El Domingo mi chico se levantó especialmente hacendoso.
Sí, está genial, pero te hace sentir culpable si tú no lo estás. Así que decidí equilibrar el Universo haciendo yo la comida, y me dí cuenta de que yo me había levantado especialmente vaga.
Pero aún así, me metí en la cocina como una campeona. Fregué unos los cacharros y me dispuse a preparar un rico pastel de carne. Pero como no me había levantado especialmente hacendosa, el Universo me lo iba a poner difícil...
Me hice daño en un dedito contra el armario.
Ensucié una media de cinco cacharros por ingrediente del pastel.
Se me derramó medio vaso de leche.
No tenía queso para rematar mi pastel.
Casi rompo una fuente y dos platos.
Al final conseguí meter en el horno un pastel de carne que pudiera calificarse de decente, mientras mi chico estaba tan insultantemente activo, entrando y saliendo. Había planchado y todo (increíble pero cierto) y yo lo único que había hecho es un sucedáneo de pastel sin apenas queso para gratinar. Así que pensé en hacer una tarta de queso de verdad para compensar...
Craso error.
Se me descuajeringó la batidora y no se estrelló contra el suelo de milagro.
Se me cayó un huevo al suelo, por supuesto.
Me salpicó yogur en la ropa.
No se encajó bien el vaso de la batidora y se derramó parte de la mezcla.
Al verterla en el molde, éste se venció y se cayó más mezcla todavía en la encimera.
Finalmente, no sé ni cómo, conseguí meter el molde en el microondas y ponerlo a cocer. En ese momento, un olorcillo a quemado atrajo mi atención al horno con la comida dentro, pero menos mal que no había ocurrido ninguna catástrofe (se había churruscado algo sin importancia). Saqué la bandeja y me quemé los dedos, pero al menos ya estaba la mesa puesta y no podía suceder nada más.
Porque no pensaba mover un músculo en lo que quedaba de día.
Estaba claro que él se había levantado hacendoso, pero yo me había levantado especialmente gafe.
(Aunque es verdad que no es la primera vez que me pasa...)
Sí, está genial, pero te hace sentir culpable si tú no lo estás. Así que decidí equilibrar el Universo haciendo yo la comida, y me dí cuenta de que yo me había levantado especialmente vaga.
Pero aún así, me metí en la cocina como una campeona. Fregué unos los cacharros y me dispuse a preparar un rico pastel de carne. Pero como no me había levantado especialmente hacendosa, el Universo me lo iba a poner difícil...
Me hice daño en un dedito contra el armario.
Ensucié una media de cinco cacharros por ingrediente del pastel.
Se me derramó medio vaso de leche.
No tenía queso para rematar mi pastel.
Casi rompo una fuente y dos platos.
Al final conseguí meter en el horno un pastel de carne que pudiera calificarse de decente, mientras mi chico estaba tan insultantemente activo, entrando y saliendo. Había planchado y todo (increíble pero cierto) y yo lo único que había hecho es un sucedáneo de pastel sin apenas queso para gratinar. Así que pensé en hacer una tarta de queso de verdad para compensar...
Craso error.
Se me descuajeringó la batidora y no se estrelló contra el suelo de milagro.
Se me cayó un huevo al suelo, por supuesto.
Me salpicó yogur en la ropa.
No se encajó bien el vaso de la batidora y se derramó parte de la mezcla.
Al verterla en el molde, éste se venció y se cayó más mezcla todavía en la encimera.
Finalmente, no sé ni cómo, conseguí meter el molde en el microondas y ponerlo a cocer. En ese momento, un olorcillo a quemado atrajo mi atención al horno con la comida dentro, pero menos mal que no había ocurrido ninguna catástrofe (se había churruscado algo sin importancia). Saqué la bandeja y me quemé los dedos, pero al menos ya estaba la mesa puesta y no podía suceder nada más.
Porque no pensaba mover un músculo en lo que quedaba de día.
Estaba claro que él se había levantado hacendoso, pero yo me había levantado especialmente gafe.
(Aunque es verdad que no es la primera vez que me pasa...)
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