30 noviembre 2008

A veces...

A veces se me olvidan cosas importantes. A veces sólo soy capaz de ver el aquí y el ahora. A veces me quedo mirando mi propio ombligo. A veces me doy cuenta demasiado tarde de todo lo que hay detrás.

A veces le miro a los ojos, veo lo que está pensando, y todo se reduce a ese momento. A su cara, a sus ojos, a su corazón. Y lo único que puedo hacer, que quiero hacer, que necesito hacer, es abrazarle, besarle, y darle las gracias por estar a mi lado a pesar de todo, a pesar de mí.

29 noviembre 2008

¿Y yo, qué leo? (XII)

Estas vacaciones aproveché para darle un empujón a este libro y por fin lo acabé. Como siempre, lo primero es saber qué nos dice la contraportada:
Chloe necesita unas vacaciones. Está harta de diseñar trajes de novia y del ambiente enrarecido del trabajo. Gerard, un amigo acaudalado, se ofrece a prestarle a ella y a su familia el chalet de lujo que tiene en España... ¡Perfecto!

Hugh no es un hombre feliz. Su impecable mujer, Amanda, no le presga ninguna atención, y él trabaja tanto para pagar todo lo que gastan que apenas tiene tiempo para la familia. Pero su viejo amigo Gerard les ha prestado su chalet de lujo en España... ¡Perfecto!

Cuando las dos familias llegan a su lugar de vacaciones se llevan una sorpresa: Gerard ha cedido el chalet por partida doble. Así comienza una agitada semana en la que se pone a prueba la paciencia de cada uno de ellos, sobre todo una vez que se descubre una secreta historia entre ambas familias.
Esta historia no se recrea en descripciones ni hace excesivas referencias al pasado (sólo las justas para poder entenderlo todo) que hace que algunas narraciones sean lentas: aquí pasan cosas a cada palabra.

Es un libro rápido de leer, y cuenta los enlaces que existen entre dos familias que se encuentran en un chalet por una equivocación de su amigo. Las ansiadas vacaciones de todos los miembros de las familias no van a ser tan ideales como creen: la inesperada convivencia con unos desconocidos no es fácil... Aunque algunos sí que se conocen. Mientras que intentan ocultar la relación que hubo entre ellos, vuelve a surgir con más fuerza sentimientos ocultos hace años...

Además, cuando crees que toda la historia se va a reducir a esa relación que de nuevo aflora, aparecen otras relaciones incluso más importantes que acaban en una espiral de sentimientos que luchan por salir, o por quedarse escondidos por el bien de la estabilidad de todos.

Una lectura amena, sin muchas pretensiones. Merece la pena sólo por ver a dónde acaba la historia, porque es posible que el final sorprenda. O no.

28 noviembre 2008

¿Un salto al lujo?

Me lo pensé mucho.

Pero al final me dije: ¿por qué no? No tengo tiempo (muy poco), así que lo necesito y tampoco es una idea tan descabellada.

Así que me decidí y hemos contratado a una chica para que nos ayude con la limpieza.

Hace ya un tiempo mi amiga ya me había dicho que ella tenía a alguien que iba a limpiar a su casa, y me sorprendió un poco. No sé por qué, la verdad. Luego me explicó que el ritmo de vida que llevaba en Madrid no le dejaba más opción. Recuerdo que pensé que yo no iba a necesitarlo, que podría yo sola. Pero está claro que no.

Cuando esta tarde la chica ha venido, ha sido un poco raro y al principio me sentía algo incómoda. Creo que se me ha notado. Le he enseñado el piso y dónde estaban los trastos de la limpieza. Luego nos hemos puesto las dos a quitar cosas y ordenar un par de habitaciones. No quería perder de vista el concepto de que es una ayuda, y eso me ha hecho que me relajara un tanto. Eso, y el hecho de que la conocía de antes; así que al final ha sido un poco como si compartiéramos piso y nos tocara limpieza.

Hemos estado charlando mientras, y en una ocasión me ha dicho que ya había trabajado limpiando casa, y ha usado una expresión que me ha disgustado un poco: "...cuando yo servía en otras casas..."

No creo que esté "sirviendo" en la mía. Me está ayudando. Tengo en firme que nunca haré que ella esté limpiando algo sin que yo lo esté haciendo también. Me lo planteo como una ayuda y como una forma algo más llevadera de mantener la casa en orden sin agobios. Un motivo para obligarme a limpiar en lugar de quedarme en el sofá.

Además, hemos acordado que habría flexibilidad total tanto por su parte (debe compaginar esto con su trabajo) como por la mía, así que la dinámica será ver qué necesito y si ella podrá echarme una mano. No tenemos días fijos, y eso hace que me sienta más cómoda con esta situación que es un poco rara para mí. Inconscientemente creo que tengo la idea que contratar a alguien para que se ocupe de la limpieza es un lujo, y yo no puedo permitirme lujos.

Espero que se infiltre en la normalidad y que poco a poco deje de darle la importancia que le estoy dando ahora.

27 noviembre 2008

INFINITY

En serio. Debería dejarlo.

Sí. Está claro.

Cuando me gusta una canción, ahí debería terminar todo. En caso de que encima me cargue las pilas y me dé energía, como mucho podría cargarla en el iPod, darle a la función REPEAT si me entusiasma mucho, y punto. Fin.

Y no intentar buscar el vídeo en YouTube, porque luego pasa lo que pasa...

No, si yo lo sabía. ¿Qué se puede esperar de un vídeo de una canción dance o como sea? Pero tenía una vaga esperanza de que éste fuera distinto.

Pero no, claro. Lo más normal en el vídeo de una nueva versión de un clásido del dance es que empiece con una chica guapísima llevando un vestido mini y unos tacones estupendos e ideales para ir por el campo, claro que sí. Después, que la chica entre en una casa medio abandonada donde hay un sofá, una tele antigua y un saxofón, creo. Y por supuesto, lo suyo es que la chica se quite el vestido (ya estaba tardando, más de la mitad del vídeo vestida), en una pose sensual y provocativa, coja un mazo de no se sabe dónde y se ponga a derribar una pared en ropa interior.

Cómo no se me había ocurrido antes... Es un tema recursivo, parece. Algo de este estilo ya se vió en otro vídeo... Pues nada. Tomo nota de, aparte de que al menos debería tener un mazo en casa, cómo debe vestirse una chica si alguna vez hace bricolaje...

...y de lo que NO hay que hacer si no quieres llevarte una decepción.

26 noviembre 2008

Gafe = Frío

Llego a casa. Son las siete de la tarde, estoy destemplada, ovarialmente dolorida y sólo quiero llegar a casa, darme una ducha caliente y quedarme grogui en el sofá.

Cuando voy a encender la calefacción, un pilotito rojo me dice que algo va mal. Que me vaya preparando para congelarme de frío, porque reviso todo lo que se me ocurre revisar y no veo nada raro. Sólo una luz roja que antes no estaba ahí pero que hace que no funcione la caldera.

Llamo al 902 del S.A.T. de la marca de la caldera y después de tres minutos una voz seca y femenina me dice que no me puede tomar nota porque no le funciona el ordenador, pero que me da el teléfono de una empresa que se encarga de las reparaciones. Pero que vamos, lo llevo crudo (al menos eso interpreto de su desagradable tono de voz).

Por supuesto, nadie coge ese teléfono.

