De la manera más absurda posible (y mira que había maneras absurdas, ¿eh?).
El impulsor de los cambios, N.G.J., por fin encontró un hueco en su apretada agenda después de anunciar su visita hasta tres veces y cancelarla otras tantas. La fecha escogida ha sido esta semana, un día cualquiera, pongamos... el Martes. Su llegada estaba prevista para las 11:00, y todo debía estar perfecto.
Así que desde que llegamos a las 08:00 (de punta en blanco, of course), nos pusimos a revisar de cabo a rabo los despachos y todas las instalaciones. Yo pensaba que todo este movimiento era totalmente desproporcionado, pero si mi jefe, el nuevo JdP (también denominado como El Hombre Tranquilo), estaba histérico, es que era para estarlo, y me puso frenética a mí también, claro.
A pique de darme un infarto, llamaron: que salían (N.G.J. y su "séquito") a las 10:00, lo cual nos dejaba un par de horas más para ponernos más nerviosos todavía.
Finalmente, después de un bombardeo de mensajes cada diez minutos informando de el tiempo estimado de llegada, hicieron su estelar aparición a la 13:00. Una hora muy productiva, claro que sí, teniendo en cuenta que se irían a comer a las 14:00 -porque ya habían reservado restaurante- y la jornada reducida del resto del personal acaba a las 15:00.
Así que nos reunimos tardísimo y lo único que se sacó en claro fue: NADA.
Todo lo que dijo N.G.J. ya lo sabíamos los presentes desde hacía más de un mes, no contó absolutamente nada nuevo y nos limitamos a escuchar lo que estaba más que claro desde hace un mes y ya está. Fin. Eso sí: todo expuesto con mucho glamour de alto ejecutivo, interrupciones gracias a su BlackBerry, reposicionamientos de corbata y mucha-mucha-mucha imagen corporativa.
O sea: una auténtica pérdida de tiempo.
Salimos de esa reunión unos 45 minutos más tarde con una sóla pregunta en la cabeza que nadie se atrevió a formular en voz alta: "¿para que ha valido esta reunión?" Porque, además, todo seguía siendo tan sumamente secreto como antes pero avivado por los rumores de que había venido el Pez Gordo.
En fin, sospecho que todo era una excusa para salir de la rutina y que comieran en el restaurante oficial post-reuniones-de-empresa. ¿Para qué si no?









