- ¿No querríais iros a Sudamérica?
Con esa frase, mi jefe abrió un mundo de posibilidades a mi compañera y a mí. Se necesita a alguien que se vaya como mínimo un año a un país del otro lado del charco y que se encargue de desfacer entuertos (o sea: imprimir el ritmo de trabajo de aquí a la tranquila gente de allí, cuando a veces pienso que debería ser al revés). Las condiciones están por determinar, pero lo que sí es cierto es que económicamente sería una subida importante, y sobre todo, un empujón definitivo dentro de mi empresa.
Tal y como están las cosas, el hecho de invertir un año como mínimo en esa aventura prácticamente garantizaría un puesto importante para todo el tiempo del mundo. Es, claramente, una buena oportunidad laboral, y una experiencia única...
...bla, bla, bla...
Aún bastante shockeada, le mandé un mensaje a mi chico: ¿te vendrías conmigo a la otra punta del planeta (casi)? Su respuesta fue inmediata y sin vacilaciones: SÍ.
Luego lo hablamos en la comida. Más bien habló él. Me dijo lo que yo ya sabía: que era una oportunidad única, que sería un paso adelante laboralmente (un salto de longitud más bien), que ahora podríamos afrontarlo, que estando juntos qué más da dónde estemos...
Y yo me eché a llorar en su pecho, abrazada a él. ¿Por qué? Porque nunca he sentido tanto apoyo incondicional, tanta disposición, tanta entrega, tanta dedicación, tanto AMOR... Porque en este caso sí es literal que por mí iría al fin del mundo.
Me dejé caer en sus brazos, y ya no pensé en nada más que en él, en que me siento tan absolutamente feliz de tenerlo a mi lado que a veces no me lo creo. En que con un simple sí ha demostrado más amor que mil actos. En que, simplemente, TE QUIERO.
Con esa frase, mi jefe abrió un mundo de posibilidades a mi compañera y a mí. Se necesita a alguien que se vaya como mínimo un año a un país del otro lado del charco y que se encargue de desfacer entuertos (o sea: imprimir el ritmo de trabajo de aquí a la tranquila gente de allí, cuando a veces pienso que debería ser al revés). Las condiciones están por determinar, pero lo que sí es cierto es que económicamente sería una subida importante, y sobre todo, un empujón definitivo dentro de mi empresa.
Tal y como están las cosas, el hecho de invertir un año como mínimo en esa aventura prácticamente garantizaría un puesto importante para todo el tiempo del mundo. Es, claramente, una buena oportunidad laboral, y una experiencia única...
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Aún bastante shockeada, le mandé un mensaje a mi chico: ¿te vendrías conmigo a la otra punta del planeta (casi)? Su respuesta fue inmediata y sin vacilaciones: SÍ.
Luego lo hablamos en la comida. Más bien habló él. Me dijo lo que yo ya sabía: que era una oportunidad única, que sería un paso adelante laboralmente (un salto de longitud más bien), que ahora podríamos afrontarlo, que estando juntos qué más da dónde estemos...
Y yo me eché a llorar en su pecho, abrazada a él. ¿Por qué? Porque nunca he sentido tanto apoyo incondicional, tanta disposición, tanta entrega, tanta dedicación, tanto AMOR... Porque en este caso sí es literal que por mí iría al fin del mundo.
Me dejé caer en sus brazos, y ya no pensé en nada más que en él, en que me siento tan absolutamente feliz de tenerlo a mi lado que a veces no me lo creo. En que con un simple sí ha demostrado más amor que mil actos. En que, simplemente, TE QUIERO.
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