, por si algún coche se había materializado de la nada, y no: toda la calle estaba a mi disposición.
Así que giré a la izquierda.
Una vez enderezado el coche, ví a un peatón a mi izquierda y frené. Una vez estaba parada, me noté henchida de satisfacción de ver que:
1. No se me había calado el coche.
2. Había visto al peatón y me había parado.
Pero en ese momento, mi instinto me dijo que había algo que estaba mal.
¿Cómo es que me sale un peatón por la izquierda, bajando tranquilamente de la acera?
¿No debería salirme de la derecha, si acaso?
¿Y si viniera por la izquierda, no debería verlo de lejos, en lugar de estar delante de mí?
El señor siguió caminando tranquilamente, y cuando se apartó de mi vista, ví la cruda realidad y me deshinché de golpe (afortunadamente, sin sonido, hubiera sido el colmo ya).
Un coche venía a lo lejos, e iba directamente a mí.
Por el mismo carril donde estaba yo.
Porque había girado tan a la izquierda, que allí me había quedado: en el carril de la izquierda.
LA MUERTE.
Así que cuando el peatón pasó, yo volví a mi carril e inmediatamente hice una parada (ni siquiera me esperé a que me lo dijera el examinador, que se había quedado mudo de la estupefacción).
Me bajé del coche llorando a lágrima viva, muerta de vergüenza y temblando. Hipando intenté explicarle al examinador que yo NO soy una kamikaze cualquiera que usualmente circula por el carril contrario, y el examinador, un raro especimen puesto que era un chico amable y simpático, se tiró sus buenos cinco minutos consolándome y diciendo que no era para tanto (¡angelico!, como si yo no supiera que esa era la mayor pata jamás metida).
Pero que estaba suspensa, obviamente.
La próxima cita: el día 9 de Julio, en la que espero estar medianamente tranquila y sea capaz de pensar con un mínimo de claridad, cosa que es evidente que dudo dado lo sucedido hoy. Me conformo con que para entonces se me haya ido la hinchazón de ojos que tengo hoy a cuenta de la llorera y del berrinche que tengo...







