El Sábado debía ser un buen día. Por definición: ¡Sábado! ¡No hay que trabajar! ¡Yupiiiiiiiiiiiii!
Pues no.
Empezó conmigo levantándome tarde porque sólo pude dormir a gusto cuando mi cuerpo se enteró por fin de que no había que madrugar.
Comprobé si me había venido la regla: no. Llevo toda una vida acostumbrada a tenerla cada 28 días exactos, si acaso que se adelante un par de días. Pero no es nada común que se me retrase, así que ya empecé a emparanoiarme como sólo yo sé hacerlo.
Descubrí, cuando miré mi horrorosa cara de recién levantada en el espejo, una ampolla justo en medio del labio inferior, hinchada y burlona. Instalada en el centro de mi labio, lo que me impedía moverlo sin que sintiera como si me lo arrancaran.
Fregando los platos del desayuno (que eso sí fue bien, algo rarísimo), se me rompió una taza. Se escurrió de mis manos y se estrelló contra el fregadero: adiós asa. La pobre taza de Nescafé que mi madre consiguió y que me gusta un montón quedó manca.
Luego me fui a duchar. No quedaba gel y, claro, me enteré cuando yo estaba ya entera mojada.
Fui a buscar reservas y encontré el bote de gel que parecía una princesa: estaba en lo más alto de la más alta torre. Es decir, en un estante donde yo no alcanzo (y mi chico sí, claro). Intentando coger el maldito bote, tiré uno de champú que se hizo añicos en el suelo.
O sea, había pasado ya casi medio día y estaba en albornoz, cansada por no haber dormido en condiciones, hormonosa porque la regla no me terminaba de bajar, enrabietada con el mundo en general y con el labio hinchado.
Fenomenal, vamos.
No recuerdo un inicio peor de día en muuuuuuuuuuucho tiempo...
Pues no.
Empezó conmigo levantándome tarde porque sólo pude dormir a gusto cuando mi cuerpo se enteró por fin de que no había que madrugar.
Comprobé si me había venido la regla: no. Llevo toda una vida acostumbrada a tenerla cada 28 días exactos, si acaso que se adelante un par de días. Pero no es nada común que se me retrase, así que ya empecé a emparanoiarme como sólo yo sé hacerlo.
Descubrí, cuando miré mi horrorosa cara de recién levantada en el espejo, una ampolla justo en medio del labio inferior, hinchada y burlona. Instalada en el centro de mi labio, lo que me impedía moverlo sin que sintiera como si me lo arrancaran.
Fregando los platos del desayuno (que eso sí fue bien, algo rarísimo), se me rompió una taza. Se escurrió de mis manos y se estrelló contra el fregadero: adiós asa. La pobre taza de Nescafé que mi madre consiguió y que me gusta un montón quedó manca.
Luego me fui a duchar. No quedaba gel y, claro, me enteré cuando yo estaba ya entera mojada.
Fui a buscar reservas y encontré el bote de gel que parecía una princesa: estaba en lo más alto de la más alta torre. Es decir, en un estante donde yo no alcanzo (y mi chico sí, claro). Intentando coger el maldito bote, tiré uno de champú que se hizo añicos en el suelo.
O sea, había pasado ya casi medio día y estaba en albornoz, cansada por no haber dormido en condiciones, hormonosa porque la regla no me terminaba de bajar, enrabietada con el mundo en general y con el labio hinchado.
Fenomenal, vamos.
No recuerdo un inicio peor de día en muuuuuuuuuuucho tiempo...
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