Luego se me ocurre llamar a mi seguro de hogar, que en teoría te ayuda a solucionar tus problemas en 24 horas. Otros cinco minutos colgada de un 902 para que al final me digan que sí, bueno, ejem, es que justamente lo que le pasa a usted no lo cubre nuestro servicio. Qué casualidad. Sólo si la caldera la hubiera roto un meteorito. Pero no es el caso, así que cuelgo una vez más frustrada porque pago un seguro que al final no sirve de nada (salvo que te caiga un meteorito, claro).

Ya me empiezan a asomar las lagrimillas. Tiene perendengues que todo me pasa cuando tengo la regla y estoy más sensible.

Luego busco en Internet otra empresa que trabaje con la marca de marras de la caldera. Por lo menos esta vez me atienden el teléfono, lo que es un gran avance. El hombre me dice que precisamente esta tarde han estado por ahí, pero que ahora mi avería está a la última de la cola y que como muy pronto se pasarán la semana siguiente (se pasarán, luego mirarán una pieza rota, otra semana de espera hasta que la traigan... me conozco el cuento). Al final le digo con voz lastimera que hace mucho frío y que no tenemos agua caliente. El hombre por lo menos lo entiende, pero la semana de margen sigue siendo igual de larga.

Estallo, porque tengo la sensación de que a nadie le importa mi problema. Llamo a mi chico para contarle lo que pasa y me promete moverse él para intentar solucionar algo. A ver si tiene más suerte, porque yo es que estoy gafada.

Al menos, tecleando me entran en calor las manos...

25 noviembre 2008

Avisos Virtuales Inexistentes

Hoy he llegado cansada a casa. Eran un poco más de las nueve cuando he metido la llave en la cerradura. Todo el camino de vuelta, siguiendo las luces traseras del coche de mi chico, me lo he tirado pensando en la tarde tonta que he perdido.

Como todos los Martes, justo al salir del trabajo, he cogido el coche para ir a las prácticas de asistencia obligatoria. Malditas las ganas que tenía, con los ovarios a punto de estallar: lo suyo hubiera sido quedarse tirada en el sofá con la manta eléctrica en el vientre, alivando el dolor con calor y chocolatinas. Pero en lugar de eso, después de esnifar una pastilla, he conducido con un frío de 4º, he buscado un hueco para aparcar cerca de la Universidad (no había), he esperado tres cuartos de hora en el pasillo gris al lado del aula para dar una estupenda y magnífica clase de... NADA.

El profesor no ha venido. Hemos estado esperando media hora (más los minutillos de antes, soy de las pocas que no le gusta llegar con el tiempo raspado), hasta que nos hemos cansado. He ido al despacho a ver qué pasaba, y un compañero del profesor ha dicho que no se le vería mucho por allí esta semana por no-sé-qué que había pasado el Domingo (el hombre me lo ha explicado pero yo no me he enterado).

Y yo me pregunto: sabiendo desde el Domingo que no vas a asomar la nariz por la Universidad y teniendo un espacio virtual, un tablón de anuncios telemático, un sistema de mensajería instantánea, otro de correo electrónico, una lista de distribución mediante mensajería al móvil, un tablón de anuncios físico... ¿No se podría usar alguno de esos sistemas para avisar al alumnado de que se suspende una clase? ¿Eh? ¿Sobre todo a esa gente que va a prácticas porque es obligatorio y se desplaza sólo y exclusivamente para asistir a esa única clase?

Recocida internamente y helada externamente, al menos he aprovechado y he hecho algunas compras antes de ir a la tienda de mi chico y volver juntos a casa. Ha sido al final un mal menor, pero me fastidian mucho esas cosas...

Por cierto, que tampoco ha publicado las notas de la prueba de la semana pasada, que creo que aprobé pero no estoy muy segura. Se vende caro eso de usar la plataforma virtual... Curioso, teniendo en cuenta su área de enseñanza (precisamente el desarrollo de espacios virtuales como ése).

Sólo espero que el frío que he pasado esta tarde no se aproveche de mis defensas bajas y encima pesque un resfriado. Lo que me quedaba ya...

24 noviembre 2008

Guggenheim Museoa

Ya que pasábamos cerca en nuestra ruta por el Norte, después de una estupenda comida, hicimos una visita a Bilbao.

La verdad es que el día no acompañaba nada. Hacía un poco de frío, pero lo peor de todo es que estaba lloviendo sin parar. Mientras entrábamos en la ciudad (pendientes del Tom-Tom, claro), decidí casi unilateralmente que lo que pegaba era visitar el Guggenheim -que en ese momento no sabía ni cómo se escribía-.

Sí, me entusiasmaba la idea. El Guggenheim es una de las muestras más vanguardistas del arte (creo que lo leí en una revista, semejante afirmación no puede nacer de mí), así que nada más que por eso, había que ir, claro. Me apetecía visitar algo cultural, no todo iba a ser relax y SPA y mimos y descanso... Podría presumir de haber estado en el mismo sitio donde James Bond escapaba de un malo, claro que sí. Pero sobre todo, iba a quedar tope cool en mis conversaciones: sí, porque cuando yo estuve en el Guggenheimmmmmmmm...

Así que bajo una cortina de agua, aparcamos el coche en un seco centro comercial cercano, donde tuve mi momento stripp-tease dentro del coche, porque me cambié de ropa en medio minuto (preferí ir cómoda, ya que iba a dar saltitos entre charcos), retorciéndome en el asiento del coche y esperando que ninguna cámara de seguridad enfocara precisamente nuestra plaza...

Al final, rodeamos calles en obras, saltamos charcos, pasamos un poco del paraguas, nos mojamos medio cuerpo y los bajos de los pantalones, se me encrespó el pelo un poco más, y llegamos al Guggenheim empapados pero entusiasmados.

Claro que la imagen que yo recordaba del museo la había visto en Internet, y era algo tal que así:






Pero entre que nosotros entramos por otro lado, estábamos más cerca que en esa fotografía, llovía, las calles de alrededor estaban levantadas por las obras, no soy fotógrafa profesional, hacía viento... Etcétera... La imagen que tuvimos fue menos atractiva, pero impresionante no obstante...












Lo que no conocía yo era el perro, y me gustó mucho. Se llama Puppy, está en la entrada principal y es un Terrier. Mide como unos 12 metros, y al parecer está hecho de acero inoxidable, substrato y plantas. El resultado es como un enorme seto en forma de perro que es muy original. Según he averiguado después, aunque nosotros lo vimos verde, florece y es de colores. Un espectáculo sin duda digno de ver.

Entramos en el museo, y una vez nos deshicimos de nuestros abrigos empapados, la cosa fue distinta. Nos dieron unos teléfonos-guía que iban explicando las distintas obras de arte del museo...

...y fue entonces cuando me dí cuenta de que soy una cateta.

Absolutamente.

Sí, me gustaron las Tres Venus Españolas. Me gustó el panel electrónico, Instalación para Bilbao. Pero entramos en algunas salas donde no entendí nada. Como por qué llaman arte a unas "esculturas" de hierro oxidado pintadas de blanco. O dos tuberías también pintadas de blanco. O unas estructuras enormes que hacían como un laberinto: una espiral, un pasillo... La Materia del Tiempo. Impresionante esto último, pero no lo veo como arte.

Los cuadros abstractos me gustan. Me gustan las mezclas de colores, me resultan fascinantes estéticamente. Pero me pierdo cuando quieren darle un significado...

