Mi último día de veinteañera transcurrió de semejante forma:
- Me levanté con sueño como todos los días, me duché como todos los días, desayuné como todos los días, me vestí con lo primero que pillé como todos los días, y me fuí al trabajo... Sí, como todos los días.
- Cuando llegué al trabajo tenía el triple de correos que todos los demás días. ¿El motivo? Teníamos una reunión y de repente todo el mundo se acordó de todos los problemas que YO tenía que solucionar.
- Una compañera que se acaba de incorporar había traído el chip del frenetismo en modo ON y me irritó. Francamente. No debería decirlo, pero lo digo. A las 10:30 de la mañana ya estaba histérica y de mal humor, y milagrosamente no le había contestado mal no se sabe por qué.
- A las 12:00 empezaba la famosa reunión y sólo me había dado tiempo a leer todos los correos (por lo menos para saber de dónde me van a venir las tortas) y de ponerme más frenética. En tres horas el único trabajo productivo que hice fué enviar un correo que era prácticamente a vida o muerte.
- Estuve encerrada durante dos horas y media en una sala de reuniones mal ventilada, escuchando quejas, impedimentos, trabas, problemas... y ninguna solución. Ni un sólo enfoque positivo. A cada atisbo de medida correctora mía, lluvia de inconvenientes.
- Para acabarlo de arreglar, mi jefe se dedicó a quedar bien con el personal a costa mía, principalmente. Como si yo no defendiera a mi equipo, lo que me sulfuró bastante y mi vena palpitante empezó a palpitar.
- Me mordí la lengua varias veces y no sé cómo no me envenené.
- Cuando acabó la reunión estaba sudada, ofuscada y a punto de llorar. Preferí irme a casa a comer a seguir recociéndome en mi despacho. Necesitaba una dosis de Coca-Cola de forma inmediata.
- A las 16:30, segunda sesión. Más de lo mismo. Al menos mi jefe ya estaba en otro plan.
- A las 18:00 la gente que acababa la jornada a esa hora, se levantaron en medio de la reunión y se fueron. Ea. Yo también acabo a esa hora (se supone), pero irme me parecía mal porque inculco que el turno de mañana y de tarde son iguales...
- A los cinco minutos, mi jefe me informó que tenía una rueda pinchada, y obviamente: no tengo ni idea de cómo se cambia una rueda. Así que esa noticia me terminó de rematar.
- A las 18:30 no podía más y dí por acabada la reunión. No había hecho nada en todo el día (laboralmente hablando) pero necesitaba irme de allí aunque fuera andando (unos cuantos kilómetros al fresquito). Ya me daba igual la rueda pinchada o una lluvia ácida...
- Unos minutos después llamó mi esteticista: que no podía atenderme y que en lugar de suave y divina, en mi cumpleaños seguiría pareciéndome a un bigfoot.
- Ya en el núcleo urbano (que se hubiera podido confundir perfectamente con la estepa siberiana), fui sin coche -claro- a recoger dos enormes tartas para obsequiar a mi equipo.
- ¿Se me cayeron? No, pero CASI.
Así que mi último día como veinteañera, a las 20:28 de la tarde, estaba sola en una casa fría, acordándose del Universo y de la madre que lo parió, e intentando alegrar el día con una triste tarta de trufa y nata con un dibujo de The Simpsons...
9 comentarios: