- Nos esperan unos meses muy malos.
O sea, muy jodidos. Es que mi jefe no es capaz de ser mal hablado aunque lo intente (todo lo más, se le escapa un jolín).
Es verdad. Esa frase, en mi caso concreto, se traduce en una hora más al día de trabajo (como mínimo), descansando sólo para comer (o sea, regalando unos 50 minutos de mi tiempo al trabajo), y volviendo a casa con sólo un 70% de las tareas hechas, de todas las que en un principio tenía previsto acabar.
También se traduce en el mal rato de decirle a 30 personas que por la reducción de actividad que tenemos, no son necesarias y la empresa prescinde de ellas. Con llantos, indignación y caras de tristeza incluidas, por supuesto.
Se traduce en un equipo de trabajo desmotivado, y, la verdad, ahora es la peor época para no rendir... Aunque no puedo decirlo en voz alta, claro.
Se traduce en que tengo la paciencia justa para aguantar a las pécoras de siempre que tienen la mala costumbre diaria de tocar las narices porque sí.
Se traduce en que llego a casa cansada, preocupada y sin ganas de nada.
Se traduce en que no duermo bien, doy miles de vueltas en la cama y me levanto más cansada incluso que el día anterior (vamos, que el Miércoles ya estoy para el arrastre).
Se traduce en estrés, en una palabra...
O sea, muy jodidos. Es que mi jefe no es capaz de ser mal hablado aunque lo intente (todo lo más, se le escapa un jolín).
Es verdad. Esa frase, en mi caso concreto, se traduce en una hora más al día de trabajo (como mínimo), descansando sólo para comer (o sea, regalando unos 50 minutos de mi tiempo al trabajo), y volviendo a casa con sólo un 70% de las tareas hechas, de todas las que en un principio tenía previsto acabar.
También se traduce en el mal rato de decirle a 30 personas que por la reducción de actividad que tenemos, no son necesarias y la empresa prescinde de ellas. Con llantos, indignación y caras de tristeza incluidas, por supuesto.
Se traduce en un equipo de trabajo desmotivado, y, la verdad, ahora es la peor época para no rendir... Aunque no puedo decirlo en voz alta, claro.
Se traduce en que tengo la paciencia justa para aguantar a las pécoras de siempre que tienen la mala costumbre diaria de tocar las narices porque sí.
Se traduce en que llego a casa cansada, preocupada y sin ganas de nada.
Se traduce en que no duermo bien, doy miles de vueltas en la cama y me levanto más cansada incluso que el día anterior (vamos, que el Miércoles ya estoy para el arrastre).
Se traduce en estrés, en una palabra...
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