Sobre todo aluciné cuando estuve viendo los Nueve Discursos sobre Comodo. Los nueve cuadros la verdad es que me gustaron bastante. Así que cometí el error de pulsar en el teléfono-guía la explicación sobre la obra. En resumen, vino a decir lo siguiente...

...el emperador romano Comodo, hijo de Marco Aurelio, que fue asesinado en el año 192 de Nuestra Era. Juntas, estas pinturas relatan la degeneración y el delirio del emperador. Durante los 12 años de su reinado, Comodo permitió que la estabilidad y la prosperidad reinantes en el Imperio entraran en declive. Fue un gobernante inestable y tiránico, amante de la violencia sangrienta de las luchas de gladiadores. En la última etapa de su vida cayó en la locura y se convenció a sí mismo de que era la reencarnación del gran Hércules. Tras su muerte, Roma entró en una guerra civil.

Las pinturas de Twombly apuntan a una ruptura del orden social, físico y psicológico. El tema de la muerte se evoca en las manchas que parecen de sangre y en los brochazos de pintura carmesí. Su caos visceral contrasta con el orden de las estructuras cuadriculadas superpuestas sobre las frías superficies grises. Al revisar esta obra, el artista explicó que eligió la superficie gris para que actuara como una especie de espacio negativo, según sus propias palabras, para contrarrestar los aspectos más pictóricos de la obra...

No, perdona. La primera parte me parece bien, al fin y al cabo es Historia. Pero no me digas que esos nueve manchurrones de pintura, estéticamente bonitos pero manchurrones al fin y al cabo, describen cómo una mente sana y equilibrada al principio (cuadro de la izquierda, dos hemisferios cerebrales blancos) van dejando paso a la locura y a la sed de sangre poco a poco (siguientes cuadros, con más pintura roja mezclada). No me lo creo. Lo mismo podrían representar cómo un capullo de flor va floreciendo y luego perdiendo los pétalos. O lo que sea. Por imaginación que no quede. Pero me cuesta pensar que cada obra abstracta tiene un significado tan profundo y místico. A mí me parece una mezcla de colores bonita. ¿De verdad hace falta que tenga una esencia mucho más rimbombante?

Salí un poco molesta después de escuchar la "explicación". Las demás salas no fueron distintas. Me preguntaba constantemente si los demás que vieran los cuadros y escucharan las interpretaciones lo verían así de forma natural, o realmente todo es una mentira tolerada por la gente que nos sentimos estúpidos por no ver así el arte y que no lo decimos en voz alta por miedo a que cuatro gafapastas nos miren por encima del hombro. Cuatro gafapastas y un montón de azafatas del museo (mínimo una por sala), que no sólo no te dejaban fotografiar nada (que no dejen fotografiar la obra lo entiendo, pero, ¿y el edificio en sí, por qué no? ¿Cómo vamos a presumir entonces?), sino que te miran con desprecio si no estás un mínimo de tiempo en la sala contemplando las obras. Yo creo que tenían hasta cronómetros...

La pregunta es: ¿sólo alcanza la categoría de arte una obra abstracta si tiene una interpretación mística?

Sí, me sentí cateta, lo reconozco.

Y pequeña. Pequeña en aquella gran estructura que funciona como un corazón (al menos, esa descripción dió la irritante voz del teléfono-guía), y un poco indigna de estar allí, sin apreciar en toda su magnitud las obras que estaba contemplando, sin entender el significado de unas esculturas que me parecían ridículas (me refiero principalmente a las de desechos pintados de blanco), sin asimilar las representaciones profundas de los cuadros que simplemente me gustaban por la mezcla de colores...

Sí, he estado en el Guggenheim, y está claro que no entiendo de arte. Que nadie me invite a tertulias sobre este tema, no estaré a la altura.

Ahora, creo que aún así, la visita es obligada, para quien entienda y para quien no.

23 noviembre 2008

Shake it!

Tengo que reconocerlo, sí. A mi chico es verdad que le gusta fastidiarme canciones, pero también es cierto que es un curioso musical, explora mundos sonoros (qué bonita expresión) y me selecciona canciones que él cree que me pueden gustar.

El otro día, no sé de dónde los sacó, pero me presentó una banda de flipaíllos (con cariño, of course!) que se llaman METRO STATION. Los chicos son californianos y hacen pop electrónico alternativo (menos mal que alguien puede definir su música). La canción que más me ha gustado y que la llevo incrustada en el cerebro es SHAKE IT!, ideal para ponerte las pilas en un momento de bajón (o un Lunes, por ejemplo). El vídeo oficial es un poco fliping a la vez que energizante, pero no lo puedo publicar, así que os dejo un enlace para el que tenga curiosidad.

Pero sí puedo dejaros es un vídeo de cómo quedaría el famoso spot del iPod utilizando esta pegadiza cancioncilla. Es un vídeo divertido y colorista. Además, me siento plenamente identificada con el chico protagonista (en este vídeo y en otros de su misma colección)...

A ver empezando así la semana sigue bien, porque la pasada entre unas cosas y otras fue un lío...

21 noviembre 2008

Tres Años

He vacilado un poco antes de publicar este post. En realidad, bastante. Pero luego he pensado, ¿por qué no? Es mi blog. Es mi vida. Y este, es mi grito.
Hoy hace tres años de la muerte de mi padre.

En realidad, he tenido que mirar el calendario para saber los años que han pasado. La fecha sí que la tengo muy clara, pero el año se me diluye en la memoria porque para mí ha pasado mucho más tiempo.

Los días de antes y de después los tengo muy vivos dentro de mí, pero sólo consigo acordarme de detalles dispersos que me cuesta ordenar crolonógicamente.

El primer recuerdo que tengo es una sensación de culpabilidad. La mañana en la que mi padre entró en coma por un fallo general de su organismo, yo había ido con una amiga a comprar unas cosas y me había ido sin móvil. Creo que esa fue la primera vez que me dejo inconscientemente el teléfono en casa. Me di cuenta de que no lo había cogido a mitad de mañana, pero pensé que daba igual porque nunca nadie me llamaba a esas horas. Pero justo ese día me intentaron localizar en mi móvil, que se quedó vibrando en un piso vacío. Como no contestaba, llamaron a mi trabajo y mis amigos le dieron el teléfono de la amiga que estaba conmigo.

Su móvil sonó cuando nos bajábamos del autobús, ya llegábamos a casa. Recuerdo que fue una amiga de mi madre la que me llamó y me dijo que mi padre se había puesto peor. Automáticamente pensé que era la manera suave de decirme que había muerto, y me empezaron a temblar las rodillas. No me sostenía en pie y me faltaba el aire. Creía que me iba a desmayar del dolor que tenía en el pecho en aquel momento. Después salí corriendo hacia el piso que compartía con otras chicas, pero luego me paré en seco porque no tenía sentido correr. ¿Cómo iba a ir a casa? No tenía combinaciones de autobús... ni la cabeza despejada como para pensar con claridad.

Luego tengo un vacío, y fragmentos de pensamientos que me cruzaron la cabeza. Mis amigos, que ya se habían enterado, me ayudaron mucho. Me consiguieron el número de un taxi para ir a casa, y fui yo quien llamé, con la voz entrecortada por el llanto. El taxista me dijo que en esas condiciones no iba a llevarme... y yo le grité que quien tenía que conducir era él, y que mi estado le debía importar un pimiento, y que cómo quería que estuviera dadas las circunstancias. Creo que alguien me quitó el móvil de las manos y se ocupó de llamar a otro taxi. No recuerdo qué pasó exactamente.

Mientras, alguien me preparó una bolsa con algo de ropa. No quería llevar nada negro, como para luchar contra lo que yo pensaba que había pasado, pero al final logré meter dentro toda la ropa oscura que tenía limpia, y que mojé con las lágrimas que seguían cayendo. Me ofrecieron agua, algo de comer... pero tenía un nudo en la garganta que a duras penas me permitía respirar, así que no fui capaz de que me pasara nada. Recuerdo que una amiga me llenó las manos de caramelos para el viaje, unos Solano de fresa y nata (es curioso que me acuerde con tanta nitidez de ese detalle). "Es todo lo que tengo en el bolso", me dijo. Me pareció un gesto muy tierno, y consiguió que me sintiera un poquito mejor durante unos instantes.

Después, dos horas de viaje. Dos horas de angustia, de mirar por la ventana y no ver nada, de irritarme con el conductor porque ponía la radio, de pellizcarme para despertar, y de pensar cosas absurdas como que ojalá el viaje no me costara más de lo que llevaba en el bolsillo: un billete de 100 euros que seguramente estaba guardando para alguna otra cosa...

El taxi intentó aparcar en la puerta de mi casa. Allí ya había otro taxi, y mientras el mío aparcaba ví cómo salía del otro con bastante dificultad mi abuela y una tía mía, y pensé que si estaban allí era porque realmente había pasado lo peor. Mi taxi no había parado pero yo ya salté fuera, le pagué con el billete porque era lo único que tenía y el taxista me dijo que estaba bien. Agarré mi bolsa y subí las escaleras de cuatro en cuatro como una exhalación. Creo que ni siquiera saludé a mi abuela, simplemente entré al dormitorio de mis padres.

Ahí estaba mi madre, no recuerdo si estaba serena o no, sólo sé que allí había más gente que tampoco recuerdo, y miré a mi padre, que estaba en la cama, como dormido. Respiraba muy fuerte y estaba con los ojos cerrados, pero parecía muy tranquilo, y sobre todo: aún estaba conmigo. Me senté a su lado en la cama y le aparté un mechón de pelo oscuro y liso, un pelo que siempre le he envidiado.

No sé qué pasó más. Sólo sé que el médico había dicho que no podía saberse cuánto tiempo iba a estar mi padre en coma antes de morir, pero lo que sí se sabía es que el desenlace no tenía solución.

Esa última parte no quería ni escucharla. Algunos familiares, junto con mi madre, hablaban de los preparativos para cuando ocurriera... y yo no soportaba oír esas cosas. Me enfadaba y gritaba que se callaran de una vez; me intentaron explicar que era necesario plantear ciertos temas, porque lo sabíamos de meses atrás, pero me daba igual. No atendía a razones. No entendía cómo podían plantear esos temas y estar tan tranquilos cuando yo no había conocido un estado de angustia peor en mi vida.

Mi única obsesión era que mi padre estuviera cómodo y no estuviera solo. Me quedé en su habitación, con él, hablándole a veces, otra sólo acariciándole la cabeza, para que no se sintiera solo. No soportaba la idea de que muriera solo. Como me pareció que yo era la única persona que se preocupaba de eso, estaba de guardia permanentemente. Sólo salía al salón cuando alguien se quedaba con mi padre. Comía allí dentro también. Si tenía que salir a algo, lo hacía a condición de que alguien me relevara. No me di cuenta de lo agotador que era, hasta que me descubrí pensando que quería que la situación se acabara pronto.

Me odié a mí misma por pensar eso. De las personas que había constantemente en casa (familiares y amigos) oía cosas como que al cuñado de no-sé-quién le había pasado lo mismo, pero que no llegó a estar en coma, o que el vecino de no-sé-quién había estado así diez días... No me podía imaginar estar diez días así, con la angustia, con la alerta constante, con la incertidumbre de no saber si lo estás haciendo bien o si no, con la desesperación de gritarle a todo el mundo que hiciera algo, con la tristeza infinita de ver que algo se va perdiendo, con el nudo en la garganta, los ojos hinchados, la voz ronca.

Por las noches seguí al pie del cañón, acompañando a mi padre. Recuerdo una discusión con mi madre para ver quién se quedaba, pero no había forma de hacerme entrar en razón. Me quedaba yo y punto. Mi madre había estado día y noche durante meses haciendo guardia al lado de mi padre, y ahora me tocaba a mí. Pasé las noches prácticamente en vela, vigilando la respiración de mi padre, para asegurarme de que seguía conmigo. No creo que llegara a dormir más de cinco minutos seguidos aquellas noches.

Por las mañanas todo era igual, como si el tiempo se hubiera detenido. Había un silencio pesado en la casa, a pesar de que siempre estaba llena de gente que nos acompañaba. Mi madre estaba pendiente de todos y yo estaba pendiente de ella y de mi padre. En esos momentos me sobraba todo el mundo allí, no me sentía en absoluto acompañada.

Creía que me bastaba y me sobraba para cuidar a mi padre, estar pendiente de las heridas que le hacía el hecho de estar inmóvil en una cama, heridas que yo pensaba que tardarían en aparecer pero que le noté casi desde el primer día. Le ponía cómodo, recordaba las posturas que solían gustarle y procuraba que estuviera así. Luchaba contra su cuerpo, que no le regulaba bien la temperatura, y lo tapaba cuando me parecía que tenía frío e intentaba refrescarle si parecía tener calor. No sé si realmente manifestaba cómo estaba, pero yo creía percibirlo. Tampoco sé si me oía, pero yo le hablaba. No quería que se fuera sin saber que le quería a pesar de todo.

También recuerdo la tarde del Sábado. Mi padre tenía fiebre. Mucha. No sabíamos qué hacer para aliviarle, así que llamamos al Centro de Salud. El médico que me atendió parecía molesto porque habíamos osado llamarle cuando estaba viendo el partido de fútbol (encima un Madrid-Barça, ganó este último 0-3), menuda osadía, interrumpir la pasión futbolera por esas cosas...

Claramente fastidiado, se dignó a ponerse al teléfono y me dijo que no podían hacer nada por mi padre, que su cuerpo ya no respondía y que no merecía la pena intentar nada debido a su estado. Me empezó a faltar el aire. Siguió diciendo que nosotros le habíamos sacado del hospital y que tendríamos que cuidarlo. Es cierto: nosotros nos lo trajimos a casa para que estuviera donde él quería.

Sé que la indignación que me supuso oír aquello superó con creces a las ganas de llorar que tenía y la desesperación que sentía. Sé que le grité al médico, pero no recuerdo qué le dije. O a lo mejor no levanté la voz. Sólo sé que si lo hubiera tenido delante, hubiera hecho una locura. Luego el médico vino a casa, supongo que a resultas de lo que le dije, e intentó ayudar a mi padre. La oleada de indiganción que sentí al verle me nubló los sentidos y creo que fue la segunda vez que sentí que se me doblaban las piernas desde la primera llamada, hacía ya ni sabía el tiempo.

