Ayer abrió mi niño la tienda. Por fin. Después de más de cinco meses de trámites
y mierdas. Después de preocupaciones y crisis. Por fin. Ayer tenía que recordarse como
El Día De La Inauguración De La Tienda.
Pero, al final, NO.
El plan era que yo saliera de trabajar a una hora razonable (o sea, a mi hora a ser posible), fuera a
la city, viera la tienda ya ordenada y organizada (tenía curiosidad por saber de qué color es el mostrador porque la semana pasada ni se veía de las cajas que había delante), pasara con él un rato, diera yo solita (y sin tarjetas de crédito) un paseo hasta que cerrara la tienda, y luego fuéramos a cenar románticamente por ahí.
Un plan estupendo.
En principio, iba a ir en la pequeña OLIVITA, pero como mi chico había ido en su coche, lo más productivo era que yo fuera con alguien del trabajo a
la city y luego volviéramos los dos en su coche.
Ese "alguien" fue mi jefecillo,
JdP, que sale a la misma hora que yo en teoría.
Así que a las seis en punto de la tarde,
JdP se apoyó sonriente en la puerta de mi despacho.
¿Nos vamos? Todo un precedente. Aún no había salido a las seis nunca, así que recogí feliz pensando que con suerte a las seis y media estaría ya en
la city, y en la tienda, por extensión.
Salimos y, justo asomó el morro de su Volkswagen por la puerta, empezó a llover. A ratos lloviznaba y a ratos caía una manta de agua que no se veía nada.
JdP iba despacito porque el tráfico no era nada fluido, dadas las circunstancias.
A los siete kilómetros nos encontramos con un riachuelo de barro que saltaba alegremente hacia la autovía. La pasamos muy despacio, bromeando por si el impecable coche empezaba a inundarse. No era para tanto, porque pasamos como si nada, así que seguimos adelante.
Pero cinco kilómetros más allá, un barro semejante al que habíamos pasado había decidio convertirse en un aprendiz del Volga, y una auténtica riada de agua como chocolate inundaba la autovía.
Vaya.
Redujimos la velocidad. Pusimos las luces de emergencia. Bajamos las marchas.
JdP tenía un pie en el freno y otro en el embrague, para ir cambiando de marcha si fuera necesario. Pero a los dos minutos pensó que era tontería, y dejó el coche en punto muerto, con el freno pisado.
Después puso el freno de mano, porque se le iba a dormir el pie.
Después, quitó el contacto y dejó las luces y la radio, para pasar el rato.
Luego ya quitó la llave, porque ese rato ya parecía que NO iba a ser un rato.
De hecho, a unos 150 metros por delante de nosotros (digamos dos coches y un camión), la Guardia Civil cortó el tráfico. Por ahí no pasaba ni el tato, a no ser que oye, llevaras una moto acuática, un yate o el
Juan Sebastián Elcano. No era nuestro caso.
Y no fue un rato. Claro. Fue UNA HORA.
Y no fue una hora, fueron DOS HORAS.
Y no fueron dos horas, fueron TRES HORAS.
Y, por supuesto: no fueron tres horas. Fueron CUATRO HORAS.
Así que la situación, durante cuatro horas, fue la siguiente: mi jefe y yo estábamos encerrados en su coche, parados, con el motor apagado, rodeados de más coches y camiones, viendo cómo llovía, cómo se iba oscureciendo, cómo NO pasaban coches de la Guardia Civil.
¿Y qué hicimos? Pues hablamos. Tratamos temas de trabajo. Nos contamos la última peli que vimos. Recordamos anécdotas laborales. Luego, anécdotas de atascos. Luego, hablamos de las hipotecas. Luego, revisamos el correo en la BlackBerry. Luego, me contó cómo es su futuro piso. Luego, leímos un comunicado del Comité de Empresa también en la BlackBerry. Luego, contamos chistes. Luego, nos contamos nuestros planes para las siguientes vacaciones. Luego, llamamos a su jefa para contarle, entre risas, que igual al día siguiente llegaríamos tarde al trabajo al paso que íbamos. Luego, hablamos de coches. Luego, volvimos a las anécdotas laborales. Luego, intentamos elaborar un modelo distinto de trabajo. Luego, barajamos la posibilidad de sacar el portátil del maletero y ponernos a hacer algo productivo. Luego, seguimos con los chistes.
Y así durante CUATRO HORAS, no hay que perderse el detalle.
Al final, la Guardia Civil decidió intervenir (todo un detallazo) y limpiaron la carretera, así que pudimos salir. Me pareció increíble oir el motor del coche arrancar. Llegamos a
la city cuatro horas y media después de salir de trabajar (un trayecto de, a lo sumo, veinte minutos en circunstancias normales), y allí me esperaba mi chico, con el que me había estado comunicando toda la tarde para informarle de las novedades -ningunas-.
¿Y dónde me esperaba? Pues en las afueras de
la city, porque justo cuando le dije que no me esperara allí y que volviera a casa (en plan:
¡sálvate tú!), ya que podia volver tranquilamente por otra carretera, justo entonces... Fue cuando abrieron paso y él, que estaba saliendo ya, paró.
Mi jefe entonces, cuando llegamos a
la city, aparcó en el sitio convenido, que no era otro que debajo de una farola de una nave industrial de un polígono en las afueras. De película de narcotraficantes, oiga. Aquello parecía el intercambio de un alijo o algo.
Cansada, agotada, hambrienta, decidimos cenar antes de volver a casa, por si nos quedábamos atrapados otra vez (dado mi cenizo, no era nada disparatado), que al menos no tuviéramos el estómago vacío.
Sin complicaciones, acabamos en un McDonald's. Románticamente, claro. Pero no era esa la idea que yo tenía en un principio...
Así que el día será recordado como
el día en el que me quedé encerrada durante cuatro horas en un coche con mi jefe.
Si es que ya no sé qué hacer para robar protagonismo...