Más tarde, pensé en ponerle una reclamación al médico (tengo su nombre grabado a fuego), escribir una carta, hacer algo para que nadie, ningún familiar triste y desesperado pasara nunca más por lo que pasé yo por su falta de ética, humanidad, empatía... Llámese X. Pero mi madre me quitó la idea de la cabeza. Dijo que no valdría de nada y que lo dejara estar. Puede que tenga razón, no lo sé. Sí que estoy segura de que si ahora lo veo, tres años después, no respondería de mis actos.

Una noche, después de cenar, cuatro días después de que entrara en coma pero una eternidad en mi curiosa percepción del tiempo en aquellos momentos, entré a ver a mi padre para curarle las heridas. Mi madre entró después para ver si necesitaba ayuda, pero le había cogido el truco y no hacía falta. Siempre empezaba por el pie: me sentaba a los pies de la cama y le curaba una herida pequeña que tenía en el talón. Mi madre se quedó a ver cómo lo hacía. Al rato me dijo: "se está moviendo", en voz muy baja y un poco asustada. No le hice caso porque no podía ser, desde que entró en coma mi padre no podía moverse, siempre le cambiábamos nosotros de posición. Pero levanté la vista y se estaba moviendo. Había levantado la cabeza y tenía los ojos abiertos.

Mi madre llamó corriendo a mi tío (el hermano de mi padre) y vino él y su mujer; eran los únicos que se quedaron con nosotros... Cuando pasaron los días la gente que en un principio estaba constantemente en casa regresaron a sus vidas, y nos quedamos solo cuatro personas al cuidado de mi padre. Las cuatro personas que le dijimos adiós.

Nos quedamos a los pies de la cama. Después, sólo tengo recuerdos de mí misma que llamaban a mi padre, quien nos había mirado unos momentos. Volvió a cerrar los ojos y se fué. Le llamé desesperadamente, pero no volvió. Oía de lejos a mi madre decir que ya estaba, pero me negué a creerlo. No podía ser. Le busqué pulso desesperadamente en todos los puntos vitales. Me pareció oír una respiración inexistente. Creí notar un movimiento que no se produjo. Sentí un pulso que no había. Me aferré a una vida que ya se había ido.

Lo que pasó después no lo recuerdo muy bien. Sólo recuerdo la sensación de vacío que me quedó cuando todo acabó y mi madre y yo nos quedamos solas. Lo peor no es el momento, ni el día después, porque todo está tan reciente que no te lo crees, y estás tan rodeada de gente que no eres consciente...

Lo peor viene cuando te encuentras muy sola, y te das cuenta de que así te vas a sentir el resto de tu vida, porque ese vacío no se llena con nada.

18 noviembre 2008

El Universo no me quiere...

Eran las 17:12 de mi Lunes libre y dedicado a temas académicos (soy una santa). A esas horas debería haber estado preparando la prueba de hoy, pero NO. Y no porque no lo hubiera intentado, sino porque el Universo ayer decidió reirse de mí un poquito.

Después de hacer el sobrehumano esfuerzo de levantarme del sofá cuando lo que realmente me apetecía era quedarme un rato adormecida después de comer (para una vez que podía remolonear...), me instalé en el estudio, en el ordenador de sobremesa nuevo y potentísimo. Desplegué todos los medios para ponerme a estudiar (cómo cambian los tiempos: antes con papel, bolígrafo y calculadora era suficiente, y ahora no puedo hacer nada si no es con tres programas abiertos), y me encontré con que:
  • El USB donde tenía el trabajo de dos semanas que es el que debía preparar no funcionaba. Estaba muerto. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.... Primero pensé que era del ordenador nuevo, que no reconocía mi monísmo USB, pero no. Lo probé en el portátil y tampoco. Es como si no enchufara nada. Así que todo lo que había hecho en clase estaba dentro de un chip inútil.

  • El programa que tenía que utilizar, recién instalado en el sobremesa nuevo, se abría y se cerraba sin que en esta última acción mediara nadie. Había decidido que no le apetecía funcionar y tal y como lo abría, él se cerraba. Sin dar explicación. Porque él lo valía.
Así que me trasladé al portátil porque allí si parecía que le apeteciera funcionar. Volví a bajarme de la plataforma virtual los guiones y la teoría que necesitaba, y la descarga tardó la vida porque en el sobremesa la borriquilla estaba en pleno apogeo (y no: apagarla es un sacrilegio), chupando todo el ancho de banda. El WiFlins estaba con la lengua fuera. Pero al fin, apartando teclados, dejando sitio y tal, me puse a prepararme la prueba de esta tarde...

Como tenía que teclar mucho, cambiar de pantalla, de programa y de todo, no me apañaba nada bien con el TouchPad del portátil (para un rato está bien, pero no para tirarse horas trabajando). Busqué el miniratoncillo que tengo yo para estos casos. Por supuesto, no lo encuentré.

Churrimangué el ratón al sobremesa y resultó, qué cosas, que no es Plug&Play, sino que había que instalar los controladores de marras y encima el Windows XP deloscojones dijo que mi ratoncillo con corazoncitos no era compatible. ¿Cómo que no, si lo había sido siempre para el sobremesa, y además, es muy cuco? El portátil me amenazó con que si seguía instalando el controlador, el sistema se podría desestabilizar, pero como la cosa no podía ir peor, pues desafié a Windows XP deloscojones y le di a CONTINUAR. ¡Ja!

La instalación concluyó sin incidentes.

Increíble, pero cierto.

Por fin parecía que me podía concentrar, pero el ratón era uno de mis dos problemas. El otro era que un teclado de portátil no es nada útil para cuando tienes que programar fórmulas matemáticas y tal. El pequeño teclado numérico de toda la vida se echaba en falta, sobre todo cuando ya no sabes ni dónde tienes la coma numérica, ni la cabeza ya puestos...

Ahora, el culete sí que sabía dónde lo tenía porque me dolía de estar toda la tarde ahí sentada como una campeona. Todos los santos como yo sufren martirios así...

Ahogué mis penas en Coca-Cola Light (medio litro, y porque me contuve).

Estaba de tan mal karma que no me salía nada, por supuesto. Jo.

Si suspendo hoy, el Universo tendrá la culpa.

17 noviembre 2008

Lunes Egoísta

Hoy es Lunes y estoy en casa. Me sabe genial. Es el primer Lunes laborable que me quedo en casa tranquilamente, en pijama, disfrutando del día. Al menos, que yo recuerde...

Me tomé la semana de vacaciones incluyendo hoy entre otras cosas por puro egoísmo. Lo reconozco. Hoy Lunes es el primer día laborable después del 15 y por eso hoy tendría muchísimo trabajo pesado y aburrido que he preferido que hagan otros. Llegar el Martes con la parte más tediosa hecha (en teoría, espero que no me hagan una Jugada de la Cabra) es lo que estaba buscando cuando escogí este día como el último de mis vacaciones.

Oficialmente, la explicación -que no tengo que dar ninguna, pero siempre me gusta tener una coartada- es que mañana tengo una pequeña prueba en la Universidad y me quedo en casa preparándola (porque no he dado golpe esta semana). Eso estoy haciendo, sí, pero en un segundo plano. Principalmente disfruto de un Lunes libre, que es un gustazo como pocos.

Y sigo siendo egoísta, porque también he querido disfrutar del hecho de quedarme en la cama mientras mi chico se va a trabajar. Ronronear medio dormida ocupando su lugar en la cama mientras él se prepara, resignado. Cerrar los ojos dejando a las claras que pienso seguir durmiendo sin un ápice de solidaridad con él... Aunque, bueno, me he levantado una hora después que él, tampoco hay que hacer sangre. Egoísmo, el justo y ya es bastante.

16 noviembre 2008

So delicious...

Se acabaron las vacaciones, jo. Ahora toca soñar despierta en el sofá con todo lo que hemos hecho, lo bien que lo hemos pasado y lo que hemos disfrutado...

Una de las mejores cosas de la casa rural donde estuvimos estas vacaciones (y que nunca me cansaré de alabar porque es simplemente PERFECTA) fue la comida. La primera noche, cuando llegamos y nos pusieron la cena, pensé que el hecho de que me supiera deliciosísima era que llevábamos seis horas metidos en un coche y cualquier cosa nos sabría a gloria. Pero no, no, no y NO. La realidad es que sabía a gloria.

La cena de esa noche consistió en una crema de calabacín de primero. En mi vida me habría dignado a probarla (calabacín = verduruja = puaj), pero realmente tenía una pinta increíble, y la mujer que nos la sirvió lo hizo con tanto agrado, que la probé. Y repetí. Cuatro cucharones de crema me metí entre pecho y espalda: ¡estaba deliciosa! Pero eso sí, prometimos que jamásnuncaenlavida mi madre se enteraría de eso... y también prometimos buscar la receta por Internet. Para una receta saludable que nos gusta...

Después, una fuente enorme de carne de ternera en una salsa exquisita, con ciruelas pasas y patatas crujientes, acompañado todo de compota de manzana. Creo que es la carne de ternera más deliciosa y tierna que he probado en mi vida. Aluciné. Sobre todo cuando ví que no iba a quedar nada de nada... Todo, por supuesto, acompañado de pan tierno de la tierra.

Y para terminar... Arroz con leche, con canela y azúcar moreno. Impresionante. Además, había una tarta de cuajada con caramelo que también estaba tremenda. Nos fuimos a la habitación más que satisfechos. Todo estaba riquísimo de verdad.

Por la mañana, cuando nos levantamos descansados y casi sin recordar la paliza de coche, descubrimos que la cena no había sido una alucinación provocada por cansancio o cualquier otra cosa. El comedor estilo rústico inundado por el sol era de verdad...

Nada más entrar en aquel comedor, la sensación de placidez era indescriptible. Cerrabas los ojos, escuchabas música suave, sentías la calidez del sol en la piel, olías a madera y a pan recién hecho... No sabíamos ni qué hora era. No importaba. No había prisa. Ninguna obligación salvo la de sentarnos a la mesa. Una mesa puesta con muchísimo cariño, y que agradecí infinitamente.

El desayuno fue también increíble: zumo de naranja natural, bizcocho, hojaldres, tostada de sabroso pan de pueblo con aceite, mermelada de frambuesa y melocotón, mantequilla fresca, café o Cola-Cao... Además, ha sido el primer desayundo en mi vida que ha tenido postre: un lácteo con azúcar moreno, virutitas de chocolate y crocanti... La comparación con el Cola-Cao calentado en el microondas que me bebo en quince segundos de pie en la cocina todas las mañanas casi me hace llorar. Sobre todo si a eso se le añade que la mesa estaba puesta con gusto y cariño. Uno de los mejores desayunos de mi vida...

11 noviembre 2008

¿Románticas?

- Cariño, no me digas que no son romáticas todas las velitas de la casa...

Ummmmmm... Partiendo de la base de que no me gustan NADA las velas, no sé qué quería que le contestara. Aunque sí, reconozco que estaban muy bien puestas.

- Románticas no, yo diría más bien decorativas. Sí, están bien.

- Son románticas.

Qué manía con que las velas son románticas, oye. De verdad que no lo veo.

- No: son decorativas.

- Son románticas. ¿No me dirás que las velitas que había en la cena no eran románticas?

Las velitas de la cena. Ah, sí. Quiere argumentar su opinión por ahí. Piensa que es mi punto débil... La cena estuvo estupenda, la mesa estaba puesta muy cuca (como a mí me gusta), había una cestita con velitas pequeñas y discretas para dar un ambiente cálido y tranquilo. Tal que así:


- Hombre, si reconoces que las piedrecitas que había en el centro de mesa también lo son...

- Vale, tú ganas.
¡JA!

10 noviembre 2008

Paraíso...

Después de madrugar, coger el coche, recorrer ochocientos kilómetros (y uno es una exageración), soportar las "gracias" del GPS... Llegamos al Paraíso...






















































(Y en el Paraíso hay WiFi, como tiene que ser, para poder comunicar al mundo que no puedo estar más contenta de estar aquí.)

09 noviembre 2008

PÁNICO

PÁNICO es lo que te entra un Sábado por la tarde, a las 20:30 aproximadamente, cuando por fin decides, después de perrear toda la tarde, hacer la maleta, más que nada porque al día siguiente bien tempranito te vas una semana de vacaciones.

PÁNICO es lo que sientes cuando abres tu armario y esta vez sí: no tienes nada que ponerte. Lo que pensabas echar en la maleta descansa hecho un higo en el cesto de la ropa sucia, o está en casa de tu madre siendo arreglado. El resto de las cosas que tienes delante, simplemente, no te sirven.

PÁNICO es el sentimiento que te recorre mientras te das cuenta que toda la ropa que ocupa el armario está pensada para un clima que no es el que te vas a encontrar los próximos siete días. No tienes nada que te proteja del frío. Del frío-frío de verdad (el que corta la piel, el que te hace temblar, el que hace que se te congele el moquillo), no ese pseudo-frío que hay en la zona en la que vives. No hay un sólo jersey grueso en ningún cajón. Como mucho, puedes fabricarte un aislante térmico a base de capas de camisetas...

PÁNICO es lo que recorre tu espina dorsal cuando eres consciente de que tu estilo arregladamente informal es inadecuado para unas vacaciones. No tienes nada que sea simplemente informal. Sólo un solitario chándal, comprado con clarividencia un par de semanas antes. Nada más. La sección de Look Rural no aparece por ningún lado.

PÁNICO es lo que se te instala en la boca del estómago cuando cierras el armario y te dedicas a mirar el zapatero. Sandalias de tiras de verano (claro), bailarinas, botines bajos, dos o tres zapatos de cuña, bastantes zapatos planos. Calzado de ciudad, vamos. Todos monísimos, pero altamente inadecuados. Tan sólo unos deportivos pueden servir, y tampoco se ven muy campestres. Nada de botas de montaña, y por supuestísimo, ni asomo de unas katiuskas o algo parecido.

PÁNICO es lo que te impide pensar en la forma más eficiente de meter las únicas cuatro prendas que has decidido que son válidas en una minimaleta ideal para los fines de semana pero escasa para un viaje más largo (para una mujer, se entiende: para un chico, sobraría más de la mitad). Las cuatro cosas ocupan más de lo que la Física podía preveer, y no hay manera de ponerlas de tal forma que se pueda añadir una bolsa de aseo y se pretenda cerrar la maleta. La compresión de textiles tiene sus límites. En un desesperado intento, sentándote encima por supuesto, intentas que la cremallera cierre, pero no es posible hacerlo sin reventar una costura. Decides echar mano del último recurso: la cremallera "aún cabe más", pensada para las nuevas adquisiciones durante el viaje...

PÁNICO es lo que se ve en los ojos de tu chico cuando sales con una maleta, una bolsa de fin de semana aparte, más la bolsa de aseo para llevar al maletero, más tu misma, tu bolso, tu abrigo...

Jo, y si supiera que no tengo nada que ponerme...

08 noviembre 2008

El día de antes...

Estoy de vacaciones.

Estoy de vacaciones.

Eso me repetía anoche en la cama, boca arriba y con los ojos abiertos en la oscuridad. No sé si es que no me lo terminaba de creer o qué, pero necesitaba que mi cuerpo y mi mente fueran conscientes, así que usé ese pequeño mantra hasta que me quedé dormida.

Esta semana ha sido muy larga y muy agotadora. Tanto física como psíquicamente. Ha sido un frenetismo de trabajo, clases, complicaciones... Se me han juntado un montón de cosas, y al final, todo en conjunto me ha superado. Una tontería ha sido la gota que ha colmado el vaso y me ha hecho sentir asfixiada y algo oprimida. Incluso me di cuenta anoche de que estaba muy desinflada y no sentía el entusiasmo de que debía sentir ante la perspectiva del viaje semi-sorpresa que mi niño ha preparado con un montón de ilusión y secretismo (lo de semi es porque entre la idea que yo tenía y las cosas que se le han ido escapando, pues sospecho con un error de unos 200 kilómetros a dónde vamos a ir). Hoy ya me encuentro un poco mejor, pero no del todo. Espero que haciendo la maleta me vuelva el cosquilleo en el estómago que debo tener ante las perspectiva de estas vacaciones...

07 noviembre 2008

¿Y yo, qué leo? (XI)

Aprovechando el fin de semana pasado, hundida en un sofá y calentita, me terminé de leer este libro de la misma autora de LOCA POR LAS COMPRAS, sólo que ahora con su verdadero nombre: Madeleine Wickham.

La sinopsis que hay detrás del libro es la siguiente:
Roxanne, Maggie y Candice son tres amigas que una vez al mes se reúnen para tomar una copa y contárselo todo.

Las tres atraviesan momentos difíciles en sus vidas: Roxanne espera que su amante deje a su mujer por ella; Maggie está muerta de miedo por su próxima maternidad y a Candice no le queda más remedio que enfrentarse a su pasado.

Un inesperado encuentro en el bar en el que suelen reunirse desencadena una serie de acontecimientos que dan un vuelco a sus vidas y casi termina con su amistad. Ha llegado el momento de acabar con los secretos que las tres guardaban.
El libro cuenta la historia de tres amigas que trabajan en la misma empresa y que una vez al mes quedan para tomar algo y ponerse al día. Las tres son muy diferentes, pero buenas amigas, de ésas que hacen una piña inseparable.

Pero la maternidad de una de ellas la aparta de sus amigas... Ya no puede seguir el ritmo de vida que llevaba hasta ese momento, y ahora se encuentra con un reto que, a diferencia de los anteriores, no sabe cómo manejar: su hija. El miedo a arruinar su imagen de mujer competente la hace ocultar sus temores a la gente de su alrededor, incluidas sus dos amigas.

La más independiente de las tres tiene algo que ocultar: una relación con un hombre casado cuya identidadque lleva en secreto más de seis años. Pero un inesperado suceso trastoca su vida, y finalmente su "trapo sucio" ve la luz.

La más cándida de la amigas también tiene un secretillo, pero en su pasado. Es algo con lo que vive diarimente, y que no sabe nadie más que ella y su familia. Todo el asunto parece enterrado, adormilado, pero un encuentro lo despierta inespeadamente. Ella lo interpreta como una segunda oportunidad de enmendar la situación, y aunque sus amigas le advierten de que hay algo raro en ese encuentro, ella hace oídos sordos...

Realmente las espectativas que tenía eran algo altas, lo reconozco, después de conocer a Becky. Esperaba una historia alocada, pero no la he encontrado. En realidad está bastante bien, es un libro entretenido y dinámico como a mí me gustan, pero no te ríes tanto como en la famosa saga. Es una historia sin grandes pretensiones, pero agradable no obstante.

06 noviembre 2008

I do understand!

Es fácil imaginar que haya cosas que no se entiendan.

No todo el mundo tiene la misma capacidad de entendimiento.

No todos los asuntos son sencillos de entender.

Muchas veces es difícil explicar algo para que se entienda bien.

Pero con lo que no puedo es con lo que no se quiere entender. O peor: cuando alguien dice no lo entiendo, pero en realidad lo que significa esa frase es no me interesa entenderlo. Sería mucho más honesto decir a las claras que no se está de acuerdo con algo que se puede asimilar. Me parece mucho mejor ir con la verdad por delante, y no perder el tiempo diciendo que algo no se entiende. Creo que es infinitamente mejor hacer público un desacuerdo que hacer ver que no entiendes algo... Entre otras cosas, se evita que alguien haga un esfuerzo inútil por explicar algo que está claro pero que no despierta simpatías.

El pues no lo entiendo que es sinónimo de no me gusta o no me parece bien es la frase más hipócrita que conozco hasta el momento y he de confesar que me pone de los nervios. Por extensión, también me molesta que me crean tan tonta de no saber distinguir una cosa de la otra.

Realmente, me gustaría que fuéramos tan valientes de poder decir bien alto nuestra postura sin tener que ocultarnos detrás de un cobarde y cómodo pues no lo entiendo.

05 noviembre 2008

Tirada por el suelo, como una alfombra...

Esta semana se me está haciendo eterna. Me quedan realmente tres días de trabajo antes de mis ansiadas vacaciones, pero me parecen tres laaaaaaaaaargas semanas. Además, el hecho de estar pensando en mis días libres no hace que afronte las tareas con más alegría, más bien al revés: estoy apática total, completamente plof.

Además, esta semana tengo que ir a la Universidad a hacer las prácticas de esta semana y a adelantar las que viene... Así que justo después de salir del trabajo, cuando ya está oscureciendo (depresión total), me toca coger el coche e ir un rato a sumegirme en fórmulas matemáticas y programación básica. Con este ritmo, llego a casa a las tantas, cansada y con pocas ganas de hacer algo que no sea ponerme el pijama y vegetar debajo de mi edredón nórdico.

Ante semejante panorama, que mucho me temo seguirá igual después de mi semana de vacaciones, algo que podría animarme es...

...es...

¡Una alfombrilla de bienvenida para mi casa!

Concretamente, una como ésta...

...así que con este post me presento oficialmente al concurso (perdón: MEGACONCURSO) organizado por MandaWebos, quien amablemente cederá una bonita alfombrilla de IKEA para el ganador (que espero que sea yo, claro, a ver si tengo buena suerta alguna vez... Me lo merezco, ¡jo!).

04 noviembre 2008

Are you on-line?

Un día cualquiera, por la tarde. Aunque no me apetece nada, hago el sobrehumano esfuerzo de sentarme a estudiar un poco delante del ordenador: no tengo otro remedio, tengo unas prácticas pendientes de hacer...

Me conecto al Campus Virtual para ver las últimas novedades de las clases a las que no asisto. Mientras carga o no el entorno, leo un par de post atrasados de los blogs que sigo y me meto a ver mi correo en G-Mail y junto a mi nombre de usuario se dibuja un punto verde: G-Talk está listo para ser usado. Abro un navegador y la página de inicio es FaceBook, así que aprovecho y modifico mi estado que llevo igual dos días. El sonido del Messenger me avisa de que algún conocido se acaba de conectar. Busco el software de Last.fm para poner un poco de música de fondo. Luego me acuerdo de mirar una cosilla en un foro... y entonces me doy cuenta.

Estoy multiconectada.

Me encuentro sola en casa, pero en realidad estoy on-line en nosécuántas redes sociales. Tengo amigos a un click de distancia, pero ni siquiera hago el esfuerzo de saludarles, porque en realidad me alegro de estar sola en mi cuarto. Cambio mi estado a BUSY en todos los sistemas (espero no haberme dejado alguno) y me concentro en lo que debo... Aunque por poco tiempo. Levanto la cabecita y veo a alguien escuchando lo mismo que yo, o pensando lo mismo que yo, o haciendo lo mismo que yo... La tentación es grande, y abro una ventana de conversación..

02 noviembre 2008

Vender Pasado

El Viernes vendimos nuestra casa.

Cambiamos más de doscientos metros cuadrados por cuatro rectángulos de papel, que un gestor estirado nos entregó con pomposidad.

Debía ser un acontecimiento alegre. En realidad, vender la casa era algo que teníamos claro desde hace mucho tiempo. Años. Estaba decidido. ¿Para qué la queríamos? Era demasiado grande para nosotras dos solas. Así que la pusimos en venta. Ahora, con la crisis, no teníamos ninguna esperanza de venderla. Mi madre se desesperaba cada vez que veía las noticias y el locutor cantaba las cifras que nos perjudicaban: "las ventas han descendido un 50%", "los precios de las viviendas han bajado un 20%", "la crisis hace que la gente sea cauta y no se aventure a comprar", "los bancos ya no conceden préstamos hipotecarios"... Y yo sé que ella ha estado muchas noches sin dormir pensando en eso.

Así que cuando aparecieron los compradores, casi parecía una broma. Pero no lo era. Mi madre conoció a la familia que quería nuestra casa un Jueves, y el Sábado siguiente hicieron una oferta en firme: lo que pedíamos, sin peros. En tres meses se haría efectiva la venta.

Esos tres meses se han convertido en uno, y el Viernes pasado nos reunimos en un escaso despacho de una Notaría a firmar la compra-venta. Estábamos todos de pie escuchando la descripción de la casa, en metros cuadrados, en partes indivisas. Y yo pensaba en las dos plantas, en las habitaciones amplias, en la cocina forrada de madera, en el extenso patio, en la que iba a ser mi habitación, en el baño que mi padre me dejó decorar a mi gusto con sanitarios de color rosa, en los armarios empotrados que mi madre encargó, en la baranda de madera maciza de las escaleras, en el salón enorme, en las decoraciones de escayola del techo que mi padre escogió, en la preinstalación de hilo musical que me empeñé en poner, en los balcones amplios que dan a la plaza, en las puertas impecables, en la ilusión con la que mis padres fueron añadiendo detalles a esa casa, a la emoción del día que la compraron, en los planes que se hicieron pero que nunca vieron la luz.

Tuve que contener las lágrimas al estampar mi firma en el papel timbrado: significaba que dejaba que otra familia viviera allí el sueño que una vez tuvo la mía.

La última vez que vimos nuestra casa, ya no era nuestra. Estaba completamente vacía, y me pareció más grande, más luminosa. Mi madre la había limpiado a conciencia, había reparado algunas cosillas que el tiempo había estropeado, y había pintado toda la casa. Años después, olía a nueva. Le contamos a los nuevos dueños que todo estaba revisado y funcionaba perfectamente. Dimos un último paseo por las habitaciones y nos fuimos a tomar algo para celebrarlo, aunque en ese momento yo no estuve muy segura de tener algo que celebrar. Sentía que había perdido algo, pero no era una pérdida material: una mezcla de ilusión, de esperanza, de sueños... Parecía como si se hubiera desecho un nudo que atara mi presente con una parte de mi pasado, en donde estábamos mi padre, mi madre y yo.

Salimos a la casa y miré por última vez su silueta, mientras la nueva dueña cerraba la puerta y decía con satisfacción: ¡qué casa tan bonita!

Realmente lo es, murmuró mi madre a mi lado. También ella tenía lágrimas en los ojos.

01 noviembre 2008

Y si yo fuera rica...

Hace ya unos días, no sé qué me contaron de un meme... El caso es que tenía que dejar volar mi imaginación y contar cinco cosas que haría si yo fuera inmensamente rica...

Vamos, con lo que sueño despierta un día sí y otro también.

Pues veamos...

Lo primero es que contrataría peluqueros y maquilladores. No me puedo imaginar mayor placer en la vida que todos los días un peluquero profesional te lave la cabecilla, te haga un masaje capilar, te eche productos carísimos y buenísimos con olores estupendos, te deje el pelo suave, brillante y perfecto. Tooooooooodos los días. Luego, para completar, si un maquillador sólo te pide que cierres los ojos, mientas notas comó te masajean la cara, te ponen maquillajes de texturas maravillosas, te pasan una brocha suave por las mejillas, te acarician los párpados con un pincel y cuando te pide que abras los ojos ni te reconoces de lo guapísima que estás... Oh, sería maravilloso (y seguramente nadie sabría quién soy).

Por supuesto, no fregaría un plato jamás nunca en mi vida, y no porque me comprara un lavavajillas (que también), sino porque también contrataría a varios cocineros, y personal que cuidara la casa. Vamos, que crearía empleo entre unas cosas y otras. Además, comería fuera siempre que quisiera o me apeteciera, sin problemas y sin preocupaciones de ninguna clase. Pediría que mi nevera siempre estuviera hasta arriba de cosas (porque nada me da más alegría que abrir una nevera y verla hasta arriba), por si me apeteciera alguna vez ponerme a cocinar -no se daría el caso, pero por si acaso-.

Y esa nevera estaría en todas mis casas, jejeje... Bueno, la verdad es que no sé cuántas tendría, pero varias y con vistas estupendas todas ellas. Y al menos una llevaría un SPA integrado, para poderme darme bañitos y masajes cuando quisiera, que si tratamiento de chocolaterapia, que si colorterapia, que si masaje a cuarenta dedos con piedras volcánicas del Etna... No sé, esos mimitos que ahora son super-mega-lujazos para mí y que te dejan nuevecita. Todas mis casas estarían decoradas en plan revista de decoración, serían luminosas, alegres y acogedoras, tendría camas enoooooormes y mullidas con sábanas suaves con olor a suavizante todos los días. Tendría hilo musical en todas las habitaciones, y podría pasar cantando descalza (porque tendría parquet y calefacción por hilo radiante, faltaba más) de una maravillosa habitación a otra... Ohhhhhhhhhhh...

Viajaría un montón, visitaría sitios estupendos donde siempre he querido ir. No tendría que conducir ni que estar metida en un incómodo autobús o tren: viajaría siempre en primera y llegaría a todos lo sitios rápidamente. Como es obvio, mis estancias serían en hoteles de tropecientasmil estrellas (suponiendo que en el sitio en cuestión no tuviera una casa, jajajaja...) y me pasaría el día aluciflipada de estar en esos sitios y de disfrutar de la vida a tope.

En fin, que no se me ocurre nada. Jo.